La peste, el absurdo

El-ángel-exterminador

En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, de 1549, Étienne de la Boétie planteaba de manera inmejorable el dilema de la libertad:

«Si para obtener la libertad solo hace falta desearla… Este deseo, esta voluntad innata, común a los cuerdos y a los locos, a los valientes y a los cobardes, les hace anhelar todo tipo de cosas cuya posesión los dejaría felices y contentos. Sólo hay una sola cosa que los hombres, no sé por qué, no tienen la fuerza de desear: la libertad».

Cuando observo en su conjunto la trayectoria de la MUD, no puedo evitar recordar estas palabras de Étienne de la Boétie. Son las únicas que para mí explican el hecho de que la dirigencia opositora en Venezuela corone cada una de sus grandes arremetidas contra la dictadura de Nicolás Maduro con una capitulación inesperada, con un acto de servidumbre voluntaria que da al traste con lo obtenido durante sus esporádicos arrebatos de vigor.

 Pues, en una aplicación exacta del diagnóstico del pensador francés, la cúpula de la MUD parece que ahora se ha contentado con poseer unos cuantos curules, alcaldías y gobernaciones que la han dejado feliz y contenta. Sin embargo, no ha tenido la capacidad de desear con el mismo ímpetu la libertad.

El desfallecimiento de lo que De la Boétie llama «la voluntad innata» o «la fuerza de desear» coloca al ser humano, y a veces a sociedades enteras, en un conflicto que visto desde afuera puede parecer absurdo. La puerta de la jaula está abierta pero el prisionero no se atreve a salir.

Diversas novelas, cuentos y piezas de teatro han tratado el problema de la anulación de la voluntad en el ser humano. Esperando a Godot, de Beckett, La lección, de Ionesco, Ante la ley, de Kafka, o Bartleby, el escribiente, de Melville, son apenas una muestra de algunas obras mayores que han trabajado esta temática que, por la regularidad de sus formas y recursos expresivos, puede constituir un género en sí mismo: la llamada literatura del absurdo.

Los rasgos característicos de esta literatura son tres. Al menos, son los que yo he podido detectar:

  • Son historias que suceden en espacios cerrados y opresivos, con uno o dos personajes protagónicos.
  • Lo que moviliza la trama es precisamente la incapacidad de los personajes de salir de donde se encuentran atrapados. Las acciones son, entonces, estacionarias. Cíclicas y agotadoras en su infinita repetición.
  • No hay ningún obstáculo visible, o material, que impida la salida del espacio cerrado y opresivo. Por lo que esta literatura tiende a lo alegórico, pues el lector capta rápidamente que la resolución del argumento pasa por una acción o decisión de orden mental o moral.

Habría un cuarto rasgo que sólo se activa cuando la historia absurda no tiene uno o dos personajes protagónicos, sino que plantea la parálisis de una comunidad entera. Sólo que el eclipse de la voluntad colectiva termina arrastrando a estas obras fuera del límite propio de lo absurdo y la lleva a los terrenos de otro subgénero temático con gran tradición: la literatura sobre la peste. Es el caso de la famosa peste de insomnio en Cien años de soledad, o de la perturbación del sentido de la vista en Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago.

En las obras de este tipo, el espacio cerrado ya no es una habitación o una celda sino una casa, una ciudad o un pueblo enteros. Si bien el origen de la peste es anímico, esto no lo saben los personajes ni tampoco sus vecinos. De modo que el encierro deja de ser psicológico y deviene real a través de un anuncio oficial que decreta el aislamiento y la cuarentena de la comunidad.

En esta categoría fronteriza entre la peste y el absurdo se encuentra Venezuela. La cerrazón y el aislamiento del país han sido impuestos, desde hace años, por la dictadura. De eso no queda ninguna duda. También es cierto que la resistencia de los venezolanos y las fuerzas democráticas que hasta ahora los habían representado en bloque, ha sido constante y digna de los mejores elogios que pueda obtener la vocación civil de un país. E, incluso, ha habido momentos decisivos en que se hubiera podido inclinar la balanza a favor de la libertad definitiva, pero es precisamente en esos momentos donde la dirigencia opositora ha fallado.

