Pancho, las guacamayas y los trinos

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Si les digo la verdad, desde anoche no he parado de llorar. Palabra. Ayer se murió Pancho Massiani y hoy estaría cumpliendo 75 años. Si escribo esto no es por la típica necesidad de cumplir con memoriales y panegíricos. Es porque desde anoche la única forma que he encontrado de parar de llorar aunque sea un momento es ponerme a hablar sobre Pancho. Recordar los cuentos que echaba, las anécdotas de todo lo que compartimos, leer sus poemas en voz alta con mi esposa, echados en la cama. O volver a ver la preciosa película que le dedicó Manuel Guzmán Kizer. Es la única forma. Palabrita que es así. Si no fuera así, no escribiría nada.

Se murió ayer, lunes 1 de abril de 2019, pero se despidió desde el sábado. Y por Twitter, además, a través de una guacamaya. Lo juro. El sábado en la mañana yo estaba terminando de escribir un ensayo sobre José Balza y recordé que lo primero que yo leí de Balza fue el prólogo que le escribió a Piedra de mar. Una semblanza que fue a la vez la primera imagen que tuve del escritor de esa legendaria novela. Entonces busqué un cuento de Balza que recordaba con mucho cariño, «La sombra de oro». Lo releí y me conmovió y me fascinó aún más. Y decidí compartirlo en Twitter. Allí puse lo siguiente: «Amigos en Caracas que tienen el privilegio de alimentar guacamayas u otros pájaros que les llegan a sus balcones. Les paso este cuento de José Balza, «La sombra de oro», que es una absoluta belleza».

Horas después, cuando en Caracas ya había levantado el día, recibí un mensaje de mi madre para ver si podíamos conectarnos y conversar, como solemos hacer todas las semanas. Hablamos del país y de muchas otras cosas, pero la principal noticia ese día, la gran alegría que tenía para contarme, es que esa mañana, por primera vez después de muchos años alimentando a todo tipo de pajaritos que hacen vida por la casa, por fin, dos guacamayas se posaron en su balcón. Yo sé que este tipo de cosas ya no se pueden decir hoy, a riesgo de ser linchado en la picota, pero solo las mujeres son capaces de emocionarse a profundidad con las flores y los pájaros. Por supuesto que hay hombres, muchos, incluso, que también se emocionan. Yo mismo, sin ir muy lejos, pero es una emoción distinta. Hay una conexión especial entre las flores, los pájaros y las mujeres, y nadie me va a convencer de lo contrario. Y cuando mi mamá se emocionó de esa manera por la visita de las guacamayas, única alegría recibida en medio del desastre de estos días de oscuridad, yo pensé en ese relato maravilloso que le da título al que fue el último libro de cuentos de Pancho Massiani, Florencio y los pajaritos de Angelina, su mujer. Es una historia muy hermosa y muy triste sobre un carpintero que vive en el barrio de Chapellín, que hace sufrir mucho a su mujer con sus borracheras y esa violencia iracunda que, también hay que decirlo, anida en el corazón de todos los hombres. Y quizás por eso las flores y los pájaros nos huyen y prefieren a las mujeres. No lo sé. Lo cierto es que Angelina le pide a su esposo Florencio que por favor le pinte unos pajaritos en el rancho. Es la forma de perdonarlo y de elevarse con la mirada de esos pájaros pintados sobre el paisaje opresor de la pobreza.

Yo juraba que mi mamá me comentaba lo de las guacamayas pues había leído el tuit que horas antes yo había puesto. Y se quedó con la boca abierta cuando me dijo que no, que no había leído ningún tuit. Palabrita que sucedió así.

Al día siguiente, el domingo 31 de marzo, entre las respuestas que recibo a mi tuit, está la de una usuaria que me pone la foto de una hermosa guacamaya que, entiendo, va con frecuencia a comer en su balcón. Es un close-up del hermoso rostro de la guacamaya, tan parecido a una paleta de pintor moteada de colores, aún sin desordenar por el pincel. Unos restos de semilla rota le cuelgan del pico. Yo le doy like y respondo: Qué belleza.

Es entonces cuando recibo un mensaje de un familiar cercano de Pancho Massiani. Me informa que Pancho está hospitalizado, en terapia intensiva. Está inconsciente y aunque ya está en trance de morir, al menos no va a tener sufrimientos. La noticia me pega, pero en el momento puedo controlarme. Llevo años preparándome en mi fuero interno para recibir estar noticia. Desde el día que conocí a Pancho, en realidad, a comienzos de 2005. Desde el día uno pensé que con Pancho cada día podía ser el último. Para cuando lo conocí, ya era un sobreviviente de sí mismo. Del terrible accidente que casi le vuela la frente y de los comas etílicos. Los golpes de la vida lo habían ido tallando con inclemencia y precisión, desbaratando su cuerpo, él, que durante un par de décadas fue no solo el mejor escritor de Venezuela sino también, parodiando un título de Igor Barreto, el muchacho más hermoso de esta ciudad. Para el momento en que lo conocí, Pancho ya no podía caminar. Estaba golpeado, era obvio, pero los golpes lo habían convertido en la voluntad de vivir y amar más poderosa que yo haya conocido. Era pura alma desaforada de amor y ternura, con barba blanca, lentes y un infaltable cigarrillo en una mano y una infaltable copa de vino o un vaso de Coca-Cola en la otra.

Ayer en la tarde me enteré de su muerte por mi amigo Florencio Quintero, poeta y psiquiatra, quien le dedicó a Pancho uno de sus más bellos textos: «Apostar a la felicidad». Lo acabo de buscar entre viejos correos electrónicos. Quiero decir, en el exacto instante previo a escribir esta oración que corre, me detuve y lo busqué en el correo. Y de nuevo me sorprendo por la sincronicidad de las cosas cuando leo los dos primeros versos del poema, que creía haber olvidado:

           Despertarse un día y comprender

                        que afeitarse no es estrictamente necesario

            Que el trino matinal de un pájaro es realmente un milagro

                        una manifestación unívoca del reino subterráneo.

Y esta nueva coincidencia, ese pozo de resonancias secretas que persiste aunque en el día a día lo olvidemos, aunque lo tengamos a la vista en los trinos que escribimos y nos escriben, me devuelve a ese momento del domingo más triste del mundo, del domingo más domingo de todos, cuando vengo de enterarme de que Pancho Massiani, mi amigo, el mejor escritor del mundo, se está muriendo. Y vuelvo a revisar Twitter y la usuaria que minutos antes me ha mandado la foto de la guacamaya, a la que le he respondido «Qué belleza!», a su vez me ha vuelto a responder, informándome:

            «Se llama Pancho!!!»

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Frente al pelotón de fusilamiento

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Foto: Cristian Hernández.

 

 «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Esa frase, que da inicio a una de las más famosas novelas del siglo XX, también contribuyó a llamar la atención sobre un territorio que, quizás desde la época de los cronistas de Indias y hasta mediados de la década de 1960, no parecía haber despertado semejante fascinación: la América Latina.

La belleza del comienzo de Cien años de soledad deja ver al ojo atento algo mucho más complejo que lo que encierra la dudosa etiqueta de «realismo mágico». El comienzo de la novela de García Márquez apunta, sobre todo, a un estado de profundo atraso y miseria, que solo puede resarcirse de forma imaginaria, con los recursos del recuerdo infantil y del lenguaje poético. El hielo como una innovación tecnológica a la que se asiste como a un acto de magia, que a su vez es el anticipo de un prodigio mayor: la electricidad.

