Como a un perro

Kafka

«Alguien tenía que haber calumniado a Josef K., pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo».

Así comienza El proceso, de Franz Kafka. El grueso de la novela, lo propiamente kafkiano, es la narración del infierno burocrático y judicial que sigue a la detención. Al final, después de una serie de apelaciones inútiles, que desde el principio se saben inútiles, los verdugos se disponen a matarlo con un largo cuchillo de carnicero. Hasta el último momento, sin embargo, Josef K. clama por justicia. Así sea para sus adentros:

«¿Dónde estaba el juez al que nunca había visto? ¿Dónde estaba el Tribunal Supremo ante el que nunca había comparecido?»

Josef K. recibe la puñalada en el corazón, pero le alcanza el aliento para un último grito, esta vez sí, claro y abierto:

«–¡Como a un perro! –dijo él: era como si la vergüenza debiera sobrevivirle».

En el caso del proceso bolivariano, los verdugos de Nicolás Maduro se han ahorrado la burocracia. Prefieren, además, la noche para buscar en sus casas a los «culpables», cuyas listas de nombres les ha facilitado algún vecino de esos que la dictadura llama «patriotas cooperantes» (collabos, les decían en la Francia ocupada por los nazis; «Comités de defensa de la revolución», les dicen en la Cuba de los Castro).

La noche del 13 de junio de 2017 en las residencias conocidas como “Los Verdes”, de la parroquia El Paraíso de Caracas, el CONAS (Comando Nacional Antiextorsión y Secuestro) hizo varios asaltos ilegales de morada. En uno de los apartamentos, los esbirros destrozaron todo y además le dispararon al perro. Las fotos muestran a un hermoso perrito negro, sin un ojo y sangrando. Al parecer, este sólo hizo lo que su especie siempre ha hecho desde los tiempos de Argos: cuidar la casa.

Este hecho refleja no sólo la psicopatía, la perversidad y la crueldad de las fuerzas represoras en Venezuela, sino una nueva etapa en la crisis que vive el país: la instrumentalización, por parte de la dictadura de Nicolás Maduro, del terrorismo de Estado.

El hecho de que hayan optado por los destrozos materiales y por dispararle a un perro es una demostración del efecto buscado. Cuando el Daesh, en sus atentados, ataca a ciudadanos inocentes e indefensos busca, precisamente, que la comprensión humana no tenga ningún asidero para asimilar lo sucedido. Que la abyección sea total. Y también el terror y el miedo.

Un caso parecido fue el de Sendero Luminoso, en el Perú de los años ochenta del siglo pasado, quienes anunciaban su «visita» colgando perros de los postes de luz en el infortunado pueblo de turno.

Lo sucedido en este casi anónimo apartamento de Caracas es una confirmación más de que Venezuela ha entrado en ese oscuro periodo que Roberto Arlt llamó «el crepúsculo de la piedad». Crepúsculo que, al menos en lo que se refiere a los derechos de los animales, ya se anunciaba en los cientos, quizás miles, de perros abandonados por familias que han emigrado de Venezuela sin mirar atrás. Abandonando, junto a sus mascotas, toda noción de amor y responsabilidad. Así como en otras imágenes de horror, donde se ve a un muchacho hambriento destazando la magra carne de un perro de la calle para poder comer. O en la delgadez marchita de Ruperta, la tristemente célebre elefanta del zoológico de Caricuao. O en los cincuenta y seis caballos del Hipódromo de San Rita que dejaron morir de hambre sólo en el año 2016.

Es ahora, obligándome a ver una y otra vez las fotos del perrito, donde hay una incluso en que, a pesar del daño irreparable que le han hecho, todavía parece sonreír, que entiendo a plenitud el sentido del último grito de Josef K.

