Nuestra discapacidad

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Hace poco vi el segmento del video de la presentación del comediante Nacho Redondo donde se burlaba de «las discapacidades» humanas. En especial, aquellas relativas a la atrofia de alguno de los sentidos. Como todo el mundo, experimenté rabia y, sobre todo, ese sentimiento para el que al parecer fueron creadas las redes sociales: indignación. Al principio, creí que mi indignación tenía que ver con el hecho de que el comediante hubiera tomado la discapacidad como objeto de su rutina humorística. Luego, al ver que la polémica adquiría el grosor de tormenta de todo lo que se vuelve tópico en Twitter, entendí que mi rechazo provenía no del tema en sí sino de la manera en que había sido tratado.

¿Era la primera vez que uno escuchaba a un comediante hacer chistes de este tipo? No. Entonces, ¿por qué el escándalo? La respuesta es simple: porque el comediante Nacho Redondo es malo. No moralmente sino estéticamente. Malo en el desempeño de su oficio: hacer reír. Para ejemplificar lo que digo, basta citar al Conde del Guácharo, comediante ampliamente reconocido, que hizo una de sus más graciosas rutinas a costa de los mudos venezolanos.

Sería tonto negar que me he reído hasta las lágrimas viendo de nuevo este video. Y, más aún, sería no sólo tonto sino incluso indecente, pues yo reclamo mi derecho de reírme a carcajadas ante una buena performance que me obliga a cometer un acto moralmente condenable: burlarme de las limitaciones de otro ser humano. El cruzar ese límite donde yo me vuelvo otro (en ocasiones como esta, un otro irreconocible, desagradable, para mí mismo) es la marca de todo hecho cultural que valga la pena de ser vivido. Sea un libro, un chiste o una película. Burlarse, gracias a una rutina humorística, de una minusvalía humana tiene la misma condición que regodearse en los asesinatos que comete un asesino en serie de una serie de televisión que nos gusta, pues un show de Stand-up Comedy tiene la misma condición ficcional, vale decir, performativa, que esta. Sin embargo, insisto, en el arte la clave está en transformar lo real en la ocasión de un despliegue virtuoso: sea de lenguaje literario, de capacidad imaginativa, de profundidad reflexiva, de humor, etc.

En una entrevista publicada poco después, Redondo contaba que su propio padre había sufrido una enfermedad que lo dejó paralítico y que el humor había sido «desde siempre» su forma de lidiar con aquella situación. Esta anécdota me confirma en la impresión de que el problema, en este caso, aunque aplica para otros parecidos, no radica en el objeto del chiste sino en la falta de habilidad que tuvo Redondo para elaborarlo. Discapacidad, esta última, que en mi opinión no es achacable sólo a él sino a prácticamente toda la generación de nuevos comediantes a la que pertenece. Por ejemplo, en mis búsquedas «youtuberas» tropecé con este segmento donde el comediante José Rafael Guzmán ejerce el mismo tipo de humor sobre el mismo tema. Y donde, incluso, se puede apreciar una apropiación, inconsciente quizás, de la conocida presentación del Conde del Guácharo que cité más arriba.

Yo, lo confieso, no me rio en lo más mínimo con este segmento. Y no porque me parezca inmoral. Simplemente, me parece malo. Como malos me parecen el profesor Briceño, Led Varela, Vanessa Senior y otros comediantes por el estilo. Por no hablar de la nueva plaga de figurines graciosos cuya principal plataforma son los videos en Instagram. Yo encuentro más humor en cualquier conversación o reunión cotidiana de venezolanos que en las horas acumuladas de todas las actuaciones de estos nuevos comediantes. ¿Cómo hay público para estas cosas?, me suelo preguntar en las altas horas de mi desvelo patrio. ¿Cómo no se dan cuenta de la mala calidad de los chistes, de la pobreza de recursos verbales y escénicos de estos comediantes, de lo vergonzosamente aburridos que son?

Una respuesta puede ser que el famoso humor venezolano, al igual que todas las materias primas del país, se haya deteriorado. Otra respuesta es que, también al igual que sucedió con el país, nuestro humor haya cambiado. El país es otro y su humor también. En este caso, probablemente el problema sea mío, que simplemente no me reconozco en él, ni en sus nuevos representantes, ni en su insoportable acento constipado, con el respectivo mandibuleo de esa sifrinería caraqueña que el chavismo, en lugar de debilitar, terminó repotenciando.

En todo caso, ya bastante represión hay en la sociedad para además querer controlar lo que la gente, en el uso de su sacrosanto derecho de consumir mierda y pagar por ello (parafraseando al propio Redondo), le provoque ver y aplaudir.

Si vamos a condenar a un comediante que sea por la calidad de su actuación y no por la designación de unos supuestos temas sagrados que sólo reconocemos como tales cuando la jauría de las redes nos lo recuerda (y me incluyo, pues también participé de la indignación colectiva). Pues, de lo contrario, no sólo contribuimos a alimentar al enano fascista que todos llevamos dentro (con el debido respeto a las personas de tamaño reducido), sino que terminamos por transformar a los mediocres en víctimas o, chiste cruel, a los tontos en subversivos.

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El triunfo del artista

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En 2017 se cumplen cien años de las dos revoluciones que liquidaron el régimen zarista e implantaron el comunismo en Rusia.

En 2017, el 7 de febrero, falleció Tzvetan Todorov, el gran escritor de origen búlgaro, cuyas obras han modelado en no poca medida nuestra percepción actual sobre la literatura, la historia y el arte.

Como una síntesis de ambos acontecimientos, apareció en las librerías francesas el último libro de Tzvetan Todorov, El triunfo del artista, un ensayo dedicado a desentrañar las complejas relaciones que los artistas rusos mantuvieron con el Estado soviético entre los años 1917–1941.

El libro está dividido en dos partes. La primera, De l’amour à la mort [Del amor a la muerte], contiene los planteamientos más interesantes de Todorov a propósito de la tirante dinámica entre las revoluciones políticas y las revoluciones artísticas. Dos procesos de cambios que, aún cuando coincidan en un mismo tiempo y espacio, como fue el caso de la revolución rusa y el surgimiento de las vanguardias, no implica que sus objetivos sean siempre los mismos.

La segunda parte del libro, Kasimir Malevitch, es un estudio de caso enfocado exclusivamente en la vida y la obra del pintor ruso, quien para Todorov encarna mejor que nadie las tensiones entre la libertad y la sumisión como fuerzas opuestas que, en contextos totalitarios, jalonan al artista (a veces hasta el desgarramiento).

Resumida así pareciera que esta obra, aprovechando la circunstancia de la efeméride, se limitara al recuento de un debate que ya ha sido frecuentado. Sin embargo, no es este el caso. Empezando por el supuesto desfase entre los objetivos de ambas revoluciones (la política y la artística), Todorov nos demuestra que tal desencuentro no se produce tanto en los objetivos finales como en los medios para alcanzarlos. Pues, «los artistas contribuyeron a la victoria de la revolución y a la formación del hombre nuevo», y «su concepción del arte está emparentada con la del nuevo régimen creado por la revolución» (21)[1].

Las vanguardias, con sus deseos de abolir el pasado y de destruir toda referencialidad en la obra de arte, encontraron en la revolución bolchevique un equivalente histórico, al constatar la aniquilación del antiguo régimen zarista. La realidad política era una confirmación de las intuiciones que un grupo de artistas ya había formulado antes sobre la necesidad de hacer tabla rasa y comenzar desde cero. El resultado de este largo experimento, «el primer Estado totalitario de la historia», es conocido: guerra civil, gulags, colectivizaciones, hambrunas, cárcel, tortura y exterminio. Millones de víctimas humanas entre las cuales figuran algunos de los artistas y escritores estudiados por Todorov en su libro. Como por ejemplo, Boris Pilniak, Ossip Mandelstam, Isaac Babel, Vsevolod Meyerhold y Marina Tsvetaïeva.

