Engominados Vs. Tatuados

técnicos versus rudos

Borges solía contar una anécdota de George Bernard Shaw, o atribuida a George Bernard Shaw, que decía más o menos lo siguiente. Un grupo de víctimas pertenecientes al movimiento independentista de Irlanda quiere reunirse con el famoso escritor. Este se niega con un argumento aplastante:

–Sufrir no es un mérito.

La anécdota tiene pertinencia en los días que corren en Venezuela, cuando las protestas que tienen en jaque a la dictadura de Nicolás Maduro llevan ya más de dos meses y amenazan con extenderse. Contra todo pronóstico, los manifestantes venezolanos no sólo no se han agotado, sino que su decisión de acabar con la tiranía urdida en el país durante los últimos dieciocho años parece irreversible. La calle, lejos de enfriarse, está encendida. Como esas llamas eternas que, en distintas ciudades europeas que fueron enclaves importantes de la Segunda Guerra Mundial, velan la tumba al soldado desconocido.

Sin embargo, dentro del fragor de la batalla también puede prosperar la inercia. Algo natural cuando los conflictos, sobre todo los de este tipo, persisten. Un síntoma de esta velocidad de crucero que se alcanza en medio de la tormenta es el cambio en la valoración de un mismo hecho. Por ejemplo, el uso indiscriminado, ilegal y hasta mortal de los gases lacrimógenos para reprimir las protestas.

¿En qué momento tragar gases lacrimógenos dejó de ser una injusticia y se convirtió en un mérito?

La pregunta viene por las respuestas que algunos de los más aguerridos diputados de la oposición están dando a otros sectores de la oposición que los critican por el supuesto abandono del hemiciclo como escenario real de confrontación política contra el gobierno de Maduro.

Estos sectores, entre otras demandas, exigen que la Asamblea Nacional nombre un nuevo TSJ y una nueva directiva del CNE para abrir un boquete jurídico que conduzca a la liberación de Venezuela. La AN argumenta que esos nombramientos, tales y como los plantean estas voces, implicaría una violación de la constitución y apuesta, más bien, por aprobar vetos de censura contra funcionarios criminales como el general Reverol y continuar con las protestas en la calle.

Planteado así, este enfrentamiento entre «engominados» y «tatuados» reproduciría dentro de las fuerzas de la oposición el choque, más bien caricaturesco, de «técnicos» y «rudos» de la lucha libre mexicana, donde, más allá de los evidentes riesgos físicos, todo es una coreografía bien montada.

Que las protestas en calle y las decisiones en la Asamblea Nacional no se conviertan en coreografías, en espectáculos cuyos efectos sólo sean simbólicos o representativos (ya se trate de votos, de porcentajes de popularidad o de una mayor audiencia en redes sociales), es uno de los grandes retos que la oposición venezolana enfrenta. Rudos y técnicos, engominados y tatuados, por igual. Incluidas las barras que, genuinamente, apoyan a cada uno de los actores políticos en cuestión. O, para evitar las trampas de la semántica, de los factores políticos.

La diferencia entre uno y otro es sutil. Apenas una letra. Esa delgada línea que los separa, sin embargo, es fundamental. Pues la gomina no le da más brillo a las ideas y las cicatrices, como bien lo sabía George Bernard Shaw, no son tatuajes ni emblemas del amor propio.

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Autor: Rodrigo Blanco Calderón

Escritor y editor venezolano. Por ahora, en París. Autor de los libros de cuentos Una larga fila de hombres (2005), Los invencibles (2007), Las rayas (2011). Y de la novela The Night (2016)

2 comentarios en “Engominados Vs. Tatuados”

  1. Es un debate estéril. En este momento la gente exige que sus representantes estén en las calles, tragando lacrimógenas como cualquier hijo de vecina. Es una forma de hacer política y democracia de calle. Ya los engominados tendrán su oportunidad de sentarse en sus poltronas bien acomodadas

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    1. Es un debate estéril porque ya usted sentenció que los “engominados” “poltronas”, etc. De lo que se trata, precisamente, es de escapar a esos esquemas.

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