El voluntarismo del hámster (o por qué no hay que votar en las presidenciales)

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En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, de 1549, Étienne de la Boétie planteaba de manera inmejorable el dilema de la libertad:

«Si para obtener la libertad, solo hace falta desearla…».

Con lo cual pareciera que todo se reduciría a un simple ejercicio de voluntad. Sin embargo, después agrega: «Este deseo, esta voluntad innata, común a los cuerdos y a los locos, a los valientes y a los cobardes, les hace anhelar todo tipo de cosas cuya posesión los dejaría felices y contentos. Sólo hay una sola cosa que los hombres, no sé por qué, no tienen la misma fuerza de desear: la libertad».

La dictadura chavista es un sistema totalitario que se ha ido refinando en sus métodos a lo largo de veinte años, desde que Hugo Chávez asumiera el poder en 1999 para luego legarlo a su hijo más tonto y sanguinario. La refinación de sus mecanismos de control ha sido proporcional a la progresiva atrofia del instinto de libertad de los venezolanos. Hasta el punto de haber alcanzado hoy su realización plena: la servidumbre voluntaria de la cual hablaba hace casi quinientos años, con curiosidad de entomólogo, el más preclaro amigo de Michel de Montaigne.

Una prueba de esta servidumbre voluntaria ha sido la reacción, por llamarla de alguna manera, de la MUD ante la convocatoria a unas nuevas elecciones presidenciales adelantadas, cuando no existen las condiciones que garanticen la transparencia del proceso y el resguardo de los resultados. La MUD, en lugar de planificar escenarios y tener preparada una respuesta rápida y rotunda, anunció uno de sus habituales cónclaves para «consultar con los distintos sectores democráticos» tan importante cuestión.

Han pasado los días y todavía estamos a la espera del humo blanco.

Ha sido tan pusilánime y timorata la actitud de la Mesa de la Unidad Democrática que, incluso, hasta la dictadura se ha vuelto impaciente con ella y ha cortado por lo sano prohibiéndole que figure en el tarjetón electoral. Lo cual ha provocado, a su manera, una respuesta de la llamada «oposición» (el uso de comillas ya se vuelve necesario): reordenarse y convocar a la gente para validar a Primero Justicia y Acción Democrática como únicos contrincantes certificados por la dictadura (no incluyo a Un Nuevo Tiempo y Avanzada Progresista pues ambos partidos son satélites de este nuevo Polo Patriótico).

De más está decir que el requisito de la validación forma parte de las arbitrariedades inaceptables de la trampa electoral. Y al arrodillarse y acatar la imposición de mecanismos que buscan obstaculizar la libertad y los derechos civiles de los venezolanos, esos partidos asumen de forma tácita las leyes del juego que propone la dictadura.

Algunos líderes opositores han decidido afrontar estos obstáculos con la energía, la constancia y el sentido de avance de un hámster enjaulado. Otros, como Omar Veracierto, el secretario general de Primero Justicia del estado Vargas, han llegado incluso a afirmar, con la dialéctica propia del Gran Hermano, que «validar es un acto de rebeldía».

Sin embargo, las acciones o inacciones de la MUD no son el ejemplo más claro de la servidumbre voluntaria de la que estoy hablando. El hecho de que personajes tan nefastos como Manuel Rosales y Henry Falcón, cuya connivencia con la dictadura es una verdad por todos conocida, sigan perteneciendo a la MUD, que formen parte de la mesa de negociaciones en República Dominicana y que, incluso, participen como candidatos en las primarias de la oposición, dice mucho del nivel de complicidad de la plana mayor de la MUD con la dictadura.

