Como a un perro

Kafka

«Alguien tenía que haber calumniado a Josef K., pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo».

Así comienza El proceso, de Franz Kafka. El grueso de la novela, lo propiamente kafkiano, es la narración del infierno burocrático y judicial que sigue a la detención. Al final, después de una serie de apelaciones inútiles, que desde el principio se saben inútiles, los verdugos se disponen a matarlo con un largo cuchillo de carnicero. Hasta el último momento, sin embargo, Josef K. clama por justicia. Así sea para sus adentros:

«¿Dónde estaba el juez al que nunca había visto? ¿Dónde estaba el Tribunal Supremo ante el que nunca había comparecido?»

Josef K. recibe la puñalada en el corazón, pero le alcanza el aliento para un último grito, esta vez sí, claro y abierto:

«–¡Como a un perro! –dijo él: era como si la vergüenza debiera sobrevivirle».

En el caso del proceso bolivariano, los verdugos de Nicolás Maduro se han ahorrado la burocracia. Prefieren, además, la noche para buscar en sus casas a los «culpables», cuyas listas de nombres les ha facilitado algún vecino de esos que la dictadura llama «patriotas cooperantes» (collabos, les decían en la Francia ocupada por los nazis; «Comités de defensa de la revolución», les dicen en la Cuba de los Castro).

La noche del 13 de junio de 2017 en las residencias conocidas como “Los Verdes”, de la parroquia El Paraíso de Caracas, el CONAS (Comando Nacional Antiextorsión y Secuestro) hizo varios asaltos ilegales de morada. En uno de los apartamentos, los esbirros destrozaron todo y además le dispararon al perro. Las fotos muestran a un hermoso perrito negro, sin un ojo y sangrando. Al parecer, este sólo hizo lo que su especie siempre ha hecho desde los tiempos de Argos: cuidar la casa.

Este hecho refleja no sólo la psicopatía, la perversidad y la crueldad de las fuerzas represoras en Venezuela, sino una nueva etapa en la crisis que vive el país: la instrumentalización, por parte de la dictadura de Nicolás Maduro, del terrorismo de Estado.

El hecho de que hayan optado por los destrozos materiales y por dispararle a un perro es una demostración del efecto buscado. Cuando el Daesh, en sus atentados, ataca a ciudadanos inocentes e indefensos busca, precisamente, que la comprensión humana no tenga ningún asidero para asimilar lo sucedido. Que la abyección sea total. Y también el terror y el miedo.

Un caso parecido fue el de Sendero Luminoso, en el Perú de los años ochenta del siglo pasado, quienes anunciaban su «visita» colgando perros de los postes de luz en el infortunado pueblo de turno.

Lo sucedido en este casi anónimo apartamento de Caracas es una confirmación más de que Venezuela ha entrado en ese oscuro periodo que Roberto Arlt llamó «el crepúsculo de la piedad». Crepúsculo que, al menos en lo que se refiere a los derechos de los animales, ya se anunciaba en los cientos, quizás miles, de perros abandonados por familias que han emigrado de Venezuela sin mirar atrás. Abandonando, junto a sus mascotas, toda noción de amor y responsabilidad. Así como en otras imágenes de horror, donde se ve a un muchacho hambriento destazando la magra carne de un perro de la calle para poder comer. O en la delgadez marchita de Ruperta, la tristemente célebre elefanta del zoológico de Caricuao. O en los cincuenta y seis caballos del Hipódromo de San Rita que dejaron morir de hambre sólo en el año 2016.

Es ahora, obligándome a ver una y otra vez las fotos del perrito, donde hay una incluso en que, a pesar del daño irreparable que le han hecho, todavía parece sonreír, que entiendo a plenitud el sentido del último grito de Josef K.

Su «vergüenza», de acuerdo a las dos principales acepciones de la palabra, no es sinónimo de «una turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de una falta cometida», sino la clamorosa «estimación de su propio valor y dignidad». Valor y dignidad que lo igualan, en el momento de su mayor sufrimiento, con un perro. Con este perro.