Su «vergüenza», de acuerdo a las dos principales acepciones de la palabra, no es sinónimo de «una turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de una falta cometida», sino la clamorosa «estimación de su propio valor y dignidad». Valor y dignidad que lo igualan, en el momento de su mayor sufrimiento, con un perro. Con este perro.

Es esta vergüenza la que empuja la lucha de los venezolanos contra la más cruel de las dictaduras en su historia. Es esta vergüenza la que hará que valga la pena salir de esta pesadilla, sin habernos convertido en corruptos ni cobardes ni asesinos. Sin haber abandonado en el camino a un amigo, sin haber clavado un cuchillo de carnicero en el corazón de la inocencia, la alegría y la bondad.

 

Engominados Vs. Tatuados

técnicos versus rudos

Borges solía contar una anécdota de George Bernard Shaw, o atribuida a George Bernard Shaw, que decía más o menos lo siguiente. Un grupo de víctimas pertenecientes al movimiento independentista de Irlanda quiere reunirse con el famoso escritor. Este se niega con un argumento aplastante:

–Sufrir no es un mérito.

La anécdota tiene pertinencia en los días que corren en Venezuela, cuando las protestas que tienen en jaque a la dictadura de Nicolás Maduro llevan ya más de dos meses y amenazan con extenderse. Contra todo pronóstico, los manifestantes venezolanos no sólo no se han agotado, sino que su decisión de acabar con la tiranía urdida en el país durante los últimos dieciocho años parece irreversible. La calle, lejos de enfriarse, está encendida. Como esas llamas eternas que, en distintas ciudades europeas que fueron enclaves importantes de la Segunda Guerra Mundial, velan la tumba al soldado desconocido.

Sin embargo, dentro del fragor de la batalla también puede prosperar la inercia. Algo natural cuando los conflictos, sobre todo los de este tipo, persisten. Un síntoma de esta velocidad de crucero que se alcanza en medio de la tormenta es el cambio en la valoración de un mismo hecho. Por ejemplo, el uso indiscriminado, ilegal y hasta mortal de los gases lacrimógenos para reprimir las protestas.

¿En qué momento tragar gases lacrimógenos dejó de ser una injusticia y se convirtió en un mérito?

La pregunta viene por las respuestas que algunos de los más aguerridos diputados de la oposición están dando a otros sectores de la oposición que los critican por el supuesto abandono del hemiciclo como escenario real de confrontación política contra el gobierno de Maduro.

Estos sectores, entre otras demandas, exigen que la Asamblea Nacional nombre un nuevo TSJ y una nueva directiva del CNE para abrir un boquete jurídico que conduzca a la liberación de Venezuela. La AN argumenta que esos nombramientos, tales y como los plantean estas voces, implicaría una violación de la constitución y apuesta, más bien, por aprobar vetos de censura contra funcionarios criminales como el general Reverol y continuar con las protestas en la calle.

Planteado así, este enfrentamiento entre «engominados» y «tatuados» reproduciría dentro de las fuerzas de la oposición el choque, más bien caricaturesco, de «técnicos» y «rudos» de la lucha libre mexicana, donde, más allá de los evidentes riesgos físicos, todo es una coreografía bien montada.

Que las protestas en calle y las decisiones en la Asamblea Nacional no se conviertan en coreografías, en espectáculos cuyos efectos sólo sean simbólicos o representativos (ya se trate de votos, de porcentajes de popularidad o de una mayor audiencia en redes sociales), es uno de los grandes retos que la oposición venezolana enfrenta. Rudos y técnicos, engominados y tatuados, por igual. Incluidas las barras que, genuinamente, apoyan a cada uno de los actores políticos en cuestión. O, para evitar las trampas de la semántica, de los factores políticos.

La diferencia entre uno y otro es sutil. Apenas una letra. Esa delgada línea que los separa, sin embargo, es fundamental. Pues la gomina no le da más brillo a las ideas y las cicatrices, como bien lo sabía George Bernard Shaw, no son tatuajes ni emblemas del amor propio.