La electricidad ha revolucionado tanto la vida de los seres humanos que su sola presencia o ausencia sirve como un índice de modernidad. O de los requisitos básicos que requiere una sociedad para aspirar a la condición de moderna. En Venezuela, ya se sabe, la crisis energética fue declarada por el difunto presidente Chávez en enero de 2010, cuando su gobierno anunció un primer plan de cortes eléctricos. Fue así, producto de la corrupción administrativa y la ineficacia gubernamental, como Venezuela entró en una fase de aguda precariedad que esta semana ha terminado de manifestarse de una forma catastrófica: el apagón nacional del jueves 7 de marzo de 2019. Un apagón absoluto. En los 23 estados del país. De más de tres días de duración y que todavía persiste, una semana después, en algunos sectores (Quiso la mala fortuna que a las dos ramas de mi familia, una que vive en Mérida y otra en el este de Caracas, les tocara el castigo más largo: hasta el momento que escribo estas líneas continúan sin agua y sin luz).

Lo peor de una situación como esta no es solo que los pacientes mueran en el quirófano, o a la espera de entrar a uno, ni que los bebés recién nacidos fallezcan porque las máquinas respiradoras se apaguen, ni que la comida que con tanto esfuerzo guardan las familias venezolanas en su lucha contra el hambre y la inflación se descomponga. Ni mucho menos que los medicamentos de pacientes con cáncer o con problemas de insulina se dañen cuando no se conservan en el refrigerador. Lo peor es que todo este escenario infernal, del cual he mencionado apenas unos cuantos males, está sucediendo de forma simultánea y no llega a la luz pública (nunca una metáfora fue tan exacta y cruel). Durante una semana, los medios apenas han podido cubrir de forma parcial la masa de los acontecimientos y las comunicaciones se han visto interrumpidas por horas y a veces por días enteros.

Después de la tercera jornada de apagón, le escribo a mi madre para saber cómo ha pasado la noche. Horas después responde mi mensaje. «Dan ganas de llorar», me dice. «Ni un ruido. Ni una lucecita. Un silencio que aplastaba». Para responderme, mi madre se ha tenido que ir con el carro hasta una autopista cercana, que es donde llega algo de señal. En el camino, ve largas colas de carros tratando de reponer gasolina y muchos negocios cerrados. Los pocos abiertos, también llenos de gente.

El apagón prolongado ha creado un clima de peste bubónica en Venezuela. Se suceden comportamientos que hacen pensar que la venezolana es la sociedad más miserable y egoísta del mundo, y también la más honesta y solidaria. Algunos se dedican a cobrar un dólar por el uso momentáneo de una toma de electricidad para cargar los teléfonos móviles, y otros que poseen una planta eléctrica permiten a sus vecinos cargar sus teléfonos sin cobrar nada. Algunos establecimientos venden a precios estratosféricos la poca comida disponible para aprovecharse de la necesidad y ganar, ellos también, unos billetes verdes. Mientras que otros aprovechan el regreso fugaz de la electricidad para cocinar la comida guardada y repartirla entre la gente de manera gratuita para que no se pierda y así ayudar.

 «Tres dólares por una bolsa de hielo en este Macondo», escribe mi amigo Lenin Pérez en su cuenta de Twitter, desde Caracas. Tres dólares que son más de la mitad de un sueldo mínimo en Venezuela, que a marzo de 2019 no alcanza a los seis dólares. Un precio irrisorio en comparación con el horror que representaría una intervención militar encabezada por los Estados Unidos, dirían los biempensantes del mundo, desde la comodidad de un hogar con electricidad, agua corriente y comida en el refrigerador y la despensa. Biempensantes y bien lejos de ese pelotón de fusilamiento que aniquila día a día a los venezolanos, ante la impasibilidad o la impotencia (es lo mismo) de la comunidad internacional.

–Se llama hielo. Tóquenlo. Es frío. Y brilla –podrían agregar.

El truco de la electricidad será para otro día.

Lágrimas negras. Apuntes sobre Venezuela: Algo más que petróleo

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Imagen: «Monumento», de Miguel von Dangel.

Conversé con mi madre la noche del 24 de diciembre y me dijo que allá en Caracas todo estaba muerto. Tiendas cerradas, calles vacías y un gran silencio. 2018 había sido nefasto. No había nada que celebrar. Ni siquiera se podía sentir el alivio de que se acabara el año porque el siguiente se perfilaba todavía peor.

Si la economía en ruinas había arrojado la increíble cifra de un 1.700.000 % de inflación en los últimos doce meses, lo proyectado para el 2019 era casi una sentencia de muerte: el Fondo Monetario Internacional pronosticaba una inflación de 10.000.000 %. Y todo parecía indicar que sería así, pues el 10 de enero estaba previsto el inicio de un nuevo período de Nicolás Maduro, alcanzado a través de unas elecciones fraudulentas realizadas en mayo de 2018 que fueron denunciadas como tales por más de sesenta países de la comunidad internacional.

A nivel interno, el panorama político no era más alentador. La oposición venezolana lucía desarticulada, sin una estrategia común, dando muestras de una aguda crisis de credibilidad.

Maduro se asomaba así al año entrante: con más de 80 % de rechazo entre la población pero más atornillado que nunca en el poder.

El pesimismo mío se venía acumulando desde algunos años antes. Yo trabajaba como profesor de teoría literaria en la Escuela de Letras de la Universidad Central y me hallaba por completo desmotivado. Mi sueldo se volvía agua y la cotidianidad era agobiante. Mi labor como investigador universitario se limitaba a comprobar los nuevos consejos de sobrevivencia que los caraqueños compartían. Por ejemplo, que el jabón de lavaplatos se podía usar también para lavar la ropa. La escasez de comida y productos básicos comenzaba a apremiar y yo iba a la universidad casi sin preparar mis clases, haciendo acopio de fuerzas para transmitir los contenidos.

El 7 de octubre de 2012, cuando el moribundo Hugo Chávez derrotó al candidato opositor Henrique Capriles en las elecciones presidenciales, supe que necesitaba irme de Venezuela.

No fue sino hasta finales de 2015 cuando pude hacerlo. En Francia, me otorgaron una beca de tres años para hacer estudios doctorales en la universidad de París 13. Así que me tocó contemplar desde la distancia la radicalización de la crisis humanitaria en mi país. En diciembre de 2016 fui de visita a Caracas y pasé por la dramática circunstancia de ver a amigos enflaquecidos y apocados. Para ese momento ya se había calculado que el venezolano había perdido un promedio de nueve kilos en tan solo un año.

Dos años después, en diciembre de 2018, desde París seguí camino junto a mi esposa hacia Málaga, hermosa ciudad donde llevamos dos meses viviendo. Nos mudamos con la expectativa de hallar en el sur de España la hospitalidad necesaria para hacer de este nuestro hogar definitivo, pues los reportes sobre Venezuela, confirmados por nuestros familiares cada semana, no permitían abrigar esperanzas de volver.

