Matar al padre

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Lo primero que llama la atención en el video de Yibram Saab Fornino, el hijo del Defensor del Pueblo, Tarek William Saab, es el escenario. Al fondo se ve un jardín cuyo límite es un muro de setos. A la izquierda una palmera precisa el encuadre. Es de noche y la única luz parece provenir del otro lado de la cámara.

–¿Estás listo? –dice una voz.

Yibram asiente e inmediatamente alguien más agrega:

–Estoy grabando.

Lo que sigue es uno de los capítulos más significativos del progresivo pero irrefrenable proceso de demolición del chavismo como poder político.

Yibram comienza por presentarse como «ciudadano y estudiante de Derecho». No como «pueblo» ni masa indiferenciada, sino como sujeto autónomo y pensante. Condición que refuerza al declarar lo que hace, estudiar Derecho, es decir, comprender los alcances y los límites de su propia libertad.

Es de piel blanca, pero el rostro muestra la insolación típica de los demócratas venezolanos de estos días: el registro ardoroso de las muchas horas pasadas bajo el sol luchando por vencer la dictadura de Nicolás Maduro.

El video dura apenas un minuto y cincuenta y dos segundos, pero está estructurado minuciosamente de principio a fin.

Luego de presentarse y de recordar cómo las sentencias del Tribunal Supremo de Justicia han roto el hilo constitucional en Venezuela, Yibram fija su posición, «libremente ante el país, como venezolano y como hijo mayor del Defensor del Pueblo, Tarek William Saab: mi papá».

Al decir esto, Yibram se detiene por un segundo, levanta la mirada del papel que está leyendo y observa a la cámara.

Yibram no dice mi «padre», dice mi «papá». Lo que a pesar de la severidad de la mirada, que revela la conciencia de la lección moral que le está brindando frente al país, busca mantener las hebras del hilo familiar.

La valentía del hijo revela la cobardía del padre. Tarek William Saab, ante el ultimátum que le dio la Asamblea Nacional para que asumiera verdaderamente las atribuciones de su cargo, utilizó como escudo a su esposa y a sus hijos, viendo en aquella exigencia una amenaza personal y culpando a la oposición de cualquier cosa que le pudiera pasar a él y a su familia.

A lo que Yibram responde:

«En primer lugar, quiero desmentir que tanto yo como mi hermana Sofía, de dieciocho años de edad, y mi hermano menor, de catorce, hemos recibido algún tipo de amenaza».

¿Por qué Yibram hace esto? ¿Por qué le hace esto a su propio padre? Yibram, inmediatamente lo aclara:

«Hago esto motivado por los principios y valores que me enseñó mi papá. Cosa por la cual te agradezco».

Estoy seguro de que, dentro de ciertos sectores monolíticos de la oposición, esta declaración les bastará para descalificar el pronunciamiento de Yibram. Pedirán lo que en el fondo anhelan que pase entre los venezolanos: un linchamiento. Sin embargo, Yibram ha hecho algo mucho más complejo, mucho más inteligente y a la vez conmovedor: ha desarmado al padre con sus propias armas. Las armas del valor y la justicia que el Defensor habría cambiado por un juego de mancuernas y unos afiches de Chávez.

Yibram ha cumplido con ese ritual que todo muchacho debe hacer de manera consciente para convertirse en hombre: matar al padre. Es decir, desvanecer la sombra paterna incorporándola. Un ritual que Yibram ha cumplido con valentía y también con ternura, ante la mirada atónita de un país que por un minuto y cincuenta y dos segundos quedó convertido en un público isabelino.

No obstante, no es sólo el drama familiar el que ha llevado a Yibram a hacer lo que hizo. Yibram decidió fijar posición en la noche de un día particularmente doloroso. El día en que la dictadura asesinó al joven Juan Pernalete, disparándole al pecho, a quemarropa, una bomba lacrimógena que le partió a él, a su familia y a toda Venezuela el corazón.

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«Ese, pude haber sido yo», dice Yibram y mira de nuevo a la cámara. Mirando, a través de todos nosotros, a ese a quien todavía llama «papá».

Yibram termina pidiéndole a Tarek, con un estoicismo impresionante, que reflexione y haga lo que tenga hacer.

«Te entiendo, sé que no es fácil, pero es lo correcto», le dice el hijo al padre.

Con su carta, Yibram Saab Fornino se ha convertido en hombre. No sólo en el sentido de la afirmación de una virilidad que en ciertas ocasiones, como esta, es necesaria. Sino también en el sentido de transformarse en alguien íntegro. Alguien que ha deglutido su propia sombra, aconsejándola y amándola.

La gesta de Yibram es, en el fondo, anímica. Ha espantado el fantasma que no pudo desfacer el nervioso Hamlet. El mismo fantasma que en una noche parecida devoró a Jorge Rodríguez y que le ha costado a Venezuela tantos ríos de lágrimas y sangre.

 

 

 

 

 

Peces del Guaire

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El título de este texto proviene de una canción de Desorden Público incluida en el álbum En descomposición del año 1990. Una placa que puede que no le diga mucho o nada a los más jóvenes de hoy, pero que en su momento supo captar un «sentimiento de época»: la degradación que estaba royendo al país en las postrimerías del siglo XX. La canción establecía un paralelismo entre la inercia consumista de entonces («por la noche no habrá nada que hacer/ prenderemos la TV para aliviar el estrés/ y los comerciales criollos nos enseñarán inglés») y la realidad de la calle, donde la inflación, la escasez, el desempleo, la corrupción y la injusticia nos convertían, como lo repetía el coro con acento tétrico, en «peces del Guaire».

El Guaire, el río-cloaca de Caracas, se había convertido con el pasar de los años no sólo en el principal desaguadero de la capital, sino también en el sumidero simbólico de las frustraciones, el rechazo y el desencanto. En la actualidad sigue siendo así, pues preferimos vernos en ese espejo montañoso, complaciente, que es el Ávila.

Sin embargo, pocos años antes de que apareciera el primer disco de Desorden Público, un conjunto de jóvenes poetas ya había buscado en aquellas aguas infectas una posibilidad de renovación de la poesía venezolana. Se trató del grupo Guaire, coetáneo del grupo Tráfico, quienes también vieron en la polución urbana un camino de purificación expresiva.

Desde la demagogia, presidentes, alcaldes, diputados, candidatos y políticos de toda ralea, de ayer y de hoy, han intentado pescar en río revuelto con la promesa de sanear el Guaire, para cumplir así con un supuesto deseo adánico de los caraqueños: bañarnos otra vez en las aguas del río.

Entre la promesa y el rechazo de los habitantes, el río Guaire ha seguido su curso. Arrastrando «mierda, mierda y más mierda hacia el mar», como diría Fernando Vallejo, para que nosotros podamos observar con el rostro orondo y el culo limpio el verde de la montaña y el azul del cielo.

