Luis Vicente León y la espada del augurio

espada del augurio

Tengo la particular capacidad de equivocarme en todos mis análisis políticos. Ni qué decir de mis predicciones relacionadas con algún resultado electoral. En ese sentido, soy una brújula infalible: lo que yo diga que va a pasar señala, por oposición, la dirección real que van a tener los acontecimientos.

 Esto no tiene por qué ser motivo de vergüenza ni de reproche. Todos tenemos nuestras limitaciones. El problema estaría en si yo me ganara el sustento como analista político o si, a pesar de mis erráticas apreciaciones, yo insistiera en presentarme ante la sociedad como un ojo avizor. Por eso me sorprende ver a tanto «analista», cuyos promedios de bateo no son muy superiores al mío, lanzar flechas cual Guaicaipuro empericado tratando de acertar la elusiva diana del futuro político de Venezuela.

 El caso paradigmático de esta especie es Luis Vicente León. El presidente de Datanálisis, al igual que su colombroño del planeta Thundera, siempre parece poder ver «más allá de lo evidente». La «espada del augurio» de este profesor de la UCAB y del IESA son las estadísticas. La realidad, la historia y el lenguaje suelen ser en sus artículos e intervenciones meras excusas para la justificación de unos cuantos números. Unos números que sólo él parece manejar, o cuya importancia sólo su clarividencia logra detectar. Números que los necios venezolanos seguimos sin comprender, como si la salida al mayor desastre que ha conocido la historia republicana de Venezuela fuera un código que, como en las películas de acción, simplemente habría que marcar.

 Luis Vicente León tiene, sin embargo, momentos de ternura e introspección. Son raptos de humanidad en donde le escribe cartas abiertas a sus hijos, «los morochos», que serían como unos «Amadores» que lo convertirían automáticamente en nuestro Fernando Savater.

 Su capacidad de distensión, también lo ha demostrado, alcanza dimensiones teatrales. En sus tiempos libres ha llegado a incursionar en el rudo negocio del Stand up comedy, junto a Laureano Márquez, en una pieza de cuyo nombre prefiero no acordarme.

 Fuertes críticas se ha ganado por esta versatilidad, como si la atención al mundo de la farándula incidiera en la lucidez de sus juicios. Críticas que me parecen injustificadas pues creo que la dirección aquí (tengo cierta capacidad para el análisis del discurso y de los personajes) apunta en sentido contrario. El trabajo de analista político le ha quitado tiempo al de comediante, al de showman, que es su no tan secreta y verdadera vocación.

 Porque, al final de cuentas, los análisis de Luis Vicente León son eso: un espectáculo de entretenimiento dirigido a un sector de la población venezolana que en el fondo, por inercia o por legítimo temor, ya se ha acostumbrado a vivir en la barbarie chavista.

 Su más reciente artículo (es difícil seguirle la pista, pues publica varios por semana y en diferentes medios) tiene un título que refleja la base de autoayuda de su discurso: «Condiciones para el éxito».

¿Quién en su sano juicio, en medio de la lucha sin igual llevada adelante por una ciudadanía desarmada frente a una dictadura militar, con un terrible saldo de muertes, torturas, encarcelamientos y represión como el que se ha desatado en el último mes en Venezuela, puede referirse a esta crisis en términos de «éxito»?

 ¿No se da cuenta Luis Vicente León que el drama del país es que ya no hay posibilidad de una salida exitosa? ¿Que los más de cincuenta asesinados entre abril y mayo de 2017, así como los más de cuarenta que hubo en las protestas de 2014, no van a revivir? ¿Qué los años de mayor bonanza económica de la nación se despilfarraron en una orgía grotesca de corrupción? ¿Que una vez que salgamos de la pesadilla de la dictadura de Nicolás Maduro, vamos a tener que lidiar por generaciones con el verdadero legado de Chávez que es el narcotráfico?

 Y no se crea que se trata aquí de una simple lectura de un título. El mencionado artículo resume las líneas mayores del quietismo conformista de Luis Vicente León. La primera es la supuesta falta de apoyo popular de las protestas de la oposición. El presidente de Datanálisis no parece percibir mayores diferencias con las manifestaciones de otros años. La segunda, su reivindicación obstinada de una pasividad disfrazada de no violencia. Y la tercera, su instigación a una carrera presidencial por una fulana ausencia de verdaderos líderes que generen consenso dentro de la oposición. No hace falta insistir en el poder dispersivo, altamente oxigenante para el gobierno, que tendría semejante discusión en estos momentos.

 Llegados a este punto cabría preguntarse, ¿por qué Luis Vicente León y otros personajes de la misma camada hacen lo que hacen? ¿Por qué postergan en sus análisis lo que la realidad ya muestra como inevitable?

 La respuesta está, me parece, en aquel lamento de los romanos en el poema de Cavafys:

 «¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?»