El trágico destino que marcó las relaciones entre los artistas y los revolucionarios se reduciría, sin embargo, según Todorov a un «malentendido, nacido de la confusión entre dos sentidos de una misma palabra, revolución» (179).

Esta explicación adquiere toda su profundidad cuando recordamos que en la tragedia griega el héroe se condena al malinterpretar el mensaje de los dioses. En el contexto del que estamos hablando, se trataría del mensaje del espíritu de la época, el Zeitgeist, cuyo élan incendiario los artistas habrían captado antes que nadie. Aunque al principio, es lo que parece decir Todorov, algunos captaron el mensaje completo y otros sólo una parte:

 «Es difícil encontrar una regla general que permita explicar por qué ciertos   artistas ven antes que nada los aspectos negativos del cambio radical al que asisten, mientras que otros son sensibles a sus elementos más prometedores. Lo que sí se puede señalar es que los primeros se atienen a una descripción literal de los acontecimientos, mientras que los segundos prefieren una interpretación simbólica» (44-45).

El máximo representante de los primeros sería Iván Bounin, quien emigraría en 1918, convirtiéndose en uno de los más tempranos críticos de la Revolución y luego en el primer escritor ruso en obtener el premio Nobel de literatura. El de los segundos sería el melancólico Alexander Blok.

Entusiasta revolucionario desde la primera hora, Blok fue uno de los pocos escritores que asistieron al primer encuentro con artistas y creadores organizado en diciembre de 1917 por Anatoli Lunacharski, para entonces comisario de la cultura y la educación. Los otros dos escritores que respondieron al llamado fueron Vsevolod Meyerhold y Vladimir Maiakovski. La convocatoria fue de ciento veinte personas.

La energía y la pasión de Blok se verán consumidas en muy pocos años por la opresión del nuevo orden. Su muerte en agosto de 1921 por problemas del corazón es vista por Todorov como un suicidio y también como un asesinato. La voluntad de morir del poeta, así como la prohibición de Lenin de dejarlo viajar a Finlandia donde podía recibir un adecuado tratamiento médico, pues en el extranjero podía escribir textos antisoviéticos, le otorgan pleno sentido a la anfibología que da título a esta primera parte del libro: «Del amor a la muerte». Entendido como un ciclo vital y también como un tratado de ciertas pasiones funestas.

 Aunque dedica meditadas páginas a los artistas que lograron emigrar, Todorov se enfoca en aquellos que, por diversas razones, fueron seducidos por el símbolo, el señuelo poético que los dejó atrapados en la más cruda realidad.

Entre el comienzo de la Revolución en 1917 y la entrada de Rusia en la segunda guerra mundial en 1941, la Unión soviética se convierte en una gigantesca camisa de fuerza que maniata a sus habitantes. Después del «shock revolucionario», la reacción inicial a la irrupción del nuevo estado de cosas, Todorov analiza las distintas estrategias de los artistas para encontrar su camino, o «choisir sa voie», en medio del agobio de las restricciones. Lo que resulta desolador de este recuento es que todas las alternativas pasan por alguna forma de sumisión ante el Estado y sus dos avatares: Lenin y Stalin. Y todas las vías desembocan en la muerte.

El destino de los únicos escritores que acudieron al primer llamado oficial de la revolución lo refleja: el suicidio lento de Blok, el suicidio súbito de Maiakovski, el fusilamiento de Meyerhold.

 Y el de los que no atendieron a la invitación de Lunacharski, también: el suicidio de Tsvatïeiva, la muerte de Mandelstam, los fusilamientos de Pilniak, Lejnev y Babel. Incluso, la forma en que se apagan las vidas de Gorki, Pasternak, Bulgakov, Eisentein, que lograron negociar algún resquicio de libertad, tienen el mismo aire de tristeza infinita por lo que pudo haber sido y no fue.

¿Cómo hablar, entonces, del «triunfo del artista»?

 La primera respuesta pasa por la propia condición de «artista», que Todorov sólo otorga, apoyándose en las evidencias que ha dejado la historia, a aquellos que de una u otra manera lograron pronunciarse en los entresijos de la utopía totalitaria, produciendo obras que por su propia existencia, además de sus logros formales, son testimonio de una pulsión de libertad pagada con sangre. «El régimen ganó numerosas batalles puntuales, pero perdió la guerra», sentencia Todorov.

No obstante, el triunfo del artista sería incompleto si sólo se midiera en los términos bélicos del enfrentamiento con el aparato del Estado. Si sólo aspirara a la mera sobrevivencia. Es en este punto que la segunda parte del libro, dedicada a Kasimir Malevitch, cobra un valor específico. Es la historia de un artista que logra conciliar sus líneas de tensión, que han sido también las del momento histórico que le tocó vivir, pero siguiendo los mandamientos de su propia alma.

 Malevitch sigue un camino que en sus trazos mayores se parece al de sus colegas más «afortunados». Recibe con entusiasmo la llegada de la Revolución, pues percibe en ella, quizás con más pasión que otros, una voluntad trascendente que la ha hecho posible. La misma voluntad que siente al concebir la pintura como un cataclismo que debe borrar todo vestigio de figuración. Este fervor por «los elementos» lo emparenta con el primer Blok, pero a diferencia del desdichado poeta, Malevitch persistirá en la definición de un nuevo arte acorde a los nuevos tiempos. Al respecto, dice Todorov:

«En sus imágenes, la concepción es decisiva, la ejecución secundaria (llevado al límite, esta pudiera incluso ser confiada a otra persona) y conduce lógicamente a la desaparición total de las imágenes. Encaminándose hacia la abstracción, Malevitch inventa al mismo tiempo eso que llamamos arte conceptual» (224).

 «Cuadrado negro», «Círculo negro», «Cruz negra» y el famoso «Cuadrado blanco», obras que llevan a Malevitch a precisar su poética suprematista, realizan en el campo artístico una transformación similar a la de los meses de febrero y octubre de 1917 en Rusia. Hechas las tres primeras obras en 1915 y la última en 1918, rodean el episodio de la revolución como una anticipación y un eco. Sin embargo, a diferencia de su doble histórico, Malevitch comprenderá que una revolución no puede persistir indefinidamente en el tiempo. De este modo, se pregunta Todorov, qué le queda al pintor una vez alcanzado este estado «supremo»:

«Después de haber producido más seiscientas imágenes suprematistas, en los años  1915-1918, Malevitch toma la decisión que se desprende lógicamente de su proceso habiendo alcanzado el vacío y el infinito, deja de pintar obras visuales originales y consagra los diez años siguientes a la escritura de textos teóricos. El concepto reemplaza a la imagen» (226-227).

 En este sentido, el silencio cromático de Malevitch es distinto al silencio de Babel, quien trató infructuosamente de conciliar su escritura con el dogma del realismo socialista. Babel decidió, a partir del año 1926, guardar un silencio que no dejó de resonar en los oídos de la Checa, hasta 1939 cuando fue finalmente arrestado y luego fusilado. A Malevitch, como a Gorki y a Pasternak, lo salvaron distintas circunstancias ligadas con su pasado y con el favor de valiosas amistades. Estas lo rescataron de la cárcel, donde estuvo encerrado entre los años 1930 y 1933, pero no de las secuelas: un cáncer que a partir de entonces lo fue consumiendo y, con idéntica fuerza invasiva, la incorporación de ciertas formas figurativas en la etapa final de su obra artística. Son estos cuadros los que van a conmover particularmente a Todorov, pues en esas figuras geométricas que semejan campesinos amarrados y sin rostro verá la denuncia sutil de los horrores vividos.