Es esta vergüenza la que empuja la lucha de los venezolanos contra la más cruel de las dictaduras en su historia. Es esta vergüenza la que hará que valga la pena salir de esta pesadilla, sin habernos convertido en corruptos ni cobardes ni asesinos. Sin haber abandonado en el camino a un amigo, sin haber clavado un cuchillo de carnicero en el corazón de la inocencia, la alegría y la bondad.

 

Engominados Vs. Tatuados

técnicos versus rudos

Borges solía contar una anécdota de George Bernard Shaw, o atribuida a George Bernard Shaw, que decía más o menos lo siguiente. Un grupo de víctimas pertenecientes al movimiento independentista de Irlanda quiere reunirse con el famoso escritor. Este se niega con un argumento aplastante:

–Sufrir no es un mérito.

La anécdota tiene pertinencia en los días que corren en Venezuela, cuando las protestas que tienen en jaque a la dictadura de Nicolás Maduro llevan ya más de dos meses y amenazan con extenderse. Contra todo pronóstico, los manifestantes venezolanos no sólo no se han agotado, sino que su decisión de acabar con la tiranía urdida en el país durante los últimos dieciocho años parece irreversible. La calle, lejos de enfriarse, está encendida. Como esas llamas eternas que, en distintas ciudades europeas que fueron enclaves importantes de la Segunda Guerra Mundial, velan la tumba al soldado desconocido.

Sin embargo, dentro del fragor de la batalla también puede prosperar la inercia. Algo natural cuando los conflictos, sobre todo los de este tipo, persisten. Un síntoma de esta velocidad de crucero que se alcanza en medio de la tormenta es el cambio en la valoración de un mismo hecho. Por ejemplo, el uso indiscriminado, ilegal y hasta mortal de los gases lacrimógenos para reprimir las protestas.

¿En qué momento tragar gases lacrimógenos dejó de ser una injusticia y se convirtió en un mérito?

La pregunta viene por las respuestas que algunos de los más aguerridos diputados de la oposición están dando a otros sectores de la oposición que los critican por el supuesto abandono del hemiciclo como escenario real de confrontación política contra el gobierno de Maduro.

Estos sectores, entre otras demandas, exigen que la Asamblea Nacional nombre un nuevo TSJ y una nueva directiva del CNE para abrir un boquete jurídico que conduzca a la liberación de Venezuela. La AN argumenta que esos nombramientos, tales y como los plantean estas voces, implicaría una violación de la constitución y apuesta, más bien, por aprobar vetos de censura contra funcionarios criminales como el general Reverol y continuar con las protestas en la calle.

Planteado así, este enfrentamiento entre «engominados» y «tatuados» reproduciría dentro de las fuerzas de la oposición el choque, más bien caricaturesco, de «técnicos» y «rudos» de la lucha libre mexicana, donde, más allá de los evidentes riesgos físicos, todo es una coreografía bien montada.

Que las protestas en calle y las decisiones en la Asamblea Nacional no se conviertan en coreografías, en espectáculos cuyos efectos sólo sean simbólicos o representativos (ya se trate de votos, de porcentajes de popularidad o de una mayor audiencia en redes sociales), es uno de los grandes retos que la oposición venezolana enfrenta. Rudos y técnicos, engominados y tatuados, por igual. Incluidas las barras que, genuinamente, apoyan a cada uno de los actores políticos en cuestión. O, para evitar las trampas de la semántica, de los factores políticos.

La diferencia entre uno y otro es sutil. Apenas una letra. Esa delgada línea que los separa, sin embargo, es fundamental. Pues la gomina no le da más brillo a las ideas y las cicatrices, como bien lo sabía George Bernard Shaw, no son tatuajes ni emblemas del amor propio.

Luis Vicente León y la espada del augurio

espada del augurio

Tengo la particular capacidad de equivocarme en todos mis análisis políticos. Ni qué decir de mis predicciones relacionadas con algún resultado electoral. En ese sentido, soy una brújula infalible: lo que yo diga que va a pasar señala, por oposición, la dirección real que van a tener los acontecimientos.

 Esto no tiene por qué ser motivo de vergüenza ni de reproche. Todos tenemos nuestras limitaciones. El problema estaría en si yo me ganara el sustento como analista político o si, a pesar de mis erráticas apreciaciones, yo insistiera en presentarme ante la sociedad como un ojo avizor. Por eso me sorprende ver a tanto «analista», cuyos promedios de bateo no son muy superiores al mío, lanzar flechas cual Guaicaipuro empericado tratando de acertar la elusiva diana del futuro político de Venezuela.