Pero el Guaire no es sólo una naturaleza muerta que, cual cuadro de botiquín, desentona frente a los Cabré que los caraqueños capturan cada día en sus teléfonos celulares. El Guaire es, quizás, una de las metáforas que mejor resume la historia de Venezuela. En el tiempo podrido de su cauce confluyen la riqueza y la miseria que hemos sido capaces de acumular en más de doscientos años de vida republicana. Elementos que, en nuestro caso, son inseparables.

Para comprobarlo sólo habría que poner, una al lado de otra, dos imágenes que nos acompañan desde la época del descubrimiento y la conquista de América. La primera proviene de Europa. La propuso Cristóbal Colón en 1498, en su carta a los reyes católicos, cuando narra el hallazgo de la tierra firme en nuestras costas orientales. Al adentrarse en el territorio que comienza en Macuro, Colón creyó haber dado con «el paraíso terrenal», con la «Tierra de Gracia». Elías Pino Iturrieta, en Ideas y mentalidades de Venezuela, dedica un meditado ensayo a calibrar el peso que semejante denominación de origen ha tenido para nosotros.

La otra imagen proviene de nuestros ancestros indígenas quienes, ya en el siglo XVI, hablaban de un extraño líquido aceitoso que manaba a borbotones en algunos enclaves de mares e islas, al cual se referían como «el excremento del diablo». Término que fue retomado en 1976 por Juan Pablo Pérez Alfonso en su ya conocido libro sobre el petróleo en Venezuela (Rafael Arráiz Lucca, por su parte, ha escrito no pocas y bien documentadas páginas al respecto).

Devenir un país petrolero, con las mayores reservas naturales del mundo, quizás nos hizo olvidar la dualidad del símbolo que constituimos para nosotros mismos. Como con el Ávila, optamos por vernos sólo como el paraíso terrenal y no, también, como el lugar que escogió Satanás para echar la más grande de sus cagadas en el planeta Tierra. Un «regalito» que nos dejó el ángel caído, con el que se alimentan las guerras en el mundo y que le otorga «carisma» a los caudillos de turno.

La Venezuela petrolera hizo realidad el viejo sueño de los alquimistas: transformar el excremento en oro. O, para decirlo con palabras de Juan Eduardo Cirlot, transformar la nigredo en el aurum philosophicum. Hugo Chávez, a quienes algunos con razón llaman «el Midas inverso», revirtió el proceso: transformó la mayor riqueza que ha tenido el país por ingresos petroleros en mierda.

Como se ve, el asunto no puede centrarse en la mierda en sí, que suele estar al principio y al final de los procesos humanos. La clave pudiera estar en la posición que asumimos con respecto a la mierda. O en el modo que tenemos de lidiar con ella cuando es la historia y sus circunstancias las que nos colocan en determinado punto del arco alquímico de la vida.

En la manifestación del 19 de abril de 2017, fue la Guardia Nacional la que empujó a cientos de venezolanos que marchaban por la autopista Francisco Fajardo de Caracas a lanzarse a las aguas del Guaire para salvarse de las bombas lacrimógenas y los perdigones. Esa preferencia habla no sólo de los niveles de violencia de los aparatos represivos del gobierno, sino de una inclinación que tiene también algo de «natural» y que no tiene por qué avergonzarnos. Si ese es el río que ha estado siempre a nuestro lado, atrayéndonos y expulsándonos como un asqueroso jardín prohibido, si está hecho, además, de nuestra propia mierda ¿por qué no vamos a preferir atravesarlo antes que caer en las manos, ajenas, verdaderamente cochinas, de la dictadura?

La imagen de estos venezolanos que escaparon de la muerte, de la cárcel y de la tortura gracias a la humildad inmunda del río, quedará como uno de los grandes momentos en la historia de Caracas. Un punto de quiebre en la relación que los caraqueños han establecido con la ciudad. Un acercamiento único, por literal, a una forma de autoconocimiento colectivo, a una irremplazable comprensión de las esencias y los fines: a una verdadera escatología, pues, en el sentido más amplio del término.

La respuesta del gobierno a lo sucedido reafirma estas impresiones. El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) hizo circular en Twitter un «meme» que expresaba su visión de lo ocurrido en la autopista. La imagen muestra una foto del río Guaire siendo atravesado por los manifestantes con la siguiente leyenda: «A Dios lo que es de Dios. Al César lo que es del César. Al Guaire lo que es del Guaire». Nicolás Maduro fue de los primeros en retuitear la imagen.

al guaire lo que es

Lo que escandaliza aquí, además del regodeo grotesco en la represión de una manifestación pacífica, no es sólo, como pudiera pensarse, que el presidente de Venezuela asimile al ochenta y cinco por ciento de la población con la mierda. Lo que indigna es que la ebriedad de poder, dinero y vileza le haya hecho olvidar que todos los seres humanos, al final estamos hechos de la misma deleznable materia. Como si al haber tergiversado las palabras de Jesús, Maduro nos dijera que su reino, el de los asesinos y corruptos que lo acompañan, no es de este mundo. Puede que en sus delirios de grandeza Maduro se vea como una especie de Kim Jong-il, el padre de Kim Jong-un, actual dictador de Corea del Norte, cuyo origen divino estaba refrendado por la creencia de que jamás defecó.

Hoy día, gracias a los avances de la patafísica, se sabe que Kim Jong-il sí defecaba. Maduro también. Sólo que, como Ubu Rey, el personaje de Alfred Jarry que encarna el poder en su faceta más grotesca, ambos defecan «mierdra».

La diferencia va más allá de una simple letra. Victor Hugo cuenta una anécdota que quizás aclare el sentido.

Cambronne fue el último combatiente francés en caer en la batalla de Waterloo. Dice la leyenda, así la reproduce Hugo en Los Miserables, que cuando los generales ingleses lo increparon a él y a su batallón para que se rindieran, Cambronne respondió una sola palabra:

Merde!

Luego agrega Hugo:

«Decir esa palabra y morir enseguida: ¿existe algo más grande?»

 

 

Los justos

los justos

Tuve el privilegio de dar clases en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela durante diez años. Fue la manera que encontré, una vez que había culminado mis estudios de licenciatura, de no apartarme de ese pasillo que por misteriosas razones atrae tanto a la gente.

Sin embargo, a comienzos de 2014 tomé la decisión de dejar la docencia. El largo asedio del gobierno a las universidades venezolanas había hecho mella. Mi sueldo era risible y cada día veía la UCV caerse a pedazos. Al concluir el último semestre, durante las entregas de las evaluaciones finales, comprobé que mis alumnos estaban más o menos en la misma situación que yo. Sólo que su desesperanza era mayor, pues muchos de ellos se encontraban a mitad de la carrera. No podían abandonar o cambiar de aires, sino que debían continuar bregando en la inclemente cotidianidad del país. Al menos, por un tiempo más.