 

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Elogio del escrache

escrache

Como todo en la vida, uno puede estar o no de acuerdo con la práctica del escrache. En mi caso, por una aversión natural a los gritos y a los escándalos (sobre todo en la vía pública) no sería capaz de perpetrarlos. Sin embargo, disfruto contemplándolos. Cotufas en mano he visto una y otra vez los videos que estos días se han vuelto virales: el de las valientes mujeres que irrumpieron durante la conferencia de Tarek William Saab en El Líbano, el de la multitud en Madrid que se posó a las afueras de un centro «cultural» donde se llevaba a cabo una actividad en defensa de la dictadura chavista, o el de la hija de Jorge Rodríguez en Australia.

Héctor Torres resumió esta circunstancia de una manera inmejorable: «Hicieron que los venezolanos se desperdigaran por el mundo y ahora, donde vayan, encontrarán dedos que los acusen».

De eso se trata. O, al menos, así lo veo yo. El escrache es el brazo desperdigado de una justicia simbólica, que nos recuerda que la diáspora venezolana también tiene derecho a manifestarse.

De las reacciones en contra del escrache sólo lamento dos actitudes que me parecen dejan de lado aspectos importantes de esta crisis que estamos viviendo. El primero ya lo señalé: el desdén hacia esta forma de manifestación por ser supuestamente característica de una emigración que algunos chavistas y opositores tildan de «acomodada». Una caracterización desafortunada no sólo por la cepa de resentimiento que contiene sino por el desconocimiento absoluto de las condiciones de vida de miles de emigrados venezolanos que distan mucho de ser «cómodas».

El otro argumento, sin embargo, me parece el más cuestionable. Aquel que con un tic virtuoso rechaza el escrache pues eso nos hace ser como «ellos». Un «ellos» que, aunque apunta obviamente al chavismo, nunca está del todo definido.

Llama la atención que idéntico argumento se ha utilizado para criticar, con corte de venas incluido, el uso de las famosas «puputov». En este caso, son más que comprensibles las advertencias sobre los riesgos sanitarios que semejante «arma» implica. Sobre todo en un país como Venezuela donde la falta de medicamentos, de médicos y el desmoronamiento del sistema hospitalario pueden hacer que la infección más inocua termine en una muerte horrenda.

No obstante, son los argumentos de engolado corte moral (usar las puputov también nos haría iguales a ellos) los que revelan lo difícil que es lidiar con algunos aspectos de esta lucha. Por eso me impactó tanto lo sucedido el 19 de abril, cuando miles de venezolanos prefirieron escapar hundiéndose en la corriente podrida del río Guaire antes que caer en las manos de la Guardia Nacional. Ese acto fue nuestro bautizo en el hediondo Jordán de la venezolanidad.

No es de extrañar que después de ese bautismo hayan sucedido dos eventos que quedarán registrados en los anales de nuestra historia: el gesto de rebeldía (rayano en la locura) de la señora que en El Cafetal, durante la protesta denominada «El plantón», decidió defecar en plena calle y el recurso a esos envases de plástico o de vidrio llenos de mierda, las ya mencionadas bombas «puputov».

El rechazar de manera tan tajante la propia mierda y desmarcarse del chavismo con la designación apolínea de un «ellos» que sería muy distinto a un «nosotros» encierra el germen de los conflictos futuros. Es no terminar de aceptar que esa gran bosta histórica que fue el chavismo la pusimos los venezolanos y nadie más.

Los escraches y las puputov, como espontáneos mecanismos de defensa y ataque, son valiosos testimonios del sustrato visceral, humano, de esta batalla sin armas que los demócratas venezolanos están librando. Son los reflejos de una naturaleza que en momentos de peligro se integra con todas sus partes, haciendo uso de ellas para rescatar lo que para otros seres parece ser sólo un concepto, un ideal o un hashtag: la libertad.

 

 

 

 

 

 

Una inmensa cámara de gases

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Los apóstoles Nicolás Maduro y Diosdado Cabello han decidido seguir al pie de la letra la orden que su santo Padre, Hugo Chávez, emitió el 17 de enero de 2009 durante uno de sus populosos mítines: echarle gas del bueno y meter preso a todo aquel que cometa el «delito» de defender su derecho a la protesta.

Maduro y Cabello han hecho esto y aún más: han decidido gasear no sólo a los que se manifiestan en la vía pública, sino también a aquellos que no. Bombardear a la gente en las casas, los apartamentos y hasta dentro de los hospitales. Rociarlos con gas del bueno, del que ya está vencido, el más tóxico.

Así sucedió el 2 de mayo de 2017 en las residencias Victoria, de la parroquia caraqueña de El Paraíso. Después de reprimir a los manifestantes, la Guardia Nacional decidió bombardear con gases lacrimógenos los apartamentos. El saldo fue de un sótano, tres apartamentos y cinco carros incendiados, más las cuatrocientas familias que allí viven, intoxicadas y aterradas por el asedio. La GN también aprovechó de arremeter contra los bomberos mientras cumplían su labor de apagar el fuego. El ataque se prolongó, sin pausas, durante doce horas. Al día siguiente se contabilizaron más de 800 cartuchos de bombas lacrimógenas, lo que da una imagen aproximada de las dimensiones de este absurdo ataque.

cartuchos bombas

Cuando le pregunté a mis familiares que viven en las residencias Victoria del porqué del ensañamiento, me respondieron:

–Primo, todavía no entendemos por qué. Creo que la Guardia Nacional vio que incendiaron un carro y en medio de su sadismo siguieron haciéndolo.