Y es entonces cuando apareció Juan Guaidó, el joven político que en poco más de dos semanas ha logrado lo impensable: convertirse en el presidente encargado de Venezuela. Este giro de los acontecimientos dará tela que cortar a los historiadores de la política en los próximos años, cuando al fin se conozcan los detalles que condujeron a un muchacho casi desconocido a materializar los deseos de cambio de todo un país. Y esto sin acudir a la violencia, ni ampararse en las armas ni saliéndose de lo que establece la constitución. A Juan Guaidó le ha tocado ser el rostro visible de una gesta civil.

De modo que no es apresurado afirmar que el cambio político en Venezuela es inminente e irreversible. Aunque no será suficiente su solo advenimiento para resolver los graves problemas que dos décadas de chavismo han legado al país, a Latinoamérica y al mundo. Porque Venezuela se ha convertido en un problema global. Un problema del presente que ha revivido muchos fantasmas del pasado, lo que con demasiada frecuencia impide apreciar las particularidades de nuestro caso.

La conformación de dos grupos enfrentados, Estados Unidos y sus aliados, por una parte, a favor del cambio político, y de Rusia, China, Cuba y otros países, por la otra, a favor de la permanencia de Maduro, ha hecho creer a algunos que estamos en la antesala de una nueva guerra fría. O que el conflicto actual en Venezuela es un remake de la crisis de los misiles en Cuba en 1962.

Semejante interpretación, esgrimida sobre todo por voceros y representantes de la izquierda, tiene un corolario invariable: los velados intereses de Estados Unidos sobre el petróleo venezolano. A este respecto, basta ver las cifras oficiales que indican que este es el momento de menor dependencia histórica estadounidense del petróleo venezolano. Caso contrario al de China, cuya dependencia en este sentido sí ha aumentado de manera inversamente proporcional, aunque esta no se perciba por estos mismos voceros como un interés con consecuencias injerencistas.

 Ser el país con las reservas más grandes de petróleo en el mundo ha sido la fortuna y sobre todo la desgracia de Venezuela. No solo porque el petróleo se ha convertido muchas veces, parafraseando una frase de Bolívar, en un «instrumento de nuestra propia destrucción», sino porque para otros países no somos una sociedad con mayoría de edad ni con problemas auténticos. Como mucho, somos una ricachona Helena de Troya bajo la constante amenaza de ser raptada por los Estados Unidos. Impresión que en algunos sectores persiste todavía, a pesar de que la devastación vivida en Venezuela ha desangrado al país puertas adentro, con los cientos de miles de personas que han muerto a manos de la violencia, y los otros miles que han muerto de hambre o por falta de medicinas o a la espera de un tratamiento. Y también puertas afuera, como lo demuestra el inédito movimiento migratorio de millones venezolanos que han cruzado las fronteras y que ahora se ven en las calles de Latinoamérica, mendigando, como los refugiados de una guerra intraducible. El de Venezuela es un conflicto que requiere nuevas formas de entender los sistemas dictatoriales y los efectos devastadores que pueden tener en las democracias modernas.

Y sin embargo, el problema de fondo es básico. No se trata del enfrentamiento entre la izquierda y la derecha. Ni de guerras frías, calientes o recalentadas. El único conflicto que hay en Venezuela hoy es el de la vida contra la muerte. Mi país batalla por su derecho a la vida.

Una batalla en la que, según la ONG Foro Penal, nada más entre el 21 y el 26 de enero se registraron 35 personas asesinadas por las fuerzas represoras durante las protestas. Y un total de 791 personas detenidas en ese mismo periodo, de las cuales 696 fueron apresadas solo el 23 de enero, fecha en que Juan Guaidó cumplió el mandato constitucional de asumir la presencia interina. Hay que acotar que la mayoría de las víctimas mortales son jóvenes. Y buena parte de los detenidos son niños. Entre estos últimos, una niña indígena de 14 años que fue detenida en el estado Amazonas y acusada de terrorismo.

Junto a esto, hay una segunda batalla que los venezolanos estamos librando. La comunicacional. Pues no sólo estamos peleando por nuestra libertad sino que pareciera que además debemos justificarnos. Al menos ante académicos norteamericanos como Noam Chomsky, quien recientemente hizo público un manifiesto firmado por setenta colegas suyos llamando a no reconocer la presidencia de Juan Guaidó y a evitar la «injerencia» de los Estados Unidos en los asuntos de Venezuela. El argumento que esgrimen es de una ironía desoladora: Chomsky y sus amigos afirman que el reconocimiento a Guaidó podría traer como consecuencia «un baño de sangre, caos e inestabilidad».

Lo peor de este tipo de opiniones es que buscan atacar un paternalismo, el norteamericano, empuñando otro, también de origen norteamericano, a través de una supuesta solidaridad expresada mediante la manoseada fórmula de la «autodeterminación de los pueblos». Una solidaridad que, como diría René Girard, engendra nuevas formas de crueldad y revela una ignorancia total de la historia política que hizo de Venezuela una nación rica, soberana y moderna en la segunda mitad del siglo XX, y una de las pocas democracias del continente que durante cuatro décadas le supo decir que no a los sistemas totalitarios de todo tipo. Pues Venezuela, bajo el gobierno de Rómulo Betancourt, fue el primer país de la región en romper relaciones con Fidel Castro y la Revolución cubana. Así como después, en los años setenta, Venezuela fue también refugio de muchos exiliados argentinos, uruguayos y chilenos que huyeron de las dantescas dictaduras del cono Sur. En ambos casos, la solidaridad no fue para nosotros un asunto de direcciones ni de coordenadas ni de puntos extremos del pensamiento político. Fue una cuestión más urgente, de elemental empatía y respeto por los derechos humanos. No es otra cosa lo que exigimos.

 

*Este artículo fue publicado originalmente en la página cultural del periódico alemán Süddeutsche Zeitung, en su edición del 4 de febrero de 2019. 

 

 

 

 

 

 

Being Adolf Hitler/ Siendo Adolf Hitler

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El 31 de octubre pasado, en el Instituto Escuela de Caracas, un alumno de 16 años decidió disfrazarse de Adolf Hitler. Paulina Gamus, exparlamentaria y connotada representante de la comunidad judía en Venezuela, puso a circular en su cuenta de Twitter el corto video que apenas duraba unos pocos segundos. No sé si se trataba de una representación teatral, como quizás lo permitía entrever cierta disposición escénica que encuadró la entrada del personaje, o si fue solo el momento en que este muchacho apareció en lo que podemos imaginar como la típica fiesta de Halloween en un colegio de hoy.

Esos pocos segundos, sin embargo, bastaron para que la indignación (con Gamus a la cabeza de la turba) prendiera en las redes y empezara el (también típico) linchamiento virtual. Por supuesto, no se hizo esperar el comunicado oficial del colegio. Un texto cobarde donde «La Dirección» deja claro que «lejos estamos de apoyar un episodio tan triste y deplorable». Sin un asomo de reflexión ni de conciencia institucional, le dan la espalda al muchacho, lo abochornan y de paso se lavan las manos. Como si no fuese allí donde el muchacho se ha formado. Como si el muchacho, después de haber cometido «el crimen» de disfrazarse del asesino mayor precisamente en el día de los muertos, ya no fuese un miembro de esa comunidad. Como si a esa comunidad en conjunto no le tocara la correspondiente reflexión sobre esos otros estudiantes que, incorporados a la comparsa, respondieron al saludo nazi.