En medio de ese panorama hubo algo que me llamó la atención. En el examen final de «Teoría IV», en la parte relacionada con la crítica «latinoamericanista», en sus respuestas varios alumnos coincidieron en citar una misma frase de Pedro Henríquez Ureña que los había impresionado. Pertenece al ensayo Patria de la justicia y dice así:

¡No hay que desesperar de ningún pueblo mientras haya en él diez hombres justos que busquen el bien!

La creencia de que el mundo se sostiene por la acción de un número reducido de seres anónimos, que serían «los justos», tiene una muy larga data en el imaginario filosófico y literario tanto de Oriente como de Occidente. Borges, en su Libro de los seres imaginarios, lo resume de la siguiente forma:

Hay en la tierra, y hubo siempre, treinta y seis hombres rectos cuya misión es justificar el mundo ante Dios. Son los Lamed Wufniks. No se conocen entre sí y son muy pobres. Si un hombre llega al conocimiento de que es un Lamed Wufnik muere inmediatamente y hay otro, acaso en otra región del planeta, que toma su lugar. Constituyen, sin sospecharlo, los secretos pilares del universo. Si no fuera por ellos, Dios aniquilaría al género humano. Son nuestros salvadores y no lo saben.

Esta mística creencia de los judíos ha sido expuesta por Max Brod

La remota raíz puede buscarse en el capítulo dieciocho del Génesis, donde el Señor declara que no destruirá la ciudad de Sodoma, si en ella hubiere diez hombres justos. Los árabes tienen un personaje análogo, los Kutb.

Borges llegó a escribir, que yo sepa, al menos dos textos a propósito de estos «secretos pilares del universo». Uno es un poema que se titula, precisamente, Los justos y que reza así:

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan la razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando al mundo.

El otro es un cuento del año 1935, El acercamiento a Almotásim, que presentó primero como una reseña de la novela The approach to Al-Mu’tasim, de Mir Bahadú Alí, que, por supuesto, resultó ser invención de Borges. Tanto en el cuento, escrito en una época temprana, como en el poema, incluido en el volumen La cifra, de 1981, la «justeza» de estos seres que vuelven el mundo menos terrible a la mirada de Dios o de los dioses, es muy cercana a las apropiaciones orientales del mito. Como lo señala Guillermo Sucre en un breve ensayo sobre La cifra, «Borges nos asombra por aceptar como un don todo lo que le depara el destino». Una aceptación total donde el justo no se aferra ya a ninguna forma de individualidad (o donde la individualidad se ha reducido a un umbral para el asombro) y termina consustanciado con el entorno. El justo deviene naturaleza y es, por lo tanto, inmortal. Se vuelve inseparable de esa tierra que sostiene a los otros.

En este sentido, Borges pareciera no proponer otra cosa que la persistencia. Los justos, según estas interpretaciones, serían casi literalmente aquellos seres que, como pilares, permanecen fieles a sus circunstancias. Sólo que para Borges esto no es producto de una decisión sino el resultado de la fatalidad propia del ser. «Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy)», dijo en Borges y yo.

Aunque Sucre no lo indica, uno pudiera pensar que este misticismo estático de Borges lo acerca no sólo al hinduismo sino a la caridad cristiana, e, incluso, a ese dar la otra mejilla que ha suscitado tanta polémica.

Sin embargo, podemos citar otras adaptaciones donde los justos no son ni cristos ni gautamas anónimos y donde lo que depara el destino no son silogismos sino la más concreta realidad.

Para Victor Hugo «los justos» son los miserables. Esa masa informe y anónima que sufre y revela con su sufrimiento las contradicciones de la nueva sociedad burguesa. Publicada en 1862, Los Miserables es la realización de un proyecto narrativo que Hugo había bosquejado entre los años 1845 y 1848, bajo el título Misères, donde al calor de las conmociones revolucionarias del periodo abordaba de manera frontal «la cuestión social».

Los «miserables» de Hugo, a la par de la frustración de ese primer intento de novela, se van a desmaterializar para convertirse, en ese mismo año 1848, en el «fantasma que recorre Europa» del Manifiesto Comunista de Marx y Engels. Como bien lo indica Gareth Stedman Jones, el «fantasma del comunismo» fue la encarnación del temor creciente a las multitudes, los vagabundos, los mendigos y a la violencia que arrojaba a las calles una década tan convulsa como la de 1840.

 Stedman Jones, en el magnífico prólogo a su edición del Manifiesto, recuerda que en esa década el comunismo se identificaba con las tradiciones radicales del cristianismo y con la «razón» jacobina derivada de la Revolución francesa. De hecho, la Liga de los Comunistas se llamó originalmente «La Liga de los Justos» y fue fundada en París en 1837. Es esta Liga la que va a encomendar a Marx y Engels la redacción del manifiesto. Antes de pertenecer a la Liga, Marx y Engels se habían formado en el grupo de los «Jóvenes hegelianos» que buscaba sustituir al cristianismo y a «su variante racionalizada» representada por el propio Hegel.

Al estudiar los orígenes del comunismo, se puede ver que una de sus preocupaciones principales, la de combatir el individualismo que según ellos estaba minando los vínculos sociales, conecta de alguna (perversa) manera con ese mismo impulso de estacionismo y anulación que se desprenden de los textos de Borges que he citado. Con la gran diferencia de que lo que en Borges se produce por un convencimiento o resignación interior, en el caso del comunismo se da por el empoderamiento (o, en el contexto de 1848, por la postulación del futuro empoderamiento) de la multitud y del proletariado.

Producto de esta mezcla de cristianismo y revolución, tan propia de la época, es la sabiduría de un personaje de Los Miserables como M. Bienvenu, quien corrige por adelantado la deriva (narcisista, a mi parecer) expresada en los hermosos aunque engañosos versos de Borges, según los cuales el justo es aquel que prefiere que el otro tenga la razón o aquel que justifica el mal que le han hecho.

Dice M. Bienvenu:

Ser un santo, es la excepción; ser un justo, es la regla. Equivóquense, desfallezcan, pequen, pero sean justos.

La justicia, aquí, se aproxima a la justeza, a la justa medida.

Los conflictos de esta moral que trata de congeniar al individuo con el entorno son el tema de una pieza teatral escrita por Albert Camus, de 1949, titulada (como no podía ser de otra manera) Los justos. La obra está basada en un hecho real. Un atentado terrorista ocurrido en Moscú en 1905, llevado a cabo por miembros del partido socialista revolucionario para asesinar al gran duque Serge, tío del zar. Los justos, en este caso, son los terroristas, quienes encerrados en un apartamento discuten los detalles del complot. De esa manera surgen las contradicciones de estos «santos malditos» (para usar un término de Cursio Malaparte).