Los videos de los vecinos confirman esta impresión. Dispersada la protesta en la autopista, la GN dispara una y otra vez hacia los apartamentos. Sin razón, porque sí, durante horas. No es osado ver en tamaña insistencia un deseo: el de convertir la ciudad, el país quizás, en una inmensa cámara de gases. Saben que no lo pueden hacer, ya no estamos en la época de Hitler, vaya, pero cómo quisieran.

La cobardía, sin embargo, tiene sus ventajas. La cobardía tiene en el gas su elemento: es inasible pero utilizado de manera inteligente puede llegar a matar. Permite asesinar estudiantes sin verse obligado a usar las muy escandalosas y anacrónicas balas. Y si algo aprendió Hugo Chávez es que las dictaduras, como todo en la vida, tienen que adaptarse a los nuevos tiempos.

La publicidad, por ejemplo. Una de las herramientas más poderosas del capitalismo, demostró que era igual de útil al momento de vender, como si se tratara de una marca de perfumes, una dictadura de nuevo cuño bajo el empaque de una democracia socialista y participativa.

En la era del delivery ya no es necesario construir los costosos campos de concentración, ni hacer el engorroso trámite de arrastrar masas a un estadio de fútbol y sacrificar ante el público a un insigne trovador. En el siglo XXI la represión llega hasta tu casa. Te entrega en tu propia sala de estar, o también en medio del pecho, la porción de gas que te corresponde por atreverte a reclamar tu libertad.

Es cierto que siempre habrá testigos. Videos turbulentos que mostrarán a los militares disparando las bombas lacrimógenas, bombas que le ocasionarán la muerte a muchachos como Juan Pablo Pernalete, de veinte años de edad, o como a la bebé de sólo dos meses, que murió de un paro respiratorio en el Hospital Enrique Tejera, de la ciudad de Valencia.

Habrá videos, testimonios de familiares y testigos que confirmarán la verdad, pero esta se disipará con los propios gases con el paso de los días. Como mucho, piensan los militares, el horror persistirá en el ambiente con la sutileza de ciertos olores que nunca se terminan de marchar. Sin embargo, esa hebra que irrita la mucosa persistirá en esta y las próximas generaciones de venezolanos, como un recordatorio de los oscuros días que corren. Seguiremos llorando aunque ya no haya bombas que nos obliguen a hacerlo. Será la sal de una nueva y preciosa memoria.

 

Matar al padre

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Lo primero que llama la atención en el video de Yibram Saab Fornino, el hijo del Defensor del Pueblo, Tarek William Saab, es el escenario. Al fondo se ve un jardín cuyo límite es un muro de setos. A la izquierda una palmera precisa el encuadre. Es de noche y la única luz parece provenir del otro lado de la cámara.

–¿Estás listo? –dice una voz.

Yibram asiente e inmediatamente alguien más agrega:

–Estoy grabando.

Lo que sigue es uno de los capítulos más significativos del progresivo pero irrefrenable proceso de demolición del chavismo como poder político.

Yibram comienza por presentarse como «ciudadano y estudiante de Derecho». No como «pueblo» ni masa indiferenciada, sino como sujeto autónomo y pensante. Condición que refuerza al declarar lo que hace, estudiar Derecho, es decir, comprender los alcances y los límites de su propia libertad.

Es de piel blanca, pero el rostro muestra la insolación típica de los demócratas venezolanos de estos días: el registro ardoroso de las muchas horas pasadas bajo el sol luchando por vencer la dictadura de Nicolás Maduro.

El video dura apenas un minuto y cincuenta y dos segundos, pero está estructurado minuciosamente de principio a fin.

Luego de presentarse y de recordar cómo las sentencias del Tribunal Supremo de Justicia han roto el hilo constitucional en Venezuela, Yibram fija su posición, «libremente ante el país, como venezolano y como hijo mayor del Defensor del Pueblo, Tarek William Saab: mi papá».

Al decir esto, Yibram se detiene por un segundo, levanta la mirada del papel que está leyendo y observa a la cámara.

Yibram no dice mi «padre», dice mi «papá». Lo que a pesar de la severidad de la mirada, que revela la conciencia de la lección moral que le está brindando frente al país, busca mantener las hebras del hilo familiar.

La valentía del hijo revela la cobardía del padre. Tarek William Saab, ante el ultimátum que le dio la Asamblea Nacional para que asumiera verdaderamente las atribuciones de su cargo, utilizó como escudo a su esposa y a sus hijos, viendo en aquella exigencia una amenaza personal y culpando a la oposición de cualquier cosa que le pudiera pasar a él y a su familia.

A lo que Yibram responde:

«En primer lugar, quiero desmentir que tanto yo como mi hermana Sofía, de dieciocho años de edad, y mi hermano menor, de catorce, hemos recibido algún tipo de amenaza».

¿Por qué Yibram hace esto? ¿Por qué le hace esto a su propio padre? Yibram, inmediatamente lo aclara:

«Hago esto motivado por los principios y valores que me enseñó mi papá. Cosa por la cual te agradezco».

