En la hora sin sombra

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Como afónicos cuerpos celestes, giran y giran en torno a un presentimiento, porque en la geografía de sus pasos todo es presentimiento, y hasta se podría decir que ellos no saben encontrar nada, y si lo supiesen morirían.

                                                                                                                         Luis Enrique Belmonte

 

Abrí los ojos, de golpe, con la memoria todavía rezagada en algún remolino de sueños. Es terrible despertar así, con la mente en blanco y los segundos estirándose mientras uno intenta llenarlos con cualquier pedazo de recuerdo. Más que despertar tengo la humillante sensación de estar, a esas alturas de la vida, naciendo.

Verlo en aquella situación no me ayudó mucho. Estaba recostado en una de las ramas del árbol y con una esquina plastificada de su cédula se sacaba la tierra que se le había acumulado debajo de las uñas. Lucía tranquilo, concentrado en su tarea, como si el resto del mundo hubiera desaparecido. Cada cierto tiempo, con la paciencia o la indiferencia de un viejo pescador, lanzaba un delgado hilo de voz que buscaba, sin mayores esperanzas, atrapar una ayuda en la lejanía.

–¡Auxilio! ¡Auxilio! –decía.

No llegaba a ser un hilo de voz. Era una hebra chillona que en cualquier otra circunstancia me hubiera provocado risa. Permanecí callado y a pesar del calor sentí que un escalofrío me atravesaba el cuerpo.

–¡Auxilio! ¡Auxilio! –repetía, con el mismo tono infantil, y seguía con su maniobra esmerada y parsimoniosa, sacándose de debajo de las uñas toda la tierra acumulada en los últimos tres días.

Tres días, me dije, y entonces sentí incrustada en mis propias uñas la dureza del tiempo transcurrido. No puedo precisar el instante en que yo, cédula en mano, me puse a sacar la tierra de mis uñas para aliviar el dolor. Al rato, con una sincronía asombrosa, también lo acompañaba a lanzar el ridículo anzuelo que jugaba a poner fin a la desdicha. Éramos dos pescadores silenciosos que atravesaban juntos el mediodía, implicados en un ritual absurdo y necesario.

Cuando ya terminábamos nuestra rudimentaria limpieza pareció darse cuenta de que yo había despertado.

–No creas que me estoy burlando –dijo–. Hay que ahorrar fuerzas.

Entonces comprendí el porqué de nuestros chillidos. Después de tres días de extravío y llanto estábamos afónicos. No debíamos forzar la voz.

–Pero con estos gritos de rata tampoco hacemos mucho –le contesté. Un ardor viejo me quemaba la garganta.

–Es cierto. Pero fue lo único que se me ocurrió.

Yo había perdido la cuenta de los días. Entre el frío y el calor, el hambre, la sed y el cansancio se me hacía verdaderamente difícil distinguir el sueño de la vigilia. Todo era un presente angustioso cuyo telón de fondo a veces era de una luminosidad seca y otras de una oscuridad opresiva. El paso del día a la noche y de la noche al día me proporcionaba la breve gratificación del cambio, de la pausa, de un nuevo ritmo para una circular agonía. A las pocas horas, el cambio se petrificaba y yo salía de nuevo a los mismos caminos, huyendo de esa insoportable persistencia, tratando de descifrar la montaña.

De la suma del tiempo se había encargado él. Me lo confesó en las alturas del árbol donde descansábamos y donde gracias a un insólito equilibro yo había logrado dormir sin caerme. Asumió aquella tarea con una actitud voluntariosa y culpable. Se sentía responsable de que nos hubiésemos perdido. También tenía la extraña creencia de que mientras lleváramos la cuenta de los días podríamos tener la oportunidad de sobrevivir. La noción del tiempo nos salvaba de la locura, según él, nos sujetaba a esa cuerda sin la cual no valía la pena salir del laberinto.

–Es lo menos que puedo hacer –dijo, con los ojos afiebrados, en tono de disculpa.

Yo me disponía a tranquilizarlo, a decirle que era absurdo que asumiera culpa alguna, que no hay que sentir vergüenza, que incluso los excursionistas experimentados como él corrían el riesgo de extraviarse en el Ávila, que en todo caso uno sólo debe sentir una pena inmensa ante la posibilidad de no volver. Me ahorré mis palabras al ver que seguía disculpándose, olvidado de mí, dirigiendo su arrepentimiento a esa voz que llevaba horas hablándole desde alguna coordenada perdida de la ciudad.

La voz, que sólo él podía escuchar, era la de Julia.

–¿No la oyes? –me decía.

Yo sólo escuchaba el sonido del viento cuando atravesaba por ráfagas las estribaciones de la montaña.

–No. La verdad es que no. Sólo escucho el viento que atraviesa la montaña.

–Entonces sí la estás escuchando –dijo–. Sólo tienes que anudar el sonido del viento con lo que en el momento estés pensando.

Me quedé con la mirada fija en ninguna parte, sintiendo en el rostro la fresca traducción de mis propios pensamientos y comencé a preocuparme. Una de las etapas más críticas e inevitables de quedar atrapado en un agujero de la naturaleza es cuando la persona comienza a mimetizarse con el entorno. Cuando fragua, apoyado en el delirio, una fuga imaginaria: la de no ser un elemento externo a ese limbo al que por distracción ha sido confinado mientras fuerzas misteriosas deciden sobre su destino. La libertad ficticia de verse como una parte del todo, una parte insignificante e indispensable, como una piedra o una hoja de árbol, que contiene en su mínima presencia la promesa de la vigorosa totalidad de la naturaleza.