El héroe de la pieza, Iván Kaliayev, se inhibe de lanzar la bomba al carruaje del duque cuando descubre que, contra lo esperado, este no viaja solo sino acompañado de sus pequeños sobrinos. El fracaso de este primer intento pone literalmente en escena el problema de la nueva moral revolucionaria. ¿Está permitido matar niños inocentes para lograr una justicia colectiva?

Stepan, encarnación del radicalismo más absoluto, afirma lo siguiente:

Nosotros aceptamos ser criminales para que la tierra se cubra al fin de inocentes.

Dora, en cambio, responderá:

 Incluso en la destrucción hay un orden. Y hay límites.

Dora es la única mujer del grupo. Es quien tratará de ser el fiel de la balanza de la justicia. Ella encontrará un equivalente, un doble que la interpela a los ojos del lector (o del espectador) en el personaje de la gran duquesa, la viuda que llega a la celda de Kaliayev para visitarlo. No busca acusarlo o martirizarlo, sino que él es el único con quien ella puede hablar.

 «¿A quién hablarle del crimen sino al asesino?», le pregunta la duquesa.

 «¿Cuál crimen? Yo sólo recuerdo un acto de justicia», replica Kaliayev.

Entonces viene la respuesta de la duquesa, que encierra toda la sabiduría femenina, entendiendo aquí lo femenino no sólo en los términos de esposa o madre sino en el sentido más amplio de «alma»:

–¡La misma voz! ¡Has puesto la misma voz que él! Todos los hombres asumen el mismo tono para hablar de la justicia.

La gran duquesa, con ese cansancio final, pone de relieve las contradicciones del grupo. Tanto las de Kaliayev, que creyendo haber hecho justicia termina identificado con el duque, como las de Dora, quien en el instante más intenso de su última conversación con Kaliayev declama:

 Nosotros no somos de este mundo, nosotros somos los justos. Hay un calor que no es para nosotros. ¡Ah! ¡Piedad para los justos!

Lo que vendría a demostrar lo dicho por Borges: en el momento en que un justo se percibe como tal, muere inmediatamente. Acaso, en algún lugar del planeta, otro tome su lugar.

Hace poco me pareció ver a uno de estos justos en Venezuela.

Tenía los trazos de un adolescente delgado, pequeño y sin camisa, que aguantó con bravura el envión de dos guardias nacionales armados hasta los dientes. El muchacho se levantó, los encaró y les escupió la rabia de todo un país. Un país que en medio de la guerra, tal como lo hicieron en su momento varios de mis antiguos alumnos con aquella frase de Pedro Henríquez Ureña, subraya esas imágenes para poder resistir.

 

 

 

 

La lección de Mishima: un consejo para Tarek William Saab.

En El desbarrancadero, el narrador Fernando Vallejo le dice a su hermano Darío:

«–Darío, hermano, uno tiene que escoger en la vida lo que quiere ser, si marihuano o borracho o basuquero o marica o qué. Pero todo junto no se puede. No lo tolera el cuerpo ni la sufrida sociedad. Así que decidite por uno y basta».

Palabras sabias que me rondan la mente desde hace un tiempo, desde que vengo siguiendo el itinerario público de ese «ente», no sé de qué otro modo referirme a él, llamado Tarek William Saab.

 Hasta el momento en que escribo este texto, William Saab es poeta, halterófilo, defensor del pueblo (al menos, nominalmente), defensor de la dictadura, rebelde, sumiso, simpático, intolerante y un variopinto etc.

  Si nos guiamos por la «bio» de su cuenta personal en Twitter, encontramos lo siguiente: «Padre de 3 hij@s…+ de 40 años de lucha. #PoetaHippySidhartaGautama». Semejante descripción viene seguida de dos emoticones representando la paz. A renglón seguido un segundo hashtag que reza: #AvatarDetencionGolpe12Abril2002. Debajo del hashtag, en la ubicación, se lee «PtoLaRockCuentaPersonal». Y en el espacio destinado a los links aparece la dirección de su página web: tarekwilliamsaab.com.ve.

De modo que a la enumeración que hice un par de párrafos atrás deben agregarse las siguientes facetas: hippy, budista, preso político y «rockero» (en 2008, siendo gobernador del estado Anzoátegui, inauguró una plaza en homenaje a Bob Dylan).

Llegados a este punto es inevitable repetirle al «Defensor del pueblo» lo que Fernando le dijo a Darío:

–Tarek, hermano, uno tiene que escoger lo que quiere ser en esta vida. No se puede ser poeta y papeado a la vez. O se es poeta o se es papeado, pero las dos cosas no. Se puede ser hippy y budista y poeta, pero no hippy y burócrata, no budista y gobernador, no halterófilo y revolucionario, no defensor del pueblo y torturador. Las dos cosas no. Todo no, Tarek. No lo tolera el cuerpo ni la sufrida sociedad venezolana. Decídete por uno y basta.

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Lo del cuerpo, en el caso de Tarek William Saab, es ostentosamente cierto. Con sólo revisar el avatar de su cuenta de Twitter, que el propio Tarek nos invita a ver, uno percibe que algo pasó. Del tipo delgado, común, que se ve en la foto pasamos a la bola de músculos en que se ha convertido este personaje en los últimos años. ¿Se estaba preparando, acaso, para el cargo que detenta ahora? ¿Es que en algún momento Tarek pensó que debía defender con sus bíceps y sus pectorales, cual superhéroe de Marvel, a los venezolanos?

 Asumir un cargo con semejante nombre se puede prestar a este tipo de confusiones. En todo caso, hubiera sido maravilloso ver a Tarek soltar su teléfono celular, salir de su oficina e impedir con su maciza presencia el ataque atroz y cobarde que sufrió el diputado de oposición Juan Requesens en las afueras de la sede de la Defensoría del Pueblo.

Sin embargo, no fue así. Se sabe que en las situaciones críticas Tarek prefiere arrinconarse en Twitter. Las redes sociales son el gimnasio donde el Defensor del Pueblo entrena las veinticuatro horas del día, donde práctica la justicia que nunca sale a implantar en la calle. Una eterna calistenia moral que lo deja agotado frente al espejo de sus propias declaraciones.

Si el Chávez moribundo fue el corazón de la patria, Tarek es el cuerpo. Una mediocridad y una debilidad profundas arrinconadas detrás de una fachada de esteroides, discursos vacuos y cobardía. ¿Será Tarek William Saab el tan esperado hombre nuevo del socialismo? ¿Será él la encarnación del incomprendido superhombre nietzscheano que Hugo Chávez defendía? Si es así, el resultado que deja ver hasta ahora este experimento que tenemos como Defensor del Pueblo es sencillamente monstruoso. Y lo monstruoso es, según Foucault, la combinación de lo imposible.

Si las sabias palabras de un autor como Fernando Vallejo no le sirven, quizás Tarek pudiera verse en el espejo de Yukio Mishima. La obsesión del escritor japonés por transformar su débil cuerpo en una figura imponente, perfecta, marchaba de forma paralela a sus anhelos por el retorno de un tiempo, el del gran imperio, que simplemente ya no volvería.

