La Segunda Independencia

UHS-II

«#19deAbril No vamos a descansar ni desfallecer hasta lograr la segunda independencia de Venezuela.

Como en 1810, tenemos la unión de todos los sectores, sumado al respaldo del mundo para ayudarnos a lograr la Libertad».

El tuit lo puso Juan Guaidó en su cuenta personal con motivo de la celebración del aniversario del 19 de abril de 1810, fecha que ha pasado a la historia como la de la declaración de la Independencia de Venezuela. En su momento solo fue, como bien lo han recordado varios usuarios en Twitter, la creación de la Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII, quien había visto usurpado su trono por la invasión de Napoleón a España en 1808.

Ni el 19 de abril de 1810 ni el 5 de julio de 1811, fechas claves de la Independencia venezolana, fueron eventos precisamente épicos. La lectura de nuestra acta de independencia, tal y como la hizo el historiador Elías Pino Iturrieta, permite poner en su justa proporción lo sucedido esos días. La radicalización del conflicto se desarrollaría los años siguientes, desplazándose desde los espacios deliberantes del Cabildo de Caracas hacia los campos de batalla. Un poco a la manera que los girondinos fueron desplazados por los jacobinos en la conducción de la Revolución francesa. La comparación la hace Mariano Picón-Salas, quien asimismo establece un paralelismo entre la época de la Convención y el Terror en Francia y el periodo que se inicia con la «Guerra a Muerte» decretada por Bolívar el 15 de junio de 1813.

Esa guerra, dice también Picón-Salas, fue «la más terrible entre todas las luchas nacionales que haya visto el Continente». Es ahí, con la devastación casi nos borra, que nace el mito de la Independencia venezolana. Un relato fundacional cuyo protagonista principal, Simón Bolívar, será invocado constantemente a lo largo del siglo XIX, XX y XXI en las sucesivas refundaciones de la nación como un Leviatán del que cabe esperar la salvación o la aniquilación absoluta.

Doscientos diez años después del 19 de abril, aún no somos capaces de pensar fórmulas verdaderamente nuevas. Sin embargo, esta falta de imaginación no es algo que se le pueda achacar solo a Guaidó ni a los mercaderes que lo asesoran. Ni siquiera a esa nueva derecha venezolana que tanto se entusiasmó con el trágico Óscar Pérez y que todavía sueña con una invasión militar o una operación comando que acabe con los jerarcas del chavismo (en este aspecto, mis ensoñaciones son aún más infantiles y simples: un dron marca Soleimani). Esta idea fija que es para nosotros el bolivarianismo constituye, como lo dijo Luis Castro Leiva, «la única filosofía política creada por el Estado venezolano». Aunque, en el caso de Juan Guaidó, teniendo en cuenta las limitaciones del personaje, estaríamos hablando más bien de una «piedra filosofal», en el sentido harrypotteresco del término, y no ya de «filosofía política».

La idea de la «Segunda Independencia» tampoco es nueva. En Mensaje sin destino, de 1952, Mario Briceño-Iragorry la menciona como el último eslabón de la cadena del caudillismo que había fragmentado a Venezuela a lo largo de su historia republicana: «Federación, Fusionismo, Regeneración, Reivindicación, Legalismo, Restauración, Rehabilitación y Segunda Independencia». De lo cual extrae el diagnóstico demoledor: «nuestro país es la simple superposición cronológica de procesos tribales que no llegaron a obtener la densidad social requerida para el ascenso a nación. Pequeñas Venezuelas que explicarían nuestra crisis de pueblo».

Manuel Caballero, en ¿Por qué no soy bolivariano?, rastrea la fórmula hasta encontrarla en una carta que Mariano Picón-Salas le dirige a Rómulo Betancourt el 19 de septiembre de 1931, después de leer el Plan de Barranquilla: «He paseado varios días con el “Plan Barranquilla”, y a pesar de mi desconfianza metódica de los documentos revolucionarios, por primera vez he encontrado una tentativa clara y realista de política venezolana. Quizás con un poco de tropicalismo he llegado a pensar que ese “Plan Barranquilla”, pudiera ser la nueva revolución de independencia venezolana» (La carta se puede leer en el libro Mariano Picón-Salas y sus amigos).

El tropicalismo de Picón-Salas no cayó en saco roto pues la idea de la «Segunda Independencia» reaparecerá en los artículos de la sección «Economía y finanzas» que Betancourt mantuvo en el diario Ahora entre 1937 y 1939. Era la época en que Betancourt defendía desde la clandestinidad «un nacionalismo revolucionario» que veía en la presencia sin cortapisas del capital internacional una nueva colonización que debía ser derrotada por una segunda gesta de independencia, esta vez centrada en el proteccionismo político y económico. Así lo resume Arturo Sosa en el extenso estudio que prologa la recopilación de esos artículos, cuyo segundo volumen lleva como título, precisamente, La segunda independencia de Venezuela.

La idea reaparecería después de los sucesos del 18 de octubre de 1945, como un recurso retórico de Betancourt para darle un abolengo al golpe militar que derrocó a Isaías Medina Angarita: «Nosotros estamos resueltos, definitivamente resueltos, a que el gran ejemplo de 1810, ese que quedaba en una nuestra historia como una señera idealidad, lejana e inalcanzable, se repita en 1946». Lo dijo en Maracaibo, el 9 de marzo de ese año, en su condición de Presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno. La frase la cita Germán Carrera Damas en su clásico estudio El culto a Bolívar.

En 1960, con el acto de lanzamiento de la Ley de Reforma Agraria, Rómulo Betancourt encontraría una nueva ocasión de posicionar el ya manoseado eslogan. Sobre este episodio nos dice Manuel Caballero en Rómulo Betancourt: Un político de nación:

«El espectáculo de la promulgación de la Ley tuvo como escenario el Campo de Carabobo, sitio de la batalla final de la independencia venezolana. El gobierno quería destacar así dos hechos. Uno, que esa reforma era la continuación de aquella batalla, una segunda victoria. Era, pues, la “segunda independencia del país”. Lo otro, señalado en su discurso por Betancourt, que esa reforma, menos que el producto de un pensamiento colectivista («el comunismo» atribuido por sus adversarios de extrema derecha), era el cumplimiento de una voluntad del Libertador que nunca pudo poner en práctica».

Ignoro si desde entonces y hasta el 19 de abril de 2020, haya habido alguna otra mención de esta segunda parte de la Independencia venezolana como promesa de futuro que apunta al siglo XIX. Estoy dejando de lado, por supuesto, al propio Chávez y su sedicente Revolución bolivariana, por razones obvias. Aunque habría que ver si algún estudioso de la historia venezolana con más competencia que yo encontraría, de no ser un desatino, más afinidad entre el chavismo y la época de la Guerra Federal que con la Independencia.

De todas formas, basten los ejemplos ya mencionados para no abrigar muchas esperanzas ante lo dicho por el llamado Presidente (E). Y no solo por la distancia inconmensurable que hay entre un documento como el «Plan de Barranquilla» y el tuit de Guaidó (o la que hay entre mi admirado Mariano Picón-Salas y este humilde servidor). Sino porque el destino de Venezuela hace rato que no está en manos de los venezolanos. Su suerte se decidirá en los tableros de la geopolítica internacional, cuando China, Rusia y Cuba ya no puedan seguir sosteniéndole el pulso a los Estados Unidos y acepten que mantener su ocupación en Venezuela ya no es un buen negocio.