Una coincidencia geográfica empeoraba las cosas. El jueves, la mañana del extravío, José Manuel se había propuesto alcanzar el Pico Goering. Poco después del mediodía, cuando aún no eran las dos de la tarde, lo había logrado disminuyendo en casi media hora su tiempo normal de subida. El trayecto lo había iniciado, como siempre, remontando el cerro La Julia. El descenso, en cambio, contraviniendo su costumbre y quizás distraído por la soberbia adrenalina que expedía su cuerpo, lo había hecho por los lados de la Quebrada de Galindo. En ese desvío imperdonable estaba la razón de nuestra desgracia. Nos habíamos perdido, según él, por alejarnos de ella, de La Julia, de ese regazo vegetal que era el equivalente de su amor.

Insistió en ello durante un tiempo que se me hizo indeterminable. Alternaba aquella certeza con fervorosas disculpas dirigidas indistintamente a Julia y a la montaña. Yo aproveché las ocasiones en que me hablaba para tratar de traerlo de vuelta. Pero no hubo forma de convencerlo, de hacerle ver que la cosa no pasaba de una hermosa, lamentable y poética coincidencia. Le dije con desesperación, como si me lo dijera a mí mismo, que debíamos estar atentos y no caer en engaños. Ya era tarde. En su cabeza alucinada, Julia y la montaña eran una misma persona, un mismo lugar que aguardaba por nuestra llegada. Acercarse o alejarse de ella significaba acortar o volver a perder el camino de la esperanza.

Al final del día, cuando el sol bajaba de intensidad, seguíamos apostados en la altura regular de las ramas de aquel árbol. Parecíamos centinelas diurnos que esperan por la llegada de sus propias sombras para que tomen el relevo y puedan finalmente descansar. Con la caída de la tarde me embargó un sentimiento de abandono, tristeza y soledad. Comenzaron a llegar las ráfagas de viento que anunciaban la noche y no pude evitar voltear y encontrarme con su mirada. Tenía un brillo de complicidad que reconocí al instante y me dispuse, con la voluntad doblegada por el sueño, a escuchar la voz de Julia.

Escuché sus palabras y entonces recordé, adormecido por el frío, que yo también la amaba.

Nos despertó el ladrido de un perro. Cuando abrí los ojos ya él estaba despabilado y escudriñaba con atención el manto cercano y a la vez distante de la noche cerrada. Volvimos a oír los ladridos y, como si hiciera falta decir algo para confirmar lo que habíamos escuchado, dije:

–Un perro.

Era una afirmación tonta pero irrebatible. Sin embargo, con la vista clavada en algún rincón lejano, él respondió:

–No.

–¿Cómo que no? Escucha. Es un perro. ¿No lo oyes?

–Sí lo oigo. Pero no es un perro. Es una perra.

–¿Una perra?

–Una perra amarilla. Veo el color en su ladrido.

Una capa de silencio cayó sobre nosotros. Al cabo de unos minutos se oyeron de nuevo, a la distancia, unos ladridos.

–La perra amarilla ha vuelto y con ella un perro grisáceo manchado de blanco, parecido a una hiena, que sonríe mientras la luna levanta por donde se ha ocultado el sol –dijo, recitando, como si leyera en aquellos sonidos las imágenes que no alcanzaban a ver nuestros ojos.

Yo miré hacia lo que suponía era el poniente, luego contemplé con secreto terror las estrellas y, al ver que había un cielo sin luna, me pareció comprender todo. Entonces le dije que él no podía estar viendo esos perros, que era imposible que imaginara siquiera el aspecto de aquellas criaturas de la noche.

–Es imposible –le dije–. Todavía no nos hemos salvado de esta. Todavía no sabemos si llegaremos a leer ese libro.

–Es verdad –me dijo–. Pero también es imposible que tú sepas eso.

Entonces me di cuenta de que en realidad yo no había comprendido nada. Decidí, como si esa indiferencia me valiera la vida, olvidarme de él, de los perros y de la noche; me escapé de aquella escena por la puerta de fuga de un sueño.

Después sólo supe que estábamos huyendo. Atravesábamos la espesura de otro mediodía hirviente y tratábamos inútilmente de remontar una cuesta que sólo nos conduciría a otras más escarpadas. Vi el temor en sus ojos, la voluntad sin fuerza con que clavaba sus manos en la tierra y fue como sentir que el tiempo que se nos había concedido para salir de la montaña se había agotado. Después pensé que seguía obsesionado con la pareja de perros y que sólo trataba de escapar de los colores imposibles de sus ladridos.

–Olvídate de los perros –me dijo, sin detener la marcha.

Sonaba un poco molesto, como si buscarle una explicación a nuestra huida fuera un absurdo e irresponsable derroche de tiempo y esfuerzo. Sentí la puntada hiriente en la boca del estómago, la pequeña brasa que anidaba en mi seca garganta, una jaqueca que parecía haberme acompañado desde siempre y le di la razón. En ese instante el dolor era tan fuerte que se transformaba en algo ajeno al propio cuerpo. El dolor era otro cuerpo. Un cuerpo que arrastrábamos y que había que abandonar lo antes posible, dejándolo tirado a la primera oportunidad que se presentara, sin mirar atrás, sin remordimientos.

Llegamos a la sombra de un árbol y nos tuvimos que sostener el uno del otro para no desmayar. Cuando recobró el aliento me dijo todo lo que yo, por estar dormido o despierto o perdido entre ambos impulsos, no pude escuchar. Julia le había leído, acostada a su lado en la cama de la clínica, la noticia del periódico:

Rescatado excursionista desaparecido en el Ávila: Luego de 96 horas de búsqueda fue rescatado este domingo José Manuel Pierini, de 24 años de edad, con síntomas de hipotermia y deshidratación y con algunos traumatismos leves en diferentes partes del cuerpo. El joven permanecía desaparecido en el Parque Nacional El Ávila desde el jueves de la semana pasada.

