Traducción, juego y violencia

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Conferencia leída el 3 de mayo de 2018 en el Instituto de Traductología de la Universidad Carolina de Praga.

Para Robert, Arie y Vít.

Una pregunta que los periodistas suelen hacerle a los escritores es ¿por qué escriben? Pregunta extraña que ningún escritor, creo yo, se hace a sí mismo. Al menos no al momento de escribir. Ni antes ni después. Supongo que hay allí un genuino interés, aunque la insistencia en la pregunta a veces me hace sospechar un secreto deseo de desalentarnos. De llevarnos ante el espejo y que nos preguntemos: de verdad, ¿por qué escribes? O, pregunta aún más peligrosa, ¿para qué?

La pregunta me la han hecho suficientes veces como para verme forzado a pensar en el asunto. No tanto porque en realidad me interese sino por no defraudar a los periodistas o a algún lector interesado en la pobre trastienda del escritor, que en estos casos esperan, pienso yo, algo con más sustancia que un simple pero en el fondo muy sincero «no sé». Y he llegado a la conclusión de que, quizás, escribo por el deseo de leer un libro que solo existe en mi cabeza y que solo yo puedo escribir. No me refiero, claro está, a ninguna capacidad mía especial. Hablo de esta particularidad con la que, fatalmente, estamos condenados a hacer las cosas. A imprimirle a todo lo que hagamos nuestro maravilloso o insufrible sello. El problema es que un escritor solo lee su libro en el propio proceso de escritura y luego en el de corrección y luego cuando al fin sale el libro publicado. Es decir, no puede llegar a leerlo porque nunca podrá ver ese libro, salvo algunos logrados pasajes, que no tienen por qué coincidir con los que destaque la crítica, como algo escrito por otro.

Además, hay otro problema. Al menos en mi caso. Después de publicar un libro me entra una especie de depresión postparto en la que muy pronto ya no quiero saber nada de ese libro que tanto quise leer alguna vez y que tuve que escribir. Así fue con mis primeros tres libros, que fueron de cuentos, y así hubiera sido con The Night, mi primera y hasta ahora única novela, si no fuera porque tuve la fortuna de que ha sido traducida al francés, al holandés y al checo.

Tener una novela propia traducida a otro idioma ha sido la única forma de cumplir a cabalidad el deseo de leer de verdad ese libro que alguna vez tuve en mi cabeza. Recorro esas páginas que conozco tan bien y que sin embargo ahora suenan tan distinto, como si hubiera entrado en una dimensión paralela de mi existencia. Así sucedió en el caso de la traducción francesa publicada por Gallimard, hecha por el gran Robert Amutio, el traductor que introdujo a Roberto Bolaño en Francia, pues este es un idioma que manejo y que puedo leer con bastante fluidez.

En el caso de las traducciones al holandés y al checo, el extrañamiento es radical pues mi desconocimiento de estas lenguas es absoluto. Apenas reconozco mi nombre en la portada de estas hermosas e incomprensibles ediciones y algunos otros nombres propios de la historia, personajes y lugares que resaltan como pequeñas islas de sentido en medio de una marea de signos un poco hostiles.

El hecho de que The Night haya sido traducida es un sorpresa para mí, pues apenas soñaba con publicarla. Además, es una novela con unas particularidades que la hacen compleja al momento de traducirla. Tanto por la cantidad de referencias a personajes y situaciones de la historia de Venezuela, que son desconocidos para la mayoría de los lectores no hispanos, como por lo que considero que es el hueso narrativo: la historia de Darío Lancini, autor de un único libro titulado Oír a Darío, hecho de palíndromos (como el propio título).

Los palíndromos, esas palabras o frases que se leen igual al derecho y al revés, son intraducibles. El modificar la posición de una sola letra se rompe la perfección simétrica y de sentido que propone el palíndromo. Y en mi novela hay palíndromos, así como otros juegos de palabras: anagramas, acrósticos, textos bifrontes, etc. Es decir, toda una serie de obstáculos para su traducción. La única aparente ventaja que podía ofrecer mi novela es el título, que originalmente está en inglés. Esto ha sido motivo de preguntas, tanto curiosas como suspicaces, pues algunos lectores no entienden por qué la titulé The Night y no, «como correspondía», La Noche. Yo explico lo que ya aparece en la primera página de la novela. El título proviene de una canción del grupo norteamericano Morphine que se titula «The Night», y que tiene un papel importante en la narración y en la construcción del ambiente nocturno y gótico de la novela. Desde que escribí esa primera página, donde un personaje llamado Matías Rye afirma, convencido, que va a escribir una novela titulada The Night, supe que la mía también se llamaría así. Es como cuando se decide el nombre de un hijo. Solo viene el nombre, sabemos que ese es y así se va a llamar.

Cuando supe que la novela iba a ser traducida fue que reparé en lo singular del título, que funciona, gracias a la expansión del inglés, como un nombre propio que no necesitaría traducción. Sin embargo, para los editores no ha sido tan evidente. En cada ocasión se han planteado el asunto de qué hacer con el título: si mantenerlo o traducirlo también. Y, en alguna ocasión, uno de estos editores tuvo que batirse con el departamento de marketing para lograr que «The Night» se mantuviera. En el caso de la edición checa, que ha sido la única en modificar el título, se impuso un criterio comercial y editorial del mercado del libro checo: lo poco atractivo que resultaba para los lectores de aquí obras con títulos en inglés. Y por eso mi libro se titula en checo Kniha noci, que significa «El libro de la noche» y que suena muy bien.

kniha noci

Ahora bien, dicho esto, ¿cómo el libro logró ser traducido a estos idiomas? Dejando de lado las virtudes que la obra pueda tener, que las tiene, tampoco hay que hacerse el modesto sin necesidad, tengo la impresión de que en buena parte ha sido así porque los propios traductores, que muchas veces hacen de evaluadores de libros para las editoriales, se sintieron atraídos por las dificultades y el reto que este trabajo podía representar. Sin un interés genuino de mis traductores, estas versiones de mi novela no existirían. O al menos, no existirían con esa mezcla de fidelidad y rareza que le han sabido imprimir. En conversaciones con periodistas, o leyendo algunas reseñas de lectores franceses, holandeses y checos, reencuentro las marcas que me permiten re-conocer mi propia novela. Y así, aunque no hable una palabra de checo ni de holandés, sé que las traducciones son buenas. Reencuentro mi propio libro gracias a las lecturas de los otros.