Luego, como también era de esperarse, vino la carta de disculpas del propio estudiante, por completo apesadumbrado y arrepentido. A pesar de esto, el hostigamiento hacia él no fue solo virtual. Incluyó el acoso a través de mensajes de odio y amenazas que alcanzaron hasta a su familia.

Al ver todo esto, pensé en la obra del magnífico artista alemán Anselm Kiefer. Voy a hablar de él, sin extenderme mucho, como una forma de decirle a ese muchacho (a quien no conozco) que no hizo nada malo.

Anselm Kiefer nació el 8 de marzo de 1945 en Alemania. El mismo año en que terminaría la Segunda guerra mundial. A este azar geográfico e histórico, Kiefer se encargaría de darle un sentido, pues toda su obra trata de responder a una sola pregunta: ¿cómo ser alemán en un mundo que sobrevivió a Hitler?

El genio de Kiefer está en la precocidad con que se plantea esta pregunta y sobre todo en el modo en que trató de contestarla. En 1969, con apenas veinticuatro años, realizó una serie de fotos que tituló Ocupaciones. En ella, Kiefer visitó distintas ciudades de Europa que fueron ocupadas por el nazismo y se fotografió a sí mismo haciendo el saludo nazi. Estas fotos serían publicadas en 1975, en la revista Interfunktionen, lo que provocaría el primero de los muchos escándalos que han marcado la trayectoria del que, en mi opinión, es el más complejo, ambicioso y conmovedor de los artistas plásticos contemporáneos.

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La insistencia de Kiefer en representar el Sieg Heil copó sus creaciones de esos años. En el mismo 1969 hizo dos libros, Símbolos heroicos y Para Genet, en los que extendió la reiteración del saludo nazi a otras técnicas como la pintura en acuarela y a otros espacios fotográficos, como el de la intimidad de su taller. Sobre esta particular manía, nos dice Rafael López-Pedraza en Anselm Kiefer. La psicología de «Después de la catástrofe»:

 «De manera indirecta, Kiefer nos fuerza a considerar un milenio en el que la humanidad [de haberse cumplido el delirio nazi de construir un imperio que durara mil años] habría tenido que ejecutar el saludo nazi compulsiva e incesantemente. Y con ello toca una psicología que no ha sido explorada: la de una demencia sin parangón. Sólo manteniendo su alma bien arraigada al cuerpo, pudo Kiefer explorar en semejante locura».

El valor que semejante apuesta artística tuvo y tiene todavía, se aprecia mejor al tener en cuenta el contexto en el que surge un artista como Anselm Kiefer. Como lo señala Daniel Arasse, Kiefer pertenecía a la «tendencia más dinámica de la cultura alemana (literatura, teatro, cine, artes visuales) que, desde el final de los años 50, trabajaba para romper el silencio colectivo sobre la catástrofe histórica de la guerra y del Tercer Reich». Agrega Arasse que en la República Federal Alemana se habían propuesto una doble tarea, tanto de reconstrucción del país después de los desmanes de la guerra, como de un olvido sistemático de toda la imaginería y simbología que remitiera al nazismo. Hasta el punto de que, por ejemplo, en las escuelas y en las universidades había sido borrada toda referencia a la mitología y el folclor nórdicos que insuflaron buena parte de sus delirios totalitarios.

Es fácil imaginar la resistencia, las objeciones y los ataques que esta decisión de romper el silencio provocó en los círculos artísticos europeos. Lo que no hace, viendo el prodigioso recorrido que ha sostenido Kiefer desde entonces y hasta el presente, sino que valoremos aún más el riesgo y la lucidez de su (repetido) gesto. Lo que lo convierte, según Arasse, en «el primer [artista] en afrontar directamente, desde su cuerpo, la representación del nazismo».

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Y esta es, quizás, otra de las grandes lecciones psicológicas del arte en general y de Kiefer en particular: que el mal también necesita ser representado. Es cierto que toda persona, y en especial todo adolescente, debería leer obras tan importantes, complejas y bellamente escritas como el Diario de Anne Frank o Si esto es un hombre, de Primo Levi. Pero esa indagación en los horrores del nazismo estaría incompleta sin recorrer también obras como la de Anselm Kiefer. O películas como La Caída, de Oliver Hirschbiegel o, no menos importante y más en sintonía con la sensibilidad contemporánea, Bastardos sin gloria, de Quentin Tarantino.

De toda esta historia, lo más aleccionador son las respuestas que ha dado el propio Kiefer a por qué hizo la serie de las Ocupaciones: «No me identifico ni con Nerón ni con Hitler, pero tengo que revivir lo que ellos hicieron, así sea en mínima escala, para poder comprender su locura» (del libro de Mark Rosenthal, citado por López-Pedraza). En una entrevista documental, titulada Anselm Kiefer: Remembering the future, Kiefer también comenta la razón de su absoluto silencio con respecto a los ataques personales que provocaron estas fotos, donde se lo acusaba de neonazi y fascista. Kiefer dice que nunca respondió esos ataques pues él no podía estar seguro, como no lo podría estar ningún alemán no judío de entonces, de cuál hubiera sido su posición en el conflicto de haber nacido algunos años antes. Esta declaración, que explica en parte sus motivos para encarnar a Hitler y repetir hasta la saciedad el tenebroso y estúpido saludo nazi, revela como ninguna otra la hondura y la honestidad de su indagación en el ser alemán de la posguerra.

De lo conflictiva y desgarradora que puede ser esta indagación, me di cuenta antes incluso de conocer la obra de Anselm Kiefer. Fue en el año 2014, la última vez que fui a Mérida. Allí, mi amigo Arnaldo Valero nos llevó a comer en un puestico de salchichas alemanas deliciosas. Lo atendía un alemán a quien volveríamos a ver esa misma noche en el famoso bar Biroska. Allí conversé con él. Me enteré de que llevaba más de veinte años viviendo en Mérida. Yo le pregunté, con total falta de tacto, cómo había llegado hasta aquel rincón de Venezuela. Y entre la cerveza y el ruido de la música, me confesó que solo en Mérida había conseguido la tranquilidad. Solo allí había dejado de sentirse culpable por ser alemán.

Nadie elige el lugar donde nace, parecen recordarnos Anselm Kiefer y este alemán merideño. Y estoy seguro de que, al disfrazarse de Hitler, este muchacho no tenía idea del campo minado que estaba pisando. Le tocó nacer en una época en la que los horrores del holocausto alemán ya parecen demasiado lejanos. Aunque alguna razón, quizás inconsciente, tiene que haber detrás de la escogencia de su disfraz. No en vano también le ha tocado nacer en un país devastado por una dictadura que responde a una ideología no menos brutal y sanguinaria que la del nazismo.

Para su propia tranquilidad y para diferenciarse de la turba 2.0 que piensa en masa y solo sabe de gritos y linchamientos, a este muchacho le toca indagar en las motivaciones de su gesto. Profundizar en toda la historia que hay detrás de ese hombrecito pavoroso, pero también risible y ridículo que fue Adolf Hitler, cuya sombra nos interpela a todos, judíos y gentiles. Pues, como lo resume bien Rafael Léopez-Pedraza, «el nazismo no sólo puede ser considerado como paradigma de la maldad, sino como paradigma de la estupidez».