Estoy seguro de que, dentro de ciertos sectores monolíticos de la oposición, esta declaración les bastará para descalificar el pronunciamiento de Yibram. Pedirán lo que en el fondo anhelan que pase entre los venezolanos: un linchamiento. Sin embargo, Yibram ha hecho algo mucho más complejo, mucho más inteligente y a la vez conmovedor: ha desarmado al padre con sus propias armas. Las armas del valor y la justicia que el Defensor habría cambiado por un juego de mancuernas y unos afiches de Chávez.

Yibram ha cumplido con ese ritual que todo muchacho debe hacer de manera consciente para convertirse en hombre: matar al padre. Es decir, desvanecer la sombra paterna incorporándola. Un ritual que Yibram ha cumplido con valentía y también con ternura, ante la mirada atónita de un país que por un minuto y cincuenta y dos segundos quedó convertido en un público isabelino.

No obstante, no es sólo el drama familiar el que ha llevado a Yibram a hacer lo que hizo. Yibram decidió fijar posición en la noche de un día particularmente doloroso. El día en que la dictadura asesinó al joven Juan Pernalete, disparándole al pecho, a quemarropa, una bomba lacrimógena que le partió a él, a su familia y a toda Venezuela el corazón.

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«Ese, pude haber sido yo», dice Yibram y mira de nuevo a la cámara. Mirando, a través de todos nosotros, a ese a quien todavía llama «papá».

Yibram termina pidiéndole a Tarek, con un estoicismo impresionante, que reflexione y haga lo que tenga hacer.

«Te entiendo, sé que no es fácil, pero es lo correcto», le dice el hijo al padre.

Con su carta, Yibram Saab Fornino se ha convertido en hombre. No sólo en el sentido de la afirmación de una virilidad que en ciertas ocasiones, como esta, es necesaria. Sino también en el sentido de transformarse en alguien íntegro. Alguien que ha deglutido su propia sombra, aconsejándola y amándola.

La gesta de Yibram es, en el fondo, anímica. Ha espantado el fantasma que no pudo desfacer el nervioso Hamlet. El mismo fantasma que en una noche parecida devoró a Jorge Rodríguez y que le ha costado a Venezuela tantos ríos de lágrimas y sangre.

 

 

 

 

 

Peces del Guaire

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El título de este texto proviene de una canción de Desorden Público incluida en el álbum En descomposición del año 1990. Una placa que puede que no le diga mucho o nada a los más jóvenes de hoy, pero que en su momento supo captar un «sentimiento de época»: la degradación que estaba royendo al país en las postrimerías del siglo XX. La canción establecía un paralelismo entre la inercia consumista de entonces («por la noche no habrá nada que hacer/ prenderemos la TV para aliviar el estrés/ y los comerciales criollos nos enseñarán inglés») y la realidad de la calle, donde la inflación, la escasez, el desempleo, la corrupción y la injusticia nos convertían, como lo repetía el coro con acento tétrico, en «peces del Guaire».

El Guaire, el río-cloaca de Caracas, se había convertido con el pasar de los años no sólo en el principal desaguadero de la capital, sino también en el sumidero simbólico de las frustraciones, el rechazo y el desencanto. En la actualidad sigue siendo así, pues preferimos vernos en ese espejo montañoso, complaciente, que es el Ávila.

Sin embargo, pocos años antes de que apareciera el primer disco de Desorden Público, un conjunto de jóvenes poetas ya había buscado en aquellas aguas infectas una posibilidad de renovación de la poesía venezolana. Se trató del grupo Guaire, coetáneo del grupo Tráfico, quienes también vieron en la polución urbana un camino de purificación expresiva.

Desde la demagogia, presidentes, alcaldes, diputados, candidatos y políticos de toda ralea, de ayer y de hoy, han intentado pescar en río revuelto con la promesa de sanear el Guaire, para cumplir así con un supuesto deseo adánico de los caraqueños: bañarnos otra vez en las aguas del río.

Entre la promesa y el rechazo de los habitantes, el río Guaire ha seguido su curso. Arrastrando «mierda, mierda y más mierda hacia el mar», como diría Fernando Vallejo, para que nosotros podamos observar con el rostro orondo y el culo limpio el verde de la montaña y el azul del cielo.

Pero el Guaire no es sólo una naturaleza muerta que, cual cuadro de botiquín, desentona frente a los Cabré que los caraqueños capturan cada día en sus teléfonos celulares. El Guaire es, quizás, una de las metáforas que mejor resume la historia de Venezuela. En el tiempo podrido de su cauce confluyen la riqueza y la miseria que hemos sido capaces de acumular en más de doscientos años de vida republicana. Elementos que, en nuestro caso, son inseparables.

Para comprobarlo sólo habría que poner, una al lado de otra, dos imágenes que nos acompañan desde la época del descubrimiento y la conquista de América. La primera proviene de Europa. La propuso Cristóbal Colón en 1498, en su carta a los reyes católicos, cuando narra el hallazgo de la tierra firme en nuestras costas orientales. Al adentrarse en el territorio que comienza en Macuro, Colón creyó haber dado con «el paraíso terrenal», con la «Tierra de Gracia». Elías Pino Iturrieta, en Ideas y mentalidades de Venezuela, dedica un meditado ensayo a calibrar el peso que semejante denominación de origen ha tenido para nosotros.