La nueva genuflexión de la MUD, afanándose para inscribir sus candidaturas a las elecciones regionales justo cuando la comunidad internacional ha declarado no reconocer ningún acto emanado de la ANC, más que a las obras literarias ya citadas, me ha recordado a la película El ángel exterminador. Allí, Luis Buñuel cuenta la historia de un grupo de burgueses que asisten a una fiesta en una mansión y cuando llega la hora de partir, no lo hacen. Las ocasiones de abandonar aquella casa comienzan a repetirse pero siempre pasa algo. Una interrupción, un olvido, algo que parece inocuo pero que termina encerrando a los personajes, aunque nada les impida salir. Nada salvo su voluntad. Y, en el caso particular nuestro, algunos agregarían ciertos inconfesables intereses comunes.

Viendo los desmanes que está cometiendo con total impunidad la fraudulenta Asamblea Nacional Constituyente, la jaula llamada Venezuela parece de nuevo cerrada. Al menos, por el momento.

Mientras tanto, Henry Ramos Allup y su corte se disponen a acomodarse lo mejor que puedan dentro de aquella sala de fiestas donde, al igual que en la película de Buñuel, ya los últimos invitados se han comido las sobras del banquete y no hay ni luz ni agua.

Apocalipsis Nao

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En los últimos meses le he estado dando vueltas a la palabra «Apocalipsis». No aparece en el diccionario etimológico de Joan Corominas, por ejemplo, sino como adjetivo: «apocalíptico, ca». Un adjetivo que remite, antes que a un concepto o una realidad dada, a una obra: el Apocalipsis de san Juan.

En ese sentido, «apocalipsis» sería una de esas hermosas palabras que la imaginación literaria occidental ha legado a la humanidad, de la misma noble condición que «Odisea» o «Quijote».

Ha querido la historia que sea la acepción más espectacular la que se haya impuesto, pues lo primero que nos viene a la mente cuando escuchamos u oímos hablar de apocalipsis es «el fin del mundo». Sin embargo, apocalipsis significa también, o en primer lugar, «revelación». Su origen es griego y quiere decir, aún más específicamente, «revelación de aquello que está escondido».

Lo sucedido el 30 de julio de 2017 en Venezuela fue un apocalipsis en el sentido primigenio de la palabra. La «revelación» de ese día se concentra, me parece, en tres hechos fundamentales.

El primero es que con la supuesta Asamblea Nacional Constituyente se terminó de consumar el proyecto dictatorial que Hugo Chávez inició públicamente con el golpe de estado que perpetró el 4 de febrero de 1992: el asalto al poder y la destrucción de la democracia en Venezuela.

El segundo es la corrupción absoluta del Consejo Nacional Electoral, cuyo fraudulento sistema de votación ha vaciado de sentido el voto popular, que es (o era) el mecanismo democrático por excelencia.

 El tercero es que la dictadura chavista está dispuesta a cometer cualquier atrocidad para mantenerse en el poder. La prueba es que ese mismo día el gobierno, con sus pandillas armadas, asesinó a quince personas, entre ellas un niño de trece años que fue abatido por un francotirador.

Estos tres hechos resumen bien nuestro apocalipsis en la medida en que clausuran un ciclo en la historia de este ya largo conflicto. La ANC es el suicidio político del chavismo porque sólo le ha servido para ser reconocido oficialmente, a nivel internacional, como una de las más viles y sanguinarias dictaduras del mundo. Esto acarrea para los venezolanos una conciencia que ya la mayoría ha asumido: que lo que empezó como una pugna política se ha transformado, en estos años de barbarie y regresión, en un enfrentamiento con el Mal, en un descenso a los infiernos.

Aunque estamos en una época posterior a la religión, como diría J. M. Coetzee, la dirigencia opositora ganaría mucho incorporando algo de este pensamiento apocalíptico en su discurso y en su acción. Pues hay ciertas cosas que el manto protector de la virgen no permite ver.

En la medida en que aceptemos la verdad de nuestro apocalipsis, en que entendamos que hemos llegado al corazón de las tinieblas y actuemos en consecuencia, quedará al menos una posibilidad de que Venezuela, ese barco en el que nacimos y al que volvemos en los sueños, no se hunda para siempre.