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Solo para teodoristas

Teodoro-Retrato Fabiola Ferrero

(Fotografía: Fabiola Ferrero)

 

Abro WhatsApp y leo:

–Puede que el país se haya ido a la mierda, pero hay cosas que nunca cambiarán.

El mensaje me lo envió mi amigo Juan Pablo Gómez acompañado de una foto de la tabla de clasificación de la liga venezolana de beisbol. Allí, en el fondo, como un parroquiano que se ha ganado con constancia su lugar en la barra, estaban nuestros gloriosos y sufrientes Tiburones de La Guaira. Intercambiamos las bromas usuales al respecto.

Al rato, Juan Pablo me escribe otro mensaje:

–Murió Teodoro.

Había sido un día tristón, con esos cielos de un gris canalla que a veces hay en París y esta noticia me terminó de tumbar.

Abrí Twitter, encontré la noticia y después escribí en el grupo familiar de WhatsApp esas dos palabras:

–Murió Teodoro.

Agregar «Petkoff» hubiera sido estúpido. Teodoro es Teodoro. Su culto me lo transmitieron en mi casa materna junto al de otro insigne tiburonero, a quien nombrábamos en este caso solo por su apellido: Cabrujas. Quiso el destino que me tocara a mí anunciar a mi familia las dos muertes. La de Cabrujas, el 21 de octubre de 1995, la supe cuando estaba en casa de mi abuela, en el bloque 4 de San José del Ávila, viendo la transmisión de un juego de los Tiburones de La Guaira. Antes de comenzar el juego, escuché al narrador deportivo Alvis Cedeño decir la noticia. De un salto, salí del cuarto donde estaba y solté en la sala, sin ningún tacto:

–Se murió Cabrujas.

Aún recuerdo las caras de mi madre y de mi tía (quien es caraquista, pero buena gente) que no podían contener la sorpresa y algunas lágrimas.

Quiso también el destino que ayer fuera 31 de octubre, aniversario de la fundación de los Tiburones de La Guaira allá en el año 1962. Entre ambas muertes, la de Cabrujas en 1995 y la de Teodoro, en 2018, se cierra un ciclo personal, familiar y nacional. Se clausura una versión inteligente, aguerrida y divertida de Venezuela que no hay forma de recuperar. Lo cual no es del todo malo. Hay ciertos vacíos que por alguna extraña razón nos transmiten energía y nos limpian la mirada.

Años después, tuve la fortuna de alimentar mi admiración por Teodoro de forma directa. En tres ocasiones hablé con él.

La primera fue en 2009 para grabar en video su testimonio sobre Rafael Cadenas, quien acababa de ganar el Premio de Literatura en Lenguas Romances que otorga la Feria del Libro de Guadalajara. Teodoro nos sorprendió con la anécdota de un joven fortachón y elocuente que subido al techo de un carro, en los alrededores del edificio de San Francisco, en el centro de Caracas, donde estaba la antigua sede de la Universidad Central, arengaba a quienes lo escuchaban a unirse a la revolución contra la dictadura de Pérez Jiménez. Era el año 1952 y el joven fornido y orador no era otro que nuestro silencioso poeta Rafael Cadenas.

La segunda vez fue en los estudios de la Emisora Cultural de Caracas, en la época en que Luis Yslas y yo teníamos el programa de radio «Relecturas», que transmitíamos en vivo los martes (creo que era los martes) de ocho a nueve de la noche. Esa vez invitamos a Teodoro a hablar sobre uno de sus libros fundamentales, que acaba de salir y de agotar en algunas semanas un par de ediciones: El chavismo como problema. A la hora acordada, Teodoro se apareció. Además de los nervios que sentía por la perspectiva de entrevistarlo, se sumó el pánico que me entró cuando Teodoro tuvo uno de sus arranques de exasperación al saber que la entrevista duraría una hora. Nuestro programa no tenía ninguna publicidad y por lo tanto Luis y yo no recibíamos ningún pago. Es probable que lo escucharan muy pero muy pocas personas, lo cual, sin embargo, nos daba una libertad que hoy luce insólita: poner la música que nos provocaba. O, por ejemplo, dedicarle todo un programa a un solo tema o a un solo entrevistado durante una hora.

–Bueno, qué vamos a hacer –dijo Teodoro ya instalado en la cabina, resignado. Y luego procedió a contestar nuestras preguntas y a darnos una cátedra en vivo de la aberración política que era el chavismo y unas cuantas lecciones sobre la democracia.

Cuando terminó el programa, yo lo acompañé a la salida. En el tope de aquella colina donde se encontraba la Emisora Cultural de Caracas, a las nueve y pico de la noche, vi a Teodoro subirse a un Fiat Uno, sin chofer ni escolta ni nada parecido, y marcharse.

La tercera ocasión fue en el año 2012, en la sede del periódico Tal Cual en Los Palos Grandes. Yo quería que Teodoro me contara la historia de su famosa fuga del Hospital Militar el 29 de agosto de 1963. El episodio me interesaba por razones personales. Yo me encontraba recabando testimonios para escribir una novela sobre Darío Lancini, el gran palindromista y figura discreta pero central de la vanguardia político-literaria venezolana de los años sesenta. Había un dato en particular que me atraía y era el asombroso parecido físico que, según los testigos de esa época, hubo entre Darío y Teodoro. Parecido que había jugado su pequeño papel en dicha fuga, en la que también estuvo involucrada la escritora Antonieta Madrid, que después y durante treinta y cuatro años y hasta el final, fue la esposa de Lancini.

Yo tenía el temor de que a Teodoro le fastidiara volver sobre aquel episodio que no necesitaba, creía yo, ser contado de nuevo. En una de las paredes de su oficina, enmarcado, estaba el artículo que García Márquez había publicado en noviembre de 1983, titulado «Teodoro» y que el premio Nobel colombiano escribió como testimonio de admiración y amistad y también como apoyo a la candidatura presidencial de ese año del exguerrillero venezolano. En ese artículo, García Márquez narraba con ciertas variantes el mismo episodio por el cual yo venía a interrogarlo. Sin embargo, Teodoro se mostró más que dispuesto a volver a narrar esa aventura que es no solo un hito personal suyo sino uno de los momentos más fascinantes de la historia política latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX.

La última sorpresa que me llevaría ese mismo día sería que Teodoro, el ídolo de mi infancia y adolescencia, había leído algo mío. Se trataba de un cuento que yo había escrito sobre los Tiburones de La Guaira. La religiosidad beisbolera de Teodoro había jugado en mi favor y persistía en una placa del equipo que estaba clavada en la puerta de su despacho en las oficinas de Tal Cual.

 Y todo esto se acumula ahora, en medio de la garganta y del pecho, cuando saco cuentas. La última vez que los Tiburones conquistaron el título fue en la temporada 1985-1986. El crepúsculo de la famosa «Guerrilla». Fue en esa misma década que Teodoro se postuló y perdió dos veces en las elecciones presidenciales que condujeron a los gobiernos de Jaime Lusinchi y de CAP II. A veces me pongo a pensar (y esto da risa y dolor al mismo tiempo) qué se sentirá ganar un campeonato de beisbol. También me pregunto cuál hubiera sido la historia de Venezuela si nos hubiéramos permitido la posibilidad de que esa tercera vía representada por Teodoro hubiera llegado al poder. Probablemente, Teodoro no tendría hoy la misma aura intachable con que sus admiradores, conocidos de él o no, lo recordamos. El poder desgasta y corrompe siempre. Se quiera o no. Pero quizás muchos de los demonios acumulados durante cuarenta años de democracia hubieran tenido una civilizada válvula de escape.