 El caso paradigmático de esta especie es Luis Vicente León. El presidente de Datanálisis, al igual que su colombroño del planeta Thundera, siempre parece poder ver «más allá de lo evidente». La «espada del augurio» de este profesor de la UCAB y del IESA son las estadísticas. La realidad, la historia y el lenguaje suelen ser en sus artículos e intervenciones meras excusas para la justificación de unos cuantos números. Unos números que sólo él parece manejar, o cuya importancia sólo su clarividencia logra detectar. Números que los necios venezolanos seguimos sin comprender, como si la salida al mayor desastre que ha conocido la historia republicana de Venezuela fuera un código que, como en las películas de acción, simplemente habría que marcar.

 Luis Vicente León tiene, sin embargo, momentos de ternura e introspección. Son raptos de humanidad en donde le escribe cartas abiertas a sus hijos, «los morochos», que serían como unos «Amadores» que lo convertirían automáticamente en nuestro Fernando Savater.

 Su capacidad de distensión, también lo ha demostrado, alcanza dimensiones teatrales. En sus tiempos libres ha llegado a incursionar en el rudo negocio del Stand up comedy, junto a Laureano Márquez, en una pieza de cuyo nombre prefiero no acordarme.

 Fuertes críticas se ha ganado por esta versatilidad, como si la atención al mundo de la farándula incidiera en la lucidez de sus juicios. Críticas que me parecen injustificadas pues creo que la dirección aquí (tengo cierta capacidad para el análisis del discurso y de los personajes) apunta en sentido contrario. El trabajo de analista político le ha quitado tiempo al de comediante, al de showman, que es su no tan secreta y verdadera vocación.

 Porque, al final de cuentas, los análisis de Luis Vicente León son eso: un espectáculo de entretenimiento dirigido a un sector de la población venezolana que en el fondo, por inercia o por legítimo temor, ya se ha acostumbrado a vivir en la barbarie chavista.

 Su más reciente artículo (es difícil seguirle la pista, pues publica varios por semana y en diferentes medios) tiene un título que refleja la base de autoayuda de su discurso: «Condiciones para el éxito».

¿Quién en su sano juicio, en medio de la lucha sin igual llevada adelante por una ciudadanía desarmada frente a una dictadura militar, con un terrible saldo de muertes, torturas, encarcelamientos y represión como el que se ha desatado en el último mes en Venezuela, puede referirse a esta crisis en términos de «éxito»?

 ¿No se da cuenta Luis Vicente León que el drama del país es que ya no hay posibilidad de una salida exitosa? ¿Que los más de cincuenta asesinados entre abril y mayo de 2017, así como los más de cuarenta que hubo en las protestas de 2014, no van a revivir? ¿Qué los años de mayor bonanza económica de la nación se despilfarraron en una orgía grotesca de corrupción? ¿Que una vez que salgamos de la pesadilla de la dictadura de Nicolás Maduro, vamos a tener que lidiar por generaciones con el verdadero legado de Chávez que es el narcotráfico?

 Y no se crea que se trata aquí de una simple lectura de un título. El mencionado artículo resume las líneas mayores del quietismo conformista de Luis Vicente León. La primera es la supuesta falta de apoyo popular de las protestas de la oposición. El presidente de Datanálisis no parece percibir mayores diferencias con las manifestaciones de otros años. La segunda, su reivindicación obstinada de una pasividad disfrazada de no violencia. Y la tercera, su instigación a una carrera presidencial por una fulana ausencia de verdaderos líderes que generen consenso dentro de la oposición. No hace falta insistir en el poder dispersivo, altamente oxigenante para el gobierno, que tendría semejante discusión en estos momentos.

 Llegados a este punto cabría preguntarse, ¿por qué Luis Vicente León y otros personajes de la misma camada hacen lo que hacen? ¿Por qué postergan en sus análisis lo que la realidad ya muestra como inevitable?

 La respuesta está, me parece, en aquel lamento de los romanos en el poema de Cavafys:

 «¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?»