Como a un perro

Kafka

«Alguien tenía que haber calumniado a Josef K., pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo».

Así comienza El proceso, de Franz Kafka. El grueso de la novela, lo propiamente kafkiano, es la narración del infierno burocrático y judicial que sigue a la detención. Al final, después de una serie de apelaciones inútiles, que desde el principio se saben inútiles, los verdugos se disponen a matarlo con un largo cuchillo de carnicero. Hasta el último momento, sin embargo, Josef K. clama por justicia. Así sea para sus adentros:

«¿Dónde estaba el juez al que nunca había visto? ¿Dónde estaba el Tribunal Supremo ante el que nunca había comparecido?»

Josef K. recibe la puñalada en el corazón, pero le alcanza el aliento para un último grito, esta vez sí, claro y abierto:

«–¡Como a un perro! –dijo él: era como si la vergüenza debiera sobrevivirle».

En el caso del proceso bolivariano, los verdugos de Nicolás Maduro se han ahorrado la burocracia. Prefieren, además, la noche para buscar en sus casas a los «culpables», cuyas listas de nombres les ha facilitado algún vecino de esos que la dictadura llama «patriotas cooperantes» (collabos, les decían en la Francia ocupada por los nazis; «Comités de defensa de la revolución», les dicen en la Cuba de los Castro).

La noche del 13 de junio de 2017 en las residencias conocidas como “Los Verdes”, de la parroquia El Paraíso de Caracas, el CONAS (Comando Nacional Antiextorsión y Secuestro) hizo varios asaltos ilegales de morada. En uno de los apartamentos, los esbirros destrozaron todo y además le dispararon al perro. Las fotos muestran a un hermoso perrito negro, sin un ojo y sangrando. Al parecer, este sólo hizo lo que su especie siempre ha hecho desde los tiempos de Argos: cuidar la casa.

Este hecho refleja no sólo la psicopatía, la perversidad y la crueldad de las fuerzas represoras en Venezuela, sino una nueva etapa en la crisis que vive el país: la instrumentalización, por parte de la dictadura de Nicolás Maduro, del terrorismo de Estado.

El hecho de que hayan optado por los destrozos materiales y por dispararle a un perro es una demostración del efecto buscado. Cuando el Daesh, en sus atentados, ataca a ciudadanos inocentes e indefensos busca, precisamente, que la comprensión humana no tenga ningún asidero para asimilar lo sucedido. Que la abyección sea total. Y también el terror y el miedo.

Un caso parecido fue el de Sendero Luminoso, en el Perú de los años ochenta del siglo pasado, quienes anunciaban su «visita» colgando perros de los postes de luz en el infortunado pueblo de turno.

Lo sucedido en este casi anónimo apartamento de Caracas es una confirmación más de que Venezuela ha entrado en ese oscuro periodo que Roberto Arlt llamó «el crepúsculo de la piedad». Crepúsculo que, al menos en lo que se refiere a los derechos de los animales, ya se anunciaba en los cientos, quizás miles, de perros abandonados por familias que han emigrado de Venezuela sin mirar atrás. Abandonando, junto a sus mascotas, toda noción de amor y responsabilidad. Así como en otras imágenes de horror, donde se ve a un muchacho hambriento destazando la magra carne de un perro de la calle para poder comer. O en la delgadez marchita de Ruperta, la tristemente célebre elefanta del zoológico de Caricuao. O en los cincuenta y seis caballos del Hipódromo de San Rita que dejaron morir de hambre sólo en el año 2016.

Es ahora, obligándome a ver una y otra vez las fotos del perrito, donde hay una incluso en que, a pesar del daño irreparable que le han hecho, todavía parece sonreír, que entiendo a plenitud el sentido del último grito de Josef K.

Su «vergüenza», de acuerdo a las dos principales acepciones de la palabra, no es sinónimo de «una turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de una falta cometida», sino la clamorosa «estimación de su propio valor y dignidad». Valor y dignidad que lo igualan, en el momento de su mayor sufrimiento, con un perro. Con este perro.