Fue un hombre de profundos traumas, de complejos tenaces y de contradicciones inconciliables para los que ni siquiera la conciencia de haber forjado una de las obras literarias más importantes del siglo XX significó un consuelo. Antes que seguir siendo testigo de lo que consideraba la época de mayor decadencia de su país, Mishima decidió retirarse siguiendo el arcano ritual del harakiri.

Pero no debe preocuparse el Defensor del Pueblo. No le vamos a pedir tamaño sacrificio. En esta crisis en la que está enfangada Venezuela, cada quien debe hacer lo que pueda según sus capacidades.

A los poetas mediocres de alma esmirriada como usted, Tarek, le pedimos algo mucho más simple: renuncie.

 

En memoria de Oswaldo Barreto

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Me acabo de enterar del fallecimiento de Oswaldo Barreto. La sensación de que una enorme bisagra está girando para darle cierre a una etapa de la historia contemporánea de Venezuela se confirma con esta pérdida. A Barreto le debo el conocimiento de uno de mis pintores fundamentales, Théodore Géricault; le debo horas de conversaciones literarias irrepetibles, así como una cantidad impresionante de anécdotas de ese otro héroe personal que fue para mí Darío Lancini.

Le debo también esta historia que me contó y que escribí hace pocos años. Ella capta, eso espero, parte de ese ser verdaderamente entrañable que fue Oswaldo Barreto. La dejo aquí como un discreto homenaje a su persona.

La vejez

            La frase es de Roque Dalton. Pertenece a una crónica titulada La noche que conocí a Régis y dice así:

«Y de pronto me vi el alma canosa de treinta y un años casi acariciando las bufandas de su retiro praguense y me sentí en alguna manera cómplice con una forma de tener una edad que no podía ser conscientemente la mía».

Dalton habla de la vejez, de ese instante irrepetible en que un hombre entrevé sin ninguna distorsión su propia senectud, la lenta aceleración hacia la muerte. Aunque el texto fue publicado en la revista Casa de las Américas del mes de agosto de 1968, Dalton hace referencia a una noche de otro agosto, de 1965, cuando conoció a Régis Debray en el apartamento que Oswaldo Barreto tenía asignado en Praga.

Recalar en este texto precisamente hoy, 31 de julio de 2012, día en que cumplo treinta y un años, basta para pensar en el asunto con algo de método: sentarse a pensar escribiendo.

Ayer mismo mientras veía a Julia mirar la televisión, me puse a tararear en mi cabeza, a preguntarle en silencio: «will you still need me, will you still feed me, when i’m 64?».

Cuando Julia y yo tengamos sesenta años, nuestro amor habrá alcanzado sus respectivos treinta dos años. Sólo entonces nuestro amor, como un ser independiente, distinto de nosotros y de los hijos, podrá comenzar a pensar en su propia vejez, en si llegará y cómo llegará a los sesenta y cuatro, cuando los cuerpos y el amor igualen el paso para enfrentar juntos la disolución.

Pero yo no quiero pensar en estas cosas. Yo quería pensar y recordar la tarde noche del 28 de septiembre del año pasado cuando sostuve una larga conversación de más cinco horas con Oswaldo Barreto.

Me encontraba en la fase decisiva de la biografía que estaba escribiendo sobre Darío Lancini. Oswaldo Barreto, antiguo militante del Partido Comunista, exguerrillero, profesor universitario, escritor, agudísimo crítico y asaltante de aviones, había sido uno de los grandes amigos de Darío Lancini. Yo estaba recogiendo diversos testimonios, pero hasta el momento me había tropezado con la irreductible sutileza con que Lancini había decidido tentar el mundo. Puras anécdotas evanescentes, cascarones de perplejidad. Cuando contacté a Barreto para pedirle cita, tenía las expectativas bajas, estaba preparado para salir de su casa y tirar la toalla.

El encuentro fue mágico, hizo posible el libro y produjo un cambio importante en mi vida.

Habíamos quedado a las cuatro de la tarde en su casa, un apartamento en la avenida Cajigal de San Bernardino. A las cuatro en punto, en la puerta del edificio, lo llamé. Me atendió un poco azorado. Venía saliendo de la estación de Metro de Bellas Artes, la más cercana a su casa.

–Habíamos quedado a las cinco –dijo–. ¿No?

–A las cuatro entendí yo –dije.

–Ya voy subiendo, llámame en un rato.

Pensé que el encuentro no se iba a dar. La avenida Cajigal no ofrecía ningún café para matar el tiempo, ni siquiera un banquito o una sombra donde detenerse. Comenzaron a caer las primeras gotas de una lluvia personal. El cielo permanecía azul, el calor no cedía.

Bajé hasta la plaza La Estrella y al lado de un kiosco de periódicos encontré un muro bajo las ramas de un árbol de cachitos. Saqué un libro y me dispuse a esperar que dieran las cinco.

A las diez páginas, escuché un frenazo, un cornetazo y un reclamo. Era Oswaldo Barreto que manoteaba el parabrisas de un taxi que no le había cedido el paso. Cargaba con dos bolsas de mercado que jalonaban su marcha hacia abajo, llevaba puesto un gorrito persa y una camisa tejida. Los pantalones eran joviales y anchos.

Se le veía herido en algún costado por el tráfago caraqueño. El candado blanco de la barba, cierta hidalguía de los gestos, me hicieron recordar al Barón de Munchhausen. Al menos, el de la versión de Terry Gilliam en las primeras escenas, cuando irrumpe, derrotado, en un teatro donde se escenifica falazmente su vida.

Me vio y siguió caminando pero incluyéndome en su andar, como si hubiéramos quedado no a las cuatro ni a las cinco en la puerta de su edificio, sino en el conciliador punto medio de las cuatro y treinta y a mitad de camino.

El apartamento era pequeño y de techos altos. Dos fotos grandes de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir presidían una de las columnas. Las paredes estaban cubiertas por la trepadora de los libros y por cuadros que no identifiqué. Como si de una encarnación se tratara, dos gatos se refugiaban en distintos rincones de la sala, cada uno metido en sus propios pensamientos, pero íntimamente ligados, cual Sartre y de Beauvoir.

Pero aquello fue sólo un efecto de la decoración, porque los gatos se llaman Cynthia y Freud.

–Cynthia por la cantante turca Cynthia Gooding. Bellísima mujer, con una voz exquisita. Nombre que ha resultado oportuno pues ella es toda una dama –dijo Oswaldo.

La gata, de un gris turquesa, se montó en una de las sillas altas de la cocina y ronroneó.

–Freud, por su parte, también hace honor a su nombre: el sexo ante todo, para él.