Las traducciones son una oportunidad de lujo para que el autor pueda apreciar qué de universal (es un decir) y qué de doméstico tiene su libro. En España, como es lógico, se han interesado más por el contexto político de mi novela. En Holanda, Francia y República Checa eso también está, pero con un mayor interés hacia otros temas como los juegos de palabras, la reflexión sobre el lenguaje, la historia de las vanguardias europeas o el a veces sombrío mundo de la psiquiatría. Sin embargo, resulta más aún enriquecedor comprobar que en cualquiera de estos cuatro idiomas, las críticas negativas a la novela son más o menos las mismas: la abundancia de tramas y personajes, lo dislocado de la estructura narrativa, ciertas digresiones que algunos pobres incautos a veces descartan por «eruditas». Es decir, si tuviera que juzgar los modos de lectura solo a partir de esta muestra infinitesimal que es mi propia novela traducida, diría que un reclamo global a la literatura de estos tiempos es la opacidad de los temas y de los recursos utilizados. O, si lo vemos en el otro sentido, pareciera que la aspiración de los lectores contemporáneos es a lo transparente y a lo diáfano. Y esto aplica no solo para el llamado lector común. Aplica también para los escritores y otros lectores «especializados» que parecen estar de acuerdo en que, cuando se trata de literatura, no hay tiempo que perder. ¿No está de acuerdo en esto incluso la Academia sueca, que en 2016 premió a «autor» que ni siquiera había que leer?

Dicho esto, el hecho de haber sido traducido ya es una fortuna, insisto, pero la verdadera suerte ha sido contar con excelentes traducciones. Porque hubiera podido pasar que me tradujeran mal. Es decir, que me tradujeran prestando solo atención al deseo de garantizar la inteligibilidad de mi novela a toda costa. Y no fue así. Mis traductores han cumplido la labor complejísima que, ahora lo veo, pienso debe tener toda traducción: trasladar una historia, con sus personajes y referencias a un idioma y un ambiente distinto, conservando los elementos y los detalles de origen. Y también, y esto me parece lo más complejo del asunto, trasladar de un país a otro los misterios, vacíos y silencios de que está hecha una obra literaria. ¿Cómo mantener idéntico aquello que no tiene forma? ¿Cómo traducir lo que escapa a las palabras? ¿Cómo cercar lo no dicho? He ahí el gran problema que plantea la escritura de una novela y su traducción. Son dos actos creativos que se reflejan el uno al otro.

Todo esto conduce a otra arista, anecdótica pero interesantísima, del asunto: la relación entre autor y traductor. Por tratarse de mi primera novela, mi relación con los traductores fue al principio «epistolar». Robert Amutio, Arie van der Wal y Vít Kazmar aparecieron un día en mi bandeja de correos electrónicos presentándose con los correos más extraños, inteligentes y divertidos que se puedan imaginar. Unos primeros correos perturbadores en el sentido de que ya, desde ese primer contacto, ellos parecían saber mucho de mí y yo nada, o muy poco, de ellos. Y no porque yo fuera una persona pública, que no lo soy, ni porque ellos hubieran investigado sobre mi vida, sino por el nivel de compenetración con mi novela que demostraban. Un tipo de lectura muy particular, que no es la del escritor, ni la del crítico, ni la del editor. La «lectura» (ya ni sé si puede llamar simplemente así) que hace un traductor es algo más bien cercano a la interpretación de sueños.

Esos correos de salutación de mis traductores solían venir acompañados de una serie de preguntas y comentarios sobre los escollos encontrados durante su trabajo. Robert, Arie y Vít me ayudaron a detectar errores de diverso tipo en mi novela: confusión de Calabria con Cantabria, un recorrido marítimo inverosímil, palabras en español mal utilizadas. Pero también me interrogaban sobre cosas que no eran ni verdaderas ni falsas. Es decir, sobre metáforas. Por ejemplo, Vít me preguntó sobre el siguiente párrafo del capítulo 26 que dice así: «Dio unos pasos hacia atrás, para tener perspectiva, y tropezó. Una silla. La silla en la que había estado sentada, amarrada durante cuatro meses, Lila Hernández. Allí, justo en medio de la sala, a un costado de la cuerda floja, rozándolo con su borde de murciélago».

 Vít quiso saber qué quise decir yo con aquello de «borde de murciélago». Este son el tipo de preguntas que uno debe tratar de responderle a su traductor. Desandar el camino irracional que te condujo a una metáfora para sin ningún enmascaramiento decir lo que uno en realidad quiso decir. Hay ocasiones en que este tipo de preguntas revelan la torpeza de una imagen utilizada y por lo tanto descartable, pero hay otras ocasiones donde uno no puede deshacer o explicar la imagen. Nudos de lenguaje y pensamiento a que conduce el diálogo entre un escritor y un traductor y que hace que estos intercambios sean de alguna manera tan personales.

Por vivir en Francia he tenido tiempo de compartir en más de una oportunidad con Robert Amutio, a quien ya siento como un amigo. En una reciente estadía en Holanda al fin conocí a mi traductor holandés, Arie van der Wal, en el Instituto Cervantes de Utrecht, quien me obsequió un ejemplar de Karcino, el tratado de palindromía de Juan Filloy, un escritor argentino que se declaró en esas páginas «el primer palindromista del mundo, a través de todas sus épocas, de todos los idiomas y de todas las latitudes del espíritu». Arie ya había traducido dos libros de Filloy, por lo que se entusiasmó mucho al saber de la vida y la obra de Darío Lancini, quien, en mi opinión, es el verdadero primer palindromista del mundo.

 Ahora en este viaje a Praga he tenido la suerte de conocer en persona a Vít Kazmar, quien en su primer correo me contó que él había hecho una tesina sobre Juan Filloy. De modo que estos datos sirven para resolver el enigma de cómo ha sido posible la traducción de una primera novela, llena de juegos de palabras intraducibles: es el juego del lenguaje, el más serio y complejo de todos los juegos, el que nos ha conducido hasta aquí.

En The Night, es esta lúdica seriedad la que convoca a sus tres personajes principales: el psiquiatra Miguel Ardiles y dos de sus pacientes, Matías Rye y Pedro Álamo. Para ellos, los juegos de palabras son un divertimiento pero también una especie de oráculo que de forma insospechada los conecta con lo más sórdido de la realidad de un país sórdido como lo es desde hace algunos años Venezuela. Y es aquí donde volvemos al crucial punto de las traducciones: traducir lo intraducible. No solo los palíndromos y anagramas sino el horror de tantas vidas sacrificadas, unas trescientas mil, sin que se sepa muy bien cómo ni por qué. Es decir, los venezolanos tenemos muy claro cómo y por qué. Este país empobrecido, asesinado y con una emigración inédita en su historia es el resultado de las políticas totalitarias implementadas por Hugo Chávez desde que asumió el poder en 1999, ahora continuadas por su hijo más tonto y sanguinario, el dictador Nicolás Maduro. El problema es cómo explicar a alguien que no sea venezolano el mecanismo de esta tragedia. El periodista John Lee Anderson, en una entrevista que le hicieron a propósito de Venezuela en el año 2015, dijo lo siguiente: «Nunca había visto un país, sin guerra, tan destruido como Venezuela».