El día que esto suceda lo celebraré. Y sabré estar agradecido con los factores externos que hayan hecho posible la libertad de mi país. Es cierto que esta historia no tiene mucho potencial para la épica que requeriría una genuina «segunda independencia», pero me parecería un buen augurio para empezar a construir una versión de país menos heroica y más duradera.

Hablemos de sexo: contra el puritanismo de género.

davidcensurado

El 8 de abril de este año publiqué un tuit:

«Ya me explicaron la razón de separar los días de salida por sexo. Al igual que ha sucedido con el difunto lenguaje inclusivo, que nadie ha usado en esta coyuntura, la diferencia sexual se termina reafirmando como un hecho crucial para la logística y la sobrevivencia».

Con «coyuntura» me refería a la pandemia de COVID-19 y la respectiva cuarentena impuesta globalmente para contenerla. La separación de sexos hacía referencia a la medida adoptada en algunos países, como Perú, Colombia y Panamá, donde se establecían días específicos para salir a comprar alimentos: los lunes, miércoles y viernes las mujeres; los martes, jueves y sábados los hombres, por ejemplo. El sentido de esta medida, según me explicaron algunos usuarios de Twitter, era facilitar la identificación visual de los infractores, que hubiera sido mucho más engorrosa si el criterio de organización se hubiera regido por los números terminales del documento de identidad.

Después, la medida se canceló. Al menos en el Perú. Hubo un altercado con dos oficiales que discriminaron a dos personas transexuales. Además, la distinción por sexo, más práctica a simple vista, no contemplaba el otro factor implícito en los miembros de cualquier comunidad: el número. Con lo que los hombres y mujeres que habitaban en una misma casa podían ir juntos a hacer las compras los días asignados, contraviniendo así la exigencia de limitar la circulación a una sola persona por grupo familiar.

Lo que quiero destacar de todo esto son las reacciones que tuvo ese tuit entre algunas feministas, que remarcaron lo que ellas consideraban un uso erróneo de la palabra sexo, cuando lo apropiado hubiera sido hablar de género. Las más moderadas se limitaron a señalarme el matiz entre ambos términos. Las más furibundas remarcaron mi aparente ignorancia con una mezcla de mofa e indignación que fue el prólogo de una andanada de insultos: machista, misógino, «transfóbico» etc.

Estos ataques virtuales son moneda corriente en el discurso público, tanto en la prensa como en las redes sociales, pero no por ello es menos preocupante. Quizás sirva la cuarentena para obligarse a reflexionar sobre esta agresividad cotidiana que se ejerce contra todo aquel que no pacte con el lenguaje del feminismo contemporáneo, cuyo fin manifiesto (la igualdad), al parecer justificaría cualquier medio empleado para conseguirlo (incluida la violencia).

Los ataques prácticamente dejaron de lado lo relativo al repliegue del lenguaje inclusivo durante esta coyuntura. Sobre este punto baste agregar que la crisis ha puesto de relieve que el lenguaje es un patrimonio común que no responde a directrices políticas ni a dogmatismos en boga y que más bien reacciona con su propio genio tanto en su desarrollo diacrónico como en sus articulaciones sincrónicas. En especial, en situaciones de emergencia como la que estamos viviendo. En medio del apremio informativo, con su correspondiente necesidad de transparencia y comprensión (al menos en los enunciados, no tanto así en las cifras), las autoridades en España no parecen haber tenido tiempo para el uso de la famosa letra «e» o de los llamados duplicados inclusivos que buscan corregir la supuesta injusticia congénita del genérico masculino. La pandemia del coronavirus representa una amenaza para nuestra especie y el mejor ejemplo de ello es que el miedo nos ha recordado de forma instintiva que nuestro género es, ante todo, el humano.

Junto a la violencia de algunas respuestas, me sorprendía el otro tono, entre condescendiente y maternal, de algunos comentarios donde parecían estarme informando de algo que era ya un hecho consumado: lo que antes se llamaba sexo ahora se llama género. Es decir, que ya habíamos superado la etapa de la ambivalencia, en la que se podía usar uno u otro término dependiendo de los múltiples factores que determinaran nuestras escogencias lingüísticas. Ya el juicio había sido zanjado en alguna instancia superior y yo debía acatar su resultado. So pena de recibir los citados ataques o las moderadas aclaratorias.

No era, por supuesto, la primera vez que me enfrentaba a las nociones de sexo y género entendidas como un desdoblamiento que enfrenta la biología con la cultura. Aunque sea antipático decirlo, tengo una formación en literatura y teoría feministas mucho más sólida que el nivel medio de las más enconadas activistas que suelen atacarme por alguna opinión no alineada con la revolución que están llevando a cabo. Y esto no por un interés o una sensibilidad particulares míos sino porque fui profesor de Teoría Literaria en la Escuela de Letras de la UCV durante diez años. El programa académico incluía un componente importante sobre feminismo, debido en gran parte a mi amiga y colega, de quien fui alumno y tesista, la profesora Gisela Kozak. Una escritora que, además, ha reivindicado públicamente su condición de lesbiana y defensora de los derechos de la comunidad LGTBQ (por supuesto, este vínculo personal no quiere decir que Gisela Kozak refrende mis opiniones sobre el tema de este artículo).

Tampoco he sido una especie de Rip van Winkle que acaba de despertar de su letargo de años y se encuentra con un mundo irreconocible. Soy un lector atento de todo lo que, ya sea en forma de libros, artículos y entrevistas, circula hoy día sobre feminismo. De nuevo, no porque me considere un «compañero de ruta», como esos que escriben novelas con personajes masculinos dándose latigazos, o porque sea uno de esos académicos con oscuro pasado que ahora dan seminarios con «perspectiva de género» como quien se esconde en la boca del lobo. No. Lo hago porque el feminismo es el movimiento que está provocando las transformaciones más fuertes en la sociedad y yo necesito entender lo que está sucediendo. Asimilar y discernir los discursos y las acciones y medir lo que según mi criterio, con las limitaciones que impone cada subjetividad, puede ser malo o bueno o solo inevitable.

En este caso puntual, he vuelto a tener esa sensación agobiante de estar en una atmósfera que, viniendo de la Venezuela chavista, reconozco muy bien: una donde impera el doble pensar orwelliano, ese que los sistemas totalitarios aplican para desvincular hechos y enunciados. Así como «la guerra es la paz», el género busca tapar la noción de sexo como un manto pudoroso que además se publicita como un instrumento de libertad.

Según Alex Grijelmo en su Borrador de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo (Taurus, 2019), este uso de la palabra género como sinónimo y eventual sustituto de la palabra sexo, es un fenómeno relativamente reciente. Su origen, al igual que la pandemia que me ha permitido ordenar estas ideas, tuvo lugar en China, en Pekín, en el año 1995 durante la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, bajo la organización de las Naciones Unidas. De ese encuentro se elaboró un informe en inglés cuya defectuosa traducción al español filtró, como un virus que pasa de un reino animal a otro, el término gender. Este, en lugar de ser traducido como sexo se vertió literalmente como género, dando lugar a la confusión y manipulación actuales.