Germán Gutiérrez, coordinador de Operaciones del Instituto Nacional de Parques, informó que el muchacho fue hallado por 3 rescatistas de esa institución poco después de las 6:00 pm del domingo, luego de más de 96 horas de búsqueda, en la naciente de la quebrada de Galindo, entre el pico Goering y el sector conocido como El Rancho de Miguel Delgado, a 2.350 metros sobre el nivel del mar.

Luego de transmitirme la noticia, dio unos pasos fuera de la copa del árbol y estudió el cielo, protegiéndose del sol con la mano. Después observó el suelo, allí, justo donde nuestras figuras se hermanaban con idéntico fulgor en la hora sin sombra.

–Tenemos que apurarnos –dijo.

Yo permanecía anclado en mi cansancio, viendo todo como desde muy lejos, sin comprender nada de lo que él decía ni de lo que estaba sucediendo.

–¿Todavía no entiendes? –me preguntó con una irritación paternal–. ¿No entiendes que todavía tenemos que llegar?

Arribamos a tiempo al lugar señalado. Dimos con él por el puro azar del cansancio. Allí, donde la marea final de nuestras fuerzas nos habían arrojado, nos encontraron los tres rescatistas anunciados. Recuerdo el sonido y la ventisca del helicóptero que descendía, mi cuerpo inmovilizado en una camilla y cubierto de frazadas, el interior borroso del helicóptero coronado por una aureola de rostros desconocidos que me miraban, mis gritos de angustia al ver que sólo a mí me habían rescatado.

Lo primero que encontré al abrir los ojos, antes incluso que la típica imagen de las luces de neón de las clínicas que enmarcan el despertar de los resucitados, fue la sensación de que Julia estaba a mi lado.

–Julia a mi lado, llorando –me dije, al ver que su rostro se contraía de dolor con sólo comprobar mi lamentable condición.

Se enjugaba las lágrimas con el dorso de las manos, trataba de serenarse, levantaba de nuevo la vista y al encontrarme así, tan cerca y a la vez tan lejos, tan íntimo y desconocido en ese mismo aire demacrado, la embargaba de nuevo el llanto.

Han pasado los meses y esta situación, en el fondo, no ha cambiado. Las lágrimas y el dolor han mutado en un gesto, una especie de tic irreprimible, de miedo y de duda, que titila en sus rasgos de vez en cuando. A veces al regreso de uno de mis silencios prolongados, o cuando despierto de un sueño con sobresaltos, o al día siguiente de una buena fiesta, cuando trato de reconstruir algunos episodios de la noche anterior. Cosas que dije o hice y que apenas puedo recordar.

Casi siempre la arropa ese escalofrío cuando le sonrío y me le quedo viendo un largo rato. Lo hago sin darme cuenta. Julia cree que lo hago a propósito y en ocasiones se molesta. Dice que le da miedo. Que se me forma una línea extraña alrededor de la boca, como si yo me burlara de mi propia sonrisa. Mi sonrisa de antes que, a pesar de todo, aún parpadea como una hermosa moneda entre las aguas sospechosas de un estanque, como el reflejo de épocas más felices que brilla en el fondo de esta mueca del presente que no se me deshace.

La mueca es la marca de mi miedo. El maquillaje nervioso con que mi rostro trata de ocultar el fraude. Esta sensación de haberme quedado en la montaña y de estar, ahora, en un cuerpo que no me pertenece. Lo sentí desde el primer día de mi regreso, cuando Julia me leyó, el lunes en la tarde, la noticia del periódico que reseñaba el suceso. Volver a escuchar esas palabras me produjo un vértigo imborrable.

He hablado del asunto con unas cuantas personas. Mis padres, Julia y un par de amigos del grupo de rescate. Todos me dan la misma respuesta incompleta. Una respuesta hecha de especulaciones obvias sobre las condiciones extremas que padecí en aquellos días, remendada a veces por una final confesión de ignorancia y otras por un escondido sentimiento de lástima. He optado por buscar, en lugar de las verdades truncadas de la realidad, las mentiras absolutas de la literatura.

En esta búsqueda di con un libro de cuentos policiales que tienen como escenario principal las profundidades del Ávila y como protagonistas a seres desdichados que han sido devorados por las entrañas del ya mitológico cerro que domina a Caracas. Los cuentos al principio son policiales y terminan involucionando en el género gótico. El umbral que propicia ese cambio es el Ávila.

De esa lectura y de mi propia historia he sacado pocas cosas en claro. Veo el Ávila y lo siento, ante todo, como una dimensión del tiempo. La puerta natural y desapercibida que tienen los habitantes de esta ciudad para viajar al pasado y a la vez seguir existiendo. El que entra en sus predios siente, de alguna manera, que todo lo que lo constituye se desdobla. Siente, al llegar a una cima, la secreta emoción de imaginar que su vida sigue transcurriendo allá abajo en la ciudad, siente la extraña alegría de poder contemplarse a sí mismo a distancia, amparado en la sabia indulgencia de la montaña imperecedera. El que sube al Ávila se contempla a sí mismo desde una breve, antigua y primitiva eternidad.

El que se extravía no tiene esta oportunidad. Con el transcurso agobiante de las horas ve cómo sus propios gestos reverberan y se multiplican, con una fidelidad tal que le hace pensar que ni su propia sombra lo espera, que es completamente inútil tratar de volver. A veces paso noches en vela pensando en si ha valido la pena que yo, este sudor de angustias, este vapor de miedo, haya regresado para ocupar su lugar. Atravieso la madrugada, despierto, imaginando que Julia se hace, una y otra vez, con inconfesable vergüenza, la misma pregunta.

