Apocalipsis Nao

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En los últimos meses le he estado dando vueltas a la palabra «Apocalipsis». No aparece en el diccionario etimológico de Joan Corominas, por ejemplo, sino como adjetivo: «apocalíptico, ca». Un adjetivo que remite, antes que a un concepto o una realidad dada, a una obra: el Apocalipsis de san Juan.

En ese sentido, «apocalipsis» sería una de esas hermosas palabras que la imaginación literaria occidental ha legado a la humanidad, de la misma noble condición que «Odisea» o «Quijote».

Ha querido la historia que sea la acepción más espectacular la que se haya impuesto, pues lo primero que nos viene a la mente cuando escuchamos u oímos hablar de apocalipsis es «el fin del mundo». Sin embargo, apocalipsis significa también, o en primer lugar, «revelación». Su origen es griego y quiere decir, aún más específicamente, «revelación de aquello que está escondido».

Lo sucedido el 30 de julio de 2017 en Venezuela fue un apocalipsis en el sentido primigenio de la palabra. La «revelación» de ese día se concentra, me parece, en tres hechos fundamentales.

El primero es que con la supuesta Asamblea Nacional Constituyente se terminó de consumar el proyecto dictatorial que Hugo Chávez inició públicamente con el golpe de estado que perpetró el 4 de febrero de 1992: el asalto al poder y la destrucción de la democracia en Venezuela.

El segundo es la corrupción absoluta del Consejo Nacional Electoral, cuyo fraudulento sistema de votación ha vaciado de sentido el voto popular, que es (o era) el mecanismo democrático por excelencia.

 El tercero es que la dictadura chavista está dispuesta a cometer cualquier atrocidad para mantenerse en el poder. La prueba es que ese mismo día el gobierno, con sus pandillas armadas, asesinó a quince personas, entre ellas un niño de trece años que fue abatido por un francotirador.

Estos tres hechos resumen bien nuestro apocalipsis en la medida en que clausuran un ciclo en la historia de este ya largo conflicto. La ANC es el suicidio político del chavismo porque sólo le ha servido para ser reconocido oficialmente, a nivel internacional, como una de las más viles y sanguinarias dictaduras del mundo. Esto acarrea para los venezolanos una conciencia que ya la mayoría ha asumido: que lo que empezó como una pugna política se ha transformado, en estos años de barbarie y regresión, en un enfrentamiento con el Mal, en un descenso a los infiernos.

Aunque estamos en una época posterior a la religión, como diría J. M. Coetzee, la dirigencia opositora ganaría mucho incorporando algo de este pensamiento apocalíptico en su discurso y en su acción. Pues hay ciertas cosas que el manto protector de la virgen no permite ver.

En la medida en que aceptemos la verdad de nuestro apocalipsis, en que entendamos que hemos llegado al corazón de las tinieblas y actuemos en consecuencia, quedará al menos una posibilidad de que Venezuela, ese barco en el que nacimos y al que volvemos en los sueños, no se hunda para siempre.

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