La frase es interesante porque demuestra los límites de la experiencia. Un periodista como Anderson, que ha trabajado en zonas de conflicto como Libia, Somalia, Afganistán, Irak y Centroamérica, tropieza con una destrucción que no cuadra en sus modelos conocidos de lo que es, o debería ser, una guerra. La perplejidad de Anderson se desvanecería al entender que en Venezuela sí ha habido una guerra. Solo que para poder verla no basta ser un reportero bélico experimentado. Captar la guerra en Venezuela es sencillo. Solo exige vivir allí durante varios años y sobrevivir.

«La verdad es un espectáculo para una sola persona», dice Miguel Ardiles, uno de los personajes de mi novela. «El problema no era tanto encontrarla, pensaba Miguel, como mantenerla viva y reconocible fuera de uno mismo».Este es, creo, el trabajo que hace también un traductor. Transportar una vela a través del Atlántico, apenas protegida por un manto de palabras comunes, y lograr que no se apague.

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La gran traductora Anežka Charvátová, el traductor Vít Kazmar y yo. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El verdadero enemigo

Valdemar

Es significativo que cada vez que se crítica a la dirigencia de la MUD/ Frente Amplio por sus más que evidentes errores, negligencias y en ocasiones hasta abiertas complicidades con la dictadura, salgan algunas reconocidas voces y otras tantas anónimas a recordarnos que Maduro y sus secuaces son «el verdadero enemigo». Esa es la expresión, de thriller psicológico, que siempre usan. A veces ni siquiera rebaten los argumentos o acusaciones en contra. Como padres indulgentes nos dicen, incluso, «sí, es verdad, pero recuerda que…» y cierran con el comodín de costumbre.

No tengo ninguna duda de que el enemigo es Maduro y cada uno de los miembros de su dictadura, pero tampoco tengo dudas de que el principal obstáculo en la lucha contra la dictadura chavista es la dirigencia opositora nucleada alrededor de la MUD/Frente Amplio. Lo que antes se llamaba «la oposición», para referirse a la dirigencia política que en el discurso público se enfrentaba a la del chavismo, hasta ahora ha funcionado como una bolsa de seguridad que suaviza el impacto en el cuerpo del Estado totalitario cada vez que la sociedad se ha unido para ponerle freno.

Lo sucedido ayer 20 de mayo de 2018, día del fraude electoral que Maduro inventó para reelegirse, permite ver el funcionamiento del mecanismo de contención. Lo principal en esta comparsa fue, por supuesto, encontrar a alguien dentro de las propias filas del chavismo que interpretara el papel de contrincante. El mismo que cumplió Francisco Arias Cárdenas en las elecciones presidenciales de 2000. El elegido fue Henri Falcón que, todo hay que decirlo, ha puesto la vara muy alta para quien quiera sucederlo en dicho rol. Falcón no solo llevó a cabo con genuino entusiasmo una campaña presidencial que sabía desde el principio falsa, que incluyó escenas como su propia versión del salto de charco a lo Carlos Andrés Pérez, cargar una enana y repartir pescado a manos llenas, sino que además ahora anuncia que va a impugnar los resultados de la farsa electoral para la que fue escogido.

El verdadero mérito de Falcón, sin embargo, no se limita a eso. Falcón ha logrado que la misma noche en que se consumó el fraude la dirigencia opositora y su corte de periodistas y analistas lo recibieran de nuevo con los brazos abiertos. La gente de Voluntad Popular, por ejemplo, o analistas como Luis Pedro España, Félix Seijas e, incluso, un periodista como Nelson Bocaranda, comenzaron de inmediato a hacer el trabajo de control de daños. Todo esto enmarcado en un llamado a la reconstrucción de una supuesta «unidad» que no es otra cosa que una especie de #MeToo electoral donde las víctimas hacen frente común ante aquel que una y otra vez ha abusado de ellos.

«El verdadero enemigo», como vemos, es una expresión que funciona en ambos sentidos. Es una máscara doble que protege tanto al «gobierno» como a la «oposición» de aquello que, en el fondo, más temen: un cambio drástico de este estado de cosas, de este drama que ya tiene veinte años desde que empezó. Un cambio que pasa tanto por una restitución de la democracia, con la respectiva expulsión del poder de los monstruos que hoy nos someten (en la esperanza de que sean juzgados por sus crímenes), como por la jubilación de esa clase política que contribuyó a crear a Hugo Chávez y que, en el fondo, permanece atada a su cadáver. Son como los hipnotizadores alrededor del cuerpo moribundo del señor Valdemar, en el cuento de Edgar Allan Poe. Dándole un interminable último aliento a un cadáver que también es el suyo, pues ¿qué sería de ellos si no existiera «el verdadero enemigo»?

 

El Helicoide: una memoria tortuosa

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El Helicoide vuelve a ser noticia. El miércoles 16 de mayo de 2018, 54 presos políticos que allí están recluidos (de los más de 300 que hay en el país), iniciaron una protesta para denunciar las terribles condiciones de su confinamiento: presos con boleta de excarcelación que no han sido liberados, presos que permanecen en un limbo jurídico porque se los retiene sin siquiera llevarlos a juicio, presos que pasan hambre, presos que son golpeados y torturados de forma sistemática. Presos que, y esto es lo fundamental del asunto, no deberían estar presos.

El Helicoide vuelve a ser noticia y, como ha sucedido desde su planteamiento original, lo es a pesar suyo. Construido a finales de los años cincuenta como un innovador centro comercial cuyas obras nunca se concluyeron, desde entonces solo ha tenido dos usos: como refugio temporal de unos diez mil damnificados durante los años setenta y, desde 1985, como sede policial y cárcel. Así lo recapitulan Celeste Olalquiaga y Lisa Blackmore en el prólogo de su libro Downward Spiral. El Helicoide’s Descent from Mall to Prison (Urban Research, 2018), un volumen recopilatorio de diversos artículos, acompañado de un increíble registro fotográfico, de la historia de este incomprendido monstruo arquitectónico que en su forma inconclusa, en lo titánico de su diseño y en sus usos desplazados, tanto dice de los derroteros de la modernidad y de la democracia en Venezuela.

Este libro es una lectura urgente para los venezolanos y en especial para los dirigentes políticos que desde hace años están sentando las bases de lo que algunos, los más optimistas, ya perciben como la inevitable transición de la dictadura chavista hacia la reconstrucción de la democracia. Pienso, por ejemplo, en María Corina Machado, una lideresa de quien no pongo en duda su honestidad y su vocación de servicio al país, aunque lo improvisado y a veces apasionado de su discurso la lleve a hacer declaraciones muy cuestionables.

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María Corina Machado fue de las primeras en apostarse a las afueras del Helicoide para apoyar la protesta de los presos políticos y exigir su liberación. En unas declaraciones del 17 de mayo, transmitidas por la cadena NTN24, María Corina Machado se refiere al Helicoide como «este monumento a la tortura que, sépanlo bien, lo vamos a demoler». Lo dice con genuina indignación. Le tiembla un poco el labio inferior, parece contener el llanto e insiste: «Véanlo. Lo vamos a demoler. Y estoy hablando físicamente. Este monumento será derribado, como un reconocimiento a aquellos que aquí han estado presos y [a] cada uno de los venezolanos que la represión de este régimen le ha arrebatado la vida».