Cuando decidí, hace un par de meses, unirme al equipo de rescatistas, todos en mi familia pensaron que era una locura. Los compañeros de trabajo, entre ellos los mismos que me rescataron, lo ven como un llamado irrenunciable con visos de «destino». Para mí se trata de algo que es al mismo tiempo mucho más simple y mucho más complejo. Creo que Julia también lo entiende así. Lo veo en la escondida esperanza que flamea en sus ojos cada vez que me interno en lo insondable del Ávila. Ese deseo suyo, que es también el mío, de encontrarme nuevamente y así poder, de una vez y para siempre, regresar.

Cuento perteneciente al libro Los invencibles (2007). 

 

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La 92.9 FM, siempre, 100 % libre

92.9

Hace unos días, cuando ocurrió el eclipse de sol, me vino a la mente el recuerdo del anterior eclipse total de sol, ocurrido en febrero de 1998. Según los reportes que manejaba la prensa de entonces, la «totalidad» del eclipse sería en realidad de un 92 por ciento. Con el ingenio que la caracterizaba, la emisora 92.9, «tu FM», organizó un evento en la plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes para observar el fenómeno. El lema era sencillamente genial: «un evento noventa y dos por ciento libre de sol».

Ese día, las nubes y un principio de lluvia literalmente aguaron la fiesta. La emisora tuvo que cubrir y guardar los equipos. No se pudo observar gran cosa. Los pedacitos de radiografías recortados para proteger la vista, quedaron inservibles (si es que alguna vez tuvieron esa utilidad). Algunos afortunados se hicieron con unos lentes especiales que la emisora repartió y que aún persisten en algunas cajas de mudanzas que jamás se abrieron, o en los fondos de un closet que lleva demasiado tiempo sin ordenarse, como una memorabilia dolorosamente elocuente: un recuerdo de un país que no pudo ver su propio eclipse.

La mañana del 26 de agosto de 2017 me desperté con la noticia de que la dictadura de Nicolás Maduro había cerrado la emisora Mágica 99.1 FM y la mítica 92.9 FM.

La noticia en sí no es una sorpresa, pues a finales de mayo de este mismo año, Conatel, el organismo creado por el gobierno para la censura, cerró siete estaciones en el estado Barinas. Y unas semanas antes, en abril, ya había cerrado seis más en la ciudad de Punto Fijo. Lo es menos, si además se recuerda que la arremetida contra la libertad de expresión fue una de las directrices originales del proyecto político de Hugo Chávez, quien ya en agosto de 2009 cerró en un solo día treinta y cuatro estaciones de radio.

No es una sorpresa, pero igual duele. El chavismo no sólo ha acabado con el país sino que amenaza también arrasar con nuestros recuerdos. De ahí su talante fascista. En sus tesis sobre la historia, Walter Benjamin lo expresó muy bien. Si «ellos» vencen, ni siquiera nuestros muertos estarán a salvo. Y en nuestro caso, como bien lo decía san Joseph Roth desde el propio año de 1933, «ellos no han dejado de vencer».

Ahora que ya han clausurado la 92.9, cobra sentido esa palabra que aparecía como una marca registrada en todas las promociones y eslóganes de sus programas: «libre». La primera declaración de esta libertad fue bastante problemática. A contracorriente de cualquier sentimiento patriotero y nacionalista, a la 92.9 se le ocurrió presentarse en unas navidades, ya no recuerdo de cuál año, como «la única emisora 100 % libre de gaitas». Lo que en su momento le ocasionó no pocos problemas. Luego, ante el progresivo cerco de la nueva moral chavista, el eslogan quedó reducido a lo que precisamente hoy, cuando ha sido sacada del aire, sigue siendo su esencia: «100 % libre».

El recuerdo del eclipse de sol del 98, la plaza Sadel y la 92.9, lo compartimos varios amigos del colegio a través de un grupo que tenemos en whatsapp. La mayoría están regados por el mundo. Unos pocos todavía viven en Caracas. Las anécdotas y conversaciones que compartimos en ese grupo remiten casi siempre a nuestra vida de niños y adolescentes que terminó en julio de 1998, cuando nos graduamos de bachilleres. Ese grupo es, de alguna manera, una forma de eclipsar con la memoria los años de horror que han desgarrado y separado a todo un país.

Por eso, y para no permitir que se cumpla la profecía de Benjamin y estos malandros desalmados que nos agobian no arrasen también con nuestros muertos y con nuestro pasado, consigno al azar algunos recuerdos ligados a la emisora 92. 9 FM.