Es esta vergüenza la que empuja la lucha de los venezolanos contra la más cruel de las dictaduras en su historia. Es esta vergüenza la que hará que valga la pena salir de esta pesadilla, sin habernos convertido en corruptos ni cobardes ni asesinos. Sin haber abandonado en el camino a un amigo, sin haber clavado un cuchillo de carnicero en el corazón de la inocencia, la alegría y la bondad.

 

Engominados Vs. Tatuados

técnicos versus rudos

Borges solía contar una anécdota de George Bernard Shaw, o atribuida a George Bernard Shaw, que decía más o menos lo siguiente. Un grupo de víctimas pertenecientes al movimiento independentista de Irlanda quiere reunirse con el famoso escritor. Este se niega con un argumento aplastante:

–Sufrir no es un mérito.

La anécdota tiene pertinencia en los días que corren en Venezuela, cuando las protestas que tienen en jaque a la dictadura de Nicolás Maduro llevan ya más de dos meses y amenazan con extenderse. Contra todo pronóstico, los manifestantes venezolanos no sólo no se han agotado, sino que su decisión de acabar con la tiranía urdida en el país durante los últimos dieciocho años parece irreversible. La calle, lejos de enfriarse, está encendida. Como esas llamas eternas que, en distintas ciudades europeas que fueron enclaves importantes de la Segunda Guerra Mundial, velan la tumba al soldado desconocido.

Sin embargo, dentro del fragor de la batalla también puede prosperar la inercia. Algo natural cuando los conflictos, sobre todo los de este tipo, persisten. Un síntoma de esta velocidad de crucero que se alcanza en medio de la tormenta es el cambio en la valoración de un mismo hecho. Por ejemplo, el uso indiscriminado, ilegal y hasta mortal de los gases lacrimógenos para reprimir las protestas.

¿En qué momento tragar gases lacrimógenos dejó de ser una injusticia y se convirtió en un mérito?

La pregunta viene por las respuestas que algunos de los más aguerridos diputados de la oposición están dando a otros sectores de la oposición que los critican por el supuesto abandono del hemiciclo como escenario real de confrontación política contra el gobierno de Maduro.

Estos sectores, entre otras demandas, exigen que la Asamblea Nacional nombre un nuevo TSJ y una nueva directiva del CNE para abrir un boquete jurídico que conduzca a la liberación de Venezuela. La AN argumenta que esos nombramientos, tales y como los plantean estas voces, implicaría una violación de la constitución y apuesta, más bien, por aprobar vetos de censura contra funcionarios criminales como el general Reverol y continuar con las protestas en la calle.

Planteado así, este enfrentamiento entre «engominados» y «tatuados» reproduciría dentro de las fuerzas de la oposición el choque, más bien caricaturesco, de «técnicos» y «rudos» de la lucha libre mexicana, donde, más allá de los evidentes riesgos físicos, todo es una coreografía bien montada.

Que las protestas en calle y las decisiones en la Asamblea Nacional no se conviertan en coreografías, en espectáculos cuyos efectos sólo sean simbólicos o representativos (ya se trate de votos, de porcentajes de popularidad o de una mayor audiencia en redes sociales), es uno de los grandes retos que la oposición venezolana enfrenta. Rudos y técnicos, engominados y tatuados, por igual. Incluidas las barras que, genuinamente, apoyan a cada uno de los actores políticos en cuestión. O, para evitar las trampas de la semántica, de los factores políticos.

La diferencia entre uno y otro es sutil. Apenas una letra. Esa delgada línea que los separa, sin embargo, es fundamental. Pues la gomina no le da más brillo a las ideas y las cicatrices, como bien lo sabía George Bernard Shaw, no son tatuajes ni emblemas del amor propio.

Luis Vicente León y la espada del augurio

espada del augurio

Tengo la particular capacidad de equivocarme en todos mis análisis políticos. Ni qué decir de mis predicciones relacionadas con algún resultado electoral. En ese sentido, soy una brújula infalible: lo que yo diga que va a pasar señala, por oposición, la dirección real que van a tener los acontecimientos.