 La aceptación del «reino de la imagen» y de su conexión plástica con el mundo no es el resultado de una sumisión (por demás comprensible en otros casos) a «los ucases administrativos» del aparato estatal ruso, sino «una forma de resistencia a esa máquina de triturar los espíritus». Y esa resistencia, dice Todorov, «es única en la historia de la pintura soviética» (290).

 La admiración por el itinerario de Malevitch trasluce, como ya lo anticipa Todorov desde la introducción, una identificación o un reconocimiento con un destino que pudo ser el suyo, o que, en algún sentido, terminó siendo el suyo.

 Nacido y criado en Bulgaria, en el entorno tibio e invernal de una biblioteca colmada de libros de autores rusos, Todorov arribará a París en el año 1963, donde de inmediato se dedicará a traducir al francés algunos escritos fundamentales de los formalistas rusos. Esta famosa antología (publicada en español por el Fondo de Cultura Económica) inaugura una de las trayectorias más fecundas de la teoría y la crítica literaria contemporánea. Entre el año 1965, cuando se editan sus traducciones de los formalistas, y el año 1978, cuando publica Los géneros del discurso, Todorov consolida su lugar dentro del estructuralismo francés.

 A este periodo «suprematista» de Todorov, obcecado por la forma y la estructura, seguirá un proceso de apertura hacia la historia, la filosofía, la pintura, la antropología y la política. Sobreviviente de los excesos, tanto vitales como epistemológicos, de los sesenta y setenta, Todorov fue una de las pocas luminarias de esos años en acompañar con su presencia su obra. Una obra que no dejó de crecer y cambiar junto con la época, siempre en guardia ante los espejismos de las certezas de turno. El epílogo del libro, «Después de la revolución», donde hace una comparación entre los estados totalitarios y las sociedades regidas por las formas más despóticas del liberalismo económico, dan fe de esto. Puede que allí, en parte, radique su propio triunfo.

París, Marzo, 2017.

[1] Todas las citas provienen de la edición francesa (Flammarion, 2017). Las traducciones son propias. Existe, sin embargo, una edición en español de Galaxia Gutenberg.

La fiesta del Zorro

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Henry Ramos Allup es lo que se dice «un viejo zorro». Más de una vez he escuchado ese mote referido al eterno Secretario General de Acción Democrática. Y más de una vez lo he repetido yo mismo.

Cuando asumió la presidencia de la Asamblea Nacional en 2016, confieso que respiré con alivio. La idea de ver a Julio Borges, con sus maneras de monja, lidiar con la jauría que sería y fue esa Asamblea arrebatada al chavismo después de tanto tiempo, me provocaba una mezcla de ternura y espanto.

Al ver el modo canchero con que Ramos Allup condujo las primeras sesiones de aquel foro romano, combinando la sabiduría popular con uno que otro desconcertante latinajo, no sólo me sentí aliviado sino enardecido. Comencé a buscar las sesiones de la AN por internet y cotufas en mano las seguía. No por una pasión parlamentaria o constitucional que nunca he tenido, sino por el dulce placer de la venganza. Ver al hombre más poderoso del país, Diosdado Cabello, reducido a la condición de diputado al que Ramos Allup podía cederle o quitarle la palabra fue el plato frío más delicioso probado en diecisiete años de flagelo chavista.

Que su esposa Diana D’Agostino, cual Irene Sáez mejor llevadita, comenzara a pasearse por el palacio legislativo proponiendo modificaciones, como una señorona que anuncia las refacciones de su nueva casa, me parecía un atrevimiento menor ante la prioridad de la vendetta. Los reportajes tipo pareja presidenciable que empezaron a aparecer, con un Ramos Allup arremangado mientras cocinaba, mostrando unos antebrazos todavía fuertes para sus setenta y dos años, los asumí como la cuota de frivolidad que requieren las formas civilizadas de vida. Era un anuncio de esa cursilería gozosa que el venezolano asocia, lo quiera o no, con Acción Democrática. Ese lema de comercial de cubitos Maggi que te recuerda que «con AD se vivía mejor».

Una vez colmado este placer bajo, la realidad política volvió a imponerse. Y más allá de las bravuconadas que todavía soltaba desde la presidencia de la Asamblea, Ramos Allup empezó a mostrar signos de flaqueza, de turbiedad, que más de un analista de tuiter confundió con «alta política». Al verbo aguerrido lo sustituyó un lenguaje zen, donde los principios asumían la flexibilidad del bambú, pues a veces tocaba «doblarse para no partirse». Frase que quedará para historia de la infamia política de Venezuela y hará de Ramos Allup un mujiquita de Acción Democrática. El hijo taimado y resentido de Rómulo Betancourt.

Pero lo de Ramos Allup no fue debilidad. Fue la maniobra más calculada y eficaz hecha por un político de la oposición en los últimos años, sólo que no al servicio de la nación sino de sus propios intereses. El truco incluyó, además del ninguneo de los tres diputados de Amazonas, las siguientes acrobacias: el entorpecimiento de la vía del referendo revocatorio, la obstaculización del juicio político al presidente Maduro, la negociación bajo cuerda de esa bombona de oxígeno para el gobierno que se conoció como «el diálogo», las trabas para la designación a tiempo de nuevas autoridades del TSJ y el CNE y finalmente, el anuncio de la participación de AD en las regionales el mismo día que el presidente de la empresa Smarmatic confesaba que el sistema era falible y que se habían adulterado las cifras de votos obtenidas por el gobierno en la consulta para designar los representantes de la Asamblea Nacional Constituyente.

A lo que habría que agregar el dictado de los lineamientos principales de una campaña electoral que será recordada por su bajeza. Una campaña que fue dirigida no contra el gobierno sino contra los amplios sectores de la oposición que se negaron a participar en las regionales. Una campaña en la que Ramos Allup no tuvo reparos en usar, en varias ocasiones, los cuerpos de los estudiantes asesinados por la dictadura de Maduro como escudos de su cobarde cruzada personal.

Lo más impresionante, sin embargo, no fue esto. Si no que además lograra convencer no sólo a la dirigencia opositora de las bondades de su proyecto, sino a los millones de venezolanos opositores que, a pesar de los pesares, seguían creyendo en la MUD.

Y todo, ¿por qué?, se pregunta uno. La respuesta encierra la complejidad de las almas vulgares: por el poder.

Ramos Allup se ha propuesto ser el candidato «opositor» en las próximas, improbables, elecciones presidenciales. El viejo zorro es también un caballo viejo. No le importa estar negociando con los criminales más desalmados de nuestra historia republicana. No le importa que probablemente el gobierno lo use y lo desahucie como suele hacer con propios y extraños. Lo importante para Henry Ramos Allup es llegar lo más cerca que pueda del poder. El país y sus enfermos y sus muertos de hambre que comen de la basura, deben esperar. Esta es su fiesta, su última oportunidad. Y si no lo consigue, pues se podrá decir a sí mismo, en su dulce retiro de patriarca suspirante, que nadie le quita lo bailado.