  • Recuerdo las veces en casa de mi amigo Ivens Zambrano cuando escuchábamos el programa Rockadencia, de Guillermo «Jones» Zambrano y Fernando Ces. Llamábamos para pedir que pusieran Enter sandman, de Metallica.
  • Recuerdo la vez que en un restaurante de Las Mercedes, junto a mi papá, vi a Carmen Cecilia Limardo, alias «CC», la conductora de El zoológico, el programa de la mañana que ella tenía junto a Nelson Matamoros. La saludé y me respondió con mucha amabilidad y yo no cabía de contento.
  • Recuerdo unos jingles navideños que la 92.9 FM anunció con bombos y platillos con una gran campaña de prensa. Los jingles, decían, habían sido grabados en un importantísimo estudio de Los Ángeles, involucrando a los mejores productores y artistas. Cuando finalmente fueron lanzados, todo se reducía a unas canciones navideñas cantadas al desgaire, con un cuatro y unos coritos como de fiesta al amanecer que decían «tuki tuki tuki tuki…tuki tuki tukitá…adelante mi burrito que ya vamos a empezar». El Nacional, que había prestado sus páginas para la promoción de los famosos jingles, publicó un reportaje donde se mostraban enfurecidos por la tomadura de pelo.
  • Recuerdo haber escuchado por completo una emisión especial de La música que sacudió y sacude al mundo, de Alfredo Escalante, dedicado a Queen, que empezó a la una de la mañana y terminó a las seis. Durante el programa, Escalante recibió al aire una llamada de su hijo, que vivía en Italia y que era evangélico. Escalante y su hijo, al parecer, tenían muchos años sin verse ni hablarse.
  • Recuerdo una calcomanía de la 92.9 FM que tenía pegada en la puerta de mi closet. Una vez reproduje a lápiz el logotipo. Los números gruesos y verdes. El gordo punto fucsia separando los números.
  • Recuerdo cuando, de camino al colegio,  mi mamá, mi hermana y yo escuchábamos El Monstruo de la mañana, con Luis Chataing.
  • Recuerdo cuando, de ida o de regreso del colegio, que quedaba en Colinas de Bello Monte, a veces tocaba hacer un desvío por Las Mercedes y pasar al lado de esa esquina agitada que formaba la emisora junto a la tienda de discos Recordland. Si había suerte, uno veía entrar y salir a los locutores, que para los adolescentes de esa época eran las encarnaciones de lo más «cool» que existía, así como a «estrellas» invitadas.
  • Recuerdo haber ido a la 92.9 FM a reclamar más de una vez los premios que me ganaba en algunos concursos. Un disco o un afiche de una banda de rock, que me fascinaba y que ya no recuerdo cuál era.
  • Recuerdo el número de teléfono, de seis dígitos, de la emisora: 91.99.29 y que los locutores anunciaban 9-1-9-92.9.
  • Recuerdo un joropo llamado El jalabolas, de Rafael Garrido, que la 92.9 FM pasaba una y otra vez para cumplir con la imposición del primer gobierno de Chávez de poner música llanera en todas las emisoras de radio del país. Esa canción terminaría siendo profética, pues leo que la 92.9 FM ha sido sustituida inmediatamente por una emisora llamada Radio Corazón llanero.
  • Recuerdo cuando muchos años después de estos otros recuerdos, pude al fin entrar a las cabinas de transmisión. A través del vidrio podía verse el interior de Recordland, vacío como un parque de diversiones abandonado. Yo había crecido. Me había convertido en escritor y, peor aún, en adulto. La entrevista me la hizo Joaquín Ortega, último mohicano de la 92.9 Tu FM.

 

La peste, el absurdo

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En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, de 1549, Étienne de la Boétie planteaba de manera inmejorable el dilema de la libertad:

«Si para obtener la libertad solo hace falta desearla… Este deseo, esta voluntad innata, común a los cuerdos y a los locos, a los valientes y a los cobardes, les hace anhelar todo tipo de cosas cuya posesión los dejaría felices y contentos. Sólo hay una sola cosa que los hombres, no sé por qué, no tienen la fuerza de desear: la libertad».

Cuando observo en su conjunto la trayectoria de la MUD, no puedo evitar recordar estas palabras de Étienne de la Boétie. Son las únicas que para mí explican el hecho de que la dirigencia opositora en Venezuela corone cada una de sus grandes arremetidas contra la dictadura de Nicolás Maduro con una capitulación inesperada, con un acto de servidumbre voluntaria que da al traste con lo obtenido durante sus esporádicos arrebatos de vigor.

 Pues, en una aplicación exacta del diagnóstico del pensador francés, la cúpula de la MUD parece que ahora se ha contentado con poseer unos cuantos curules, alcaldías y gobernaciones que la han dejado feliz y contenta. Sin embargo, no ha tenido la capacidad de desear con el mismo ímpetu la libertad.

El desfallecimiento de lo que De la Boétie llama «la voluntad innata» o «la fuerza de desear» coloca al ser humano, y a veces a sociedades enteras, en un conflicto que visto desde afuera puede parecer absurdo. La puerta de la jaula está abierta pero el prisionero no se atreve a salir.

Diversas novelas, cuentos y piezas de teatro han tratado el problema de la anulación de la voluntad en el ser humano. Esperando a Godot, de Beckett, La lección, de Ionesco, Ante la ley, de Kafka, o Bartleby, el escribiente, de Melville, son apenas una muestra de algunas obras mayores que han trabajado esta temática que, por la regularidad de sus formas y recursos expresivos, puede constituir un género en sí mismo: la llamada literatura del absurdo.

Los rasgos característicos de esta literatura son tres. Al menos, son los que yo he podido detectar:

  • Son historias que suceden en espacios cerrados y opresivos, con uno o dos personajes protagónicos.
  • Lo que moviliza la trama es precisamente la incapacidad de los personajes de salir de donde se encuentran atrapados. Las acciones son, entonces, estacionarias. Cíclicas y agotadoras en su infinita repetición.
  • No hay ningún obstáculo visible, o material, que impida la salida del espacio cerrado y opresivo. Por lo que esta literatura tiende a lo alegórico, pues el lector capta rápidamente que la resolución del argumento pasa por una acción o decisión de orden mental o moral.

Habría un cuarto rasgo que sólo se activa cuando la historia absurda no tiene uno o dos personajes protagónicos, sino que plantea la parálisis de una comunidad entera. Sólo que el eclipse de la voluntad colectiva termina arrastrando a estas obras fuera del límite propio de lo absurdo y la lleva a los terrenos de otro subgénero temático con gran tradición: la literatura sobre la peste. Es el caso de la famosa peste de insomnio en Cien años de soledad, o de la perturbación del sentido de la vista en Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago.

En las obras de este tipo, el espacio cerrado ya no es una habitación o una celda sino una casa, una ciudad o un pueblo enteros. Si bien el origen de la peste es anímico, esto no lo saben los personajes ni tampoco sus vecinos. De modo que el encierro deja de ser psicológico y deviene real a través de un anuncio oficial que decreta el aislamiento y la cuarentena de la comunidad.