La otra imagen proviene de nuestros ancestros indígenas quienes, ya en el siglo XVI, hablaban de un extraño líquido aceitoso que manaba a borbotones en algunos enclaves de mares e islas, al cual se referían como «el excremento del diablo». Término que fue retomado en 1976 por Juan Pablo Pérez Alfonso en su ya conocido libro sobre el petróleo en Venezuela (Rafael Arráiz Lucca, por su parte, ha escrito no pocas y bien documentadas páginas al respecto).

Devenir un país petrolero, con las mayores reservas naturales del mundo, quizás nos hizo olvidar la dualidad del símbolo que constituimos para nosotros mismos. Como con el Ávila, optamos por vernos sólo como el paraíso terrenal y no, también, como el lugar que escogió Satanás para echar la más grande de sus cagadas en el planeta Tierra. Un «regalito» que nos dejó el ángel caído, con el que se alimentan las guerras en el mundo y que le otorga «carisma» a los caudillos de turno.

La Venezuela petrolera hizo realidad el viejo sueño de los alquimistas: transformar el excremento en oro. O, para decirlo con palabras de Juan Eduardo Cirlot, transformar la nigredo en el aurum philosophicum. Hugo Chávez, a quienes algunos con razón llaman «el Midas inverso», revirtió el proceso: transformó la mayor riqueza que ha tenido el país por ingresos petroleros en mierda.

Como se ve, el asunto no puede centrarse en la mierda en sí, que suele estar al principio y al final de los procesos humanos. La clave pudiera estar en la posición que asumimos con respecto a la mierda. O en el modo que tenemos de lidiar con ella cuando es la historia y sus circunstancias las que nos colocan en determinado punto del arco alquímico de la vida.

En la manifestación del 19 de abril de 2017, fue la Guardia Nacional la que empujó a cientos de venezolanos que marchaban por la autopista Francisco Fajardo de Caracas a lanzarse a las aguas del Guaire para salvarse de las bombas lacrimógenas y los perdigones. Esa preferencia habla no sólo de los niveles de violencia de los aparatos represivos del gobierno, sino de una inclinación que tiene también algo de «natural» y que no tiene por qué avergonzarnos. Si ese es el río que ha estado siempre a nuestro lado, atrayéndonos y expulsándonos como un asqueroso jardín prohibido, si está hecho, además, de nuestra propia mierda ¿por qué no vamos a preferir atravesarlo antes que caer en las manos, ajenas, verdaderamente cochinas, de la dictadura?

La imagen de estos venezolanos que escaparon de la muerte, de la cárcel y de la tortura gracias a la humildad inmunda del río, quedará como uno de los grandes momentos en la historia de Caracas. Un punto de quiebre en la relación que los caraqueños han establecido con la ciudad. Un acercamiento único, por literal, a una forma de autoconocimiento colectivo, a una irremplazable comprensión de las esencias y los fines: a una verdadera escatología, pues, en el sentido más amplio del término.

La respuesta del gobierno a lo sucedido reafirma estas impresiones. El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) hizo circular en Twitter un «meme» que expresaba su visión de lo ocurrido en la autopista. La imagen muestra una foto del río Guaire siendo atravesado por los manifestantes con la siguiente leyenda: «A Dios lo que es de Dios. Al César lo que es del César. Al Guaire lo que es del Guaire». Nicolás Maduro fue de los primeros en retuitear la imagen.

al guaire lo que es

Lo que escandaliza aquí, además del regodeo grotesco en la represión de una manifestación pacífica, no es sólo, como pudiera pensarse, que el presidente de Venezuela asimile al ochenta y cinco por ciento de la población con la mierda. Lo que indigna es que la ebriedad de poder, dinero y vileza le haya hecho olvidar que todos los seres humanos, al final estamos hechos de la misma deleznable materia. Como si al haber tergiversado las palabras de Jesús, Maduro nos dijera que su reino, el de los asesinos y corruptos que lo acompañan, no es de este mundo. Puede que en sus delirios de grandeza Maduro se vea como una especie de Kim Jong-il, el padre de Kim Jong-un, actual dictador de Corea del Norte, cuyo origen divino estaba refrendado por la creencia de que jamás defecó.

Hoy día, gracias a los avances de la patafísica, se sabe que Kim Jong-il sí defecaba. Maduro también. Sólo que, como Ubu Rey, el personaje de Alfred Jarry que encarna el poder en su faceta más grotesca, ambos defecan «mierdra».

La diferencia va más allá de una simple letra. Victor Hugo cuenta una anécdota que quizás aclare el sentido.

Cambronne fue el último combatiente francés en caer en la batalla de Waterloo. Dice la leyenda, así la reproduce Hugo en Los Miserables, que cuando los generales ingleses lo increparon a él y a su batallón para que se rindieran, Cambronne respondió una sola palabra:

Merde!

Luego agrega Hugo:

«Decir esa palabra y morir enseguida: ¿existe algo más grande?»

