La perplejidad del doctor Kohut (obituario para un viejo lamento)

plañideras

Karl Kohut es un académico alemán que ha dedicado muchos años al estudio de la literatura venezolana. En 1996 organizó un simposio que se desarrolló en la Universidad Católica de Eichstätt, en Alemania, entre el 31 de enero y el 3 de febrero. Se llamó Literatura venezolana hoy. Historia y presente urbano. El libro que contiene las actas del simposio abre con una introducción del propio Kohut titulada «Sobre algunas paradojas de la literatura venezolana».

La primera de las paradojas señaladas por Kohut tiene que ver con la búsqueda por parte de los escritores venezolanos de una identidad nacional a través de la literatura. Sobre esto, afirmaba Kohut:

Discutir la identidad nacional es un rasgo común que comparten todas las naciones latinoamericanas, lo que prueban los debates en torno a la “mexicanidad”, la “cubanidad”, la “peruanidad”, la “argentinidad”, etc. En este sentido, las preguntas de la “venezolanidad” no son la excepción, sino la regla. Sin embargo, pareciera como si en Venezuela las preguntas tuvieran un tono más angustioso, las respuestas un tono más dudoso que en los otros países.

Angustia y duda, pues, como las marcas que caracterizarían ciertas preocupaciones de nuestros escritores de entonces. Es importante insistir en la fecha del evento, a principios de 1996, durante el decadente segundo mandato de Rafael Caldera, cuando ya la tormenta revolucionaria se cernía sobre el país y nadie parecía darse cuenta.

Una revisión de esas actas sorprendería a más de un lector hoy día. La embrionaria dictadura tuvo en varios de los escritores del periodo, que después se opondrían (incluso desde la primera hora) al gobierno de Hugo Chávez, un diligente equipo de zapadores que contribuyeron con sus discursos a sentar las bases del nuevo sistema sobre el cuerpo exangüe de nuestra democracia noventera.

El contenido de algunas de esas declaraciones catastrofistas, que casi, incluso, parecían anhelar la catástrofe («los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones no les falte que cantar», decía Homero citado por Borges), no es el objeto de esta breve nota. Me interesa, más bien, analizar la energía aciaga que movilizaba tales apreciaciones, pues encuentran ecos (débiles, es cierto) en el presente. La ocasión puede servir, de todas maneras, para quitarnos uno que otro grano de arena de los ojos y contemplar con decisión el futuro.

En su ensayo, el doctor Kohut hace referencia a esa energía o costumbre paradójica en los términos de una «curiosa mezcla de autoafirmación y autocrítica tan típica de la cultura del país». Se refería Kohut al ya conocido lamento de los escritores venezolanos sobre su supuesta invisibilidad en el concierto de las literaturas del continente. Estas formarían una especie de espejo maligno que se negaba a reflejarlos. De ahí la angustia particular de los intelectuales venezolanos al indagar sobre su identidad.

El eje del trauma fue, sin lugar a dudas, el llamado boom de la novela latinoamericana. El boom fue, al decir de la legión de los plañideros (a la que uno en momentos de desaliento adhiere) la gran fiesta que nos perdimos. El Woodstock al que no fuimos invitados. O, para usar una metáfora más acorde con el afán de competencia nacionalista, el mundial de fútbol al que no clasificamos (ni clasificaremos jamás, parecen decir ahora los nuevos quejumbrosos). Ya en 2005, en la ciudad de Mérida, Roberto Echeto establecía la comparación entre la literatura venezolana y la selección de fútbol, la Vinotinto, durante una ponencia en la Bienal de Literatura Mariano Picón Salas. La cual se tradujo en un agitado debate en la prensa nacional y en blogs.

Nueve años antes de que la Vinotinto, en sintonía con nuestra literatura, empezara a cosechar éxitos y a despertar un fervor multitudinario (en comparación con años anteriores), ya Kohut se extrañaba de que a pesar de lo que él consideraba que eran los signos evidentes de una existencia nada desdeñable de la literatura venezolana en el extranjero, los escritores del patio insistieran en la queja:

¿Cómo explicar, entonces, esas autocríticas y quejas por parte de los intelectuales venezolanos, quejas que pueden parecer excesivas, sobre todo si son de fecha más reciente? Es cierto que podemos detectar en todas esas voces un dejo de autoironía, una tendencia (muy simpática) de burlarse de sí mismos. Sin embargo, hay en ellas un fondo serio que se puede resumir diciendo que los autores venezolanos confirman y niegan, en un mismo movimiento, la existencia de una literatura nacional.