 Esto no tiene por qué ser motivo de vergüenza ni de reproche. Todos tenemos nuestras limitaciones. El problema estaría en si yo me ganara el sustento como analista político o si, a pesar de mis erráticas apreciaciones, yo insistiera en presentarme ante la sociedad como un ojo avizor. Por eso me sorprende ver a tanto «analista», cuyos promedios de bateo no son muy superiores al mío, lanzar flechas cual Guaicaipuro empericado tratando de acertar la elusiva diana del futuro político de Venezuela.

 El caso paradigmático de esta especie es Luis Vicente León. El presidente de Datanálisis, al igual que su colombroño del planeta Thundera, siempre parece poder ver «más allá de lo evidente». La «espada del augurio» de este profesor de la UCAB y del IESA son las estadísticas. La realidad, la historia y el lenguaje suelen ser en sus artículos e intervenciones meras excusas para la justificación de unos cuantos números. Unos números que sólo él parece manejar, o cuya importancia sólo su clarividencia logra detectar. Números que los necios venezolanos seguimos sin comprender, como si la salida al mayor desastre que ha conocido la historia republicana de Venezuela fuera un código que, como en las películas de acción, simplemente habría que marcar.

 Luis Vicente León tiene, sin embargo, momentos de ternura e introspección. Son raptos de humanidad en donde le escribe cartas abiertas a sus hijos, «los morochos», que serían como unos «Amadores» que lo convertirían automáticamente en nuestro Fernando Savater.

 Su capacidad de distensión, también lo ha demostrado, alcanza dimensiones teatrales. En sus tiempos libres ha llegado a incursionar en el rudo negocio del Stand up comedy, junto a Laureano Márquez, en una pieza de cuyo nombre prefiero no acordarme.

 Fuertes críticas se ha ganado por esta versatilidad, como si la atención al mundo de la farándula incidiera en la lucidez de sus juicios. Críticas que me parecen injustificadas pues creo que la dirección aquí (tengo cierta capacidad para el análisis del discurso y de los personajes) apunta en sentido contrario. El trabajo de analista político le ha quitado tiempo al de comediante, al de showman, que es su no tan secreta y verdadera vocación.

 Porque, al final de cuentas, los análisis de Luis Vicente León son eso: un espectáculo de entretenimiento dirigido a un sector de la población venezolana que en el fondo, por inercia o por legítimo temor, ya se ha acostumbrado a vivir en la barbarie chavista.

 Su más reciente artículo (es difícil seguirle la pista, pues publica varios por semana y en diferentes medios) tiene un título que refleja la base de autoayuda de su discurso: «Condiciones para el éxito».

¿Quién en su sano juicio, en medio de la lucha sin igual llevada adelante por una ciudadanía desarmada frente a una dictadura militar, con un terrible saldo de muertes, torturas, encarcelamientos y represión como el que se ha desatado en el último mes en Venezuela, puede referirse a esta crisis en términos de «éxito»?

 ¿No se da cuenta Luis Vicente León que el drama del país es que ya no hay posibilidad de una salida exitosa? ¿Que los más de cincuenta asesinados entre abril y mayo de 2017, así como los más de cuarenta que hubo en las protestas de 2014, no van a revivir? ¿Qué los años de mayor bonanza económica de la nación se despilfarraron en una orgía grotesca de corrupción? ¿Que una vez que salgamos de la pesadilla de la dictadura de Nicolás Maduro, vamos a tener que lidiar por generaciones con el verdadero legado de Chávez que es el narcotráfico?

 Y no se crea que se trata aquí de una simple lectura de un título. El mencionado artículo resume las líneas mayores del quietismo conformista de Luis Vicente León. La primera es la supuesta falta de apoyo popular de las protestas de la oposición. El presidente de Datanálisis no parece percibir mayores diferencias con las manifestaciones de otros años. La segunda, su reivindicación obstinada de una pasividad disfrazada de no violencia. Y la tercera, su instigación a una carrera presidencial por una fulana ausencia de verdaderos líderes que generen consenso dentro de la oposición. No hace falta insistir en el poder dispersivo, altamente oxigenante para el gobierno, que tendría semejante discusión en estos momentos.