En esta categoría fronteriza entre la peste y el absurdo se encuentra Venezuela. La cerrazón y el aislamiento del país han sido impuestos, desde hace años, por la dictadura. De eso no queda ninguna duda. También es cierto que la resistencia de los venezolanos y las fuerzas democráticas que hasta ahora los habían representado en bloque, ha sido constante y digna de los mejores elogios que pueda obtener la vocación civil de un país. E, incluso, ha habido momentos decisivos en que se hubiera podido inclinar la balanza a favor de la libertad definitiva, pero es precisamente en esos momentos donde la dirigencia opositora ha fallado.

La nueva genuflexión de la MUD, afanándose para inscribir sus candidaturas a las elecciones regionales justo cuando la comunidad internacional ha declarado no reconocer ningún acto emanado de la ANC, más que a las obras literarias ya citadas, me ha recordado a la película El ángel exterminador. Allí, Luis Buñuel cuenta la historia de un grupo de burgueses que asisten a una fiesta en una mansión y cuando llega la hora de partir, no lo hacen. Las ocasiones de abandonar aquella casa comienzan a repetirse pero siempre pasa algo. Una interrupción, un olvido, algo que parece inocuo pero que termina encerrando a los personajes, aunque nada les impida salir. Nada salvo su voluntad. Y, en el caso particular nuestro, algunos agregarían ciertos inconfesables intereses comunes.

Viendo los desmanes que está cometiendo con total impunidad la fraudulenta Asamblea Nacional Constituyente, la jaula llamada Venezuela parece de nuevo cerrada. Al menos, por el momento.

Mientras tanto, Henry Ramos Allup y su corte se disponen a acomodarse lo mejor que puedan dentro de aquella sala de fiestas donde, al igual que en la película de Buñuel, ya los últimos invitados se han comido las sobras del banquete y no hay ni luz ni agua.

Apocalipsis Nao

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En los últimos meses le he estado dando vueltas a la palabra «Apocalipsis». No aparece en el diccionario etimológico de Joan Corominas, por ejemplo, sino como adjetivo: «apocalíptico, ca». Un adjetivo que remite, antes que a un concepto o una realidad dada, a una obra: el Apocalipsis de san Juan.

En ese sentido, «apocalipsis» sería una de esas hermosas palabras que la imaginación literaria occidental ha legado a la humanidad, de la misma noble condición que «Odisea» o «Quijote».

Ha querido la historia que sea la acepción más espectacular la que se haya impuesto, pues lo primero que nos viene a la mente cuando escuchamos u oímos hablar de apocalipsis es «el fin del mundo». Sin embargo, apocalipsis significa también, o en primer lugar, «revelación». Su origen es griego y quiere decir, aún más específicamente, «revelación de aquello que está escondido».

Lo sucedido el 30 de julio de 2017 en Venezuela fue un apocalipsis en el sentido primigenio de la palabra. La «revelación» de ese día se concentra, me parece, en tres hechos fundamentales.

El primero es que con la supuesta Asamblea Nacional Constituyente se terminó de consumar el proyecto dictatorial que Hugo Chávez inició públicamente con el golpe de estado que perpetró el 4 de febrero de 1992: el asalto al poder y la destrucción de la democracia en Venezuela.

El segundo es la corrupción absoluta del Consejo Nacional Electoral, cuyo fraudulento sistema de votación ha vaciado de sentido el voto popular, que es (o era) el mecanismo democrático por excelencia.

 El tercero es que la dictadura chavista está dispuesta a cometer cualquier atrocidad para mantenerse en el poder. La prueba es que ese mismo día el gobierno, con sus pandillas armadas, asesinó a quince personas, entre ellas un niño de trece años que fue abatido por un francotirador.

Estos tres hechos resumen bien nuestro apocalipsis en la medida en que clausuran un ciclo en la historia de este ya largo conflicto. La ANC es el suicidio político del chavismo porque sólo le ha servido para ser reconocido oficialmente, a nivel internacional, como una de las más viles y sanguinarias dictaduras del mundo. Esto acarrea para los venezolanos una conciencia que ya la mayoría ha asumido: que lo que empezó como una pugna política se ha transformado, en estos años de barbarie y regresión, en un enfrentamiento con el Mal, en un descenso a los infiernos.

Aunque estamos en una época posterior a la religión, como diría J. M. Coetzee, la dirigencia opositora ganaría mucho incorporando algo de este pensamiento apocalíptico en su discurso y en su acción. Pues hay ciertas cosas que el manto protector de la virgen no permite ver.

En la medida en que aceptemos la verdad de nuestro apocalipsis, en que entendamos que hemos llegado al corazón de las tinieblas y actuemos en consecuencia, quedará al menos una posibilidad de que Venezuela, ese barco en el que nacimos y al que volvemos en los sueños, no se hunda para siempre.

Como a un perro

Kafka

«Alguien tenía que haber calumniado a Josef K., pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo».

Así comienza El proceso, de Franz Kafka. El grueso de la novela, lo propiamente kafkiano, es la narración del infierno burocrático y judicial que sigue a la detención. Al final, después de una serie de apelaciones inútiles, que desde el principio se saben inútiles, los verdugos se disponen a matarlo con un largo cuchillo de carnicero. Hasta el último momento, sin embargo, Josef K. clama por justicia. Así sea para sus adentros:

«¿Dónde estaba el juez al que nunca había visto? ¿Dónde estaba el Tribunal Supremo ante el que nunca había comparecido?»

Josef K. recibe la puñalada en el corazón, pero le alcanza el aliento para un último grito, esta vez sí, claro y abierto:

«–¡Como a un perro! –dijo él: era como si la vergüenza debiera sobrevivirle».