Lo interesante es que la inoculación del término gender en el idioma inglés como sustituto de sex responde a unas motivaciones no muy distintas de las de mis censoras tuiteras. Como lo señala Grijelmo:

La palabra género, tal como la ha impulsado el movimiento feminista, es un anglicismo y, sobre todo, un eufemismo puritano, por extraño que parezca en el lenguaje de un sector marcadamente progresista. En inglés, gender (‘género’) cabalgó a lomos del puritanismo victoriano (siglo XIX) para evitar la entonces incómoda palabra sex (‘sexo’). En aquella época se mantenía una hipócrita y estrictísima moral pública mientras se multiplicaban los prostíbulos y las enfermedades venéreas. Quienes mostraban las relaciones sexuales como algo sucio en sí mismo pretendían evitar la expresión más directa que las nombraba, y descubrieron ese término tan limpio (p.2494).

El asunto no pasaría de ser una simple anécdota sobre las apropiaciones idiomáticas si no fuera porque el término género así entendido se inscribe como un símbolo en el lenguaje identitario del feminismo. Sobre esto nos dice Grijelmo: «los lenguajes identitarios se forman mediante palabras, pocas o muchas, que funcionan como símbolos. El hablante se pone esos vocablos en la solapa como si fueran insignias. Así, determinados sintagmas cumplen un papel de señas de pertenencia» (p.2070).

La necesidad de pertenencia no es en sí criticable. Es, incluso, uno de los instintos gregarios del ser humano, que ha sido clave para su crecimiento y adaptación constantes. Sin embargo, la naturaleza de esta necesidad es de por sí excluyente: «no se da una exhibición identitaria sin entender que quien no participe de ella quedará excluido de alguna forma» (p.2059). Lo cual se hace patente en el uso del vocablo género como sustituto de sexo y las implicaciones que tiene con respecto a los hombres, aún cuando estos pacten con el programa actual del feminismo.

Es el caso de la expresión «violencia de género», que fue introducida en el debate español por la exministra socialista Cristina Alberdi en un artículo publicado en El País en marzo de 1999, titulado precisamente La violencia de género. Ante la polémica suscitada por la utilización de esa fórmula, la exministra se justificó remitiéndose al Informe del citado congreso de Pekín de 1995. En su libro, Grijelmo analiza el informe y constata que en ningún momento se utiliza allí la expresión «violencia de género» sino las mucho más acertadas y directas «violencia machista» o «violencia contra la mujer». Visto así, parecería que la fórmula «violencia de género» perdiera en precisión, pues en principio esta noción feminista de género abarcaría tanto a hombres como a mujeres. Es decir, ayudaría a invisibilizar la violencia del hombre al diluirlo en el membrete genérico. No obstante, en vista de que «las agresiones y asesinatos contra las mujeres son cometidos en abrumadora mayoría por los hombres, se supone que violencia de género significa “violencia del género masculino”» (p.2661), con lo cual el juicio y la sospecha caerían no sobre los individuos machistas y agresores sino sobre la totalidad de los miembros pertenecientes al sexo implicado.

El libro de Alex Grijelmo es un salvavidas de erudición y sentido común en esta época donde al totalitarismo lingüístico todavía puede dársele el beneficio de la duda e interpretarlo como la airada expresión de una impotencia ante una sociedad injusta que quiere dejar de serlo. Lamentablemente, la historia ha dado muchos motivos que también nos llevan a estar alertas. Ejemplos de cómo el lenguaje ha sido utilizado de punta de lanza para los desmanes del futuro. Las malas traducciones y los juegos verbales están en el origen de los hallazgos poéticos más sublimes y también de las palabras más desoladoras de la época moderna. A Benito Mussolini le debemos una de ellas, «fascismo», producto de una improvisación suya a partir del vocablo «fascio» que, como señala Jean-Pierre Fayet, originalmente estaba más vinculado a la izquierda, pues se refería a los campesinos rebeldes de Sicilia.

Uno esperaría que el feminismo de hoy invirtiera el camino y al tomar una palabra del puritanismo del siglo XIX la impulsara hasta la verdadera tolerancia y libertad que buscamos todavía en el siglo XXI.

Por esto y porque mi libertad no la entrego a ningún movimiento de masas, por más buenas que sean sus causas declaradas, defiendo mi derecho a usar la palabra sexo y no el anglicismo eufemístico de género. Así como tampoco acepto que me tilden de machista, «transfóbico» o ignorante por negarme a portar las dudosas insignias de su credo.

El sexo es el primer signo que marca nuestro cuerpo y nuestra existencia. Y es la moneda gastada que ofrecemos al final de la vida para cruzar el puente. Por fortuna, y la comunidad LGTBQ con sus conquistas lo está demostrando año tras año, el sexo es cada vez más un camino personal y cada vez menos una vía férrea trazada por otros. Tampoco debería ser una mancha que le indique nuestra impura condición de infieles a los matones solidarios que hacen sus rondas nocturnas.

 

 

Pancho, las guacamayas y los trinos

FMassiani7

Si les digo la verdad, desde anoche no he parado de llorar. Palabra. Ayer se murió Pancho Massiani y hoy estaría cumpliendo 75 años. Si escribo esto no es por la típica necesidad de cumplir con memoriales y panegíricos. Es porque desde anoche la única forma que he encontrado de parar de llorar aunque sea un momento es ponerme a hablar sobre Pancho. Recordar los cuentos que echaba, las anécdotas de todo lo que compartimos, leer sus poemas en voz alta con mi esposa, echados en la cama. O volver a ver la preciosa película que le dedicó Manuel Guzmán Kizer. Es la única forma. Palabrita que es así. Si no fuera así, no escribiría nada.

Se murió ayer, lunes 1 de abril de 2019, pero se despidió desde el sábado. Y por Twitter, además, a través de una guacamaya. Lo juro. El sábado en la mañana yo estaba terminando de escribir un ensayo sobre José Balza y recordé que lo primero que yo leí de Balza fue el prólogo que le escribió a Piedra de mar. Una semblanza que fue a la vez la primera imagen que tuve del escritor de esa legendaria novela. Entonces busqué un cuento de Balza que recordaba con mucho cariño, «La sombra de oro». Lo releí y me conmovió y me fascinó aún más. Y decidí compartirlo en Twitter. Allí puse lo siguiente: «Amigos en Caracas que tienen el privilegio de alimentar guacamayas u otros pájaros que les llegan a sus balcones. Les paso este cuento de José Balza, «La sombra de oro», que es una absoluta belleza».