Sospecho que a Teodoro no le hubiera molestado mucho caer en la desgracia de la incomprensión absoluta si eso hubiera significado algún beneficio para el país. A pesar de esto, no se salvó de la circunstancia de ser odiado por la mentalidad monolítica de algunos cuantos que repiten viejos cuentos de camino a los que, por cierto, son muy aficionados los voceros del chavismo.

Para otros, en cambio, y me gustaría pensar que son la mayoría, Teodoro se convirtió en el héroe de nuestras causas perdidas.

Venezuela: una foto incómoda.

VENEZOLANOS

Todos nos hemos visto en esta situación: estamos en la calle, con algún familiar o amigo, y le pedimos a un desconocido que nos tome una foto. El desconocido acepta, hace dos o tres tomas para estar seguro y nos muestra el resultado. Nosotros le decimos que quedó perfecta, que muchas gracias y entonces cada quien sigue su camino. Pero a veces sucede que la foto no quedó como queríamos. O quedó, más allá de melindres sobre el enfoque y la luz, francamente mal. Sin embargo, por elemental educación no decimos lo que en realidad pensamos:

–«No quedó muy bien, ¿podría tomar otra foto, por favor?».

Algo así me sucede últimamente con algunos artículos que ciertos escritores (no todos) han publicado sobre Venezuela. Los leo y, al igual que a ese desconocido de la calle, me gustaría decirle a sus autores: no quedó bien, hágalo de nuevo, con más ganas. La diferencia fundamental es que quienes escriben sobre Venezuela no son ningunos desconocidos. Son gente de la trayectoria y el nivel de un Juan Villoro, por ejemplo. Es como si a quien le pidiéramos la foto en la calle, salvando algunas distancias, fuese Henri Cartier-Bresson. Sería un desatino pedirle a semejante fotógrafo que repitiera la foto.

Y sin embargo.

El 21 de septiembre Juan Villoro publicó en Reforma un artículo titulado «Venezolanos». En el momento lo leí un par de veces y ahora que trato de encontrarlo la página del periódico exige estar suscrito para tener acceso al texto. Así que me tocará parafrasear sus ideas a riesgo de deformarlas en sus matices, aunque no en su contenido esencial. Allí, Villoro daba cuenta de un viaje a Medellín, en el contexto de la feria del libro, donde los «venezolanos» acompañaron de una u otra forma su estancia en la ciudad. Desde funambulistas de semáforo, pasando por una familia en situación de calle hasta un taxista estafador, Villoro contempló con sus propios ojos que la emigración masiva de venezolanos era una realidad palpable. También dio cuenta de la extraña insistencia de un periodista ecuatoriano en obtener declaraciones suyas al respecto. Lo que resulta aún más extraño fue la respuesta del escritor mexicano. Villoro afirmó no estar lo suficientemente informado para hablar sobre el tema. El resto de su artículo, lo dedica a dejar claro no solo su desinformación sino su desinterés por la emigración venezolana, que ya varios medios han calificado como uno de los mayores fenómenos migratorios en la historia de América Latina, comparable con lo que ha sucedido en países en situación de guerra como Siria.

Yo entiendo que a Villoro el asunto de los «venezolanos» no le interese. O, incluso, que le fastidie. A mí, que soy un venezolano emigrante, a veces también me hastía. Es incómodo portar donde uno vaya esta cruz, que antes cargaron los cubanos, los chilenos, los argentinos y los colombianos exiliados. Ser un avatar ambulante de un gentilicio que en su territorio nacional está siendo aniquilado, en este caso, en el nombre del socialismo, no es una situación que le desearía a nadie. Ni siquiera a los escritores, siempre tan ávidos de experiencias para poder escribir sus novelas, sus cuentos y hasta sus artículos semanales.

Y sin embargo.

Me pregunto cómo hubiera sido la reacción de mis amigos escritores mexicanos si en una hipotética entrevista, ante la pregunta «¿Qué opina usted de la masacre de los 43 estudiantes de Ayotzinapa?», yo hubiera respondido: «no estoy lo suficientemente informado para opinar al respecto». O, como le respondió Villoro al periodista insistente en la entrevista que le hicieron el 19 de septiembre, en Quito: «vivimos en un siglo de migraciones, pero no puedo decir nada concreto sobre la migración venezolana». ¿Cuál sería la reacción de mis amigos escritores mexicanos si yo, interrogado sobre las desapariciones de los normalistas de Iguala hubiera respondido: «vivimos en un siglo de violencia, pero…».

¿A qué viene tanta renuencia? Esto es aún más incomprensible en un autor cuyas crónicas han sido para sus lectores un recorrido lúcido por la historia de México y de muchos otros territorios y realidades de América Latina. Villoro me respondería, como ya le ha repetido a los periodistas, que no está lo suficientemente informado. Argumento no solo irrebatible sino hasta respetable, por aquello de reconocer las propias limitaciones. Pero una cosa es que Villoro diga que no maneja el tema y otra muy distinta es que escriba un artículo donde pavonea, orondo y sarcástico, su ignorancia y su hastío. ¿Por qué Villoro hizo eso? ¿Para evitar, precisamente, que le vuelvan a preguntar sobre este fastidioso asunto? ¿O se trata acaso de la puesta en práctica del principio de autodeterminación de los pueblos anunciado ya por el canciller del gobierno de López Obrador cuando, pobre de él, los periodistas también cometieron el pecado de importunarlo al respecto?

No lo sé.

Yo mismo prefiero no entrar en demasiados detalles sobre la situación venezolana cuando alguien me pregunta. Una vez una colega de la universidad de París 13, donde estoy haciendo mi doctorado, al saber que yo era venezolano, mencionó al director Gustavo Dudamel. Estaba fascinada por su trabajo en el famoso sistema de orquestas juveniles y quiso saber más de él. Yo le respondí que sí, que Dudamel era un músico excepcional y que también había sido el instrumento sinfónico utilizado por Nicolás Maduro para desviar la atención de la represión, detención, tortura y asesinato de estudiantes durante las protestas de 2014. Nunca voy a olvidar la cara que puso esa colega. Me vio con horror, no tanto por lo que le contaba sino por habérselo contado. Como si yo hubiera roto un protocolo desconocido, una norma básica de convivencia. Como si yo fuera un extraterrestre.

Reinaldo Arenas describió muy bien este tipo de situaciones en Antes que anochezca, cuando ya se encontraba exiliado en los Estados Unidos y debía responder a las falacias que los mandarines ilustrados del castrismo, como Ángel Rama y Eduardo Galeano, publicaban sobre la situación en Cuba. En su autobiografía, dijo Arenas: «Es difícil poder tener comunicación en este país o en cualquier otro cuando se viene del futuro».

Desde entonces, evito el tema. La mayoría de la gente, en realidad, no quiere saber qué sucede en Venezuela. O no están preparados para asimilar la magnitud del genocidio que allá se está perpetrando y que ha llevado a millones de mis compatriotas a emigrar en las peores circunstancias imaginables.

Y sin embargo, te preguntan.

Y sin embargo, algunos escritores publican artículos para hablar de lo que no les interesa.