 

Anne Wiazemsky: Una princesa rusa en París

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Hace un par de meses traté de contactar a Anne Wiazemsky a través de su encargado de prensa en Gallimard, pero nunca obtuve respuesta de la autora. No sabía que en ese momento se encontraba lidiando con un cáncer que se la llevaría de este mundo el 5 de octubre de 2017.

Acababa de leer Un saint homme, su más reciente libro, centrado en el período que pasó en Venezuela a finales de los años cincuenta cuando a su padre lo enviaron en misión diplomática a Caracas. Quería hacer un perfil de Wiazemsky a partir de esta involuntaria última entrega sobre una vida increíble, la suya, intensamente vivida y además narrada con sensibilidad y destreza.

Anne Wiazemsky, para los iniciados, es una referencia fundamental del cine francés. Desde su primera aparición en Au hazard Balthazar, de Robert Bresson, filmada en el verano de 1965 cuando apenas tenía 18 años, pasando por su etapa con Jean-Luc Godard, con quien estuvo casada entre 1967 y 1972 y de quien además protagonizó el clásico La Chinoise, que tanto influiría en el Mayo francés, hasta trabajos posteriores con directores como Pier Paolo Pasolini y Philippe Garrel.

Su carrera como actriz se extendió al teatro y a la televisión. También incursionó como directora. Sin embargo, hacia finales de los ochenta, por ese inflexible yugo de la juventud y la novedad, las propuestas cinematográficas comenzaron a escasear. Despedida involuntariamente de ese mundo de bambalinas que la había acogido desde temprano (sin que tampoco ella lo hubiese buscado), se vio obligada a plantearse la terrible pregunta que el camarada Lenin hizo famosa: ¿Qué hacer?

La respuesta fue Des filles bien élevées, un libro de cuentos publicado en 1988 con el que daría inicio a su carrera como escritora. El título contenía algunos de los temas de su literatura: la juventud, la feminidad y el cálido entorno familiar en el que transcurrió su infancia y adolescencia. Un encuadre tranquilo que sirvió de escenario perfecto para la irrupción de la pelirroja Wiazemsky, que le tocó ser joven y talentosa en una época convulsa.

En estos tiempos de la llamada «autoficción», donde es común ver a escritores explotando al infinito los traumas de la infancia o magnificar en miles de páginas el más insulso detalle de sus propias existencias, sorprende un caso como el de Anne Wiazemsky, quien tuvo una vida apasionante y que se dedicó a contarla sin efectismos ni patetismos ni regodeos.

Tuvo la suerte de nacer en un ambiente privilegiado que juntaba las dos aristocracias, la de la sangre y la de la cultura, así como también tuvo el olfato de zafarse del hogar para hacerse su camino. Por el lado paterno, Anne descendía de los Wiazemsky, una familia de la nobleza rusa que debió emigrar a Francia con la llegada de la Revolución bolchevique en 1917. Mientras que por el lado materno estaba emparentada con el escritor François Mauriac, su abuelo, premio Nobel de literatura e intelectual gaullista.

De sus orígenes dejó varios testimonios ficcionales y autobiográficos. De entre ellos destaca Mon enfant en Berlin (2009), donde narra la historia de sus padres en los meses finales de la Segunda Guerra mundial. Su padre fue el príncipe Yvan Wiazemsky, soldado al servicio de Francia y rescatado por el ejército ruso después de un cautiverio de cinco años en territorio alemán. Su madre, Claire Mauriac, fue durante la guerra una conductora de ambulancias de la Cruz Roja Francesa, que arriesgó la vida salvando tantas otras y transportando armamento de los aliados bajo camillas, mantas y esparadrapos quirúrgicos. De esta unión nacería Anne Wiazemsky, en Berlín, en el año 1947.

De los veinte libros que llegó a publicar sobresalen particularmente aquellos donde la literatura y el cine confluyeron como una misma pasión evocadora. Me refiero a Jeune fille (2007), Une anée studieuse (2012) y Un an après (2015), una especie de «trilogía involuntaria» en la que Wiazemsky construye una imprescindible intrahistoria de la gran pantalla que todo cinéfilo debería leer. En estas páginas, Robert Bresson y Jean-Luc Godard se muestran desde sus costados más íntimos, conmovedores y aberrantes.

Los actores de reparto de esta vasta película llamada Anne Wiazemsky no son menos fascinantes: Brigitte Bardot, Marcelo Mastronianni, Antoine Gallimard, Paul McCartney, John Lennon, Mick Jagger, Daniel Conh-Bendit, Bernardo Bertolucci, Pier Paolo Pasolini y un largo etcétera. Un casting de primer nivel que Wiazemsky expone no con la vulgaridad del recién venido sino con la naturalidad de alguien que ha crecido en medio de personajes y referentes claves de la cultura del siglo veinte.

Este es, quizás, el encanto de Wiazemsky en esta trilogía. Verla comportarse como la última princesa rusa en medio del incendio revolucionario de los 60. Ya sea aprovechando el Mayo francés para patinar por las calles vacías del Quartier Latin, o bronceándose al sol en las aguas mediterráneas mientras en el mismo momento Godard hacía lo posible por sabotear el Festival de Cannes, en apoyo al movimiento estudiantil y obrero.

Los dos primeros volúmenes de esta trilogía fueron traducidos al español y publicados por El Aleph y Anagrama, respectivamente, bajo los títulos La joven (2008) y Un año ajetreado (2013). El tercero, Un año después, libro apasionante sobre su relación con Godard en pleno Mayo francés, no ha sido traducido. Una insólita indiferencia editorial que ha alcanzado al resto de su obra, de la cual sólo se pueden conseguir en español, aparte de los títulos ya mencionados, Une poignée de gens (1998), que obtuvo el Gran Premio de novela de la Academia francesa y que fue traducido como Libro de los destinos, publicado por la editorial Miscelánea en 2009, y Aux quatre coins du monde (2001), traducido como Libro de las despedidas, también por Miscelánea en 2011.

Desde el cine, la apreciación de la obra narrativa de Wiazemsky no ha corrido con mejor suerte. Este año el director Michel Hazanavicus estrenó Le redoutable, una película sobre Godard en el contexto de su participación en los eventos de mayo del 68. El guión de Hazanavicus es una pobre adaptación de Un año ajetreado y Un año después, donde Wiazemsky queda reducida a una mera acompañante del insoportable genio de la Nouvelle Vague.

Afortunadamente, tenemos las películas y los libros de Anne. Estos suelen tener en la portada algún retrato suyo en distintos momentos de su vida, o fotos de su madre con un cachorro entre sus brazos, o estampas de viejos miembros del clan familiar a los que la autora no llegó a conocer.

Es muy que probable que haya sido la propia Anne Wiazemsky quien le sugiriera estas portadas a su amigo de la adolescencia, Antoine Gallimard, pues ella tenía una predilección por los álbumes familiares, ese santo oficio del amor y la memoria que es labor patrimonial de las mujeres. Pues las mujeres, dijo Anne Wiazemsky en una ocasión y vale la pena repetirlo ahora como epitafio, «tienen la voluntad de dejar trazos de la vida cotidiana. A los hombres, la Gran Historia. A las mujeres, la pequeña. Pues ellas conocen su grandeza y su dignidad».

 

 

 

 

 

 

 

 

En la hora sin sombra

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Como afónicos cuerpos celestes, giran y giran en torno a un presentimiento, porque en la geografía de sus pasos todo es presentimiento, y hasta se podría decir que ellos no saben encontrar nada, y si lo supiesen morirían.