No es esta la ocasión de volver a reconstruir el grueso de la conversación de esa tarde. Específicamente, el relato de la noche en que Barreto, acompañado de Dalton, conoció a Louis Aragon. Eso ya está narrado en la biografía, así como las secretas conexiones entre esa escena y la vida de Lancini. Me interesa, en cambio, referirme a una anécdota que surgió casi al final de la velada, que Oswaldo me indicó expresamente transformara en un cuento y cuyo título debía ser «La vejez».

El 18 de septiembre de 1975, cuando cumplió cuarenta y un años, Oswaldo Barreto recibió uno de los regalos más hermosos que le habían dado en su vida. Una camisa de seda. La más elegante y delicada camisa de seda que sus manos habían tocado.

Apenas unos meses antes, el 10 de mayo, Roque Dalton moría ajusticiado, al parecer por una facción del Ejército Revolucionario del Pueblo, en El Salvador, acusado de ser un infiltrado de la CIA. Le faltaban cuatro días para cumplir los cuarenta años. Alcanzar los cuarenta y uno fue, para Barreto, el aval de la sobrevivencia. Barreto supo ese día que le tocaría el destino más exótico para un hombre de acción: envejecer. Supo que la muerte de Dalton, su hermano en combatividad y poesía, lo impulsaría hasta el final de la historia.

La camisa se la regaló la madre de Mariana, la que era entonces su novia.

–Debe haber tenido entonces la edad que yo tengo ahora –dijo Oswaldo.

A la semana siguiente, fue hasta la tienda por departamentos donde la señora le había comprado la camisa. Habló con el dependiente y la cambió por otra camisa, un pantalón y dos pares de zapatos. Todas las prendas eran de buen gusto y más económicas.

Días después, Mariana lo llevó a casa de su madre para almorzar. Oswaldo se pertrechó con el botín repartido que obtuvo por la camisa de seda. Su mujer saludó a la madre y se fue directo a ayudar en la cocina. Él quedó a solas con la señora y como si fuera un maniquí, posó ante ella para que apreciara la vestimenta.

–¿Qué pasó con la camisa de seda? –le preguntó.

–La cambié por todo esto –dijo Oswaldo.

–¿Por qué hiciste eso? ¿No te gustó?

La respuesta de Oswaldo impidió cualquier reproche.

–Esa camisa era tan hermosa, señora, que para ponérmela hubiera sido necesario antes cambiar de vida.

La señora, que estaba al tanto de la revoltosa agenda de su cuasi yerno, comprendió perfectamente lo que le quiso decir. Tanto así que selló el pacto con un beso.

–Me besó en los labios. Un beso largo y casto en los labios.

Un segundo después entró Mariana. Oswaldo miró a una y a otra, activando un juego de espejos que fracasó a los pocos segundos. Madre e hija no guardaban el más mínimo parecido.

–Entonces supe que aquella relación no tenía futuro.

Treinta y seis años después, en su cumpleaños número setenta y siete, Oswaldo recibió un regalo que le hizo recordar aquel.

Se levantó un momento de la mesa y fue a la habitación a buscarlo. Para ese instante, ya habíamos dejado atrás los recuerdos sobre Darío Lancini y una botella entera de whisky. Iván Darío, el menor de los hijos de Oswaldo, apareció después con dos botellas de vino y se sumó a la conversa.

Se trataba de un bolso negro, pequeño y elegantísimo. Antes de traerlo, Oswaldo estuvo un buen rato tratando de describirlo. Era un bolso de esos chiquitos, buenos para llevarlos terciados, muy cómodos. Pasamos algunos minutos buscando la palabra mapire que se nos extravió por completo y que ahora, diez meses después, aparece en medio de la escritura. El bolso que le regalaron dialogaba con el espíritu del mapire, pero lo excedía en practicidad, calidad y belleza. Y así como se lo dieron decidió portarlo.

Fue en la taquilla del periódico Tal Cual, donde Oswaldo mantiene una columna que sale dos veces por semana, que le llamaron la atención por aquel regalo. La muchacha de la caja le preguntó qué hacía con ese bolso puesto:

–Un regalo. ¿No le parece bonito, acaso?

–Muy bonito. Demasiado bonito, señor Oswaldo. Ése es el problema. Tenga cuidado.

Entonces Oswaldo buscó el bolso y nos permitió apreciarlo. Al ver la chapa entendí todo: Mario Hernández. Valga la cuña para explicar el paso del tiempo en Venezuela. En los años cincuenta y sesenta se podía morir por los ideales. Ahora, la subversión consiste en portar determinada marca de zapatos, bolsos o teléfonos celulares y tentar la suerte.

Oswaldo Barreto, exguerrillero al fin, persigue el peligro en cualquiera de sus transformaciones. Lleva cruzado en el pecho, como si fuera una canana de revolucionario mexicano, su bolso, luciéndolo sin miedo. Pero la moraleja de la historia no es esta. La moraleja del cuento que él quería que yo escribiera es más superficial y al mismo tiempo más profunda:

–Ser viejo es aceptar cosas nuevas. Esto, en el sentido más materialista e histórico del término –dijo Oswaldo.

Iván Darío y yo celebramos la anécdota.

Sin embargo, yo me había tomado en serio el encargo y presté la excesiva atención que presto, nada placentera, cuando me siento al borde de una historia. Algo faltaba en el relato para poder escribirlo. Un algo que no podía venir de afuera sino del seno de la misma trama, pero que aún no se había revelado. Ese algo que he encontrado hoy como un espontáneo regalo de cumpleaños.

Dalton, en aquella crónica de una noche praguense de agosto de 1965, cuenta lo siguiente: «En casa de Osvaldo dormía un escritor francés. Su mujer, una muchacha venezolana que había estado en mi casa un día antes, cuando yo era simplemente un borracho lastimoso y urgido de caras nuevas, velaba su sueño emocionantemente. Osvaldo dijo: ‘Ahí donde le ves esa cara de niño, este tipo es el francés que más sabe sobre las guerrillas de América Latina’».

La muchacha venezolana era Elizabeth Burgos. Y el francés, Régis Debray. Esa noche tenían una cita en casa del camarada Pierre Hentgés, en la calle Lermontova. Asistirían Louis Aragon, Elsa Triolet y Lily Brick. Debray, al despertarse, entre despeinado y confuso, arremetió contra aquel compromiso. «¿Insisten, pues, en asistir a esos actos íntimos de la gran burguesía del Partido, de la gran putería intelectual de Francia, sentada con sus grandes nalgas en el pináculo del mundo, verbosa, didáctica, insoportable?», cuenta Dalton que les dijo Debray.