Las declaraciones son harto elocuentes de lo que ha sido la historia de El Helicoide: un portentoso recordatorio de nuestras babélicas aspiraciones y sobre todo de nuestros fracasos. Yo puedo entender que por la indignación del momento María Corina Machado haya hecho esas declaraciones sin pensarlas bien. Sin embargo, son peligrosas por lo que contienen y deben ser atajadas antes de que se transformen en actos que, sin darnos cuenta e incluso con las mejores intenciones, nos coloquen en el sendero de una nueva amnesia que a la larga conduzca a nuevas tiranías.

Lo primero que alarma de esas declaraciones es el hecho de que María Corina Machado haya decidido, a título personal, que El Helicoide debe ser destruido. ¿A quién consultó para afirmar eso? ¿Está al tanto Machado del valor arquitectónico de El Helicoide? ¿Sabe todo lo que perdería la ciudad con su demolición? No lo sabe, como lo ignoran la mayoría de los venezolanos que, por una u otra razón, deben pasar por Roca Tarpeya y contemplar esa estructura que remata, como una hermosa concha marina o como una cagada de perro, aquella colina de detritus donde se ubica.

Sin embargo, lo que más alarma de su declaración es el contrasentido de llamar a El Helicoide un «monumento a la tortura» para luego exigir su demolición. Si es un monumento, ¿no debería ser conservado? ¿Cómo puede ser un reconocimiento a los presos políticos que allí han sido torturados que se destruya el escenario de tantos dolores y tantas injusticias? ¿Qué sería, por ejemplo, nuestra memoria colectiva del holocausto alemán si Auschwitz y sus campos y sus barracas hubieran sido demolidos?

Creo, al contrario, que si en el contexto de una nueva reconstrucción del país y sus instituciones debiéramos plantearnos (también de nuevo) la pregunta de qué hacer con El Helicoide, puestos en la disyuntiva de demolerlo o conservarlo, sin duda apostaría por lo segundo. Treinta años como sede policial y cárcel y, ahora, calabozo de torturas, es verdad, lo inhabilitan para usos recreativos. Pero, ¿no sería más bien la ocasión de construir allí un museo que nos permita a los venezolanos ver la historia de los abusos cometidos por las dictaduras del siglo XX y esta del XXI? ¿No se hubiera podido enseñar mejor a los estudiantes de los colegios el horror del gomecismo si todavía existiera La Rotunda? ¿No habríamos conjurado la posibilidad de que todavía hoy exista gente que defienda el régimen de Marcos Pérez Jiménez si existiera un lugar que les explicara a los niños, jóvenes y adultos, quién fue Pedro Estrada, qué fue la SN, o en qué consistía la tortura del cilindro?

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El estudiante Gregory Sanabria, después de ser torturado en El Helicoide

Sé que esta propuesta está cargada también de las emociones de la coyuntura. A El Helicoide, como un tótem, le endilgamos en algún momento todos nuestros anhelos y, desde hace décadas, todas nuestras frustraciones. Es doloroso y angustiante ver en vivo y en directo, gracias a los recursos audiovisuales de esta época, los vejámenes que sufren nuestros presos políticos. Pero también es enaltecedor ser testigo de la valentía con la que Daniel Ceballos, Lorent Saleh, el general Vivas o el estudiante Gregory Sanabria, junto a todos nuestros presos políticos, están dando la batalla por la libertad y la dignidad que nos fueron arrebatadas.

Sería una lástima regresar a Caracas y, en un futuro, no poder mostrarle a mis hijos que El Helicoide existe. No tener ese escenario privilegiado para que puedan ver con sus propios ojos la historia de los delirios, los horrores y las esperanzas de un país llamado Venezuela.

Narrar sin fronteras: presentación de Los Terneros, de Rodrigo Blanco Calderón.

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Por Valeria Correa Fiz.

Una gran parte de la literatura y del pensamiento más originales y de ruptura del siglo XX y del XXI se ha forjado bajo lo que yo llamo «la condición de escritor viajero o migrante». Guerras, persecuciones, intransigencias, intolerancias, crisis económicas, pero también becas, trabajos, doctorados y demás oportunidades en universidades extranjeras han obligado o motivado a escritores a abandonar sus lugares de origen y continuar con sus vidas en otros nuevos. Lo que en el pasado fue un fenómeno aislado o minoritario se convirtió en los últimos tiempos en una constante pareja a los cambios sociales y políticos propios de la posmodernidad.

Este cambio de «paisajes» dio a lugar en la literatura a un fenómeno que podemos resumir así: si el modernismo convirtió la metrópolis en el topos central de la producción literaria, buena parte de la posmodernidad, la encarnada sobre todo por escritores viajeros o extranjeros, creyó en la cosmópolis. Así en los cuentos de Los terneros se suceden Ciudad de México, Biarritz, Caracas, París, Miami, Berlín, por mencionar algunas de las grandes ciudades que sirven de escenario a sus historias. Y muchos de sus personajes son extranjeros: ciudadanos rusos en París, venezolanos en Biarritz, un alemán en Caracas son solo algunos de los ejemplos que se suceden en este libro.

En Mentiras contagiosas, el mexicano Jorge Volpi defiende el derecho a insertarse en otras tradiciones en estos términos: «quizás la nacionalidad de un autor revele claves sobre su obra, pero ello no indica –o al menos no tiene por qué indicar– que esté fatalmente condenado a hablar de su entorno, de los problemas y referentes de su localidad, o incluso de sí mismo».

Me gusta pensar que la acción literaria nunca ha conocido fronteras: la literatura no tiene por qué ser nacional. Los escritores son hijos de su tiempo y como tales heredan, estén donde estén, lo que yo llamo un «residuo nacional». Recuerda Elena Garro en sus memorias que el poeta español León Felipe en el exilio mexicano decía: me duele España. Del mismo modo, en los cuentos de Los terneros, los personajes puede que no estén en su país de origen pero nunca abandonan el debate y la dialéctica con su realidad nacional.

Adán y Eva, y con ellos todos los «expatriados» de la historia, cuentan con la memoria como recurso para mantener y detener el ámbito desaparecido. Uno de los imperativos bíblicos es el de la memoria (palabra que aparece mencionada no menos de ciento sesenta y nueve veces en la Biblia, referida tanto a Dios como al pueblo de Israel). La memoria es uno de los modos de la continuidad del ámbito desaparecido. Si la memoria quiere ser trasmitida debe contar, a su vez, con la capacidad relatora. Quien relata, conserva. Quien relata, inventa. Quien inventa, modifica y/o se hace preguntas. Como el protagonista de Biarritz que tiene que viajar a las playas de esa ciudad en noviembre y a quien su editor le dice: Ya no estás más en el Caribe. En este país el sol y el mar son otra cosa. ¿Qué significa un paisaje como la playa en invierno cuando uno es extranjero? ¿Qué hay en el metro de París? ¿Cómo es la ciudad de México vista por un ciego? Esos son algunos de los interrogantes que Rodrigo Blanco Calderón enlaza en sus cuentos. En su literatura nada es lo que parece. Los paisajes se resignifican, la arquitectura conocida se resignifica. La condición de extranjero puede ser un estado de ánimo tan profundo y poderoso como lo puede ser cualquier otro de los afectos por todos conocidos: el amor, el odio, la pasión.