                                                                                                                         Luis Enrique Belmonte

 

Abrí los ojos, de golpe, con la memoria todavía rezagada en algún remolino de sueños. Es terrible despertar así, con la mente en blanco y los segundos estirándose mientras uno intenta llenarlos con cualquier pedazo de recuerdo. Más que despertar tengo la humillante sensación de estar, a esas alturas de la vida, naciendo.

Verlo en aquella situación no me ayudó mucho. Estaba recostado en una de las ramas del árbol y con una esquina plastificada de su cédula se sacaba la tierra que se le había acumulado debajo de las uñas. Lucía tranquilo, concentrado en su tarea, como si el resto del mundo hubiera desaparecido. Cada cierto tiempo, con la paciencia o la indiferencia de un viejo pescador, lanzaba un delgado hilo de voz que buscaba, sin mayores esperanzas, atrapar una ayuda en la lejanía.

–¡Auxilio! ¡Auxilio! –decía.

No llegaba a ser un hilo de voz. Era una hebra chillona que en cualquier otra circunstancia me hubiera provocado risa. Permanecí callado y a pesar del calor sentí que un escalofrío me atravesaba el cuerpo.

–¡Auxilio! ¡Auxilio! –repetía, con el mismo tono infantil, y seguía con su maniobra esmerada y parsimoniosa, sacándose de debajo de las uñas toda la tierra acumulada en los últimos tres días.

Tres días, me dije, y entonces sentí incrustada en mis propias uñas la dureza del tiempo transcurrido. No puedo precisar el instante en que yo, cédula en mano, me puse a sacar la tierra de mis uñas para aliviar el dolor. Al rato, con una sincronía asombrosa, también lo acompañaba a lanzar el ridículo anzuelo que jugaba a poner fin a la desdicha. Éramos dos pescadores silenciosos que atravesaban juntos el mediodía, implicados en un ritual absurdo y necesario.

Cuando ya terminábamos nuestra rudimentaria limpieza pareció darse cuenta de que yo había despertado.

–No creas que me estoy burlando –dijo–. Hay que ahorrar fuerzas.

Entonces comprendí el porqué de nuestros chillidos. Después de tres días de extravío y llanto estábamos afónicos. No debíamos forzar la voz.

–Pero con estos gritos de rata tampoco hacemos mucho –le contesté. Un ardor viejo me quemaba la garganta.

–Es cierto. Pero fue lo único que se me ocurrió.

Yo había perdido la cuenta de los días. Entre el frío y el calor, el hambre, la sed y el cansancio se me hacía verdaderamente difícil distinguir el sueño de la vigilia. Todo era un presente angustioso cuyo telón de fondo a veces era de una luminosidad seca y otras de una oscuridad opresiva. El paso del día a la noche y de la noche al día me proporcionaba la breve gratificación del cambio, de la pausa, de un nuevo ritmo para una circular agonía. A las pocas horas, el cambio se petrificaba y yo salía de nuevo a los mismos caminos, huyendo de esa insoportable persistencia, tratando de descifrar la montaña.

De la suma del tiempo se había encargado él. Me lo confesó en las alturas del árbol donde descansábamos y donde gracias a un insólito equilibro yo había logrado dormir sin caerme. Asumió aquella tarea con una actitud voluntariosa y culpable. Se sentía responsable de que nos hubiésemos perdido. También tenía la extraña creencia de que mientras lleváramos la cuenta de los días podríamos tener la oportunidad de sobrevivir. La noción del tiempo nos salvaba de la locura, según él, nos sujetaba a esa cuerda sin la cual no valía la pena salir del laberinto.

–Es lo menos que puedo hacer –dijo, con los ojos afiebrados, en tono de disculpa.

Yo me disponía a tranquilizarlo, a decirle que era absurdo que asumiera culpa alguna, que no hay que sentir vergüenza, que incluso los excursionistas experimentados como él corrían el riesgo de extraviarse en el Ávila, que en todo caso uno sólo debe sentir una pena inmensa ante la posibilidad de no volver. Me ahorré mis palabras al ver que seguía disculpándose, olvidado de mí, dirigiendo su arrepentimiento a esa voz que llevaba horas hablándole desde alguna coordenada perdida de la ciudad.

La voz, que sólo él podía escuchar, era la de Julia.

–¿No la oyes? –me decía.

Yo sólo escuchaba el sonido del viento cuando atravesaba por ráfagas las estribaciones de la montaña.

–No. La verdad es que no. Sólo escucho el viento que atraviesa la montaña.

–Entonces sí la estás escuchando –dijo–. Sólo tienes que anudar el sonido del viento con lo que en el momento estés pensando.

Me quedé con la mirada fija en ninguna parte, sintiendo en el rostro la fresca traducción de mis propios pensamientos y comencé a preocuparme. Una de las etapas más críticas e inevitables de quedar atrapado en un agujero de la naturaleza es cuando la persona comienza a mimetizarse con el entorno. Cuando fragua, apoyado en el delirio, una fuga imaginaria: la de no ser un elemento externo a ese limbo al que por distracción ha sido confinado mientras fuerzas misteriosas deciden sobre su destino. La libertad ficticia de verse como una parte del todo, una parte insignificante e indispensable, como una piedra o una hoja de árbol, que contiene en su mínima presencia la promesa de la vigorosa totalidad de la naturaleza.

Una coincidencia geográfica empeoraba las cosas. El jueves, la mañana del extravío, José Manuel se había propuesto alcanzar el Pico Goering. Poco después del mediodía, cuando aún no eran las dos de la tarde, lo había logrado disminuyendo en casi media hora su tiempo normal de subida. El trayecto lo había iniciado, como siempre, remontando el cerro La Julia. El descenso, en cambio, contraviniendo su costumbre y quizás distraído por la soberbia adrenalina que expedía su cuerpo, lo había hecho por los lados de la Quebrada de Galindo. En ese desvío imperdonable estaba la razón de nuestra desgracia. Nos habíamos perdido, según él, por alejarnos de ella, de La Julia, de ese regazo vegetal que era el equivalente de su amor.

Insistió en ello durante un tiempo que se me hizo indeterminable. Alternaba aquella certeza con fervorosas disculpas dirigidas indistintamente a Julia y a la montaña. Yo aproveché las ocasiones en que me hablaba para tratar de traerlo de vuelta. Pero no hubo forma de convencerlo, de hacerle ver que la cosa no pasaba de una hermosa, lamentable y poética coincidencia. Le dije con desesperación, como si me lo dijera a mí mismo, que debíamos estar atentos y no caer en engaños. Ya era tarde. En su cabeza alucinada, Julia y la montaña eran una misma persona, un mismo lugar que aguardaba por nuestra llegada. Acercarse o alejarse de ella significaba acortar o volver a perder el camino de la esperanza.

Al final del día, cuando el sol bajaba de intensidad, seguíamos apostados en la altura regular de las ramas de aquel árbol. Parecíamos centinelas diurnos que esperan por la llegada de sus propias sombras para que tomen el relevo y puedan finalmente descansar. Con la caída de la tarde me embargó un sentimiento de abandono, tristeza y soledad. Comenzaron a llegar las ráfagas de viento que anunciaban la noche y no pude evitar voltear y encontrarme con su mirada. Tenía un brillo de complicidad que reconocí al instante y me dispuse, con la voluntad doblegada por el sueño, a escuchar la voz de Julia.

Escuché sus palabras y entonces recordé, adormecido por el frío, que yo también la amaba.