En el caso del proceso bolivariano, los verdugos de Nicolás Maduro se han ahorrado la burocracia. Prefieren, además, la noche para buscar en sus casas a los «culpables», cuyas listas de nombres les ha facilitado algún vecino de esos que la dictadura llama «patriotas cooperantes» (collabos, les decían en la Francia ocupada por los nazis; «Comités de defensa de la revolución», les dicen en la Cuba de los Castro).

La noche del 13 de junio de 2017 en las residencias conocidas como “Los Verdes”, de la parroquia El Paraíso de Caracas, el CONAS (Comando Nacional Antiextorsión y Secuestro) hizo varios asaltos ilegales de morada. En uno de los apartamentos, los esbirros destrozaron todo y además le dispararon al perro. Las fotos muestran a un hermoso perrito negro, sin un ojo y sangrando. Al parecer, este sólo hizo lo que su especie siempre ha hecho desde los tiempos de Argos: cuidar la casa.

Este hecho refleja no sólo la psicopatía, la perversidad y la crueldad de las fuerzas represoras en Venezuela, sino una nueva etapa en la crisis que vive el país: la instrumentalización, por parte de la dictadura de Nicolás Maduro, del terrorismo de Estado.

El hecho de que hayan optado por los destrozos materiales y por dispararle a un perro es una demostración del efecto buscado. Cuando el Daesh, en sus atentados, ataca a ciudadanos inocentes e indefensos busca, precisamente, que la comprensión humana no tenga ningún asidero para asimilar lo sucedido. Que la abyección sea total. Y también el terror y el miedo.

Un caso parecido fue el de Sendero Luminoso, en el Perú de los años ochenta del siglo pasado, quienes anunciaban su «visita» colgando perros de los postes de luz en el infortunado pueblo de turno.

Lo sucedido en este casi anónimo apartamento de Caracas es una confirmación más de que Venezuela ha entrado en ese oscuro periodo que Roberto Arlt llamó «el crepúsculo de la piedad». Crepúsculo que, al menos en lo que se refiere a los derechos de los animales, ya se anunciaba en los cientos, quizás miles, de perros abandonados por familias que han emigrado de Venezuela sin mirar atrás. Abandonando, junto a sus mascotas, toda noción de amor y responsabilidad. Así como en otras imágenes de horror, donde se ve a un muchacho hambriento destazando la magra carne de un perro de la calle para poder comer. O en la delgadez marchita de Ruperta, la tristemente célebre elefanta del zoológico de Caricuao. O en los cincuenta y seis caballos del Hipódromo de San Rita que dejaron morir de hambre sólo en el año 2016.

Es ahora, obligándome a ver una y otra vez las fotos del perrito, donde hay una incluso en que, a pesar del daño irreparable que le han hecho, todavía parece sonreír, que entiendo a plenitud el sentido del último grito de Josef K.

Su «vergüenza», de acuerdo a las dos principales acepciones de la palabra, no es sinónimo de «una turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de una falta cometida», sino la clamorosa «estimación de su propio valor y dignidad». Valor y dignidad que lo igualan, en el momento de su mayor sufrimiento, con un perro. Con este perro.

Es esta vergüenza la que empuja la lucha de los venezolanos contra la más cruel de las dictaduras en su historia. Es esta vergüenza la que hará que valga la pena salir de esta pesadilla, sin habernos convertido en corruptos ni cobardes ni asesinos. Sin haber abandonado en el camino a un amigo, sin haber clavado un cuchillo de carnicero en el corazón de la inocencia, la alegría y la bondad.

 

Engominados Vs. Tatuados

técnicos versus rudos

Borges solía contar una anécdota de George Bernard Shaw, o atribuida a George Bernard Shaw, que decía más o menos lo siguiente. Un grupo de víctimas pertenecientes al movimiento independentista de Irlanda quiere reunirse con el famoso escritor. Este se niega con un argumento aplastante:

–Sufrir no es un mérito.

La anécdota tiene pertinencia en los días que corren en Venezuela, cuando las protestas que tienen en jaque a la dictadura de Nicolás Maduro llevan ya más de dos meses y amenazan con extenderse. Contra todo pronóstico, los manifestantes venezolanos no sólo no se han agotado, sino que su decisión de acabar con la tiranía urdida en el país durante los últimos dieciocho años parece irreversible. La calle, lejos de enfriarse, está encendida. Como esas llamas eternas que, en distintas ciudades europeas que fueron enclaves importantes de la Segunda Guerra Mundial, velan la tumba al soldado desconocido.

Sin embargo, dentro del fragor de la batalla también puede prosperar la inercia. Algo natural cuando los conflictos, sobre todo los de este tipo, persisten. Un síntoma de esta velocidad de crucero que se alcanza en medio de la tormenta es el cambio en la valoración de un mismo hecho. Por ejemplo, el uso indiscriminado, ilegal y hasta mortal de los gases lacrimógenos para reprimir las protestas.

¿En qué momento tragar gases lacrimógenos dejó de ser una injusticia y se convirtió en un mérito?

La pregunta viene por las respuestas que algunos de los más aguerridos diputados de la oposición están dando a otros sectores de la oposición que los critican por el supuesto abandono del hemiciclo como escenario real de confrontación política contra el gobierno de Maduro.

Estos sectores, entre otras demandas, exigen que la Asamblea Nacional nombre un nuevo TSJ y una nueva directiva del CNE para abrir un boquete jurídico que conduzca a la liberación de Venezuela. La AN argumenta que esos nombramientos, tales y como los plantean estas voces, implicaría una violación de la constitución y apuesta, más bien, por aprobar vetos de censura contra funcionarios criminales como el general Reverol y continuar con las protestas en la calle.

Planteado así, este enfrentamiento entre «engominados» y «tatuados» reproduciría dentro de las fuerzas de la oposición el choque, más bien caricaturesco, de «técnicos» y «rudos» de la lucha libre mexicana, donde, más allá de los evidentes riesgos físicos, todo es una coreografía bien montada.