Horas después, cuando en Caracas ya había levantado el día, recibí un mensaje de mi madre para ver si podíamos conectarnos y conversar, como solemos hacer todas las semanas. Hablamos del país y de muchas otras cosas, pero la principal noticia ese día, la gran alegría que tenía para contarme, es que esa mañana, por primera vez después de muchos años alimentando a todo tipo de pajaritos que hacen vida por la casa, por fin, dos guacamayas se posaron en su balcón. Yo sé que este tipo de cosas ya no se pueden decir hoy, a riesgo de ser linchado en la picota, pero solo las mujeres son capaces de emocionarse a profundidad con las flores y los pájaros. Por supuesto que hay hombres, muchos, incluso, que también se emocionan. Yo mismo, sin ir muy lejos, pero es una emoción distinta. Hay una conexión especial entre las flores, los pájaros y las mujeres, y nadie me va a convencer de lo contrario. Y cuando mi mamá se emocionó de esa manera por la visita de las guacamayas, única alegría recibida en medio del desastre de estos días de oscuridad, yo pensé en ese relato maravilloso que le da título al que fue el último libro de cuentos de Pancho Massiani, Florencio y los pajaritos de Angelina, su mujer. Es una historia muy hermosa y muy triste sobre un carpintero que vive en el barrio de Chapellín, que hace sufrir mucho a su mujer con sus borracheras y esa violencia iracunda que, también hay que decirlo, anida en el corazón de todos los hombres. Y quizás por eso las flores y los pájaros nos huyen y prefieren a las mujeres. No lo sé. Lo cierto es que Angelina le pide a su esposo Florencio que por favor le pinte unos pajaritos en el rancho. Es la forma de perdonarlo y de elevarse con la mirada de esos pájaros pintados sobre el paisaje opresor de la pobreza.

Yo juraba que mi mamá me comentaba lo de las guacamayas pues había leído el tuit que horas antes yo había puesto. Y se quedó con la boca abierta cuando me dijo que no, que no había leído ningún tuit. Palabrita que sucedió así.

Al día siguiente, el domingo 31 de marzo, entre las respuestas que recibo a mi tuit, está la de una usuaria que me pone la foto de una hermosa guacamaya que, entiendo, va con frecuencia a comer en su balcón. Es un close-up del hermoso rostro de la guacamaya, tan parecido a una paleta de pintor moteada de colores, aún sin desordenar por el pincel. Unos restos de semilla rota le cuelgan del pico. Yo le doy like y respondo: Qué belleza.

Es entonces cuando recibo un mensaje de un familiar cercano de Pancho Massiani. Me informa que Pancho está hospitalizado, en terapia intensiva. Está inconsciente y aunque ya está en trance de morir, al menos no va a tener sufrimientos. La noticia me pega, pero en el momento puedo controlarme. Llevo años preparándome en mi fuero interno para recibir estar noticia. Desde el día que conocí a Pancho, en realidad, a comienzos de 2005. Desde el día uno pensé que con Pancho cada día podía ser el último. Para cuando lo conocí, ya era un sobreviviente de sí mismo. Del terrible accidente que casi le vuela la frente y de los comas etílicos. Los golpes de la vida lo habían ido tallando con inclemencia y precisión, desbaratando su cuerpo, él, que durante un par de décadas fue no solo el mejor escritor de Venezuela sino también, parodiando un título de Igor Barreto, el muchacho más hermoso de esta ciudad. Para el momento en que lo conocí, Pancho ya no podía caminar. Estaba golpeado, era obvio, pero los golpes lo habían convertido en la voluntad de vivir y amar más poderosa que yo haya conocido. Era pura alma desaforada de amor y ternura, con barba blanca, lentes y un infaltable cigarrillo en una mano y una infaltable copa de vino o un vaso de Coca-Cola en la otra.

Ayer en la tarde me enteré de su muerte por mi amigo Florencio Quintero, poeta y psiquiatra, quien le dedicó a Pancho uno de sus más bellos textos: «Apostar a la felicidad». Lo acabo de buscar entre viejos correos electrónicos. Quiero decir, en el exacto instante previo a escribir esta oración que corre, me detuve y lo busqué en el correo. Y de nuevo me sorprendo por la sincronicidad de las cosas cuando leo los dos primeros versos del poema, que creía haber olvidado:

           Despertarse un día y comprender

                        que afeitarse no es estrictamente necesario

            Que el trino matinal de un pájaro es realmente un milagro

                        una manifestación unívoca del reino subterráneo.

Y esta nueva coincidencia, ese pozo de resonancias secretas que persiste aunque en el día a día lo olvidemos, aunque lo tengamos a la vista en los trinos que escribimos y nos escriben, me devuelve a ese momento del domingo más triste del mundo, del domingo más domingo de todos, cuando vengo de enterarme de que Pancho Massiani, mi amigo, el mejor escritor del mundo, se está muriendo. Y vuelvo a revisar Twitter y la usuaria que minutos antes me ha mandado la foto de la guacamaya, a la que le he respondido «Qué belleza!», a su vez me ha vuelto a responder, informándome:

            «Se llama Pancho!!!»

Captura de pantalla 2019-04-02 a la(s) 11.31.25 a. m.

Frente al pelotón de fusilamiento

VENEZUELA-CRISIS-POWER-OUTAGE

Foto: Cristian Hernández.

 

 «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Esa frase, que da inicio a una de las más famosas novelas del siglo XX, también contribuyó a llamar la atención sobre un territorio que, quizás desde la época de los cronistas de Indias y hasta mediados de la década de 1960, no parecía haber despertado semejante fascinación: la América Latina.

La belleza del comienzo de Cien años de soledad deja ver al ojo atento algo mucho más complejo que lo que encierra la dudosa etiqueta de «realismo mágico». El comienzo de la novela de García Márquez apunta, sobre todo, a un estado de profundo atraso y miseria, que solo puede resarcirse de forma imaginaria, con los recursos del recuerdo infantil y del lenguaje poético. El hielo como una innovación tecnológica a la que se asiste como a un acto de magia, que a su vez es el anticipo de un prodigio mayor: la electricidad.

La electricidad ha revolucionado tanto la vida de los seres humanos que su sola presencia o ausencia sirve como un índice de modernidad. O de los requisitos básicos que requiere una sociedad para aspirar a la condición de moderna. En Venezuela, ya se sabe, la crisis energética fue declarada por el difunto presidente Chávez en enero de 2010, cuando su gobierno anunció un primer plan de cortes eléctricos. Fue así, producto de la corrupción administrativa y la ineficacia gubernamental, como Venezuela entró en una fase de aguda precariedad que esta semana ha terminado de manifestarse de una forma catastrófica: el apagón nacional del jueves 7 de marzo de 2019. Un apagón absoluto. En los 23 estados del país. De más de tres días de duración y que todavía persiste, una semana después, en algunos sectores (Quiso la mala fortuna que a las dos ramas de mi familia, una que vive en Mérida y otra en el este de Caracas, les tocara el castigo más largo: hasta el momento que escribo estas líneas continúan sin agua y sin luz).