 

Elogio del escrache

escrache

Como todo en la vida, uno puede estar o no de acuerdo con la práctica del escrache. En mi caso, por una aversión natural a los gritos y a los escándalos (sobre todo en la vía pública) no sería capaz de perpetrarlos. Sin embargo, disfruto contemplándolos. Cotufas en mano he visto una y otra vez los videos que estos días se han vuelto virales: el de las valientes mujeres que irrumpieron durante la conferencia de Tarek William Saab en El Líbano, el de la multitud en Madrid que se posó a las afueras de un centro «cultural» donde se llevaba a cabo una actividad en defensa de la dictadura chavista, o el de la hija de Jorge Rodríguez en Australia.

Héctor Torres resumió esta circunstancia de una manera inmejorable: «Hicieron que los venezolanos se desperdigaran por el mundo y ahora, donde vayan, encontrarán dedos que los acusen».

De eso se trata. O, al menos, así lo veo yo. El escrache es el brazo desperdigado de una justicia simbólica, que nos recuerda que la diáspora venezolana también tiene derecho a manifestarse.

De las reacciones en contra del escrache sólo lamento dos actitudes que me parecen dejan de lado aspectos importantes de esta crisis que estamos viviendo. El primero ya lo señalé: el desdén hacia esta forma de manifestación por ser supuestamente característica de una emigración que algunos chavistas y opositores tildan de «acomodada». Una caracterización desafortunada no sólo por la cepa de resentimiento que contiene sino por el desconocimiento absoluto de las condiciones de vida de miles de emigrados venezolanos que distan mucho de ser «cómodas».

El otro argumento, sin embargo, me parece el más cuestionable. Aquel que con un tic virtuoso rechaza el escrache pues eso nos hace ser como «ellos». Un «ellos» que, aunque apunta obviamente al chavismo, nunca está del todo definido.

Llama la atención que idéntico argumento se ha utilizado para criticar, con corte de venas incluido, el uso de las famosas «puputov». En este caso, son más que comprensibles las advertencias sobre los riesgos sanitarios que semejante «arma» implica. Sobre todo en un país como Venezuela donde la falta de medicamentos, de médicos y el desmoronamiento del sistema hospitalario pueden hacer que la infección más inocua termine en una muerte horrenda.

No obstante, son los argumentos de engolado corte moral (usar las puputov también nos haría iguales a ellos) los que revelan lo difícil que es lidiar con algunos aspectos de esta lucha. Por eso me impactó tanto lo sucedido el 19 de abril, cuando miles de venezolanos prefirieron escapar hundiéndose en la corriente podrida del río Guaire antes que caer en las manos de la Guardia Nacional. Ese acto fue nuestro bautizo en el hediondo Jordán de la venezolanidad.

No es de extrañar que después de ese bautismo hayan sucedido dos eventos que quedarán registrados en los anales de nuestra historia: el gesto de rebeldía (rayano en la locura) de la señora que en El Cafetal, durante la protesta denominada «El plantón», decidió defecar en plena calle y el recurso a esos envases de plástico o de vidrio llenos de mierda, las ya mencionadas bombas «puputov».

El rechazar de manera tan tajante la propia mierda y desmarcarse del chavismo con la designación apolínea de un «ellos» que sería muy distinto a un «nosotros» encierra el germen de los conflictos futuros. Es no terminar de aceptar que esa gran bosta histórica que fue el chavismo la pusimos los venezolanos y nadie más.

Los escraches y las puputov, como espontáneos mecanismos de defensa y ataque, son valiosos testimonios del sustrato visceral, humano, de esta batalla sin armas que los demócratas venezolanos están librando. Son los reflejos de una naturaleza que en momentos de peligro se integra con todas sus partes, haciendo uso de ellas para rescatar lo que para otros seres parece ser sólo un concepto, un ideal o un hashtag: la libertad.

 

 

 

 

 

 

Una inmensa cámara de gases

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Los apóstoles Nicolás Maduro y Diosdado Cabello han decidido seguir al pie de la letra la orden que su santo Padre, Hugo Chávez, emitió el 17 de enero de 2009 durante uno de sus populosos mítines: echarle gas del bueno y meter preso a todo aquel que cometa el «delito» de defender su derecho a la protesta.