A partir de aquí, lo que parecía una crónica sobre la diáspora y la militancia se transforma en una serena pero no menos implacable reflexión sobre la juventud y la vejez. Dalton recibe con indulgencia la iracundia de Debray («los jóvenes del mundo, bellos pumas que tiemblan de cólera») y también pacta con la sabiduría de los viejos. Quizás lo hace porque en ese momento, a sus treinta y un años, no se siente ni joven ni viejo. Quizás lo hace siguiendo el llamado insensato de conectar lo imposible, el pasado y el futuro, el sueño y la vigilia, el comunismo y la realidad. Ese interregno, ese presente que la mayoría asimila como una transición, es su estación definitiva. Allí se queda Roque Dalton, amarrado al paredón de su talante reflexivo, listo para morir y entrar en su forma particular de eternidad.

Es en las líneas finales del texto de Dalton donde encuentro la frase que Oswaldo Barreto encarnó: «Ser viejo es haber renunciado a eliminar una nulidad, prueba máxima de la más culposa sobrestimación».

Hasta aquí las citas. Ellas, junto al recuerdo de aquella inolvidable conversación, me han permitido identificar dónde estaba el núcleo de la historia. Al menos, de la historia que se me encargó, que es en cada momento el punto de roce con edades, estados de ánimo, experiencias que no son conscientemente los míos.

Ahora veo que el núcleo del cuento, su posibilidad, está en el beso de la señora. En esa puerta del tiempo que se le abrió a Oswaldo al ser besado por la madre de su propia mujer. Un beso materno, pero no en el sentido edípico que Freud, con suntuosidad gatuna, seguro hubiera recalcado. Un beso materno en el sentido del desamparo en que nos coloca nuestra persistencia, cuando nos volvemos hijos del pasado y nos dormimos al arrullo de los mejores recuerdos.

Pero yo no quería pensar en estas cosas tan tristes. Y menos en mi cumpleaños. Mejor dejo el asunto hasta aquí. Voy a encontrarme con Julia. A jugarme el futuro en sus labios.

 

 

Una civilización extenuada

A propósito de la novela Sumisión, de Michel Houellebecq (Flammarion, 2015)

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Al atentado terrorista en la redacción de la revista Charlie Hebdo, ocurrido el 7 de enero de 2015, le sucedió, como la réplica de un terremoto, un evento verdaderamente polémico: la publicación de Sumisión, la más reciente novela de Michel Houellebecq.

Con una sincronía inquietante, los ataques terroristas de la noche del trece de noviembre de ese mismo año, perpetrados por el Daesh en distintos puntos de París, fueron acompañados por la publicación casi simultánea de otro libro que debió causar una polémica aún mayor que la de la novela de Houellebecq y que sin embargo parece haber pasado desapercibido. Me refiero a Violence et Islam, de Adonis, un libro de conversaciones entre el reconocido poeta sirio y la psicoanalista Houria Abdelouahed.

En pocas palabras, el libro de Adonis es una demostración, basada en un conocimiento riguroso del Corán y de la historia de los países árabes, de que “la violence est intrinsèque à l’islam” [“la violencia es intrínseca al islam”].

Ignoro las cifras de venta del libro de Adonis, pero no tengo ninguna duda de que están a años luz de los ciento cincuenta y cinco mil ejemplares de Sumisión que se vendieron nada más durante la primera semana de distribución. Y si nos guiamos por las reseñas en los medios franceses, tampoco encontraremos mayores testimonios de un impacto que, evidentemente, no se produjo.

¿Por qué estas reacciones tan distintas?

Se podría comenzar por argumentar lo obvio. Las diferencias, en términos de popularidad, entre una novela y un libro de conversaciones; o, entre la presencia mediática de un narrador como Houellebecq y el reconocimiento innegable pero circunscrito de un poeta como Adonis, que harían impertinente cualquier comparación al respecto.

En el caso de Houellebecq, se puede agregar que existen antecedentes que explican el revuelo ocasionado cadavez que dice algo en materia religiosa. Desde la escena final de la novela Plataforma, donde un atentado islamista hace de Deux ex machina que acaba con la trama, hasta la escandalosa entrevista donde declaró que “de las religiones, la más idiota es el islam”, Houellebecq ha hecho méritos para sumar a los motes de “misógino”, “provocador” y “decadente”, que ya le endilgaban, el de “islamófobo”.

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Quiso el destino que el mismo día de los atentados del 7 de enero, Charlie Hebdo publicara en portada una caricatura de Michel Houellebecq con las siguientes predicciones: “Para el 2015, perderé toda mi dentadura. Para el 2022, haré el ramadán”. Mientras un cigarrillo electrónico ha sustituido a las cuatro cajas de tabaco que Houellebecq fumaba diariamente, dándole algo de esperanzas a sus dientes, las probabilidades de que se cumpla la segunda de las profecías no parecen del todo descartables. De hecho, la novela se tituló originalmente La conversión, pues en un primer esbozo, el narrador, un profesor universitario de cuarenta años llamado François, ante la oferta de convertirse al islam (con un salario exorbitante y el incentivo de la poligamia), optaba por devolverse al catolicismo.

Este boceto, del cual Sumisión conserva no pocos elementos, refleja las propias vacilaciones del autor quien, en una entrevista previa al lanzamiento de su novela, confesó que antes tenía la impresión de ser ateo y que ahora “ya no lo sabía verdaderamente”. Esta duda espiritual, junto al impacto por la transformación de Francia y Occidente en los últimos años, lo llevaron a escribir la novela.

Alguien, después de leerla, pudiera poner en duda la honestidad de estas motivaciones. Lo que llama la atención es que se la haya puesto en duda incluso antes de que la novela saliera publicada. Edwy Plenel, periodista francés de larga trayectoria, se preguntaba con justeza lo siguiente: “¿Por qué Michel Houellebecq, que es un novelista, debe ser considerado como un acontecimiento político? ¿Por qué debe ser tratado como el vocero de una idea política? Él debería estar simplemente en el rubro de la literatura. Son los medias quienes han hecho de esto un acontecimiento político antes, incluso, de haber leído el libro”.

En efecto, días antes del lanzamiento de la novela, Houellebecq ya respondía a un periodista que no se trataba de una provocación, sino que él creía que el escenario planteado por su novela sí podía ocurrir. Es decir, que algún día Francia fuera gobernada por un partido político musulmán. En esa misma entrevista, Houellebecq agrega algo que revela la plena conciencia de los recursos utilizados: “Yo procedo a una aceleración de la Historia y condenso una evolución que a mi parecer es verosímil”.

Parte de las críticas que ha recibido la novela tienen que ver con este efecto de condensación. A algunos les parece que la fecha, año 2022, es demasiado cercana. A otros, apuntando a la estructura del relato, que la docilidad con que esa ficticia sociedad francesa acepta la claudicación es caricaturesca. Otros rechazan de plano que la poligamia sea el anzuelo que muerdan los personajes, todos hombres pertenecientes al mundo universitario, para aceptar la sumisión. “Es reducir al hombre occidental a su lubricidad o al menos a su machismo”, se queja Christian Barbier en una incongruente reseña titulada “Houellebecq: mal escritor pero buen sociólogo”, donde critica al narrador precisamente por lo que considera una lectura completamente errada de la sociedad.