 

 

Los justos

los justos

Tuve el privilegio de dar clases en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela durante diez años. Fue la manera que encontré, una vez que había culminado mis estudios de licenciatura, de no apartarme de ese pasillo que por misteriosas razones atrae tanto a la gente.

Sin embargo, a comienzos de 2014 tomé la decisión de dejar la docencia. El largo asedio del gobierno a las universidades venezolanas había hecho mella. Mi sueldo era risible y cada día veía la UCV caerse a pedazos. Al concluir el último semestre, durante las entregas de las evaluaciones finales, comprobé que mis alumnos estaban más o menos en la misma situación que yo. Sólo que su desesperanza era mayor, pues muchos de ellos se encontraban a mitad de la carrera. No podían abandonar o cambiar de aires, sino que debían continuar bregando en la inclemente cotidianidad del país. Al menos, por un tiempo más.

En medio de ese panorama hubo algo que me llamó la atención. En el examen final de «Teoría IV», en la parte relacionada con la crítica «latinoamericanista», en sus respuestas varios alumnos coincidieron en citar una misma frase de Pedro Henríquez Ureña que los había impresionado. Pertenece al ensayo Patria de la justicia y dice así:

¡No hay que desesperar de ningún pueblo mientras haya en él diez hombres justos que busquen el bien!

La creencia de que el mundo se sostiene por la acción de un número reducido de seres anónimos, que serían «los justos», tiene una muy larga data en el imaginario filosófico y literario tanto de Oriente como de Occidente. Borges, en su Libro de los seres imaginarios, lo resume de la siguiente forma:

Hay en la tierra, y hubo siempre, treinta y seis hombres rectos cuya misión es justificar el mundo ante Dios. Son los Lamed Wufniks. No se conocen entre sí y son muy pobres. Si un hombre llega al conocimiento de que es un Lamed Wufnik muere inmediatamente y hay otro, acaso en otra región del planeta, que toma su lugar. Constituyen, sin sospecharlo, los secretos pilares del universo. Si no fuera por ellos, Dios aniquilaría al género humano. Son nuestros salvadores y no lo saben.

Esta mística creencia de los judíos ha sido expuesta por Max Brod

La remota raíz puede buscarse en el capítulo dieciocho del Génesis, donde el Señor declara que no destruirá la ciudad de Sodoma, si en ella hubiere diez hombres justos. Los árabes tienen un personaje análogo, los Kutb.

Borges llegó a escribir, que yo sepa, al menos dos textos a propósito de estos «secretos pilares del universo». Uno es un poema que se titula, precisamente, Los justos y que reza así:

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan la razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando al mundo.

El otro es un cuento del año 1935, El acercamiento a Almotásim, que presentó primero como una reseña de la novela The approach to Al-Mu’tasim, de Mir Bahadú Alí, que, por supuesto, resultó ser invención de Borges. Tanto en el cuento, escrito en una época temprana, como en el poema, incluido en el volumen La cifra, de 1981, la «justeza» de estos seres que vuelven el mundo menos terrible a la mirada de Dios o de los dioses, es muy cercana a las apropiaciones orientales del mito. Como lo señala Guillermo Sucre en un breve ensayo sobre La cifra, «Borges nos asombra por aceptar como un don todo lo que le depara el destino». Una aceptación total donde el justo no se aferra ya a ninguna forma de individualidad (o donde la individualidad se ha reducido a un umbral para el asombro) y termina consustanciado con el entorno. El justo deviene naturaleza y es, por lo tanto, inmortal. Se vuelve inseparable de esa tierra que sostiene a los otros.

En este sentido, Borges pareciera no proponer otra cosa que la persistencia. Los justos, según estas interpretaciones, serían casi literalmente aquellos seres que, como pilares, permanecen fieles a sus circunstancias. Sólo que para Borges esto no es producto de una decisión sino el resultado de la fatalidad propia del ser. «Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy)», dijo en Borges y yo.

Aunque Sucre no lo indica, uno pudiera pensar que este misticismo estático de Borges lo acerca no sólo al hinduismo sino a la caridad cristiana, e, incluso, a ese dar la otra mejilla que ha suscitado tanta polémica.

Sin embargo, podemos citar otras adaptaciones donde los justos no son ni cristos ni gautamas anónimos y donde lo que depara el destino no son silogismos sino la más concreta realidad.

Para Victor Hugo «los justos» son los miserables. Esa masa informe y anónima que sufre y revela con su sufrimiento las contradicciones de la nueva sociedad burguesa. Publicada en 1862, Los Miserables es la realización de un proyecto narrativo que Hugo había bosquejado entre los años 1845 y 1848, bajo el título Misères, donde al calor de las conmociones revolucionarias del periodo abordaba de manera frontal «la cuestión social».

Los «miserables» de Hugo, a la par de la frustración de ese primer intento de novela, se van a desmaterializar para convertirse, en ese mismo año 1848, en el «fantasma que recorre Europa» del Manifiesto Comunista de Marx y Engels. Como bien lo indica Gareth Stedman Jones, el «fantasma del comunismo» fue la encarnación del temor creciente a las multitudes, los vagabundos, los mendigos y a la violencia que arrojaba a las calles una década tan convulsa como la de 1840.