De modo que la verdadera reflexión apunta a la propia gente, a los venezolanos. En los intercambios en Twitter y por Whatsapp me he dado cuenta del pánico que nos invade ante la idea de decirle «no» a la dictadura. La invariable réplica ante esta propuesta es ¿y qué pasa después? Y con después se refieren, de forma literal, al día siguiente. Lo que no deja de sorprender pues al ser interrogados por lo que harían al día siguiente en caso de que sí fueran a votar, y el CNE volviera a alterar los números y las actas, tampoco hay una respuesta muy clara. De modo que lo que produce angustia no es el resultado de esas elecciones, que en las actuales circunstancias ya se sabe cuál va a ser y es lo de menos, sino la actitud que vamos a asumir ante una violación anunciada de nuestros derechos. Lo que de verdad produce angustia es entender que depende solo de nosotros salirnos del esquema viciado, circular, que han construido el chavismo y la MUD. Lo que de verdad produce angustia, como ya lo sabía De la Boétie, es la libertad.

La afirmación de que al votar le estamos haciendo el trabajo más difícil a Maduro y compañía, de que los estamos obligando a que nos roben los votos y así contar con las pruebas para denunciar al mundo el fraude, pudo haber tenido alguna validez el año pasado. Y en efecto, el desencanto de las elecciones de alcaldes y de gobernadores sirvió, al menos, para dejar bien claro de una vez por todas que la dictadura (parece una perogrullada tener que aclararlo, pero por algo es una dictadura) no va a participar en ningunas elecciones cuyos procesos y resultados no controle por completo desde el principio.

Ir a votar pensando que la situación no ha cambiado desde entonces, es caer en el voluntarismo del hámster. En el caso de esta convocatoria ilegal a elecciones presidenciales, no tenemos que dejarnos ultrajar para que el mundo sepa lo que la dictadura es capaz de hacer. Ya el mundo lo sabe y por ello, tanto el grupo de Lima, como otros líderes internacionales, han adelantado que no reconocerán el resultado de estas elecciones. Al contrario, es la atención internacional la que espera que los opositores venezolanos se nieguen a ser parte de la comparsa electorera y demuestren su compromiso consigo mismos y con el principio humano, común a la especie, de la libertad.

Debemos, entonces, asimilar toda la fuerza moral, social, política y humana que hay en el hecho en apariencia tan simple de decirle «no» a la dictadura y a sus parásitos y a los asesores de los parásitos que siguen pidiéndole audiencia a los asesinos de estudiantes. La fuerza de negarnos a que nos encarrilen en su laberinto de falsos sufragios, tal y como está planteado hoy.

 ¿Y qué pasa después? ¿Qué sucede al día siguiente? Es difícil saberlo, aunque puede que esa acción, realizada de manera conjunta y con conciencia, con un discurso que demuestre la reflexión que la sostiene, sirva como un mensaje valiente y diáfano de que los venezolanos queremos volver a ser personas. De que ya estamos hastiados de ser como un hámster encerrado para el que la ruedita de los ejercicios, con sus revoluciones y contrarrevoluciones, se ha convertido en la distracción más abyecta de una jaula donde ya no hay ni agua ni comida.

Quizás, el negarnos a participar en estas elecciones que no ofrecen ningún tipo de garantías, resistiendo las provocaciones pestilentes de la dictadura y el chantaje sentimental de la MUD, sirva para decirle a la comunidad internacional y sobre todo a nosotros mismos que los venezolanos estamos preparados, como ya lo hemos demostrado en momentos decisivos de nuestra historia, para ser libres. Otra vez.

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Autor: Rodrigo Blanco Calderón

Escritor y editor venezolano. Por ahora, en París. Autor de los libros de cuentos Una larga fila de hombres (2005), Los invencibles (2007), Las rayas (2011). Y de la novela The Night (2016)

Un comentario en “El voluntarismo del hámster (o por qué no hay que votar en las presidenciales)”

  1. Todo es verdad, y que le sugiere a toda la gente (Venezolanos) que hagan, si votas te roban el voto, si no vota, ellos igual votan por ti, inflan los numeros si es necesario, hacen lo que nunca se habia hecho y lo seguiran haciendo, y lo dicen con un cinismo unico y encima hay que creerselo y el que diga algo lo meten preso o lo amenazan; de que lado se pone la gente a que le roben el futuro y el de sus hijos; se siente una impotencia increible duro de llevar, resignarse a lo malo sabiendo que no puedes hacer nada en el caso de las elecciones. El mensaje deberia ser otro.

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