Este problema de aceleración se percibe claramente en el desfase entre la primera y la segunda parte de la novela. Hay un décalage entre la envergadura de las transformaciones que se narran y el modo, casi inmediato y sin fisuras, en que estas se hacen efectivas.

A partir de lo que pareciera ser el error más evidente de Sumisión, Mario Vargas Llosa, en su lectura, hace un análisis que pudiera responder a la pregunta sobre el porqué de la reacción, tanto entusiasta como airada, a esta novela. En un artículo publicado en El País, Vargas Llosa dice lo siguiente:

“Aunque la trama está muy bien montada y se lee con un interés que no decae, a ratos se tiene la impresión no de estar enfrascado en una novela sino en un testimonio psicoanalítico sobre los fantasmas macabros de un inconsciente colectivo que se tortura a sí mismo infligiéndose humillaciones, fracasos y una lenta decadencia que lo llevará a la extinción. Como este libro ha sido leído con avidez en Francia por un enorme público, cabe suponer que en él se expresan unos sentimientos, miedos y prejuicios de que es víctima un importante sector de la sociedad francesa”.

El análisis me parece acertado pues conduce a una pregunta que sólo ciertos libros que son fenómenos de ventas permiten plantear: ¿cómo lee una sociedad un libro?

Algunos lectores han rechazado de plano el contenido de la novela. Ven como demasiado remota o inverosímil la posibilidad de que un partido político musulmán asuma algún día, por vía electoral, el poder en Francia.

Otros han rechazado, como vimos, no tanto el contenido sino el mecanismo narrativo. La súbita sumisión, que se produce en apenas un mes y en unas cuantas páginas, pareciera espantar a estos lectores que de pronto parecen encontrarse en medio de la más secreta de sus pesadillas.

Bien sea prestando atención a la forma o al fondo, lo cierto es que ambos tipos de lectores alimentan la creciente bibliografía sobre el tema, pues, como lo ha señalado John Hopkins, en Francia la refutación del islam se ha convertido en un género literario.

Por su parte, Alain Gresh afirma que existen dos tipos de intelectual “orientalista”: los que revelan un verdadero conocimiento del mundo musulmán, por ejemplo, Bernard Lewis; y los que son sólo unos ideólogos cuyos trabajos buscan aupar “la guerra de civilizaciones”. Entre estos últimos Gresh ubica a Bat Ye’or, autora de un libro titulado Eurabia y el eje euro-árabe.

Eurabia es, en palabras de Bat Ye’or, “ce continent de la peur, du silence, de la dissimulation, et de la diffamation et que n’était déjà plus l’Europe” [“este continente del miedo, del silencio, del disimulo y de la difamación, y que ya no es más Europa”]. Entre los fantasmas que Bat Ye’or trata de conjurar está el de la fusión de las dos orillas del Mediterráneo, que llevaría a la inclusión de los países árabes en la comunidad europea.

“En un sentido, la vieja Bat Ye’or no se equivocó con su fantasía del complot de Eurabia”, dice Alain Tenneur, oficial del servicio secreto francés, quien es el personaje que en la novela pone a François al tanto de la gravedad de la situación.

Por este tipo de filiaciones, Edwy Plenel no duda en insertar a Sumisión, de Houellebecq, en la misma línea de libros como El suicidio de Francia, de Éric Zammour, y El gran reemplazo, de Renald Camus, obras reaccionarias que abiertamente se afirman como advertencias ante lo que consideran una nueva invasión bárbara y que han sido también éxitos de ventas.

El mismo Plenel ha contribuido a engrosar las estanterías sobre el islam en Francia con un libro titulado Pour les musulmans. Publicado por primera vez en 2014, fue reeditado en 2016, con la incorporación de sendos artículos que Plenel escribió en enero y noviembre de 2015, después de cada atentado.

Uno de estos artículos se titula Contre la haine [Contra el odio], haciendo referencia y homenaje a un texto de Romain Rolland, de 1915, que finalmente se tituló Au-dessus de la melée [Más allá de la contienda], y que fue un alegato pacifista de gran importancia para la época. El título del volumen a su vez remite al Pour les juifs, de Émile Zola, pues la tesis central del libro es que la islamofobia cumple actualmente la misma función que el antisemitismo tuvo durante el periodo de entreguerras.

Con estos guiños referenciales, Plenel parece querer construir una tradición alternativa que en lugar de refutar el islam, lo acepta. Una tradición de tolerancia hacia las diferencias raciales, religiosas y sociales en la que, además de figuras como Émile Zola, Romaind Rolland, Jean Jaurès y Charles Péguy, estaría, por supuesto, el propio Edwy Plenel.

El problema con el libro de Plenel no es sólo esta especie de autolegitimación enmascarada, sino la identificación de esa tradición de la diferencia con unos valores de tolerancia, respeto y convivencia que serían “el retrato verídico de Francia”. Como si este país hubiera sido sólo el que proclamó los derechos universales del Hombre y no hubiera inventado también la guillotina.

En esta y muchas otras lecturas críticas a Houellebecq, que son la mayoría, no he encontrado ninguna que se plantee la posibilidad de que Sumisión no sea solamente una elaborada provocación islamófoba de trescientas páginas, sino también un relato que expresa exactamente lo que narra: la posibilidad de una Francia gobernada por un líder musulmán y la final aceptación de ese cambio por parte de un exrenegado, exateo y decadente académico francés del siglo XXI.

Pues, ¿qué mueve, a fin de cuentas, a François a aceptar la conversión al islam? Lo que impulsa a sus otros colegas hombres: el dinero y la santificación de la poligamia. No obstante, por ser el narrador y protagonista de la novela, en su caso tenemos acceso a una razón más íntima: François se siente solo, irremediablemente solo. Y como causa y agravante de esta soledad, está el hecho de que François no cuenta con el impulso vital para buscar el amor.

Desde el mismo proceso de la conquista de América, como unos de sus gastados resortes, se viene hablando del cansancio de la vieja Europa. Y de manera paralela, del ocaso del cristianismo. A propósito de este último, es significativo ver que el narrador hace suya la visión de Nietzsche, para quien “el cristianismo era en el fondo una religión femenina”.

Esta novela es, en ese sentido, uno de los últimos testimonios narrativos de este largo agotamiento continental. Podríamos decir, incluso, que la conversión de François es un gesto comparable a la abdicación del rey Juan Carlos de España o a la renuncia del papa Benedicto XVI: son los gestos de una civilización extenuada.

La sumisión de la que nos habla Michel Houellebecq es, finalmente, la renuncia al erotismo y la aceptación de un hondo cansancio. Un cansancio cultural y también biológico, donde el sexo es el último puente que conecta a los hombres (y sólo a ellos, al parecer) con las matrices de la vida.