 Stedman Jones, en el magnífico prólogo a su edición del Manifiesto, recuerda que en esa década el comunismo se identificaba con las tradiciones radicales del cristianismo y con la «razón» jacobina derivada de la Revolución francesa. De hecho, la Liga de los Comunistas se llamó originalmente «La Liga de los Justos» y fue fundada en París en 1837. Es esta Liga la que va a encomendar a Marx y Engels la redacción del manifiesto. Antes de pertenecer a la Liga, Marx y Engels se habían formado en el grupo de los «Jóvenes hegelianos» que buscaba sustituir al cristianismo y a «su variante racionalizada» representada por el propio Hegel.

Al estudiar los orígenes del comunismo, se puede ver que una de sus preocupaciones principales, la de combatir el individualismo que según ellos estaba minando los vínculos sociales, conecta de alguna (perversa) manera con ese mismo impulso de estacionismo y anulación que se desprenden de los textos de Borges que he citado. Con la gran diferencia de que lo que en Borges se produce por un convencimiento o resignación interior, en el caso del comunismo se da por el empoderamiento (o, en el contexto de 1848, por la postulación del futuro empoderamiento) de la multitud y del proletariado.

Producto de esta mezcla de cristianismo y revolución, tan propia de la época, es la sabiduría de un personaje de Los Miserables como M. Bienvenu, quien corrige por adelantado la deriva (narcisista, a mi parecer) expresada en los hermosos aunque engañosos versos de Borges, según los cuales el justo es aquel que prefiere que el otro tenga la razón o aquel que justifica el mal que le han hecho.

Dice M. Bienvenu:

Ser un santo, es la excepción; ser un justo, es la regla. Equivóquense, desfallezcan, pequen, pero sean justos.

La justicia, aquí, se aproxima a la justeza, a la justa medida.

Los conflictos de esta moral que trata de congeniar al individuo con el entorno son el tema de una pieza teatral escrita por Albert Camus, de 1949, titulada (como no podía ser de otra manera) Los justos. La obra está basada en un hecho real. Un atentado terrorista ocurrido en Moscú en 1905, llevado a cabo por miembros del partido socialista revolucionario para asesinar al gran duque Serge, tío del zar. Los justos, en este caso, son los terroristas, quienes encerrados en un apartamento discuten los detalles del complot. De esa manera surgen las contradicciones de estos «santos malditos» (para usar un término de Cursio Malaparte).

El héroe de la pieza, Iván Kaliayev, se inhibe de lanzar la bomba al carruaje del duque cuando descubre que, contra lo esperado, este no viaja solo sino acompañado de sus pequeños sobrinos. El fracaso de este primer intento pone literalmente en escena el problema de la nueva moral revolucionaria. ¿Está permitido matar niños inocentes para lograr una justicia colectiva?

Stepan, encarnación del radicalismo más absoluto, afirma lo siguiente:

Nosotros aceptamos ser criminales para que la tierra se cubra al fin de inocentes.

Dora, en cambio, responderá:

 Incluso en la destrucción hay un orden. Y hay límites.

Dora es la única mujer del grupo. Es quien tratará de ser el fiel de la balanza de la justicia. Ella encontrará un equivalente, un doble que la interpela a los ojos del lector (o del espectador) en el personaje de la gran duquesa, la viuda que llega a la celda de Kaliayev para visitarlo. No busca acusarlo o martirizarlo, sino que él es el único con quien ella puede hablar.

 «¿A quién hablarle del crimen sino al asesino?», le pregunta la duquesa.

 «¿Cuál crimen? Yo sólo recuerdo un acto de justicia», replica Kaliayev.

Entonces viene la respuesta de la duquesa, que encierra toda la sabiduría femenina, entendiendo aquí lo femenino no sólo en los términos de esposa o madre sino en el sentido más amplio de «alma»:

–¡La misma voz! ¡Has puesto la misma voz que él! Todos los hombres asumen el mismo tono para hablar de la justicia.

La gran duquesa, con ese cansancio final, pone de relieve las contradicciones del grupo. Tanto las de Kaliayev, que creyendo haber hecho justicia termina identificado con el duque, como las de Dora, quien en el instante más intenso de su última conversación con Kaliayev declama:

 Nosotros no somos de este mundo, nosotros somos los justos. Hay un calor que no es para nosotros. ¡Ah! ¡Piedad para los justos!

Lo que vendría a demostrar lo dicho por Borges: en el momento en que un justo se percibe como tal, muere inmediatamente. Acaso, en algún lugar del planeta, otro tome su lugar.

Hace poco me pareció ver a uno de estos justos en Venezuela.

Tenía los trazos de un adolescente delgado, pequeño y sin camisa, que aguantó con bravura el envión de dos guardias nacionales armados hasta los dientes. El muchacho se levantó, los encaró y les escupió la rabia de todo un país. Un país que en medio de la guerra, tal como lo hicieron en su momento varios de mis antiguos alumnos con aquella frase de Pedro Henríquez Ureña, subraya esas imágenes para poder resistir.

 

 

 

 

La lección de Mishima: un consejo para Tarek William Saab.