Nos despertó el ladrido de un perro. Cuando abrí los ojos ya él estaba despabilado y escudriñaba con atención el manto cercano y a la vez distante de la noche cerrada. Volvimos a oír los ladridos y, como si hiciera falta decir algo para confirmar lo que habíamos escuchado, dije:

–Un perro.

Era una afirmación tonta pero irrebatible. Sin embargo, con la vista clavada en algún rincón lejano, él respondió:

–No.

–¿Cómo que no? Escucha. Es un perro. ¿No lo oyes?

–Sí lo oigo. Pero no es un perro. Es una perra.

–¿Una perra?

–Una perra amarilla. Veo el color en su ladrido.

Una capa de silencio cayó sobre nosotros. Al cabo de unos minutos se oyeron de nuevo, a la distancia, unos ladridos.

–La perra amarilla ha vuelto y con ella un perro grisáceo manchado de blanco, parecido a una hiena, que sonríe mientras la luna levanta por donde se ha ocultado el sol –dijo, recitando, como si leyera en aquellos sonidos las imágenes que no alcanzaban a ver nuestros ojos.

Yo miré hacia lo que suponía era el poniente, luego contemplé con secreto terror las estrellas y, al ver que había un cielo sin luna, me pareció comprender todo. Entonces le dije que él no podía estar viendo esos perros, que era imposible que imaginara siquiera el aspecto de aquellas criaturas de la noche.

–Es imposible –le dije–. Todavía no nos hemos salvado de esta. Todavía no sabemos si llegaremos a leer ese libro.

–Es verdad –me dijo–. Pero también es imposible que tú sepas eso.

Entonces me di cuenta de que en realidad yo no había comprendido nada. Decidí, como si esa indiferencia me valiera la vida, olvidarme de él, de los perros y de la noche; me escapé de aquella escena por la puerta de fuga de un sueño.

Después sólo supe que estábamos huyendo. Atravesábamos la espesura de otro mediodía hirviente y tratábamos inútilmente de remontar una cuesta que sólo nos conduciría a otras más escarpadas. Vi el temor en sus ojos, la voluntad sin fuerza con que clavaba sus manos en la tierra y fue como sentir que el tiempo que se nos había concedido para salir de la montaña se había agotado. Después pensé que seguía obsesionado con la pareja de perros y que sólo trataba de escapar de los colores imposibles de sus ladridos.

–Olvídate de los perros –me dijo, sin detener la marcha.

Sonaba un poco molesto, como si buscarle una explicación a nuestra huida fuera un absurdo e irresponsable derroche de tiempo y esfuerzo. Sentí la puntada hiriente en la boca del estómago, la pequeña brasa que anidaba en mi seca garganta, una jaqueca que parecía haberme acompañado desde siempre y le di la razón. En ese instante el dolor era tan fuerte que se transformaba en algo ajeno al propio cuerpo. El dolor era otro cuerpo. Un cuerpo que arrastrábamos y que había que abandonar lo antes posible, dejándolo tirado a la primera oportunidad que se presentara, sin mirar atrás, sin remordimientos.

Llegamos a la sombra de un árbol y nos tuvimos que sostener el uno del otro para no desmayar. Cuando recobró el aliento me dijo todo lo que yo, por estar dormido o despierto o perdido entre ambos impulsos, no pude escuchar. Julia le había leído, acostada a su lado en la cama de la clínica, la noticia del periódico:

Rescatado excursionista desaparecido en el Ávila: Luego de 96 horas de búsqueda fue rescatado este domingo José Manuel Pierini, de 24 años de edad, con síntomas de hipotermia y deshidratación y con algunos traumatismos leves en diferentes partes del cuerpo. El joven permanecía desaparecido en el Parque Nacional El Ávila desde el jueves de la semana pasada.

Germán Gutiérrez, coordinador de Operaciones del Instituto Nacional de Parques, informó que el muchacho fue hallado por 3 rescatistas de esa institución poco después de las 6:00 pm del domingo, luego de más de 96 horas de búsqueda, en la naciente de la quebrada de Galindo, entre el pico Goering y el sector conocido como El Rancho de Miguel Delgado, a 2.350 metros sobre el nivel del mar.

Luego de transmitirme la noticia, dio unos pasos fuera de la copa del árbol y estudió el cielo, protegiéndose del sol con la mano. Después observó el suelo, allí, justo donde nuestras figuras se hermanaban con idéntico fulgor en la hora sin sombra.

–Tenemos que apurarnos –dijo.

Yo permanecía anclado en mi cansancio, viendo todo como desde muy lejos, sin comprender nada de lo que él decía ni de lo que estaba sucediendo.

–¿Todavía no entiendes? –me preguntó con una irritación paternal–. ¿No entiendes que todavía tenemos que llegar?

Arribamos a tiempo al lugar señalado. Dimos con él por el puro azar del cansancio. Allí, donde la marea final de nuestras fuerzas nos habían arrojado, nos encontraron los tres rescatistas anunciados. Recuerdo el sonido y la ventisca del helicóptero que descendía, mi cuerpo inmovilizado en una camilla y cubierto de frazadas, el interior borroso del helicóptero coronado por una aureola de rostros desconocidos que me miraban, mis gritos de angustia al ver que sólo a mí me habían rescatado.

Lo primero que encontré al abrir los ojos, antes incluso que la típica imagen de las luces de neón de las clínicas que enmarcan el despertar de los resucitados, fue la sensación de que Julia estaba a mi lado.

–Julia a mi lado, llorando –me dije, al ver que su rostro se contraía de dolor con sólo comprobar mi lamentable condición.

Se enjugaba las lágrimas con el dorso de las manos, trataba de serenarse, levantaba de nuevo la vista y al encontrarme así, tan cerca y a la vez tan lejos, tan íntimo y desconocido en ese mismo aire demacrado, la embargaba de nuevo el llanto.

Han pasado los meses y esta situación, en el fondo, no ha cambiado. Las lágrimas y el dolor han mutado en un gesto, una especie de tic irreprimible, de miedo y de duda, que titila en sus rasgos de vez en cuando. A veces al regreso de uno de mis silencios prolongados, o cuando despierto de un sueño con sobresaltos, o al día siguiente de una buena fiesta, cuando trato de reconstruir algunos episodios de la noche anterior. Cosas que dije o hice y que apenas puedo recordar.

Casi siempre la arropa ese escalofrío cuando le sonrío y me le quedo viendo un largo rato. Lo hago sin darme cuenta. Julia cree que lo hago a propósito y en ocasiones se molesta. Dice que le da miedo. Que se me forma una línea extraña alrededor de la boca, como si yo me burlara de mi propia sonrisa. Mi sonrisa de antes que, a pesar de todo, aún parpadea como una hermosa moneda entre las aguas sospechosas de un estanque, como el reflejo de épocas más felices que brilla en el fondo de esta mueca del presente que no se me deshace.

La mueca es la marca de mi miedo. El maquillaje nervioso con que mi rostro trata de ocultar el fraude. Esta sensación de haberme quedado en la montaña y de estar, ahora, en un cuerpo que no me pertenece. Lo sentí desde el primer día de mi regreso, cuando Julia me leyó, el lunes en la tarde, la noticia del periódico que reseñaba el suceso. Volver a escuchar esas palabras me produjo un vértigo imborrable.

He hablado del asunto con unas cuantas personas. Mis padres, Julia y un par de amigos del grupo de rescate. Todos me dan la misma respuesta incompleta. Una respuesta hecha de especulaciones obvias sobre las condiciones extremas que padecí en aquellos días, remendada a veces por una final confesión de ignorancia y otras por un escondido sentimiento de lástima. He optado por buscar, en lugar de las verdades truncadas de la realidad, las mentiras absolutas de la literatura.