Al desplazamiento físico de Blanco Calderón hay que unir el histórico-informacional. Por ejemplo, la historia de los atentados de París se cuela en mi cuento favorito, Los locos de París. Y los cuadros de Goya y La odalisca de Matisse son cruciales en Los terneros.

Para un escritor «la Patria» son también sus lecturas: Cervantes, Hugo, Dante, Petrarca, Corso, Burroughs, Machado de Assis, Woolf, Kundera, Saint-Exupéry son algunos de los autores que aparecen en los cuentos de Los terneros y que enlazan literatura y vida tan simple y delicadamente. Y hasta hace un cameo, como Hitchcock, el gran Borges. Para el escritor argentino el hecho estético es la inminencia de una revelación que no se produce; Blanco Calderón reformula el principio y le hace decir a uno de los personajes más encantadores de todo el libro: he descubierto que una buena novela es eso: la inminencia de un ataque de zombis que no se produce.

Por último, y luego de destacar lo posnacional y lo metaliterario en este libro, quiero hablar de la belleza narrativa. No solo por la galería de personajes singulares que componen este libro, que gozan, en palabras de Rodrigo Blanco, de la sensualidad de las victimas sino por la infinita delicadeza en el entramado de las historias. La elipsis, la lectura equivocada de los signos, las dos historias que confluyen en un mismo cuento, como le gustaría a Piglia, todo eso hace que Rodrigo Blanco Calderón trate al lector como al detective de La muerte y la brújula de Borges. Recordemos la trama brevemente: el detective del cuento investiga una serie de muertes que adjudica a una vieja secta hebrea. Así es conducido por el asesino Scarlach y antagonista hacia el escenario de su propia muerte. El lector descubre sobre el final del relato que todos esos crímenes no son más que un montaje narrativo para atrapar al detective. También los cuentos de Rodrigo Blanco Calderón tienen una estructura oracular y fatalista: hay alguien que está ahí -generalmente un discreto narrador en primera persona- para recibir un relato. Pero hasta el final no comprende que esa historia que está por recibir es la suya y es la que definirá su destino: perder la inocencia de los terneros y reunir en su cuerpo todo el miedo de la muerte con el que se carga por puro linaje.

No me queda más que animar a los presentes a leer este libro que, por sus altas calidades literarias y la imaginación salvaje que despliega, no dejará a nadie indiferente. Muchas gracias, Rodrigo, por escribirlo.

Texto leído por Valeria Correa Fiz el 16 de marzo de 2018 en la librería Tipos Infames de Madrid.

 

La perplejidad del doctor Kohut (obituario para un viejo lamento)

plañideras

Karl Kohut es un académico alemán que ha dedicado muchos años al estudio de la literatura venezolana. En 1996 organizó un simposio que se desarrolló en la Universidad Católica de Eichstätt, en Alemania, entre el 31 de enero y el 3 de febrero. Se llamó Literatura venezolana hoy. Historia y presente urbano. El libro que contiene las actas del simposio abre con una introducción del propio Kohut titulada «Sobre algunas paradojas de la literatura venezolana».

La primera de las paradojas señaladas por Kohut tiene que ver con la búsqueda por parte de los escritores venezolanos de una identidad nacional a través de la literatura. Sobre esto, afirmaba Kohut:

Discutir la identidad nacional es un rasgo común que comparten todas las naciones latinoamericanas, lo que prueban los debates en torno a la “mexicanidad”, la “cubanidad”, la “peruanidad”, la “argentinidad”, etc. En este sentido, las preguntas de la “venezolanidad” no son la excepción, sino la regla. Sin embargo, pareciera como si en Venezuela las preguntas tuvieran un tono más angustioso, las respuestas un tono más dudoso que en los otros países.

Angustia y duda, pues, como las marcas que caracterizarían ciertas preocupaciones de nuestros escritores de entonces. Es importante insistir en la fecha del evento, a principios de 1996, durante el decadente segundo mandato de Rafael Caldera, cuando ya la tormenta revolucionaria se cernía sobre el país y nadie parecía darse cuenta.

Una revisión de esas actas sorprendería a más de un lector hoy día. La embrionaria dictadura tuvo en varios de los escritores del periodo, que después se opondrían (incluso desde la primera hora) al gobierno de Hugo Chávez, un diligente equipo de zapadores que contribuyeron con sus discursos a sentar las bases del nuevo sistema sobre el cuerpo exangüe de nuestra democracia noventera.

El contenido de algunas de esas declaraciones catastrofistas, que casi, incluso, parecían anhelar la catástrofe («los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones no les falte que cantar», decía Homero citado por Borges), no es el objeto de esta breve nota. Me interesa, más bien, analizar la energía aciaga que movilizaba tales apreciaciones, pues encuentran ecos (débiles, es cierto) en el presente. La ocasión puede servir, de todas maneras, para quitarnos uno que otro grano de arena de los ojos y contemplar con decisión el futuro.

En su ensayo, el doctor Kohut hace referencia a esa energía o costumbre paradójica en los términos de una «curiosa mezcla de autoafirmación y autocrítica tan típica de la cultura del país». Se refería Kohut al ya conocido lamento de los escritores venezolanos sobre su supuesta invisibilidad en el concierto de las literaturas del continente. Estas formarían una especie de espejo maligno que se negaba a reflejarlos. De ahí la angustia particular de los intelectuales venezolanos al indagar sobre su identidad.

El eje del trauma fue, sin lugar a dudas, el llamado boom de la novela latinoamericana. El boom fue, al decir de la legión de los plañideros (a la que uno en momentos de desaliento adhiere) la gran fiesta que nos perdimos. El Woodstock al que no fuimos invitados. O, para usar una metáfora más acorde con el afán de competencia nacionalista, el mundial de fútbol al que no clasificamos (ni clasificaremos jamás, parecen decir ahora los nuevos quejumbrosos). Ya en 2005, en la ciudad de Mérida, Roberto Echeto establecía la comparación entre la literatura venezolana y la selección de fútbol, la Vinotinto, durante una ponencia en la Bienal de Literatura Mariano Picón Salas. La cual se tradujo en un agitado debate en la prensa nacional y en blogs.