Maduro y Cabello han hecho esto y aún más: han decidido gasear no sólo a los que se manifiestan en la vía pública, sino también a aquellos que no. Bombardear a la gente en las casas, los apartamentos y hasta dentro de los hospitales. Rociarlos con gas del bueno, del que ya está vencido, el más tóxico.

Así sucedió el 2 de mayo de 2017 en las residencias Victoria, de la parroquia caraqueña de El Paraíso. Después de reprimir a los manifestantes, la Guardia Nacional decidió bombardear con gases lacrimógenos los apartamentos. El saldo fue de un sótano, tres apartamentos y cinco carros incendiados, más las cuatrocientas familias que allí viven, intoxicadas y aterradas por el asedio. La GN también aprovechó de arremeter contra los bomberos mientras cumplían su labor de apagar el fuego. El ataque se prolongó, sin pausas, durante doce horas. Al día siguiente se contabilizaron más de 800 cartuchos de bombas lacrimógenas, lo que da una imagen aproximada de las dimensiones de este absurdo ataque.

cartuchos bombas

Cuando le pregunté a mis familiares que viven en las residencias Victoria del porqué del ensañamiento, me respondieron:

–Primo, todavía no entendemos por qué. Creo que la Guardia Nacional vio que incendiaron un carro y en medio de su sadismo siguieron haciéndolo.

Los videos de los vecinos confirman esta impresión. Dispersada la protesta en la autopista, la GN dispara una y otra vez hacia los apartamentos. Sin razón, porque sí, durante horas. No es osado ver en tamaña insistencia un deseo: el de convertir la ciudad, el país quizás, en una inmensa cámara de gases. Saben que no lo pueden hacer, ya no estamos en la época de Hitler, vaya, pero cómo quisieran.

La cobardía, sin embargo, tiene sus ventajas. La cobardía tiene en el gas su elemento: es inasible pero utilizado de manera inteligente puede llegar a matar. Permite asesinar estudiantes sin verse obligado a usar las muy escandalosas y anacrónicas balas. Y si algo aprendió Hugo Chávez es que las dictaduras, como todo en la vida, tienen que adaptarse a los nuevos tiempos.

La publicidad, por ejemplo. Una de las herramientas más poderosas del capitalismo, demostró que era igual de útil al momento de vender, como si se tratara de una marca de perfumes, una dictadura de nuevo cuño bajo el empaque de una democracia socialista y participativa.

En la era del delivery ya no es necesario construir los costosos campos de concentración, ni hacer el engorroso trámite de arrastrar masas a un estadio de fútbol y sacrificar ante el público a un insigne trovador. En el siglo XXI la represión llega hasta tu casa. Te entrega en tu propia sala de estar, o también en medio del pecho, la porción de gas que te corresponde por atreverte a reclamar tu libertad.

Es cierto que siempre habrá testigos. Videos turbulentos que mostrarán a los militares disparando las bombas lacrimógenas, bombas que le ocasionarán la muerte a muchachos como Juan Pablo Pernalete, de veinte años de edad, o como a la bebé de sólo dos meses, que murió de un paro respiratorio en el Hospital Enrique Tejera, de la ciudad de Valencia.

Habrá videos, testimonios de familiares y testigos que confirmarán la verdad, pero esta se disipará con los propios gases con el paso de los días. Como mucho, piensan los militares, el horror persistirá en el ambiente con la sutileza de ciertos olores que nunca se terminan de marchar. Sin embargo, esa hebra que irrita la mucosa persistirá en esta y las próximas generaciones de venezolanos, como un recordatorio de los oscuros días que corren. Seguiremos llorando aunque ya no haya bombas que nos obliguen a hacerlo. Será la sal de una nueva y preciosa memoria.

 

Matar al padre

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Lo primero que llama la atención en el video de Yibram Saab Fornino, el hijo del Defensor del Pueblo, Tarek William Saab, es el escenario. Al fondo se ve un jardín cuyo límite es un muro de setos. A la izquierda una palmera precisa el encuadre. Es de noche y la única luz parece provenir del otro lado de la cámara.

–¿Estás listo? –dice una voz.