En esta búsqueda di con un libro de cuentos policiales que tienen como escenario principal las profundidades del Ávila y como protagonistas a seres desdichados que han sido devorados por las entrañas del ya mitológico cerro que domina a Caracas. Los cuentos al principio son policiales y terminan involucionando en el género gótico. El umbral que propicia ese cambio es el Ávila.

De esa lectura y de mi propia historia he sacado pocas cosas en claro. Veo el Ávila y lo siento, ante todo, como una dimensión del tiempo. La puerta natural y desapercibida que tienen los habitantes de esta ciudad para viajar al pasado y a la vez seguir existiendo. El que entra en sus predios siente, de alguna manera, que todo lo que lo constituye se desdobla. Siente, al llegar a una cima, la secreta emoción de imaginar que su vida sigue transcurriendo allá abajo en la ciudad, siente la extraña alegría de poder contemplarse a sí mismo a distancia, amparado en la sabia indulgencia de la montaña imperecedera. El que sube al Ávila se contempla a sí mismo desde una breve, antigua y primitiva eternidad.

El que se extravía no tiene esta oportunidad. Con el transcurso agobiante de las horas ve cómo sus propios gestos reverberan y se multiplican, con una fidelidad tal que le hace pensar que ni su propia sombra lo espera, que es completamente inútil tratar de volver. A veces paso noches en vela pensando en si ha valido la pena que yo, este sudor de angustias, este vapor de miedo, haya regresado para ocupar su lugar. Atravieso la madrugada, despierto, imaginando que Julia se hace, una y otra vez, con inconfesable vergüenza, la misma pregunta.

Cuando decidí, hace un par de meses, unirme al equipo de rescatistas, todos en mi familia pensaron que era una locura. Los compañeros de trabajo, entre ellos los mismos que me rescataron, lo ven como un llamado irrenunciable con visos de «destino». Para mí se trata de algo que es al mismo tiempo mucho más simple y mucho más complejo. Creo que Julia también lo entiende así. Lo veo en la escondida esperanza que flamea en sus ojos cada vez que me interno en lo insondable del Ávila. Ese deseo suyo, que es también el mío, de encontrarme nuevamente y así poder, de una vez y para siempre, regresar.

Cuento perteneciente al libro Los invencibles (2007). 

 

La 92.9 FM, siempre, 100 % libre

92.9

Hace unos días, cuando ocurrió el eclipse de sol, me vino a la mente el recuerdo del anterior eclipse total de sol, ocurrido en febrero de 1998. Según los reportes que manejaba la prensa de entonces, la «totalidad» del eclipse sería en realidad de un 92 por ciento. Con el ingenio que la caracterizaba, la emisora 92.9, «tu FM», organizó un evento en la plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes para observar el fenómeno. El lema era sencillamente genial: «un evento noventa y dos por ciento libre de sol».

Ese día, las nubes y un principio de lluvia literalmente aguaron la fiesta. La emisora tuvo que cubrir y guardar los equipos. No se pudo observar gran cosa. Los pedacitos de radiografías recortados para proteger la vista, quedaron inservibles (si es que alguna vez tuvieron esa utilidad). Algunos afortunados se hicieron con unos lentes especiales que la emisora repartió y que aún persisten en algunas cajas de mudanzas que jamás se abrieron, o en los fondos de un closet que lleva demasiado tiempo sin ordenarse, como una memorabilia dolorosamente elocuente: un recuerdo de un país que no pudo ver su propio eclipse.

La mañana del 26 de agosto de 2017 me desperté con la noticia de que la dictadura de Nicolás Maduro había cerrado la emisora Mágica 99.1 FM y la mítica 92.9 FM.

La noticia en sí no es una sorpresa, pues a finales de mayo de este mismo año, Conatel, el organismo creado por el gobierno para la censura, cerró siete estaciones en el estado Barinas. Y unas semanas antes, en abril, ya había cerrado seis más en la ciudad de Punto Fijo. Lo es menos, si además se recuerda que la arremetida contra la libertad de expresión fue una de las directrices originales del proyecto político de Hugo Chávez, quien ya en agosto de 2009 cerró en un solo día treinta y cuatro estaciones de radio.

No es una sorpresa, pero igual duele. El chavismo no sólo ha acabado con el país sino que amenaza también arrasar con nuestros recuerdos. De ahí su talante fascista. En sus tesis sobre la historia, Walter Benjamin lo expresó muy bien. Si «ellos» vencen, ni siquiera nuestros muertos estarán a salvo. Y en nuestro caso, como bien lo decía san Joseph Roth desde el propio año de 1933, «ellos no han dejado de vencer».

Ahora que ya han clausurado la 92.9, cobra sentido esa palabra que aparecía como una marca registrada en todas las promociones y eslóganes de sus programas: «libre». La primera declaración de esta libertad fue bastante problemática. A contracorriente de cualquier sentimiento patriotero y nacionalista, a la 92.9 se le ocurrió presentarse en unas navidades, ya no recuerdo de cuál año, como «la única emisora 100 % libre de gaitas». Lo que en su momento le ocasionó no pocos problemas. Luego, ante el progresivo cerco de la nueva moral chavista, el eslogan quedó reducido a lo que precisamente hoy, cuando ha sido sacada del aire, sigue siendo su esencia: «100 % libre».

El recuerdo del eclipse de sol del 98, la plaza Sadel y la 92.9, lo compartimos varios amigos del colegio a través de un grupo que tenemos en whatsapp. La mayoría están regados por el mundo. Unos pocos todavía viven en Caracas. Las anécdotas y conversaciones que compartimos en ese grupo remiten casi siempre a nuestra vida de niños y adolescentes que terminó en julio de 1998, cuando nos graduamos de bachilleres. Ese grupo es, de alguna manera, una forma de eclipsar con la memoria los años de horror que han desgarrado y separado a todo un país.

Por eso, y para no permitir que se cumpla la profecía de Benjamin y estos malandros desalmados que nos agobian no arrasen también con nuestros muertos y con nuestro pasado, consigno al azar algunos recuerdos ligados a la emisora 92. 9 FM.