 Llegados a este punto cabría preguntarse, ¿por qué Luis Vicente León y otros personajes de la misma camada hacen lo que hacen? ¿Por qué postergan en sus análisis lo que la realidad ya muestra como inevitable?

 La respuesta está, me parece, en aquel lamento de los romanos en el poema de Cavafys:

 «¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?»

 

Elogio del escrache

escrache

Como todo en la vida, uno puede estar o no de acuerdo con la práctica del escrache. En mi caso, por una aversión natural a los gritos y a los escándalos (sobre todo en la vía pública) no sería capaz de perpetrarlos. Sin embargo, disfruto contemplándolos. Cotufas en mano he visto una y otra vez los videos que estos días se han vuelto virales: el de las valientes mujeres que irrumpieron durante la conferencia de Tarek William Saab en El Líbano, el de la multitud en Madrid que se posó a las afueras de un centro «cultural» donde se llevaba a cabo una actividad en defensa de la dictadura chavista, o el de la hija de Jorge Rodríguez en Australia.

Héctor Torres resumió esta circunstancia de una manera inmejorable: «Hicieron que los venezolanos se desperdigaran por el mundo y ahora, donde vayan, encontrarán dedos que los acusen».

De eso se trata. O, al menos, así lo veo yo. El escrache es el brazo desperdigado de una justicia simbólica, que nos recuerda que la diáspora venezolana también tiene derecho a manifestarse.

De las reacciones en contra del escrache sólo lamento dos actitudes que me parecen dejan de lado aspectos importantes de esta crisis que estamos viviendo. El primero ya lo señalé: el desdén hacia esta forma de manifestación por ser supuestamente característica de una emigración que algunos chavistas y opositores tildan de «acomodada». Una caracterización desafortunada no sólo por la cepa de resentimiento que contiene sino por el desconocimiento absoluto de las condiciones de vida de miles de emigrados venezolanos que distan mucho de ser «cómodas».

El otro argumento, sin embargo, me parece el más cuestionable. Aquel que con un tic virtuoso rechaza el escrache pues eso nos hace ser como «ellos». Un «ellos» que, aunque apunta obviamente al chavismo, nunca está del todo definido.

Llama la atención que idéntico argumento se ha utilizado para criticar, con corte de venas incluido, el uso de las famosas «puputov». En este caso, son más que comprensibles las advertencias sobre los riesgos sanitarios que semejante «arma» implica. Sobre todo en un país como Venezuela donde la falta de medicamentos, de médicos y el desmoronamiento del sistema hospitalario pueden hacer que la infección más inocua termine en una muerte horrenda.

No obstante, son los argumentos de engolado corte moral (usar las puputov también nos haría iguales a ellos) los que revelan lo difícil que es lidiar con algunos aspectos de esta lucha. Por eso me impactó tanto lo sucedido el 19 de abril, cuando miles de venezolanos prefirieron escapar hundiéndose en la corriente podrida del río Guaire antes que caer en las manos de la Guardia Nacional. Ese acto fue nuestro bautizo en el hediondo Jordán de la venezolanidad.

No es de extrañar que después de ese bautismo hayan sucedido dos eventos que quedarán registrados en los anales de nuestra historia: el gesto de rebeldía (rayano en la locura) de la señora que en El Cafetal, durante la protesta denominada «El plantón», decidió defecar en plena calle y el recurso a esos envases de plástico o de vidrio llenos de mierda, las ya mencionadas bombas «puputov».

El rechazar de manera tan tajante la propia mierda y desmarcarse del chavismo con la designación apolínea de un «ellos» que sería muy distinto a un «nosotros» encierra el germen de los conflictos futuros. Es no terminar de aceptar que esa gran bosta histórica que fue el chavismo la pusimos los venezolanos y nadie más.

Los escraches y las puputov, como espontáneos mecanismos de defensa y ataque, son valiosos testimonios del sustrato visceral, humano, de esta batalla sin armas que los demócratas venezolanos están librando. Son los reflejos de una naturaleza que en momentos de peligro se integra con todas sus partes, haciendo uso de ellas para rescatar lo que para otros seres parece ser sólo un concepto, un ideal o un hashtag: la libertad.