Yibram asiente e inmediatamente alguien más agrega:

–Estoy grabando.

Lo que sigue es uno de los capítulos más significativos del progresivo pero irrefrenable proceso de demolición del chavismo como poder político.

Yibram comienza por presentarse como «ciudadano y estudiante de Derecho». No como «pueblo» ni masa indiferenciada, sino como sujeto autónomo y pensante. Condición que refuerza al declarar lo que hace, estudiar Derecho, es decir, comprender los alcances y los límites de su propia libertad.

Es de piel blanca, pero el rostro muestra la insolación típica de los demócratas venezolanos de estos días: el registro ardoroso de las muchas horas pasadas bajo el sol luchando por vencer la dictadura de Nicolás Maduro.

El video dura apenas un minuto y cincuenta y dos segundos, pero está estructurado minuciosamente de principio a fin.

Luego de presentarse y de recordar cómo las sentencias del Tribunal Supremo de Justicia han roto el hilo constitucional en Venezuela, Yibram fija su posición, «libremente ante el país, como venezolano y como hijo mayor del Defensor del Pueblo, Tarek William Saab: mi papá».

Al decir esto, Yibram se detiene por un segundo, levanta la mirada del papel que está leyendo y observa a la cámara.

Yibram no dice mi «padre», dice mi «papá». Lo que a pesar de la severidad de la mirada, que revela la conciencia de la lección moral que le está brindando frente al país, busca mantener las hebras del hilo familiar.

La valentía del hijo revela la cobardía del padre. Tarek William Saab, ante el ultimátum que le dio la Asamblea Nacional para que asumiera verdaderamente las atribuciones de su cargo, utilizó como escudo a su esposa y a sus hijos, viendo en aquella exigencia una amenaza personal y culpando a la oposición de cualquier cosa que le pudiera pasar a él y a su familia.

A lo que Yibram responde:

«En primer lugar, quiero desmentir que tanto yo como mi hermana Sofía, de dieciocho años de edad, y mi hermano menor, de catorce, hemos recibido algún tipo de amenaza».

¿Por qué Yibram hace esto? ¿Por qué le hace esto a su propio padre? Yibram, inmediatamente lo aclara:

«Hago esto motivado por los principios y valores que me enseñó mi papá. Cosa por la cual te agradezco».

Estoy seguro de que, dentro de ciertos sectores monolíticos de la oposición, esta declaración les bastará para descalificar el pronunciamiento de Yibram. Pedirán lo que en el fondo anhelan que pase entre los venezolanos: un linchamiento. Sin embargo, Yibram ha hecho algo mucho más complejo, mucho más inteligente y a la vez conmovedor: ha desarmado al padre con sus propias armas. Las armas del valor y la justicia que el Defensor habría cambiado por un juego de mancuernas y unos afiches de Chávez.

Yibram ha cumplido con ese ritual que todo muchacho debe hacer de manera consciente para convertirse en hombre: matar al padre. Es decir, desvanecer la sombra paterna incorporándola. Un ritual que Yibram ha cumplido con valentía y también con ternura, ante la mirada atónita de un país que por un minuto y cincuenta y dos segundos quedó convertido en un público isabelino.

No obstante, no es sólo el drama familiar el que ha llevado a Yibram a hacer lo que hizo. Yibram decidió fijar posición en la noche de un día particularmente doloroso. El día en que la dictadura asesinó al joven Juan Pernalete, disparándole al pecho, a quemarropa, una bomba lacrimógena que le partió a él, a su familia y a toda Venezuela el corazón.

juan pernalete

«Ese, pude haber sido yo», dice Yibram y mira de nuevo a la cámara. Mirando, a través de todos nosotros, a ese a quien todavía llama «papá».

Yibram termina pidiéndole a Tarek, con un estoicismo impresionante, que reflexione y haga lo que tenga hacer.

«Te entiendo, sé que no es fácil, pero es lo correcto», le dice el hijo al padre.

Con su carta, Yibram Saab Fornino se ha convertido en hombre. No sólo en el sentido de la afirmación de una virilidad que en ciertas ocasiones, como esta, es necesaria. Sino también en el sentido de transformarse en alguien íntegro. Alguien que ha deglutido su propia sombra, aconsejándola y amándola.