Traducción, juego y violencia

praga

Conferencia leída el 3 de mayo de 2018 en el Instituto de Traductología de la Universidad Carolina de Praga.

Para Robert, Arie y Vít.

Una pregunta que los periodistas suelen hacerle a los escritores es ¿por qué escriben? Pregunta extraña que ningún escritor, creo yo, se hace a sí mismo. Al menos no al momento de escribir. Ni antes ni después. Supongo que hay allí un genuino interés, aunque la insistencia en la pregunta a veces me hace sospechar un secreto deseo de desalentarnos. De llevarnos ante el espejo y que nos preguntemos: de verdad, ¿por qué escribes? O, pregunta aún más peligrosa, ¿para qué?

La pregunta me la han hecho suficientes veces como para verme forzado a pensar en el asunto. No tanto porque en realidad me interese sino por no defraudar a los periodistas o a algún lector interesado en la pobre trastienda del escritor, que en estos casos esperan, pienso yo, algo con más sustancia que un simple pero en el fondo muy sincero «no sé». Y he llegado a la conclusión de que, quizás, escribo por el deseo de leer un libro que solo existe en mi cabeza y que solo yo puedo escribir. No me refiero, claro está, a ninguna capacidad mía especial. Hablo de esta particularidad con la que, fatalmente, estamos condenados a hacer las cosas. A imprimirle a todo lo que hagamos nuestro maravilloso o insufrible sello. El problema es que un escritor solo lee su libro en el propio proceso de escritura y luego en el de corrección y luego cuando al fin sale el libro publicado. Es decir, no puede llegar a leerlo porque nunca podrá ver ese libro, salvo algunos logrados pasajes, que no tienen por qué coincidir con los que destaque la crítica, como algo escrito por otro.

Además, hay otro problema. Al menos en mi caso. Después de publicar un libro me entra una especie de depresión postparto en la que muy pronto ya no quiero saber nada de ese libro que tanto quise leer alguna vez y que tuve que escribir. Así fue con mis primeros tres libros, que fueron de cuentos, y así hubiera sido con The Night, mi primera y hasta ahora única novela, si no fuera porque tuve la fortuna de que ha sido traducida al francés, al holandés y al checo.

Tener una novela propia traducida a otro idioma ha sido la única forma de cumplir a cabalidad el deseo de leer de verdad ese libro que alguna vez tuve en mi cabeza. Recorro esas páginas que conozco tan bien y que sin embargo ahora suenan tan distinto, como si hubiera entrado en una dimensión paralela de mi existencia. Así sucedió en el caso de la traducción francesa publicada por Gallimard, hecha por el gran Robert Amutio, el traductor que introdujo a Roberto Bolaño en Francia, pues este es un idioma que manejo y que puedo leer con bastante fluidez.

En el caso de las traducciones al holandés y al checo, el extrañamiento es radical pues mi desconocimiento de estas lenguas es absoluto. Apenas reconozco mi nombre en la portada de estas hermosas e incomprensibles ediciones y algunos otros nombres propios de la historia, personajes y lugares que resaltan como pequeñas islas de sentido en medio de una marea de signos un poco hostiles.

El hecho de que The Night haya sido traducida es un sorpresa para mí, pues apenas soñaba con publicarla. Además, es una novela con unas particularidades que la hacen compleja al momento de traducirla. Tanto por la cantidad de referencias a personajes y situaciones de la historia de Venezuela, que son desconocidos para la mayoría de los lectores no hispanos, como por lo que considero que es el hueso narrativo: la historia de Darío Lancini, autor de un único libro titulado Oír a Darío, hecho de palíndromos (como el propio título).

Los palíndromos, esas palabras o frases que se leen igual al derecho y al revés, son intraducibles. El modificar la posición de una sola letra se rompe la perfección simétrica y de sentido que propone el palíndromo. Y en mi novela hay palíndromos, así como otros juegos de palabras: anagramas, acrósticos, textos bifrontes, etc. Es decir, toda una serie de obstáculos para su traducción. La única aparente ventaja que podía ofrecer mi novela es el título, que originalmente está en inglés. Esto ha sido motivo de preguntas, tanto curiosas como suspicaces, pues algunos lectores no entienden por qué la titulé The Night y no, «como correspondía», La Noche. Yo explico lo que ya aparece en la primera página de la novela. El título proviene de una canción del grupo norteamericano Morphine que se titula «The Night», y que tiene un papel importante en la narración y en la construcción del ambiente nocturno y gótico de la novela. Desde que escribí esa primera página, donde un personaje llamado Matías Rye afirma, convencido, que va a escribir una novela titulada The Night, supe que la mía también se llamaría así. Es como cuando se decide el nombre de un hijo. Solo viene el nombre, sabemos que ese es y así se va a llamar.

Cuando supe que la novela iba a ser traducida fue que reparé en lo singular del título, que funciona, gracias a la expansión del inglés, como un nombre propio que no necesitaría traducción. Sin embargo, para los editores no ha sido tan evidente. En cada ocasión se han planteado el asunto de qué hacer con el título: si mantenerlo o traducirlo también. Y, en alguna ocasión, uno de estos editores tuvo que batirse con el departamento de marketing para lograr que «The Night» se mantuviera. En el caso de la edición checa, que ha sido la única en modificar el título, se impuso un criterio comercial y editorial del mercado del libro checo: lo poco atractivo que resultaba para los lectores de aquí obras con títulos en inglés. Y por eso mi libro se titula en checo Kniha noci, que significa «El libro de la noche» y que suena muy bien.

kniha noci

Ahora bien, dicho esto, ¿cómo el libro logró ser traducido a estos idiomas? Dejando de lado las virtudes que la obra pueda tener, que las tiene, tampoco hay que hacerse el modesto sin necesidad, tengo la impresión de que en buena parte ha sido así porque los propios traductores, que muchas veces hacen de evaluadores de libros para las editoriales, se sintieron atraídos por las dificultades y el reto que este trabajo podía representar. Sin un interés genuino de mis traductores, estas versiones de mi novela no existirían. O al menos, no existirían con esa mezcla de fidelidad y rareza que le han sabido imprimir. En conversaciones con periodistas, o leyendo algunas reseñas de lectores franceses, holandeses y checos, reencuentro las marcas que me permiten re-conocer mi propia novela. Y así, aunque no hable una palabra de checo ni de holandés, sé que las traducciones son buenas. Reencuentro mi propio libro gracias a las lecturas de los otros.

Las traducciones son una oportunidad de lujo para que el autor pueda apreciar qué de universal (es un decir) y qué de doméstico tiene su libro. En España, como es lógico, se han interesado más por el contexto político de mi novela. En Holanda, Francia y República Checa eso también está, pero con un mayor interés hacia otros temas como los juegos de palabras, la reflexión sobre el lenguaje, la historia de las vanguardias europeas o el a veces sombrío mundo de la psiquiatría. Sin embargo, resulta más aún enriquecedor comprobar que en cualquiera de estos cuatro idiomas, las críticas negativas a la novela son más o menos las mismas: la abundancia de tramas y personajes, lo dislocado de la estructura narrativa, ciertas digresiones que algunos pobres incautos a veces descartan por «eruditas». Es decir, si tuviera que juzgar los modos de lectura solo a partir de esta muestra infinitesimal que es mi propia novela traducida, diría que un reclamo global a la literatura de estos tiempos es la opacidad de los temas y de los recursos utilizados. O, si lo vemos en el otro sentido, pareciera que la aspiración de los lectores contemporáneos es a lo transparente y a lo diáfano. Y esto aplica no solo para el llamado lector común. Aplica también para los escritores y otros lectores «especializados» que parecen estar de acuerdo en que, cuando se trata de literatura, no hay tiempo que perder. ¿No está de acuerdo en esto incluso la Academia sueca, que en 2016 premió a «autor» que ni siquiera había que leer?