Me pregunto ¿qué pensaría el doctor Kohut si supiera que todavía hoy la misma queja persiste? Hoy, cuando Venezuela se ha vuelto un asunto de interés global a causa de su tragedia política y social. Hoy, cuando ya conocimos lo que fue un boom editorial, por aquellos mismos años de la recordada Bienal de Literatura Mariano Picón Salas de 2005. Hoy, cuando a pesar de que se ha replegado la marea de la bonanza y solo parece haber escasez, muerte y penuria, los lectores, como milagrosas piedritas de río, persisten en nuestras manos diciéndonos que tanto ellos como los escritores existen. Hoy, cuando un brote terco y valeroso de pequeñas editoriales independientes siguen haciendo el trabajo que las trasnacionales dejaron en suspenso al abandonar el barco del comunismo bolivariano. Hoy, cuando el número de escritores venezolanos viviendo en el exterior y premiados y publicados y leídos y estudiados en el exterior ha crecido de manera evidente. Hoy, cuando los escritores venezolanos que viven en Venezuela también están siendo premiados y publicados y leídos en el exterior.

En vista de que no conozco al doctor Kohut, propongo una respuesta a partir de una frase de Borges.

Borges dijo una vez que los escritores que se oponían al tratamiento de doctrinas políticas en la literatura en el fondo se referían a doctrinas políticas opuestas a las suyas. En este sentido, cuando a pesar de toda el agua corrida bajo los puentes de estos años aún oigo aquella queja, como los ayes de un paciente crónico al que ni los médicos ni las enfermeras prestan demasiada atención, pienso en esa respuesta de Borges. Los escritores que se quejan de la invisibilidad de la literatura venezolana en el extranjero, en realidad lamentan la invisibilidad de sus propias obras. A pesar de que en algunos casos esos mismos escritores plañideros tienen obra publicada fuera de Venezuela y trabajan con tesón en hacerse un espacio en el mercado editorial internacional (que es, para decirlo de una buena vez, difícil y competitivo para cualquier escritor, sin importar su nacionalidad).

Un dato aleccionador, siguiendo la afirmación de Borges, es ver que la insistencia en la invisibilidad de nuestra literatura va pareja a una condena de toda referencia al presente político venezolano, bien sea como tema sustancial o como contexto, en las obras literarias. Una especie de platonismo invertido y de estoicismo de postguerra que lleva a los escritores plañideros a sus tres negaciones: negar que la literatura venezolana existe fuera del país; renegar de las circunstancias históricas que para bien y para mal han puesto la etiqueta «Venezuela» y todo lo que ella arrastra en la palestra pública; y negar o proscribir la escritura sobre nuestro dolor, como si la literatura fuera un asunto de temas y no del modo en que los temas se tratan. Actitud de la que se desprende una moral de «pobre pero honrado» que funciona como una justificación de las propias carencias. Pues, a juzgar por el desgano creativo de sus defensores, pareciera que esta actitud sirve para atacar libros que se tildan de oportunistas o mercantilistas, pero no para escribir los humildísimos volúmenes de esa hipotética biblioteca desconocida y necesaria.

¿Por qué sucede esto? ¿Se trata de una pataleta infantil provocada por el agotamiento del «tetero de petróleo»? ¿Un último resabio de esa actitud virreinal, es decir imaginaria, que heredamos de nuestros antepasados indígenas porque vivieron mucho tiempo en el reino natural de la Tierra de Gracia? ¿O es más bien una incapacidad de aceptar la Caída y entender que también en la literatura, como en todos los aspectos de la vida, debemos trabajar y ganarnos lo que sea que nos toque con el sudor de nuestra frente?

No lo sé.

En todo caso, tengo la impresión de que estas quejas y lamentos quedarán como una marca de época. Una época ya lejana, amniótica, anterior a la tierra arrasada, al éxodo y a las enseñanzas del desierto. El verdadero desierto.