La gesta de Yibram es, en el fondo, anímica. Ha espantado el fantasma que no pudo desfacer el nervioso Hamlet. El mismo fantasma que en una noche parecida devoró a Jorge Rodríguez y que le ha costado a Venezuela tantos ríos de lágrimas y sangre.

 

 

 

 

 

Peces del Guaire

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El título de este texto proviene de una canción de Desorden Público incluida en el álbum En descomposición del año 1990. Una placa que puede que no le diga mucho o nada a los más jóvenes de hoy, pero que en su momento supo captar un «sentimiento de época»: la degradación que estaba royendo al país en las postrimerías del siglo XX. La canción establecía un paralelismo entre la inercia consumista de entonces («por la noche no habrá nada que hacer/ prenderemos la TV para aliviar el estrés/ y los comerciales criollos nos enseñarán inglés») y la realidad de la calle, donde la inflación, la escasez, el desempleo, la corrupción y la injusticia nos convertían, como lo repetía el coro con acento tétrico, en «peces del Guaire».

El Guaire, el río-cloaca de Caracas, se había convertido con el pasar de los años no sólo en el principal desaguadero de la capital, sino también en el sumidero simbólico de las frustraciones, el rechazo y el desencanto. En la actualidad sigue siendo así, pues preferimos vernos en ese espejo montañoso, complaciente, que es el Ávila.

Sin embargo, pocos años antes de que apareciera el primer disco de Desorden Público, un conjunto de jóvenes poetas ya había buscado en aquellas aguas infectas una posibilidad de renovación de la poesía venezolana. Se trató del grupo Guaire, coetáneo del grupo Tráfico, quienes también vieron en la polución urbana un camino de purificación expresiva.

Desde la demagogia, presidentes, alcaldes, diputados, candidatos y políticos de toda ralea, de ayer y de hoy, han intentado pescar en río revuelto con la promesa de sanear el Guaire, para cumplir así con un supuesto deseo adánico de los caraqueños: bañarnos otra vez en las aguas del río.

Entre la promesa y el rechazo de los habitantes, el río Guaire ha seguido su curso. Arrastrando «mierda, mierda y más mierda hacia el mar», como diría Fernando Vallejo, para que nosotros podamos observar con el rostro orondo y el culo limpio el verde de la montaña y el azul del cielo.

Pero el Guaire no es sólo una naturaleza muerta que, cual cuadro de botiquín, desentona frente a los Cabré que los caraqueños capturan cada día en sus teléfonos celulares. El Guaire es, quizás, una de las metáforas que mejor resume la historia de Venezuela. En el tiempo podrido de su cauce confluyen la riqueza y la miseria que hemos sido capaces de acumular en más de doscientos años de vida republicana. Elementos que, en nuestro caso, son inseparables.

Para comprobarlo sólo habría que poner, una al lado de otra, dos imágenes que nos acompañan desde la época del descubrimiento y la conquista de América. La primera proviene de Europa. La propuso Cristóbal Colón en 1498, en su carta a los reyes católicos, cuando narra el hallazgo de la tierra firme en nuestras costas orientales. Al adentrarse en el territorio que comienza en Macuro, Colón creyó haber dado con «el paraíso terrenal», con la «Tierra de Gracia». Elías Pino Iturrieta, en Ideas y mentalidades de Venezuela, dedica un meditado ensayo a calibrar el peso que semejante denominación de origen ha tenido para nosotros.

La otra imagen proviene de nuestros ancestros indígenas quienes, ya en el siglo XVI, hablaban de un extraño líquido aceitoso que manaba a borbotones en algunos enclaves de mares e islas, al cual se referían como «el excremento del diablo». Término que fue retomado en 1976 por Juan Pablo Pérez Alfonso en su ya conocido libro sobre el petróleo en Venezuela (Rafael Arráiz Lucca, por su parte, ha escrito no pocas y bien documentadas páginas al respecto).

Devenir un país petrolero, con las mayores reservas naturales del mundo, quizás nos hizo olvidar la dualidad del símbolo que constituimos para nosotros mismos. Como con el Ávila, optamos por vernos sólo como el paraíso terrenal y no, también, como el lugar que escogió Satanás para echar la más grande de sus cagadas en el planeta Tierra. Un «regalito» que nos dejó el ángel caído, con el que se alimentan las guerras en el mundo y que le otorga «carisma» a los caudillos de turno.