Lo peor de una situación como esta no es solo que los pacientes mueran en el quirófano, o a la espera de entrar a uno, ni que los bebés recién nacidos fallezcan porque las máquinas respiradoras se apaguen, ni que la comida que con tanto esfuerzo guardan las familias venezolanas en su lucha contra el hambre y la inflación se descomponga. Ni mucho menos que los medicamentos de pacientes con cáncer o con problemas de insulina se dañen cuando no se conservan en el refrigerador. Lo peor es que todo este escenario infernal, del cual he mencionado apenas unos cuantos males, está sucediendo de forma simultánea y no llega a la luz pública (nunca una metáfora fue tan exacta y cruel). Durante una semana, los medios apenas han podido cubrir de forma parcial la masa de los acontecimientos y las comunicaciones se han visto interrumpidas por horas y a veces por días enteros.

Después de la tercera jornada de apagón, le escribo a mi madre para saber cómo ha pasado la noche. Horas después responde mi mensaje. «Dan ganas de llorar», me dice. «Ni un ruido. Ni una lucecita. Un silencio que aplastaba». Para responderme, mi madre se ha tenido que ir con el carro hasta una autopista cercana, que es donde llega algo de señal. En el camino, ve largas colas de carros tratando de reponer gasolina y muchos negocios cerrados. Los pocos abiertos, también llenos de gente.

El apagón prolongado ha creado un clima de peste bubónica en Venezuela. Se suceden comportamientos que hacen pensar que la venezolana es la sociedad más miserable y egoísta del mundo, y también la más honesta y solidaria. Algunos se dedican a cobrar un dólar por el uso momentáneo de una toma de electricidad para cargar los teléfonos móviles, y otros que poseen una planta eléctrica permiten a sus vecinos cargar sus teléfonos sin cobrar nada. Algunos establecimientos venden a precios estratosféricos la poca comida disponible para aprovecharse de la necesidad y ganar, ellos también, unos billetes verdes. Mientras que otros aprovechan el regreso fugaz de la electricidad para cocinar la comida guardada y repartirla entre la gente de manera gratuita para que no se pierda y así ayudar.

 «Tres dólares por una bolsa de hielo en este Macondo», escribe mi amigo Lenin Pérez en su cuenta de Twitter, desde Caracas. Tres dólares que son más de la mitad de un sueldo mínimo en Venezuela, que a marzo de 2019 no alcanza a los seis dólares. Un precio irrisorio en comparación con el horror que representaría una intervención militar encabezada por los Estados Unidos, dirían los biempensantes del mundo, desde la comodidad de un hogar con electricidad, agua corriente y comida en el refrigerador y la despensa. Biempensantes y bien lejos de ese pelotón de fusilamiento que aniquila día a día a los venezolanos, ante la impasibilidad o la impotencia (es lo mismo) de la comunidad internacional.

–Se llama hielo. Tóquenlo. Es frío. Y brilla –podrían agregar.

El truco de la electricidad será para otro día.

Lágrimas negras. Apuntes sobre Venezuela: Algo más que petróleo

caballo von dangel

Imagen: «Monumento», de Miguel von Dangel.

Conversé con mi madre la noche del 24 de diciembre y me dijo que allá en Caracas todo estaba muerto. Tiendas cerradas, calles vacías y un gran silencio. 2018 había sido nefasto. No había nada que celebrar. Ni siquiera se podía sentir el alivio de que se acabara el año porque el siguiente se perfilaba todavía peor.

Si la economía en ruinas había arrojado la increíble cifra de un 1.700.000 % de inflación en los últimos doce meses, lo proyectado para el 2019 era casi una sentencia de muerte: el Fondo Monetario Internacional pronosticaba una inflación de 10.000.000 %. Y todo parecía indicar que sería así, pues el 10 de enero estaba previsto el inicio de un nuevo período de Nicolás Maduro, alcanzado a través de unas elecciones fraudulentas realizadas en mayo de 2018 que fueron denunciadas como tales por más de sesenta países de la comunidad internacional.

A nivel interno, el panorama político no era más alentador. La oposición venezolana lucía desarticulada, sin una estrategia común, dando muestras de una aguda crisis de credibilidad.

Maduro se asomaba así al año entrante: con más de 80 % de rechazo entre la población pero más atornillado que nunca en el poder.

El pesimismo mío se venía acumulando desde algunos años antes. Yo trabajaba como profesor de teoría literaria en la Escuela de Letras de la Universidad Central y me hallaba por completo desmotivado. Mi sueldo se volvía agua y la cotidianidad era agobiante. Mi labor como investigador universitario se limitaba a comprobar los nuevos consejos de sobrevivencia que los caraqueños compartían. Por ejemplo, que el jabón de lavaplatos se podía usar también para lavar la ropa. La escasez de comida y productos básicos comenzaba a apremiar y yo iba a la universidad casi sin preparar mis clases, haciendo acopio de fuerzas para transmitir los contenidos.

El 7 de octubre de 2012, cuando el moribundo Hugo Chávez derrotó al candidato opositor Henrique Capriles en las elecciones presidenciales, supe que necesitaba irme de Venezuela.

No fue sino hasta finales de 2015 cuando pude hacerlo. En Francia, me otorgaron una beca de tres años para hacer estudios doctorales en la universidad de París 13. Así que me tocó contemplar desde la distancia la radicalización de la crisis humanitaria en mi país. En diciembre de 2016 fui de visita a Caracas y pasé por la dramática circunstancia de ver a amigos enflaquecidos y apocados. Para ese momento ya se había calculado que el venezolano había perdido un promedio de nueve kilos en tan solo un año.

Dos años después, en diciembre de 2018, desde París seguí camino junto a mi esposa hacia Málaga, hermosa ciudad donde llevamos dos meses viviendo. Nos mudamos con la expectativa de hallar en el sur de España la hospitalidad necesaria para hacer de este nuestro hogar definitivo, pues los reportes sobre Venezuela, confirmados por nuestros familiares cada semana, no permitían abrigar esperanzas de volver.

Y es entonces cuando apareció Juan Guaidó, el joven político que en poco más de dos semanas ha logrado lo impensable: convertirse en el presidente encargado de Venezuela. Este giro de los acontecimientos dará tela que cortar a los historiadores de la política en los próximos años, cuando al fin se conozcan los detalles que condujeron a un muchacho casi desconocido a materializar los deseos de cambio de todo un país. Y esto sin acudir a la violencia, ni ampararse en las armas ni saliéndose de lo que establece la constitución. A Juan Guaidó le ha tocado ser el rostro visible de una gesta civil.

De modo que no es apresurado afirmar que el cambio político en Venezuela es inminente e irreversible. Aunque no será suficiente su solo advenimiento para resolver los graves problemas que dos décadas de chavismo han legado al país, a Latinoamérica y al mundo. Porque Venezuela se ha convertido en un problema global. Un problema del presente que ha revivido muchos fantasmas del pasado, lo que con demasiada frecuencia impide apreciar las particularidades de nuestro caso.

La conformación de dos grupos enfrentados, Estados Unidos y sus aliados, por una parte, a favor del cambio político, y de Rusia, China, Cuba y otros países, por la otra, a favor de la permanencia de Maduro, ha hecho creer a algunos que estamos en la antesala de una nueva guerra fría. O que el conflicto actual en Venezuela es un remake de la crisis de los misiles en Cuba en 1962.