Dicho esto, el hecho de haber sido traducido ya es una fortuna, insisto, pero la verdadera suerte ha sido contar con excelentes traducciones. Porque hubiera podido pasar que me tradujeran mal. Es decir, que me tradujeran prestando solo atención al deseo de garantizar la inteligibilidad de mi novela a toda costa. Y no fue así. Mis traductores han cumplido la labor complejísima que, ahora lo veo, pienso debe tener toda traducción: trasladar una historia, con sus personajes y referencias a un idioma y un ambiente distinto, conservando los elementos y los detalles de origen. Y también, y esto me parece lo más complejo del asunto, trasladar de un país a otro los misterios, vacíos y silencios de que está hecha una obra literaria. ¿Cómo mantener idéntico aquello que no tiene forma? ¿Cómo traducir lo que escapa a las palabras? ¿Cómo cercar lo no dicho? He ahí el gran problema que plantea la escritura de una novela y su traducción. Son dos actos creativos que se reflejan el uno al otro.

Todo esto conduce a otra arista, anecdótica pero interesantísima, del asunto: la relación entre autor y traductor. Por tratarse de mi primera novela, mi relación con los traductores fue al principio «epistolar». Robert Amutio, Arie van der Wal y Vít Kazmar aparecieron un día en mi bandeja de correos electrónicos presentándose con los correos más extraños, inteligentes y divertidos que se puedan imaginar. Unos primeros correos perturbadores en el sentido de que ya, desde ese primer contacto, ellos parecían saber mucho de mí y yo nada, o muy poco, de ellos. Y no porque yo fuera una persona pública, que no lo soy, ni porque ellos hubieran investigado sobre mi vida, sino por el nivel de compenetración con mi novela que demostraban. Un tipo de lectura muy particular, que no es la del escritor, ni la del crítico, ni la del editor. La «lectura» (ya ni sé si puede llamar simplemente así) que hace un traductor es algo más bien cercano a la interpretación de sueños.

Esos correos de salutación de mis traductores solían venir acompañados de una serie de preguntas y comentarios sobre los escollos encontrados durante su trabajo. Robert, Arie y Vít me ayudaron a detectar errores de diverso tipo en mi novela: confusión de Calabria con Cantabria, un recorrido marítimo inverosímil, palabras en español mal utilizadas. Pero también me interrogaban sobre cosas que no eran ni verdaderas ni falsas. Es decir, sobre metáforas. Por ejemplo, Vít me preguntó sobre el siguiente párrafo del capítulo 26 que dice así: «Dio unos pasos hacia atrás, para tener perspectiva, y tropezó. Una silla. La silla en la que había estado sentada, amarrada durante cuatro meses, Lila Hernández. Allí, justo en medio de la sala, a un costado de la cuerda floja, rozándolo con su borde de murciélago».

 Vít quiso saber qué quise decir yo con aquello de «borde de murciélago». Este son el tipo de preguntas que uno debe tratar de responderle a su traductor. Desandar el camino irracional que te condujo a una metáfora para sin ningún enmascaramiento decir lo que uno en realidad quiso decir. Hay ocasiones en que este tipo de preguntas revelan la torpeza de una imagen utilizada y por lo tanto descartable, pero hay otras ocasiones donde uno no puede deshacer o explicar la imagen. Nudos de lenguaje y pensamiento a que conduce el diálogo entre un escritor y un traductor y que hace que estos intercambios sean de alguna manera tan personales.

Por vivir en Francia he tenido tiempo de compartir en más de una oportunidad con Robert Amutio, a quien ya siento como un amigo. En una reciente estadía en Holanda al fin conocí a mi traductor holandés, Arie van der Wal, en el Instituto Cervantes de Utrecht, quien me obsequió un ejemplar de Karcino, el tratado de palindromía de Juan Filloy, un escritor argentino que se declaró en esas páginas «el primer palindromista del mundo, a través de todas sus épocas, de todos los idiomas y de todas las latitudes del espíritu». Arie ya había traducido dos libros de Filloy, por lo que se entusiasmó mucho al saber de la vida y la obra de Darío Lancini, quien, en mi opinión, es el verdadero primer palindromista del mundo.

 Ahora en este viaje a Praga he tenido la suerte de conocer en persona a Vít Kazmar, quien en su primer correo me contó que él había hecho una tesina sobre Juan Filloy. De modo que estos datos sirven para resolver el enigma de cómo ha sido posible la traducción de una primera novela, llena de juegos de palabras intraducibles: es el juego del lenguaje, el más serio y complejo de todos los juegos, el que nos ha conducido hasta aquí.

En The Night, es esta lúdica seriedad la que convoca a sus tres personajes principales: el psiquiatra Miguel Ardiles y dos de sus pacientes, Matías Rye y Pedro Álamo. Para ellos, los juegos de palabras son un divertimiento pero también una especie de oráculo que de forma insospechada los conecta con lo más sórdido de la realidad de un país sórdido como lo es desde hace algunos años Venezuela. Y es aquí donde volvemos al crucial punto de las traducciones: traducir lo intraducible. No solo los palíndromos y anagramas sino el horror de tantas vidas sacrificadas, unas trescientas mil, sin que se sepa muy bien cómo ni por qué. Es decir, los venezolanos tenemos muy claro cómo y por qué. Este país empobrecido, asesinado y con una emigración inédita en su historia es el resultado de las políticas totalitarias implementadas por Hugo Chávez desde que asumió el poder en 1999, ahora continuadas por su hijo más tonto y sanguinario, el dictador Nicolás Maduro. El problema es cómo explicar a alguien que no sea venezolano el mecanismo de esta tragedia. El periodista John Lee Anderson, en una entrevista que le hicieron a propósito de Venezuela en el año 2015, dijo lo siguiente: «Nunca había visto un país, sin guerra, tan destruido como Venezuela».

La frase es interesante porque demuestra los límites de la experiencia. Un periodista como Anderson, que ha trabajado en zonas de conflicto como Libia, Somalia, Afganistán, Irak y Centroamérica, tropieza con una destrucción que no cuadra en sus modelos conocidos de lo que es, o debería ser, una guerra. La perplejidad de Anderson se desvanecería al entender que en Venezuela sí ha habido una guerra. Solo que para poder verla no basta ser un reportero bélico experimentado. Captar la guerra en Venezuela es sencillo. Solo exige vivir allí durante varios años y sobrevivir.

«La verdad es un espectáculo para una sola persona», dice Miguel Ardiles, uno de los personajes de mi novela. «El problema no era tanto encontrarla, pensaba Miguel, como mantenerla viva y reconocible fuera de uno mismo».Este es, creo, el trabajo que hace también un traductor. Transportar una vela a través del Atlántico, apenas protegida por un manto de palabras comunes, y lograr que no se apague.

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La gran traductora Anežka Charvátová, el traductor Vít Kazmar y yo.