Nueve años antes de que la Vinotinto, en sintonía con nuestra literatura, empezara a cosechar éxitos y a despertar un fervor multitudinario (en comparación con años anteriores), ya Kohut se extrañaba de que a pesar de lo que él consideraba que eran los signos evidentes de una existencia nada desdeñable de la literatura venezolana en el extranjero, los escritores del patio insistieran en la queja:

¿Cómo explicar, entonces, esas autocríticas y quejas por parte de los intelectuales venezolanos, quejas que pueden parecer excesivas, sobre todo si son de fecha más reciente? Es cierto que podemos detectar en todas esas voces un dejo de autoironía, una tendencia (muy simpática) de burlarse de sí mismos. Sin embargo, hay en ellas un fondo serio que se puede resumir diciendo que los autores venezolanos confirman y niegan, en un mismo movimiento, la existencia de una literatura nacional.

Me pregunto ¿qué pensaría el doctor Kohut si supiera que todavía hoy la misma queja persiste? Hoy, cuando Venezuela se ha vuelto un asunto de interés global a causa de su tragedia política y social. Hoy, cuando ya conocimos lo que fue un boom editorial, por aquellos mismos años de la recordada Bienal de Literatura Mariano Picón Salas de 2005. Hoy, cuando a pesar de que se ha replegado la marea de la bonanza y solo parece haber escasez, muerte y penuria, los lectores, como milagrosas piedritas de río, persisten en nuestras manos diciéndonos que tanto ellos como los escritores existen. Hoy, cuando un brote terco y valeroso de pequeñas editoriales independientes siguen haciendo el trabajo que las trasnacionales dejaron en suspenso al abandonar el barco del comunismo bolivariano. Hoy, cuando el número de escritores venezolanos viviendo en el exterior y premiados y publicados y leídos y estudiados en el exterior ha crecido de manera evidente. Hoy, cuando los escritores venezolanos que viven en Venezuela también están siendo premiados y publicados y leídos en el exterior.

En vista de que no conozco al doctor Kohut, propongo una respuesta a partir de una frase de Borges.

Borges dijo una vez que los escritores que se oponían al tratamiento de doctrinas políticas en la literatura en el fondo se referían a doctrinas políticas opuestas a las suyas. En este sentido, cuando a pesar de toda el agua corrida bajo los puentes de estos años aún oigo aquella queja, como los ayes de un paciente crónico al que ni los médicos ni las enfermeras prestan demasiada atención, pienso en esa respuesta de Borges. Los escritores que se quejan de la invisibilidad de la literatura venezolana en el extranjero, en realidad lamentan la invisibilidad de sus propias obras. A pesar de que en algunos casos esos mismos escritores plañideros tienen obra publicada fuera de Venezuela y trabajan con tesón en hacerse un espacio en el mercado editorial internacional (que es, para decirlo de una buena vez, difícil y competitivo para cualquier escritor, sin importar su nacionalidad).

Un dato aleccionador, siguiendo la afirmación de Borges, es ver que la insistencia en la invisibilidad de nuestra literatura va pareja a una condena de toda referencia al presente político venezolano, bien sea como tema sustancial o como contexto, en las obras literarias. Una especie de platonismo invertido y de estoicismo de postguerra que lleva a los escritores plañideros a sus tres negaciones: negar que la literatura venezolana existe fuera del país; renegar de las circunstancias históricas que para bien y para mal han puesto la etiqueta «Venezuela» y todo lo que ella arrastra en la palestra pública; y negar o proscribir la escritura sobre nuestro dolor, como si la literatura fuera un asunto de temas y no del modo en que los temas se tratan. Actitud de la que se desprende una moral de «pobre pero honrado» que funciona como una justificación de las propias carencias. Pues, a juzgar por el desgano creativo de sus defensores, pareciera que esta actitud sirve para atacar libros que se tildan de oportunistas o mercantilistas, pero no para escribir los humildísimos volúmenes de esa hipotética biblioteca desconocida y necesaria.

¿Por qué sucede esto? ¿Se trata de una pataleta infantil provocada por el agotamiento del «tetero de petróleo»? ¿Un último resabio de esa actitud virreinal, es decir imaginaria, que heredamos de nuestros antepasados indígenas porque vivieron mucho tiempo en el reino natural de la Tierra de Gracia? ¿O es más bien una incapacidad de aceptar la Caída y entender que también en la literatura, como en todos los aspectos de la vida, debemos trabajar y ganarnos lo que sea que nos toque con el sudor de nuestra frente?

No lo sé.

En todo caso, tengo la impresión de que estas quejas y lamentos quedarán como una marca de época. Una época ya lejana, amniótica, anterior a la tierra arrasada, al éxodo y a las enseñanzas del desierto. El verdadero desierto.

Las actuales discusiones en algunos círculos académicos de primer nivel, tanto en Europa como en los Estados Unidos, sobre lo que se ha dado en llamar la world literature, donde la categoría de «literaturas nacionales» es casi un objeto de arqueología, apuntan en este sentido. Son auspicios suficientes, me parece, para continuar escribiendo, con dudas, por supuesto, pero sin tanta angustia.

Adenda

A continuación, una lista de narradores venezolanos que han sido premiados en el exterior en los últimos años. Desde 1999 hasta el presente. No incluyo el rubro de la poesía, pues el debate o la queja sobre la invisibilidad de la literatura venezolana es, en realidad, un dilema de la narrativa, no de nuestra poesía, que parece más segura de sus logros. O más enfocada en su labor. Los premios no son en sí mismos una garantía de calidad incuestionable ni mucho menos de perennidad. Sin embargo, siguen siendo uno de los principales mecanismos de consagración literaria y de difusión de autores y obras. En no pocos casos implican, además, la publicación de los libros premiados en los países que otorgan el galardón. Cabe pensar que si estas obras de narradores venezolanos han obtenido estos premios es porque en su momento lograron conectar con el jurado. En su mayoría conformado por lectores que se asumen como competentes y, sobre todo, que con seguridad no tenían al momento de la concesión de estos reconocimientos mayor noticia de los autores. Por lo que cabe suponer que sus respectivas obras se impusieron por el argumento de los propios valores textuales. Es una lista hecha de memoria, apoyándome en la información disponible en las redes. Por supuesto, la iré engrosando y corrigiendo a medida que nuevas búsquedas y sugerencias arrojen nuevos datos.

Esta «Adenda» la iré completando también con más información que puede ayudar a zanjar el supuesto debate. Por ejemplo, lista de autores venezolanos que, aun sin recibir algún premio, han sido publicados por editoriales extranjeras. También estoy confeccionando una lista de diferentes eventos y publicaciones de corte académico e institucional que demuestran que la literatura venezolana ha sido objeto de estudio y lectura. Pruebas evidentes de lo que parece un poco absurdo tener que recordar: su existencia y visibilidad.

Aquí la primera lista.

1999: Oscar Marcano recibe el Premio Internacional Jorge Luis Borges por su libro de cuentos que finalmente se titularía «Solo quiero que amanezca».