Semejante interpretación, esgrimida sobre todo por voceros y representantes de la izquierda, tiene un corolario invariable: los velados intereses de Estados Unidos sobre el petróleo venezolano. A este respecto, basta ver las cifras oficiales que indican que este es el momento de menor dependencia histórica estadounidense del petróleo venezolano. Caso contrario al de China, cuya dependencia en este sentido sí ha aumentado de manera inversamente proporcional, aunque esta no se perciba por estos mismos voceros como un interés con consecuencias injerencistas.

 Ser el país con las reservas más grandes de petróleo en el mundo ha sido la fortuna y sobre todo la desgracia de Venezuela. No solo porque el petróleo se ha convertido muchas veces, parafraseando una frase de Bolívar, en un «instrumento de nuestra propia destrucción», sino porque para otros países no somos una sociedad con mayoría de edad ni con problemas auténticos. Como mucho, somos una ricachona Helena de Troya bajo la constante amenaza de ser raptada por los Estados Unidos. Impresión que en algunos sectores persiste todavía, a pesar de que la devastación vivida en Venezuela ha desangrado al país puertas adentro, con los cientos de miles de personas que han muerto a manos de la violencia, y los otros miles que han muerto de hambre o por falta de medicinas o a la espera de un tratamiento. Y también puertas afuera, como lo demuestra el inédito movimiento migratorio de millones venezolanos que han cruzado las fronteras y que ahora se ven en las calles de Latinoamérica, mendigando, como los refugiados de una guerra intraducible. El de Venezuela es un conflicto que requiere nuevas formas de entender los sistemas dictatoriales y los efectos devastadores que pueden tener en las democracias modernas.

Y sin embargo, el problema de fondo es básico. No se trata del enfrentamiento entre la izquierda y la derecha. Ni de guerras frías, calientes o recalentadas. El único conflicto que hay en Venezuela hoy es el de la vida contra la muerte. Mi país batalla por su derecho a la vida.

Una batalla en la que, según la ONG Foro Penal, nada más entre el 21 y el 26 de enero se registraron 35 personas asesinadas por las fuerzas represoras durante las protestas. Y un total de 791 personas detenidas en ese mismo periodo, de las cuales 696 fueron apresadas solo el 23 de enero, fecha en que Juan Guaidó cumplió el mandato constitucional de asumir la presencia interina. Hay que acotar que la mayoría de las víctimas mortales son jóvenes. Y buena parte de los detenidos son niños. Entre estos últimos, una niña indígena de 14 años que fue detenida en el estado Amazonas y acusada de terrorismo.

Junto a esto, hay una segunda batalla que los venezolanos estamos librando. La comunicacional. Pues no sólo estamos peleando por nuestra libertad sino que pareciera que además debemos justificarnos. Al menos ante académicos norteamericanos como Noam Chomsky, quien recientemente hizo público un manifiesto firmado por setenta colegas suyos llamando a no reconocer la presidencia de Juan Guaidó y a evitar la «injerencia» de los Estados Unidos en los asuntos de Venezuela. El argumento que esgrimen es de una ironía desoladora: Chomsky y sus amigos afirman que el reconocimiento a Guaidó podría traer como consecuencia «un baño de sangre, caos e inestabilidad».

Lo peor de este tipo de opiniones es que buscan atacar un paternalismo, el norteamericano, empuñando otro, también de origen norteamericano, a través de una supuesta solidaridad expresada mediante la manoseada fórmula de la «autodeterminación de los pueblos». Una solidaridad que, como diría René Girard, engendra nuevas formas de crueldad y revela una ignorancia total de la historia política que hizo de Venezuela una nación rica, soberana y moderna en la segunda mitad del siglo XX, y una de las pocas democracias del continente que durante cuatro décadas le supo decir que no a los sistemas totalitarios de todo tipo. Pues Venezuela, bajo el gobierno de Rómulo Betancourt, fue el primer país de la región en romper relaciones con Fidel Castro y la Revolución cubana. Así como después, en los años setenta, Venezuela fue también refugio de muchos exiliados argentinos, uruguayos y chilenos que huyeron de las dantescas dictaduras del cono Sur. En ambos casos, la solidaridad no fue para nosotros un asunto de direcciones ni de coordenadas ni de puntos extremos del pensamiento político. Fue una cuestión más urgente, de elemental empatía y respeto por los derechos humanos. No es otra cosa lo que exigimos.

 

*Este artículo fue publicado originalmente en la página cultural del periódico alemán Süddeutsche Zeitung, en su edición del 4 de febrero de 2019. 

 

 

 

 

 

 

Being Adolf Hitler/ Siendo Adolf Hitler

kiefer 1

El 31 de octubre pasado, en el Instituto Escuela de Caracas, un alumno de 16 años decidió disfrazarse de Adolf Hitler. Paulina Gamus, exparlamentaria y connotada representante de la comunidad judía en Venezuela, puso a circular en su cuenta de Twitter el corto video que apenas duraba unos pocos segundos. No sé si se trataba de una representación teatral, como quizás lo permitía entrever cierta disposición escénica que encuadró la entrada del personaje, o si fue solo el momento en que este muchacho apareció en lo que podemos imaginar como la típica fiesta de Halloween en un colegio de hoy.

Esos pocos segundos, sin embargo, bastaron para que la indignación (con Gamus a la cabeza de la turba) prendiera en las redes y empezara el (también típico) linchamiento virtual. Por supuesto, no se hizo esperar el comunicado oficial del colegio. Un texto cobarde donde «La Dirección» deja claro que «lejos estamos de apoyar un episodio tan triste y deplorable». Sin un asomo de reflexión ni de conciencia institucional, le dan la espalda al muchacho, lo abochornan y de paso se lavan las manos. Como si no fuese allí donde el muchacho se ha formado. Como si el muchacho, después de haber cometido «el crimen» de disfrazarse del asesino mayor precisamente en el día de los muertos, ya no fuese un miembro de esa comunidad. Como si a esa comunidad en conjunto no le tocara la correspondiente reflexión sobre esos otros estudiantes que, incorporados a la comparsa, respondieron al saludo nazi.

Luego, como también era de esperarse, vino la carta de disculpas del propio estudiante, por completo apesadumbrado y arrepentido. A pesar de esto, el hostigamiento hacia él no fue solo virtual. Incluyó el acoso a través de mensajes de odio y amenazas que alcanzaron hasta a su familia.

Al ver todo esto, pensé en la obra del magnífico artista alemán Anselm Kiefer. Voy a hablar de él, sin extenderme mucho, como una forma de decirle a ese muchacho (a quien no conozco) que no hizo nada malo.

Anselm Kiefer nació el 8 de marzo de 1945 en Alemania. El mismo año en que terminaría la Segunda guerra mundial. A este azar geográfico e histórico, Kiefer se encargaría de darle un sentido, pues toda su obra trata de responder a una sola pregunta: ¿cómo ser alemán en un mundo que sobrevivió a Hitler?