 

 

 

 

 

 

Una inmensa cámara de gases

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Los apóstoles Nicolás Maduro y Diosdado Cabello han decidido seguir al pie de la letra la orden que su santo Padre, Hugo Chávez, emitió el 17 de enero de 2009 durante uno de sus populosos mítines: echarle gas del bueno y meter preso a todo aquel que cometa el «delito» de defender su derecho a la protesta.

Maduro y Cabello han hecho esto y aún más: han decidido gasear no sólo a los que se manifiestan en la vía pública, sino también a aquellos que no. Bombardear a la gente en las casas, los apartamentos y hasta dentro de los hospitales. Rociarlos con gas del bueno, del que ya está vencido, el más tóxico.

Así sucedió el 2 de mayo de 2017 en las residencias Victoria, de la parroquia caraqueña de El Paraíso. Después de reprimir a los manifestantes, la Guardia Nacional decidió bombardear con gases lacrimógenos los apartamentos. El saldo fue de un sótano, tres apartamentos y cinco carros incendiados, más las cuatrocientas familias que allí viven, intoxicadas y aterradas por el asedio. La GN también aprovechó de arremeter contra los bomberos mientras cumplían su labor de apagar el fuego. El ataque se prolongó, sin pausas, durante doce horas. Al día siguiente se contabilizaron más de 800 cartuchos de bombas lacrimógenas, lo que da una imagen aproximada de las dimensiones de este absurdo ataque.

cartuchos bombas

Cuando le pregunté a mis familiares que viven en las residencias Victoria del porqué del ensañamiento, me respondieron:

–Primo, todavía no entendemos por qué. Creo que la Guardia Nacional vio que incendiaron un carro y en medio de su sadismo siguieron haciéndolo.

Los videos de los vecinos confirman esta impresión. Dispersada la protesta en la autopista, la GN dispara una y otra vez hacia los apartamentos. Sin razón, porque sí, durante horas. No es osado ver en tamaña insistencia un deseo: el de convertir la ciudad, el país quizás, en una inmensa cámara de gases. Saben que no lo pueden hacer, ya no estamos en la época de Hitler, vaya, pero cómo quisieran.

La cobardía, sin embargo, tiene sus ventajas. La cobardía tiene en el gas su elemento: es inasible pero utilizado de manera inteligente puede llegar a matar. Permite asesinar estudiantes sin verse obligado a usar las muy escandalosas y anacrónicas balas. Y si algo aprendió Hugo Chávez es que las dictaduras, como todo en la vida, tienen que adaptarse a los nuevos tiempos.

La publicidad, por ejemplo. Una de las herramientas más poderosas del capitalismo, demostró que era igual de útil al momento de vender, como si se tratara de una marca de perfumes, una dictadura de nuevo cuño bajo el empaque de una democracia socialista y participativa.

En la era del delivery ya no es necesario construir los costosos campos de concentración, ni hacer el engorroso trámite de arrastrar masas a un estadio de fútbol y sacrificar ante el público a un insigne trovador. En el siglo XXI la represión llega hasta tu casa. Te entrega en tu propia sala de estar, o también en medio del pecho, la porción de gas que te corresponde por atreverte a reclamar tu libertad.

Es cierto que siempre habrá testigos. Videos turbulentos que mostrarán a los militares disparando las bombas lacrimógenas, bombas que le ocasionarán la muerte a muchachos como Juan Pablo Pernalete, de veinte años de edad, o como a la bebé de sólo dos meses, que murió de un paro respiratorio en el Hospital Enrique Tejera, de la ciudad de Valencia.

Habrá videos, testimonios de familiares y testigos que confirmarán la verdad, pero esta se disipará con los propios gases con el paso de los días. Como mucho, piensan los militares, el horror persistirá en el ambiente con la sutileza de ciertos olores que nunca se terminan de marchar. Sin embargo, esa hebra que irrita la mucosa persistirá en esta y las próximas generaciones de venezolanos, como un recordatorio de los oscuros días que corren. Seguiremos llorando aunque ya no haya bombas que nos obliguen a hacerlo. Será la sal de una nueva y preciosa memoria.