Que las protestas en calle y las decisiones en la Asamblea Nacional no se conviertan en coreografías, en espectáculos cuyos efectos sólo sean simbólicos o representativos (ya se trate de votos, de porcentajes de popularidad o de una mayor audiencia en redes sociales), es uno de los grandes retos que la oposición venezolana enfrenta. Rudos y técnicos, engominados y tatuados, por igual. Incluidas las barras que, genuinamente, apoyan a cada uno de los actores políticos en cuestión. O, para evitar las trampas de la semántica, de los factores políticos.

La diferencia entre uno y otro es sutil. Apenas una letra. Esa delgada línea que los separa, sin embargo, es fundamental. Pues la gomina no le da más brillo a las ideas y las cicatrices, como bien lo sabía George Bernard Shaw, no son tatuajes ni emblemas del amor propio.

Luis Vicente León y la espada del augurio

espada del augurio

Tengo la particular capacidad de equivocarme en todos mis análisis políticos. Ni qué decir de mis predicciones relacionadas con algún resultado electoral. En ese sentido, soy una brújula infalible: lo que yo diga que va a pasar señala, por oposición, la dirección real que van a tener los acontecimientos.

 Esto no tiene por qué ser motivo de vergüenza ni de reproche. Todos tenemos nuestras limitaciones. El problema estaría en si yo me ganara el sustento como analista político o si, a pesar de mis erráticas apreciaciones, yo insistiera en presentarme ante la sociedad como un ojo avizor. Por eso me sorprende ver a tanto «analista», cuyos promedios de bateo no son muy superiores al mío, lanzar flechas cual Guaicaipuro empericado tratando de acertar la elusiva diana del futuro político de Venezuela.

 El caso paradigmático de esta especie es Luis Vicente León. El presidente de Datanálisis, al igual que su colombroño del planeta Thundera, siempre parece poder ver «más allá de lo evidente». La «espada del augurio» de este profesor de la UCAB y del IESA son las estadísticas. La realidad, la historia y el lenguaje suelen ser en sus artículos e intervenciones meras excusas para la justificación de unos cuantos números. Unos números que sólo él parece manejar, o cuya importancia sólo su clarividencia logra detectar. Números que los necios venezolanos seguimos sin comprender, como si la salida al mayor desastre que ha conocido la historia republicana de Venezuela fuera un código que, como en las películas de acción, simplemente habría que marcar.

 Luis Vicente León tiene, sin embargo, momentos de ternura e introspección. Son raptos de humanidad en donde le escribe cartas abiertas a sus hijos, «los morochos», que serían como unos «Amadores» que lo convertirían automáticamente en nuestro Fernando Savater.

 Su capacidad de distensión, también lo ha demostrado, alcanza dimensiones teatrales. En sus tiempos libres ha llegado a incursionar en el rudo negocio del Stand up comedy, junto a Laureano Márquez, en una pieza de cuyo nombre prefiero no acordarme.

 Fuertes críticas se ha ganado por esta versatilidad, como si la atención al mundo de la farándula incidiera en la lucidez de sus juicios. Críticas que me parecen injustificadas pues creo que la dirección aquí (tengo cierta capacidad para el análisis del discurso y de los personajes) apunta en sentido contrario. El trabajo de analista político le ha quitado tiempo al de comediante, al de showman, que es su no tan secreta y verdadera vocación.

 Porque, al final de cuentas, los análisis de Luis Vicente León son eso: un espectáculo de entretenimiento dirigido a un sector de la población venezolana que en el fondo, por inercia o por legítimo temor, ya se ha acostumbrado a vivir en la barbarie chavista.

 Su más reciente artículo (es difícil seguirle la pista, pues publica varios por semana y en diferentes medios) tiene un título que refleja la base de autoayuda de su discurso: «Condiciones para el éxito».

¿Quién en su sano juicio, en medio de la lucha sin igual llevada adelante por una ciudadanía desarmada frente a una dictadura militar, con un terrible saldo de muertes, torturas, encarcelamientos y represión como el que se ha desatado en el último mes en Venezuela, puede referirse a esta crisis en términos de «éxito»?

 ¿No se da cuenta Luis Vicente León que el drama del país es que ya no hay posibilidad de una salida exitosa? ¿Que los más de cincuenta asesinados entre abril y mayo de 2017, así como los más de cuarenta que hubo en las protestas de 2014, no van a revivir? ¿Qué los años de mayor bonanza económica de la nación se despilfarraron en una orgía grotesca de corrupción? ¿Que una vez que salgamos de la pesadilla de la dictadura de Nicolás Maduro, vamos a tener que lidiar por generaciones con el verdadero legado de Chávez que es el narcotráfico?

 Y no se crea que se trata aquí de una simple lectura de un título. El mencionado artículo resume las líneas mayores del quietismo conformista de Luis Vicente León. La primera es la supuesta falta de apoyo popular de las protestas de la oposición. El presidente de Datanálisis no parece percibir mayores diferencias con las manifestaciones de otros años. La segunda, su reivindicación obstinada de una pasividad disfrazada de no violencia. Y la tercera, su instigación a una carrera presidencial por una fulana ausencia de verdaderos líderes que generen consenso dentro de la oposición. No hace falta insistir en el poder dispersivo, altamente oxigenante para el gobierno, que tendría semejante discusión en estos momentos.

 Llegados a este punto cabría preguntarse, ¿por qué Luis Vicente León y otros personajes de la misma camada hacen lo que hacen? ¿Por qué postergan en sus análisis lo que la realidad ya muestra como inevitable?

 La respuesta está, me parece, en aquel lamento de los romanos en el poema de Cavafys:

 «¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?»