El genio de Kiefer está en la precocidad con que se plantea esta pregunta y sobre todo en el modo en que trató de contestarla. En 1969, con apenas veinticuatro años, realizó una serie de fotos que tituló Ocupaciones. En ella, Kiefer visitó distintas ciudades de Europa que fueron ocupadas por el nazismo y se fotografió a sí mismo haciendo el saludo nazi. Estas fotos serían publicadas en 1975, en la revista Interfunktionen, lo que provocaría el primero de los muchos escándalos que han marcado la trayectoria del que, en mi opinión, es el más complejo, ambicioso y conmovedor de los artistas plásticos contemporáneos.

kiefer 3

La insistencia de Kiefer en representar el Sieg Heil copó sus creaciones de esos años. En el mismo 1969 hizo dos libros, Símbolos heroicos y Para Genet, en los que extendió la reiteración del saludo nazi a otras técnicas como la pintura en acuarela y a otros espacios fotográficos, como el de la intimidad de su taller. Sobre esta particular manía, nos dice Rafael López-Pedraza en Anselm Kiefer. La psicología de «Después de la catástrofe»:

 «De manera indirecta, Kiefer nos fuerza a considerar un milenio en el que la humanidad [de haberse cumplido el delirio nazi de construir un imperio que durara mil años] habría tenido que ejecutar el saludo nazi compulsiva e incesantemente. Y con ello toca una psicología que no ha sido explorada: la de una demencia sin parangón. Sólo manteniendo su alma bien arraigada al cuerpo, pudo Kiefer explorar en semejante locura».

El valor que semejante apuesta artística tuvo y tiene todavía, se aprecia mejor al tener en cuenta el contexto en el que surge un artista como Anselm Kiefer. Como lo señala Daniel Arasse, Kiefer pertenecía a la «tendencia más dinámica de la cultura alemana (literatura, teatro, cine, artes visuales) que, desde el final de los años 50, trabajaba para romper el silencio colectivo sobre la catástrofe histórica de la guerra y del Tercer Reich». Agrega Arasse que en la República Federal Alemana se habían propuesto una doble tarea, tanto de reconstrucción del país después de los desmanes de la guerra, como de un olvido sistemático de toda la imaginería y simbología que remitiera al nazismo. Hasta el punto de que, por ejemplo, en las escuelas y en las universidades había sido borrada toda referencia a la mitología y el folclor nórdicos que insuflaron buena parte de sus delirios totalitarios.

Es fácil imaginar la resistencia, las objeciones y los ataques que esta decisión de romper el silencio provocó en los círculos artísticos europeos. Lo que no hace, viendo el prodigioso recorrido que ha sostenido Kiefer desde entonces y hasta el presente, sino que valoremos aún más el riesgo y la lucidez de su (repetido) gesto. Lo que lo convierte, según Arasse, en «el primer [artista] en afrontar directamente, desde su cuerpo, la representación del nazismo».

kiefer 2

Y esta es, quizás, otra de las grandes lecciones psicológicas del arte en general y de Kiefer en particular: que el mal también necesita ser representado. Es cierto que toda persona, y en especial todo adolescente, debería leer obras tan importantes, complejas y bellamente escritas como el Diario de Anne Frank o Si esto es un hombre, de Primo Levi. Pero esa indagación en los horrores del nazismo estaría incompleta sin recorrer también obras como la de Anselm Kiefer. O películas como La Caída, de Oliver Hirschbiegel o, no menos importante y más en sintonía con la sensibilidad contemporánea, Bastardos sin gloria, de Quentin Tarantino.

De toda esta historia, lo más aleccionador son las respuestas que ha dado el propio Kiefer a por qué hizo la serie de las Ocupaciones: «No me identifico ni con Nerón ni con Hitler, pero tengo que revivir lo que ellos hicieron, así sea en mínima escala, para poder comprender su locura» (del libro de Mark Rosenthal, citado por López-Pedraza). En una entrevista documental, titulada Anselm Kiefer: Remembering the future, Kiefer también comenta la razón de su absoluto silencio con respecto a los ataques personales que provocaron estas fotos, donde se lo acusaba de neonazi y fascista. Kiefer dice que nunca respondió esos ataques pues él no podía estar seguro, como no lo podría estar ningún alemán no judío de entonces, de cuál hubiera sido su posición en el conflicto de haber nacido algunos años antes. Esta declaración, que explica en parte sus motivos para encarnar a Hitler y repetir hasta la saciedad el tenebroso y estúpido saludo nazi, revela como ninguna otra la hondura y la honestidad de su indagación en el ser alemán de la posguerra.

De lo conflictiva y desgarradora que puede ser esta indagación, me di cuenta antes incluso de conocer la obra de Anselm Kiefer. Fue en el año 2014, la última vez que fui a Mérida. Allí, mi amigo Arnaldo Valero nos llevó a comer en un puestico de salchichas alemanas deliciosas. Lo atendía un alemán a quien volveríamos a ver esa misma noche en el famoso bar Biroska. Allí conversé con él. Me enteré de que llevaba más de veinte años viviendo en Mérida. Yo le pregunté, con total falta de tacto, cómo había llegado hasta aquel rincón de Venezuela. Y entre la cerveza y el ruido de la música, me confesó que solo en Mérida había conseguido la tranquilidad. Solo allí había dejado de sentirse culpable por ser alemán.

Nadie elige el lugar donde nace, parecen recordarnos Anselm Kiefer y este alemán merideño. Y estoy seguro de que, al disfrazarse de Hitler, este muchacho no tenía idea del campo minado que estaba pisando. Le tocó nacer en una época en la que los horrores del holocausto alemán ya parecen demasiado lejanos. Aunque alguna razón, quizás inconsciente, tiene que haber detrás de la escogencia de su disfraz. No en vano también le ha tocado nacer en un país devastado por una dictadura que responde a una ideología no menos brutal y sanguinaria que la del nazismo.

Para su propia tranquilidad y para diferenciarse de la turba 2.0 que piensa en masa y solo sabe de gritos y linchamientos, a este muchacho le toca indagar en las motivaciones de su gesto. Profundizar en toda la historia que hay detrás de ese hombrecito pavoroso, pero también risible y ridículo que fue Adolf Hitler, cuya sombra nos interpela a todos, judíos y gentiles. Pues, como lo resume bien Rafael Léopez-Pedraza, «el nazismo no sólo puede ser considerado como paradigma de la maldad, sino como paradigma de la estupidez».

kiefer 4

Solo para teodoristas

Teodoro-Retrato Fabiola Ferrero

(Fotografía: Fabiola Ferrero)

 

Abro WhatsApp y leo:

–Puede que el país se haya ido a la mierda, pero hay cosas que nunca cambiarán.

El mensaje me lo envió mi amigo Juan Pablo Gómez acompañado de una foto de la tabla de clasificación de la liga venezolana de beisbol. Allí, en el fondo, como un parroquiano que se ha ganado con constancia su lugar en la barra, estaban nuestros gloriosos y sufrientes Tiburones de La Guaira. Intercambiamos las bromas usuales al respecto.

Al rato, Juan Pablo me escribe otro mensaje:

–Murió Teodoro.

Había sido un día tristón, con esos cielos de un gris canalla que a veces hay en París y esta noticia me terminó de tumbar.

Abrí Twitter, encontré la noticia y después escribí en el grupo familiar de WhatsApp esas dos palabras:

–Murió Teodoro.