La Venezuela petrolera hizo realidad el viejo sueño de los alquimistas: transformar el excremento en oro. O, para decirlo con palabras de Juan Eduardo Cirlot, transformar la nigredo en el aurum philosophicum. Hugo Chávez, a quienes algunos con razón llaman «el Midas inverso», revirtió el proceso: transformó la mayor riqueza que ha tenido el país por ingresos petroleros en mierda.

Como se ve, el asunto no puede centrarse en la mierda en sí, que suele estar al principio y al final de los procesos humanos. La clave pudiera estar en la posición que asumimos con respecto a la mierda. O en el modo que tenemos de lidiar con ella cuando es la historia y sus circunstancias las que nos colocan en determinado punto del arco alquímico de la vida.

En la manifestación del 19 de abril de 2017, fue la Guardia Nacional la que empujó a cientos de venezolanos que marchaban por la autopista Francisco Fajardo de Caracas a lanzarse a las aguas del Guaire para salvarse de las bombas lacrimógenas y los perdigones. Esa preferencia habla no sólo de los niveles de violencia de los aparatos represivos del gobierno, sino de una inclinación que tiene también algo de «natural» y que no tiene por qué avergonzarnos. Si ese es el río que ha estado siempre a nuestro lado, atrayéndonos y expulsándonos como un asqueroso jardín prohibido, si está hecho, además, de nuestra propia mierda ¿por qué no vamos a preferir atravesarlo antes que caer en las manos, ajenas, verdaderamente cochinas, de la dictadura?

La imagen de estos venezolanos que escaparon de la muerte, de la cárcel y de la tortura gracias a la humildad inmunda del río, quedará como uno de los grandes momentos en la historia de Caracas. Un punto de quiebre en la relación que los caraqueños han establecido con la ciudad. Un acercamiento único, por literal, a una forma de autoconocimiento colectivo, a una irremplazable comprensión de las esencias y los fines: a una verdadera escatología, pues, en el sentido más amplio del término.

La respuesta del gobierno a lo sucedido reafirma estas impresiones. El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) hizo circular en Twitter un «meme» que expresaba su visión de lo ocurrido en la autopista. La imagen muestra una foto del río Guaire siendo atravesado por los manifestantes con la siguiente leyenda: «A Dios lo que es de Dios. Al César lo que es del César. Al Guaire lo que es del Guaire». Nicolás Maduro fue de los primeros en retuitear la imagen.

al guaire lo que es

Lo que escandaliza aquí, además del regodeo grotesco en la represión de una manifestación pacífica, no es sólo, como pudiera pensarse, que el presidente de Venezuela asimile al ochenta y cinco por ciento de la población con la mierda. Lo que indigna es que la ebriedad de poder, dinero y vileza le haya hecho olvidar que todos los seres humanos, al final estamos hechos de la misma deleznable materia. Como si al haber tergiversado las palabras de Jesús, Maduro nos dijera que su reino, el de los asesinos y corruptos que lo acompañan, no es de este mundo. Puede que en sus delirios de grandeza Maduro se vea como una especie de Kim Jong-il, el padre de Kim Jong-un, actual dictador de Corea del Norte, cuyo origen divino estaba refrendado por la creencia de que jamás defecó.

Hoy día, gracias a los avances de la patafísica, se sabe que Kim Jong-il sí defecaba. Maduro también. Sólo que, como Ubu Rey, el personaje de Alfred Jarry que encarna el poder en su faceta más grotesca, ambos defecan «mierdra».

La diferencia va más allá de una simple letra. Victor Hugo cuenta una anécdota que quizás aclare el sentido.

Cambronne fue el último combatiente francés en caer en la batalla de Waterloo. Dice la leyenda, así la reproduce Hugo en Los Miserables, que cuando los generales ingleses lo increparon a él y a su batallón para que se rindieran, Cambronne respondió una sola palabra:

Merde!

Luego agrega Hugo:

«Decir esa palabra y morir enseguida: ¿existe algo más grande?»