Las actuales discusiones en algunos círculos académicos de primer nivel, tanto en Europa como en los Estados Unidos, sobre lo que se ha dado en llamar la world literature, donde la categoría de «literaturas nacionales» es casi un objeto de arqueología, apuntan en este sentido. Son auspicios suficientes, me parece, para continuar escribiendo, con dudas, por supuesto, pero sin tanta angustia.

Adenda

A continuación, una lista de narradores venezolanos que han sido premiados en el exterior en los últimos años. Desde 1999 hasta el presente. No incluyo el rubro de la poesía, pues el debate o la queja sobre la invisibilidad de la literatura venezolana es, en realidad, un dilema de la narrativa, no de nuestra poesía, que parece más segura de sus logros. O más enfocada en su labor. Los premios no son en sí mismos una garantía de calidad incuestionable ni mucho menos de perennidad. Sin embargo, siguen siendo uno de los principales mecanismos de consagración literaria y de difusión de autores y obras. En no pocos casos implican, además, la publicación de los libros premiados en los países que otorgan el galardón. Cabe pensar que si estas obras de narradores venezolanos han obtenido estos premios es porque en su momento lograron conectar con el jurado. En su mayoría conformado por lectores que se asumen como competentes y, sobre todo, que con seguridad no tenían al momento de la concesión de estos reconocimientos mayor noticia de los autores. Por lo que cabe suponer que sus respectivas obras se impusieron por el argumento de los propios valores textuales. Es una lista hecha de memoria, apoyándome en la información disponible en las redes. Por supuesto, la iré engrosando y corrigiendo a medida que nuevas búsquedas y sugerencias arrojen nuevos datos.

Esta «Adenda» la iré completando también con más información que puede ayudar a zanjar el supuesto debate. Por ejemplo, lista de autores venezolanos que, aun sin recibir algún premio, han sido publicados por editoriales extranjeras. También estoy confeccionando una lista de diferentes eventos y publicaciones de corte académico e institucional que demuestran que la literatura venezolana ha sido objeto de estudio y lectura. Pruebas evidentes de lo que parece un poco absurdo tener que recordar: su existencia y visibilidad.

Aquí la primera lista.

1999: Oscar Marcano recibe el Premio Internacional Jorge Luis Borges por su libro de cuentos que finalmente se titularía «Solo quiero que amanezca».

2000: Juan Carlos Méndez Guédez gana el VI Premio de Cuentos Ateneo de La Laguna por su libro «Tan nítido en el recuerdo».

2001: Ana Teresa Torres recibe el prestigioso Premio Anna Seghers por el conjunto de su obra narrativa.

2003: Fernando Cifuentes recibe el V Premio Alfonso VIII de narrativa por su libro «Jóvenes cuentistas muertos».

2004: Enza García recibe el VII Premio Literario Cuento Contigo de Casa de América en Madrid.

2006: Alberto Barrera Tyzska recibe el prestigioso Premio Herralde de novela de la editorial Anagrama.

2009: Juan Carlos Méndez Guédez recibe el LX Premio Ciudad de Barbastro de novela corta por «Tal vez la lluvia».

2010: Camilo Pino recibe el Premio Carolina Coronado por su novela «Valle Zamuro».

2010: Edgar Borges recibe el I Premio de novela Albert Camus, en La Rioja, España, por su libro “La contemplación”.

2012: Eduardo Sánchez Rugeles recibe el primer premio, mención novela, del Certamen Internacional de Literatura Letras del Bicentenario, Sor Juana Inés de la Cruz, organizado por el estado de México, por su novela «Lliubliana».

2015: Alberto Barrera Tyzska recibe el XI Premio Tusquets de novela por «Patria o muerte».

2016: Rodrigo Blanco Calderón recibe el Prix Rive Gauche à Paris por «The night» como mejor novela extranjera.

2016: Fedosy Santaella recibe el XLVII Premio Ciudad de Barbastro de novela corta por «Los nombres».

2017: Michelle Roche recibe el V Premio de Narrativa Francisco Ayala por su libro de cuentos «Gente decente».

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Autor: Rodrigo Blanco Calderón

Escritor y editor venezolano. Por ahora, en París. Autor de los libros de cuentos Una larga fila de hombres (2005), Los invencibles (2007), Las rayas (2011). Y de la novela The Night (2016)

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