  • Recuerdo las veces en casa de mi amigo Ivens Zambrano cuando escuchábamos el programa Rockadencia, de Guillermo «Jones» Zambrano y Fernando Ces. Llamábamos para pedir que pusieran Enter sandman, de Metallica.
  • Recuerdo la vez que en un restaurante de Las Mercedes, junto a mi papá, vi a Carmen Cecilia Limardo, alias «CC», la conductora de El zoológico, el programa de la mañana que ella tenía junto a Nelson Matamoros. La saludé y me respondió con mucha amabilidad y yo no cabía de contento.
  • Recuerdo unos jingles navideños que la 92.9 FM anunció con bombos y platillos con una gran campaña de prensa. Los jingles, decían, habían sido grabados en un importantísimo estudio de Los Ángeles, involucrando a los mejores productores y artistas. Cuando finalmente fueron lanzados, todo se reducía a unas canciones navideñas cantadas al desgaire, con un cuatro y unos coritos como de fiesta al amanecer que decían «tuki tuki tuki tuki…tuki tuki tukitá…adelante mi burrito que ya vamos a empezar». El Nacional, que había prestado sus páginas para la promoción de los famosos jingles, publicó un reportaje donde se mostraban enfurecidos por la tomadura de pelo.
  • Recuerdo haber escuchado por completo una emisión especial de La música que sacudió y sacude al mundo, de Alfredo Escalante, dedicado a Queen, que empezó a la una de la mañana y terminó a las seis. Durante el programa, Escalante recibió al aire una llamada de su hijo, que vivía en Italia y que era evangélico. Escalante y su hijo, al parecer, tenían muchos años sin verse ni hablarse.
  • Recuerdo una calcomanía de la 92.9 FM que tenía pegada en la puerta de mi closet. Una vez reproduje a lápiz el logotipo. Los números gruesos y verdes. El gordo punto fucsia separando los números.
  • Recuerdo cuando, de camino al colegio,  mi mamá, mi hermana y yo escuchábamos El Monstruo de la mañana, con Luis Chataing.
  • Recuerdo cuando, de ida o de regreso del colegio, que quedaba en Colinas de Bello Monte, a veces tocaba hacer un desvío por Las Mercedes y pasar al lado de esa esquina agitada que formaba la emisora junto a la tienda de discos Recordland. Si había suerte, uno veía entrar y salir a los locutores, que para los adolescentes de esa época eran las encarnaciones de lo más «cool» que existía, así como a «estrellas» invitadas.
  • Recuerdo haber ido a la 92.9 FM a reclamar más de una vez los premios que me ganaba en algunos concursos. Un disco o un afiche de una banda de rock, que me fascinaba y que ya no recuerdo cuál era.
  • Recuerdo el número de teléfono, de seis dígitos, de la emisora: 91.99.29 y que los locutores anunciaban 9-1-9-92.9.
  • Recuerdo un joropo llamado El jalabolas, de Rafael Garrido, que la 92.9 FM pasaba una y otra vez para cumplir con la imposición del primer gobierno de Chávez de poner música llanera en todas las emisoras de radio del país. Esa canción terminaría siendo profética, pues leo que la 92.9 FM ha sido sustituida inmediatamente por una emisora llamada Radio Corazón llanero.
  • Recuerdo cuando muchos años después de estos otros recuerdos, pude al fin entrar a las cabinas de transmisión. A través del vidrio podía verse el interior de Recordland, vacío como un parque de diversiones abandonado. Yo había crecido. Me había convertido en escritor y, peor aún, en adulto. La entrevista me la hizo Joaquín Ortega, último mohicano de la 92.9 Tu FM.

 

La peste, el absurdo

El-ángel-exterminador

En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, de 1549, Étienne de la Boétie planteaba de manera inmejorable el dilema de la libertad:

«Si para obtener la libertad solo hace falta desearla… Este deseo, esta voluntad innata, común a los cuerdos y a los locos, a los valientes y a los cobardes, les hace anhelar todo tipo de cosas cuya posesión los dejaría felices y contentos. Sólo hay una sola cosa que los hombres, no sé por qué, no tienen la fuerza de desear: la libertad».

Cuando observo en su conjunto la trayectoria de la MUD, no puedo evitar recordar estas palabras de Étienne de la Boétie. Son las únicas que para mí explican el hecho de que la dirigencia opositora en Venezuela corone cada una de sus grandes arremetidas contra la dictadura de Nicolás Maduro con una capitulación inesperada, con un acto de servidumbre voluntaria que da al traste con lo obtenido durante sus esporádicos arrebatos de vigor.

 Pues, en una aplicación exacta del diagnóstico del pensador francés, la cúpula de la MUD parece que ahora se ha contentado con poseer unos cuantos curules, alcaldías y gobernaciones que la han dejado feliz y contenta. Sin embargo, no ha tenido la capacidad de desear con el mismo ímpetu la libertad.

El desfallecimiento de lo que De la Boétie llama «la voluntad innata» o «la fuerza de desear» coloca al ser humano, y a veces a sociedades enteras, en un conflicto que visto desde afuera puede parecer absurdo. La puerta de la jaula está abierta pero el prisionero no se atreve a salir.

Diversas novelas, cuentos y piezas de teatro han tratado el problema de la anulación de la voluntad en el ser humano. Esperando a Godot, de Beckett, La lección, de Ionesco, Ante la ley, de Kafka, o Bartleby, el escribiente, de Melville, son apenas una muestra de algunas obras mayores que han trabajado esta temática que, por la regularidad de sus formas y recursos expresivos, puede constituir un género en sí mismo: la llamada literatura del absurdo.

Los rasgos característicos de esta literatura son tres. Al menos, son los que yo he podido detectar:

  • Son historias que suceden en espacios cerrados y opresivos, con uno o dos personajes protagónicos.
  • Lo que moviliza la trama es precisamente la incapacidad de los personajes de salir de donde se encuentran atrapados. Las acciones son, entonces, estacionarias. Cíclicas y agotadoras en su infinita repetición.
  • No hay ningún obstáculo visible, o material, que impida la salida del espacio cerrado y opresivo. Por lo que esta literatura tiende a lo alegórico, pues el lector capta rápidamente que la resolución del argumento pasa por una acción o decisión de orden mental o moral.

Habría un cuarto rasgo que sólo se activa cuando la historia absurda no tiene uno o dos personajes protagónicos, sino que plantea la parálisis de una comunidad entera. Sólo que el eclipse de la voluntad colectiva termina arrastrando a estas obras fuera del límite propio de lo absurdo y la lleva a los terrenos de otro subgénero temático con gran tradición: la literatura sobre la peste. Es el caso de la famosa peste de insomnio en Cien años de soledad, o de la perturbación del sentido de la vista en Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago.

En las obras de este tipo, el espacio cerrado ya no es una habitación o una celda sino una casa, una ciudad o un pueblo enteros. Si bien el origen de la peste es anímico, esto no lo saben los personajes ni tampoco sus vecinos. De modo que el encierro deja de ser psicológico y deviene real a través de un anuncio oficial que decreta el aislamiento y la cuarentena de la comunidad.

En esta categoría fronteriza entre la peste y el absurdo se encuentra Venezuela. La cerrazón y el aislamiento del país han sido impuestos, desde hace años, por la dictadura. De eso no queda ninguna duda. También es cierto que la resistencia de los venezolanos y las fuerzas democráticas que hasta ahora los habían representado en bloque, ha sido constante y digna de los mejores elogios que pueda obtener la vocación civil de un país. E, incluso, ha habido momentos decisivos en que se hubiera podido inclinar la balanza a favor de la libertad definitiva, pero es precisamente en esos momentos donde la dirigencia opositora ha fallado.

La nueva genuflexión de la MUD, afanándose para inscribir sus candidaturas a las elecciones regionales justo cuando la comunidad internacional ha declarado no reconocer ningún acto emanado de la ANC, más que a las obras literarias ya citadas, me ha recordado a la película El ángel exterminador. Allí, Luis Buñuel cuenta la historia de un grupo de burgueses que asisten a una fiesta en una mansión y cuando llega la hora de partir, no lo hacen. Las ocasiones de abandonar aquella casa comienzan a repetirse pero siempre pasa algo. Una interrupción, un olvido, algo que parece inocuo pero que termina encerrando a los personajes, aunque nada les impida salir. Nada salvo su voluntad. Y, en el caso particular nuestro, algunos agregarían ciertos inconfesables intereses comunes.

Viendo los desmanes que está cometiendo con total impunidad la fraudulenta Asamblea Nacional Constituyente, la jaula llamada Venezuela parece de nuevo cerrada. Al menos, por el momento.

Mientras tanto, Henry Ramos Allup y su corte se disponen a acomodarse lo mejor que puedan dentro de aquella sala de fiestas donde, al igual que en la película de Buñuel, ya los últimos invitados se han comido las sobras del banquete y no hay ni luz ni agua.