Agregar «Petkoff» hubiera sido estúpido. Teodoro es Teodoro. Su culto me lo transmitieron en mi casa materna junto al de otro insigne tiburonero, a quien nombrábamos en este caso solo por su apellido: Cabrujas. Quiso el destino que me tocara a mí anunciar a mi familia las dos muertes. La de Cabrujas, el 21 de octubre de 1995, la supe cuando estaba en casa de mi abuela, en el bloque 4 de San José del Ávila, viendo la transmisión de un juego de los Tiburones de La Guaira. Antes de comenzar el juego, escuché al narrador deportivo Alvis Cedeño decir la noticia. De un salto, salí del cuarto donde estaba y solté en la sala, sin ningún tacto:

–Se murió Cabrujas.

Aún recuerdo las caras de mi madre y de mi tía (quien es caraquista, pero buena gente) que no podían contener la sorpresa y algunas lágrimas.

Quiso también el destino que ayer fuera 31 de octubre, aniversario de la fundación de los Tiburones de La Guaira allá en el año 1962. Entre ambas muertes, la de Cabrujas en 1995 y la de Teodoro, en 2018, se cierra un ciclo personal, familiar y nacional. Se clausura una versión inteligente, aguerrida y divertida de Venezuela que no hay forma de recuperar. Lo cual no es del todo malo. Hay ciertos vacíos que por alguna extraña razón nos transmiten energía y nos limpian la mirada.

Años después, tuve la fortuna de alimentar mi admiración por Teodoro de forma directa. En tres ocasiones hablé con él.

La primera fue en 2009 para grabar en video su testimonio sobre Rafael Cadenas, quien acababa de ganar el Premio de Literatura en Lenguas Romances que otorga la Feria del Libro de Guadalajara. Teodoro nos sorprendió con la anécdota de un joven fortachón y elocuente que subido al techo de un carro, en los alrededores del edificio de San Francisco, en el centro de Caracas, donde estaba la antigua sede de la Universidad Central, arengaba a quienes lo escuchaban a unirse a la revolución contra la dictadura de Pérez Jiménez. Era el año 1952 y el joven fornido y orador no era otro que nuestro silencioso poeta Rafael Cadenas.

La segunda vez fue en los estudios de la Emisora Cultural de Caracas, en la época en que Luis Yslas y yo teníamos el programa de radio «Relecturas», que transmitíamos en vivo los martes (creo que era los martes) de ocho a nueve de la noche. Esa vez invitamos a Teodoro a hablar sobre uno de sus libros fundamentales, que acaba de salir y de agotar en algunas semanas un par de ediciones: El chavismo como problema. A la hora acordada, Teodoro se apareció. Además de los nervios que sentía por la perspectiva de entrevistarlo, se sumó el pánico que me entró cuando Teodoro tuvo uno de sus arranques de exasperación al saber que la entrevista duraría una hora. Nuestro programa no tenía ninguna publicidad y por lo tanto Luis y yo no recibíamos ningún pago. Es probable que lo escucharan muy pero muy pocas personas, lo cual, sin embargo, nos daba una libertad que hoy luce insólita: poner la música que nos provocaba. O, por ejemplo, dedicarle todo un programa a un solo tema o a un solo entrevistado durante una hora.

–Bueno, qué vamos a hacer –dijo Teodoro ya instalado en la cabina, resignado. Y luego procedió a contestar nuestras preguntas y a darnos una cátedra en vivo de la aberración política que era el chavismo y unas cuantas lecciones sobre la democracia.

Cuando terminó el programa, yo lo acompañé a la salida. En el tope de aquella colina donde se encontraba la Emisora Cultural de Caracas, a las nueve y pico de la noche, vi a Teodoro subirse a un Fiat Uno, sin chofer ni escolta ni nada parecido, y marcharse.

La tercera ocasión fue en el año 2012, en la sede del periódico Tal Cual en Los Palos Grandes. Yo quería que Teodoro me contara la historia de su famosa fuga del Hospital Militar el 29 de agosto de 1963. El episodio me interesaba por razones personales. Yo me encontraba recabando testimonios para escribir una novela sobre Darío Lancini, el gran palindromista y figura discreta pero central de la vanguardia político-literaria venezolana de los años sesenta. Había un dato en particular que me atraía y era el asombroso parecido físico que, según los testigos de esa época, hubo entre Darío y Teodoro. Parecido que había jugado su pequeño papel en dicha fuga, en la que también estuvo involucrada la escritora Antonieta Madrid, que después y durante treinta y cuatro años y hasta el final, fue la esposa de Lancini.

Yo tenía el temor de que a Teodoro le fastidiara volver sobre aquel episodio que no necesitaba, creía yo, ser contado de nuevo. En una de las paredes de su oficina, enmarcado, estaba el artículo que García Márquez había publicado en noviembre de 1983, titulado «Teodoro» y que el premio Nobel colombiano escribió como testimonio de admiración y amistad y también como apoyo a la candidatura presidencial de ese año del exguerrillero venezolano. En ese artículo, García Márquez narraba con ciertas variantes el mismo episodio por el cual yo venía a interrogarlo. Sin embargo, Teodoro se mostró más que dispuesto a volver a narrar esa aventura que es no solo un hito personal suyo sino uno de los momentos más fascinantes de la historia política latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX.

La última sorpresa que me llevaría ese mismo día sería que Teodoro, el ídolo de mi infancia y adolescencia, había leído algo mío. Se trataba de un cuento que yo había escrito sobre los Tiburones de La Guaira. La religiosidad beisbolera de Teodoro había jugado en mi favor y persistía en una placa del equipo que estaba clavada en la puerta de su despacho en las oficinas de Tal Cual.

 Y todo esto se acumula ahora, en medio de la garganta y del pecho, cuando saco cuentas. La última vez que los Tiburones conquistaron el título fue en la temporada 1985-1986. El crepúsculo de la famosa «Guerrilla». Fue en esa misma década que Teodoro se postuló y perdió dos veces en las elecciones presidenciales que condujeron a los gobiernos de Jaime Lusinchi y de CAP II. A veces me pongo a pensar (y esto da risa y dolor al mismo tiempo) qué se sentirá ganar un campeonato de beisbol. También me pregunto cuál hubiera sido la historia de Venezuela si nos hubiéramos permitido la posibilidad de que esa tercera vía representada por Teodoro hubiera llegado al poder. Probablemente, Teodoro no tendría hoy la misma aura intachable con que sus admiradores, conocidos de él o no, lo recordamos. El poder desgasta y corrompe siempre. Se quiera o no. Pero quizás muchos de los demonios acumulados durante cuarenta años de democracia hubieran tenido una civilizada válvula de escape.

Sospecho que a Teodoro no le hubiera molestado mucho caer en la desgracia de la incomprensión absoluta si eso hubiera significado algún beneficio para el país. A pesar de esto, no se salvó de la circunstancia de ser odiado por la mentalidad monolítica de algunos cuantos que repiten viejos cuentos de camino a los que, por cierto, son muy aficionados los voceros del chavismo.

Para otros, en cambio, y me gustaría pensar que son la mayoría, Teodoro se convirtió en el héroe de nuestras causas perdidas.