2000: Juan Carlos Méndez Guédez gana el VI Premio de Cuentos Ateneo de La Laguna por su libro «Tan nítido en el recuerdo».

2001: Ana Teresa Torres recibe el prestigioso Premio Anna Seghers por el conjunto de su obra narrativa.

2003: Fernando Cifuentes recibe el V Premio Alfonso VIII de narrativa por su libro «Jóvenes cuentistas muertos».

2004: Enza García recibe el VII Premio Literario Cuento Contigo de Casa de América en Madrid.

2006: Alberto Barrera Tyzska recibe el prestigioso Premio Herralde de novela de la editorial Anagrama.

2009: Juan Carlos Méndez Guédez recibe el LX Premio Ciudad de Barbastro de novela corta por «Tal vez la lluvia».

2010: Camilo Pino recibe el Premio Carolina Coronado por su novela «Valle Zamuro».

2010: Edgar Borges recibe el I Premio de novela Albert Camus, en La Rioja, España, por su libro “La contemplación”.

2012: Eduardo Sánchez Rugeles recibe el primer premio, mención novela, del Certamen Internacional de Literatura Letras del Bicentenario, Sor Juana Inés de la Cruz, organizado por el estado de México, por su novela «Lliubliana».

2015: Alberto Barrera Tyzska recibe el XI Premio Tusquets de novela por «Patria o muerte».

2016: Rodrigo Blanco Calderón recibe el Prix Rive Gauche à Paris por «The night» como mejor novela extranjera.

2016: Fedosy Santaella recibe el XLVII Premio Ciudad de Barbastro de novela corta por «Los nombres».

2017: Michelle Roche recibe el V Premio de Narrativa Francisco Ayala por su libro de cuentos «Gente decente».

El voluntarismo del hámster (o por qué no hay que votar en las presidenciales)

hamster

 

En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, de 1549, Étienne de la Boétie planteaba de manera inmejorable el dilema de la libertad:

«Si para obtener la libertad, solo hace falta desearla…».

Con lo cual pareciera que todo se reduciría a un simple ejercicio de voluntad. Sin embargo, después agrega: «Este deseo, esta voluntad innata, común a los cuerdos y a los locos, a los valientes y a los cobardes, les hace anhelar todo tipo de cosas cuya posesión los dejaría felices y contentos. Sólo hay una sola cosa que los hombres, no sé por qué, no tienen la misma fuerza de desear: la libertad».

La dictadura chavista es un sistema totalitario que se ha ido refinando en sus métodos a lo largo de veinte años, desde que Hugo Chávez asumiera el poder en 1999 para luego legarlo a su hijo más tonto y sanguinario. La refinación de sus mecanismos de control ha sido proporcional a la progresiva atrofia del instinto de libertad de los venezolanos. Hasta el punto de haber alcanzado hoy su realización plena: la servidumbre voluntaria de la cual hablaba hace casi quinientos años, con curiosidad de entomólogo, el más preclaro amigo de Michel de Montaigne.

Una prueba de esta servidumbre voluntaria ha sido la reacción, por llamarla de alguna manera, de la MUD ante la convocatoria a unas nuevas elecciones presidenciales adelantadas, cuando no existen las condiciones que garanticen la transparencia del proceso y el resguardo de los resultados. La MUD, en lugar de planificar escenarios y tener preparada una respuesta rápida y rotunda, anunció uno de sus habituales cónclaves para «consultar con los distintos sectores democráticos» tan importante cuestión.

Han pasado los días y todavía estamos a la espera del humo blanco.

Ha sido tan pusilánime y timorata la actitud de la Mesa de la Unidad Democrática que, incluso, hasta la dictadura se ha vuelto impaciente con ella y ha cortado por lo sano prohibiéndole que figure en el tarjetón electoral. Lo cual ha provocado, a su manera, una respuesta de la llamada «oposición» (el uso de comillas ya se vuelve necesario): reordenarse y convocar a la gente para validar a Primero Justicia y Acción Democrática como únicos contrincantes certificados por la dictadura (no incluyo a Un Nuevo Tiempo y Avanzada Progresista pues ambos partidos son satélites de este nuevo Polo Patriótico).

De más está decir que el requisito de la validación forma parte de las arbitrariedades inaceptables de la trampa electoral. Y al arrodillarse y acatar la imposición de mecanismos que buscan obstaculizar la libertad y los derechos civiles de los venezolanos, esos partidos asumen de forma tácita las leyes del juego que propone la dictadura.

Algunos líderes opositores han decidido afrontar estos obstáculos con la energía, la constancia y el sentido de avance de un hámster enjaulado. Otros, como Omar Veracierto, el secretario general de Primero Justicia del estado Vargas, han llegado incluso a afirmar, con la dialéctica propia del Gran Hermano, que «validar es un acto de rebeldía».

Sin embargo, las acciones o inacciones de la MUD no son el ejemplo más claro de la servidumbre voluntaria de la que estoy hablando. El hecho de que personajes tan nefastos como Manuel Rosales y Henry Falcón, cuya connivencia con la dictadura es una verdad por todos conocida, sigan perteneciendo a la MUD, que formen parte de la mesa de negociaciones en República Dominicana y que, incluso, participen como candidatos en las primarias de la oposición, dice mucho del nivel de complicidad de la plana mayor de la MUD con la dictadura.

De modo que la verdadera reflexión apunta a la propia gente, a los venezolanos. En los intercambios en Twitter y por Whatsapp me he dado cuenta del pánico que nos invade ante la idea de decirle «no» a la dictadura. La invariable réplica ante esta propuesta es ¿y qué pasa después? Y con después se refieren, de forma literal, al día siguiente. Lo que no deja de sorprender pues al ser interrogados por lo que harían al día siguiente en caso de que sí fueran a votar, y el CNE volviera a alterar los números y las actas, tampoco hay una respuesta muy clara. De modo que lo que produce angustia no es el resultado de esas elecciones, que en las actuales circunstancias ya se sabe cuál va a ser y es lo de menos, sino la actitud que vamos a asumir ante una violación anunciada de nuestros derechos. Lo que de verdad produce angustia es entender que depende solo de nosotros salirnos del esquema viciado, circular, que han construido el chavismo y la MUD. Lo que de verdad produce angustia, como ya lo sabía De la Boétie, es la libertad.

La afirmación de que al votar le estamos haciendo el trabajo más difícil a Maduro y compañía, de que los estamos obligando a que nos roben los votos y así contar con las pruebas para denunciar al mundo el fraude, pudo haber tenido alguna validez el año pasado. Y en efecto, el desencanto de las elecciones de alcaldes y de gobernadores sirvió, al menos, para dejar bien claro de una vez por todas que la dictadura (parece una perogrullada tener que aclararlo, pero por algo es una dictadura) no va a participar en ningunas elecciones cuyos procesos y resultados no controle por completo desde el principio.