En El desbarrancadero, el narrador Fernando Vallejo le dice a su hermano Darío:

«–Darío, hermano, uno tiene que escoger en la vida lo que quiere ser, si marihuano o borracho o basuquero o marica o qué. Pero todo junto no se puede. No lo tolera el cuerpo ni la sufrida sociedad. Así que decidite por uno y basta».

Palabras sabias que me rondan la mente desde hace un tiempo, desde que vengo siguiendo el itinerario público de ese «ente», no sé de qué otro modo referirme a él, llamado Tarek William Saab.

 Hasta el momento en que escribo este texto, William Saab es poeta, halterófilo, defensor del pueblo (al menos, nominalmente), defensor de la dictadura, rebelde, sumiso, simpático, intolerante y un variopinto etc.

  Si nos guiamos por la «bio» de su cuenta personal en Twitter, encontramos lo siguiente: «Padre de 3 hij@s…+ de 40 años de lucha. #PoetaHippySidhartaGautama». Semejante descripción viene seguida de dos emoticones representando la paz. A renglón seguido un segundo hashtag que reza: #AvatarDetencionGolpe12Abril2002. Debajo del hashtag, en la ubicación, se lee «PtoLaRockCuentaPersonal». Y en el espacio destinado a los links aparece la dirección de su página web: tarekwilliamsaab.com.ve.

De modo que a la enumeración que hice un par de párrafos atrás deben agregarse las siguientes facetas: hippy, budista, preso político y «rockero» (en 2008, siendo gobernador del estado Anzoátegui, inauguró una plaza en homenaje a Bob Dylan).

Llegados a este punto es inevitable repetirle al «Defensor del pueblo» lo que Fernando le dijo a Darío:

–Tarek, hermano, uno tiene que escoger lo que quiere ser en esta vida. No se puede ser poeta y papeado a la vez. O se es poeta o se es papeado, pero las dos cosas no. Se puede ser hippy y budista y poeta, pero no hippy y burócrata, no budista y gobernador, no halterófilo y revolucionario, no defensor del pueblo y torturador. Las dos cosas no. Todo no, Tarek. No lo tolera el cuerpo ni la sufrida sociedad venezolana. Decídete por uno y basta.

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Lo del cuerpo, en el caso de Tarek William Saab, es ostentosamente cierto. Con sólo revisar el avatar de su cuenta de Twitter, que el propio Tarek nos invita a ver, uno percibe que algo pasó. Del tipo delgado, común, que se ve en la foto pasamos a la bola de músculos en que se ha convertido este personaje en los últimos años. ¿Se estaba preparando, acaso, para el cargo que detenta ahora? ¿Es que en algún momento Tarek pensó que debía defender con sus bíceps y sus pectorales, cual superhéroe de Marvel, a los venezolanos?

 Asumir un cargo con semejante nombre se puede prestar a este tipo de confusiones. En todo caso, hubiera sido maravilloso ver a Tarek soltar su teléfono celular, salir de su oficina e impedir con su maciza presencia el ataque atroz y cobarde que sufrió el diputado de oposición Juan Requesens en las afueras de la sede de la Defensoría del Pueblo.

Sin embargo, no fue así. Se sabe que en las situaciones críticas Tarek prefiere arrinconarse en Twitter. Las redes sociales son el gimnasio donde el Defensor del Pueblo entrena las veinticuatro horas del día, donde práctica la justicia que nunca sale a implantar en la calle. Una eterna calistenia moral que lo deja agotado frente al espejo de sus propias declaraciones.

Si el Chávez moribundo fue el corazón de la patria, Tarek es el cuerpo. Una mediocridad y una debilidad profundas arrinconadas detrás de una fachada de esteroides, discursos vacuos y cobardía. ¿Será Tarek William Saab el tan esperado hombre nuevo del socialismo? ¿Será él la encarnación del incomprendido superhombre nietzscheano que Hugo Chávez defendía? Si es así, el resultado que deja ver hasta ahora este experimento que tenemos como Defensor del Pueblo es sencillamente monstruoso. Y lo monstruoso es, según Foucault, la combinación de lo imposible.

Si las sabias palabras de un autor como Fernando Vallejo no le sirven, quizás Tarek pudiera verse en el espejo de Yukio Mishima. La obsesión del escritor japonés por transformar su débil cuerpo en una figura imponente, perfecta, marchaba de forma paralela a sus anhelos por el retorno de un tiempo, el del gran imperio, que simplemente ya no volvería.

Fue un hombre de profundos traumas, de complejos tenaces y de contradicciones inconciliables para los que ni siquiera la conciencia de haber forjado una de las obras literarias más importantes del siglo XX significó un consuelo. Antes que seguir siendo testigo de lo que consideraba la época de mayor decadencia de su país, Mishima decidió retirarse siguiendo el arcano ritual del harakiri.

Pero no debe preocuparse el Defensor del Pueblo. No le vamos a pedir tamaño sacrificio. En esta crisis en la que está enfangada Venezuela, cada quien debe hacer lo que pueda según sus capacidades.

A los poetas mediocres de alma esmirriada como usted, Tarek, le pedimos algo mucho más simple: renuncie.