Ir a votar pensando que la situación no ha cambiado desde entonces, es caer en el voluntarismo del hámster. En el caso de esta convocatoria ilegal a elecciones presidenciales, no tenemos que dejarnos ultrajar para que el mundo sepa lo que la dictadura es capaz de hacer. Ya el mundo lo sabe y por ello, tanto el grupo de Lima, como otros líderes internacionales, han adelantado que no reconocerán el resultado de estas elecciones. Al contrario, es la atención internacional la que espera que los opositores venezolanos se nieguen a ser parte de la comparsa electorera y demuestren su compromiso consigo mismos y con el principio humano, común a la especie, de la libertad.

Debemos, entonces, asimilar toda la fuerza moral, social, política y humana que hay en el hecho en apariencia tan simple de decirle «no» a la dictadura y a sus parásitos y a los asesores de los parásitos que siguen pidiéndole audiencia a los asesinos de estudiantes. La fuerza de negarnos a que nos encarrilen en su laberinto de falsos sufragios, tal y como está planteado hoy.

 ¿Y qué pasa después? ¿Qué sucede al día siguiente? Es difícil saberlo, aunque puede que esa acción, realizada de manera conjunta y con conciencia, con un discurso que demuestre la reflexión que la sostiene, sirva como un mensaje valiente y diáfano de que los venezolanos queremos volver a ser personas. De que ya estamos hastiados de ser como un hámster encerrado para el que la ruedita de los ejercicios, con sus revoluciones y contrarrevoluciones, se ha convertido en la distracción más abyecta de una jaula donde ya no hay ni agua ni comida.

Quizás, el negarnos a participar en estas elecciones que no ofrecen ningún tipo de garantías, resistiendo las provocaciones pestilentes de la dictadura y el chantaje sentimental de la MUD, sirva para decirle a la comunidad internacional y sobre todo a nosotros mismos que los venezolanos estamos preparados, como ya lo hemos demostrado en momentos decisivos de nuestra historia, para ser libres. Otra vez.

Ideas desordenadas sobre el (d)olor

Oscar-Perez-Muerto

El otro día, Luis Yslas me comentó que estaba leyendo Say her name, el desgarrador libro que escribió Francisco Goldman sobre la muerte de Aura, su joven esposa. Con la metódica voracidad lectora que lo caracteriza, Luis quería seguir leyendo novelas que trataran el tema y estaba haciendo la ronda de consulta entre los amigos. Yo apenas le pude recomendar dos libros bastante extraños que solo en el mercado editorial anglosajón podían tener el impacto que han tenido. Me refiero a Grief is the thing with feathers [El duelo es esa cosa con alas], de Max Porter, y Lincoln en el Bardo, de George Saunders, que hacía poco había recibido el prestigioso Man Booker Prize.

Con el paso de los días, la lista mental de posibles recomendaciones fue creciendo hasta el punto de que llegué a pensar si la literatura, toda ella, no tendría que ver, en el fondo, con ese tema único: el duelo. Después, filtrando un poco lo que recordaba de cada título, me di cuenta de que la mayoría en realidad apuntaba a un tópico más abarcador que el del duelo pero sin duda relacionado con él: la memoria. En esas novelas de la memoria, el acto de recordar (un amor, un lugar, una tragedia) estaba siempre conectado, como un ancla largo tiempo hundida, a una muerte cuyo dolor permanecía insepulto. Una pérdida, que en muchas ocasiones no se hacía consciente y que sin embargo emanaba un olor que convertía a sus personajes en norias atadas al pasado.

La diferencia entre las novelas sobre el duelo y las novelas sobre la memoria sería, entonces, una cuestión de matices. De apenas una letra, en el caso de nuestro idioma: el camino que conduce del dolor al olor. Entre estas dos palabras se resume la historia de la especie humana. Esa elevación doble que ha hecho de nosotros seres bípedos y trascendentes, amenazados a cada instante por la gravedad, la verticalidad, de nuestro cuerpo.

El ritual funerario, en sus etapas de duelo y entierro, suelen escenificar en un par de días nuestra presencia milenaria sobre la Tierra. Debemos velar a los muertos para que sus almas descansen en paz, según predican a su manera las distintas religiones, pero también y sobre todo, para que nosotros podamos seguir adelante. Heridos para siempre, incompletos, pero aún vivos. Sin embargo, el duelo no puede prolongarse de forma indefinida porque el ritual sería perturbado por el olor. Ese inclemente recordatorio de que, a pesar de toda la ciencia y el arte, seguimos siendo un organismo, «una red de emuntorios», como dice José Antonio Ramos Sucre en una de sus granizadas.

He estado pensando en estas cosas, de manera desordenada, mientras sigo las noticias sobre la masacre de El Junquito, en la que la dictadura de Nicolás Maduro y Diosdado Cabello dio muerte a siete personas, seis de ellos jóvenes militares rebeldes, aún cuando estos estaban dispuestos a entregarse. El dolor no ha hecho sino aumentar y adquirir una plasticidad digna del periodo más experimental de un artista de la tristeza. Los certificados de defunción, que existen gracias al heroísmo de un grupo de médicos cuyos nombres seguro ni ahora ni después recordaremos, han demostrado que los rebeldes fueron ajusticiados con un disparo en la cabeza. En paralelo, y en alianza con estos funcionarios probos de la Medicatura Forense de Caracas, se dio otra lucha no menos importante. La de los familiares de las víctimas por tratar de recuperar sus cuerpos amados. Violando todas las disposiciones jurídicas, la dictadura de Maduro y Cabello no han permitido a los caídos tener un entierro digno, como la ley y las costumbres más elementales de la civilidad (incluso en tiempos de guerra) dictan.

En medio de una cortina de mentiras y abusos, que incluyó la expedita entrega del cuerpo de Heiker Vásquez, quien fue enterrado con honores en presencia de las fuerzas policiales y paramilitares del Estado, Maduro y Cabello dejaron que los cuerpos de los rebeldes masacrados se hincharan en las sórdidas neveras de la morgue de Bello Monte. Y hoy, 20 de enero de 2018, hemos visto que han procedido a su entierro sin el consentimiento de los familiares y sin permitir siquiera su presencia en el acto.

Impidieron el duelo de un país y a cambio solo nos han dado el olor de la muerte, la pestífera esencia que ha sido la marca del chavismo desde su aparición pública en 1992 hasta el presente. Durante años, el olor se pudo disimular. Ahora la podredumbre es circundante, inocultable. Y el rencor que han despertado en los venezolanos promete carburar por años, como un pozo de petróleo al que se le arrima la lumbre. Es el rencor de matarnos y no permitirnos hacer el duelo. Han hecho de nosotros fantasmas de lo que alguna vez fuimos y de lo que ellos nos han hecho. Nos tocará entonces, en ese movimiento constante entre la memoria y el dolor, hacer lo que hacen los fantasmas. Tenemos que ser para el esbirro, como lo dice Rafael Cadenas en su poema homónimo, «un paisaje insomne que hable para él».