Ideas desordenadas sobre el (d)olor

Oscar-Perez-Muerto

El otro día, Luis Yslas me comentó que estaba leyendo Say her name, el desgarrador libro que escribió Francisco Goldman sobre la muerte de Aura, su joven esposa. Con la metódica voracidad lectora que lo caracteriza, Luis quería seguir leyendo novelas que trataran el tema y estaba haciendo la ronda de consulta entre los amigos. Yo apenas le pude recomendar dos libros bastante extraños que solo en el mercado editorial anglosajón podían tener el impacto que han tenido. Me refiero a Grief is the thing with feathers [El duelo es esa cosa con alas], de Max Porter, y Lincoln en el Bardo, de George Saunders, que hacía poco había recibido el prestigioso Man Booker Prize.

Con el paso de los días, la lista mental de posibles recomendaciones fue creciendo hasta el punto de que llegué a pensar si la literatura, toda ella, no tendría que ver, en el fondo, con ese tema único: el duelo. Después, filtrando un poco lo que recordaba de cada título, me di cuenta de que la mayoría en realidad apuntaba a un tópico más abarcador que el del duelo pero sin duda relacionado con él: la memoria. En esas novelas de la memoria, el acto de recordar (un amor, un lugar, una tragedia) estaba siempre conectado, como un ancla largo tiempo hundida, a una muerte cuyo dolor permanecía insepulto. Una pérdida, que en muchas ocasiones no se hacía consciente y que sin embargo emanaba un olor que convertía a sus personajes en norias atadas al pasado.

La diferencia entre las novelas sobre el duelo y las novelas sobre la memoria sería, entonces, una cuestión de matices. De apenas una letra, en el caso de nuestro idioma: el camino que conduce del dolor al olor. Entre estas dos palabras se resume la historia de la especie humana. Esa elevación doble que ha hecho de nosotros seres bípedos y trascendentes, amenazados a cada instante por la gravedad, la verticalidad, de nuestro cuerpo.

El ritual funerario, en sus etapas de duelo y entierro, suelen escenificar en un par de días nuestra presencia milenaria sobre la Tierra. Debemos velar a los muertos para que sus almas descansen en paz, según predican a su manera las distintas religiones, pero también y sobre todo, para que nosotros podamos seguir adelante. Heridos para siempre, incompletos, pero aún vivos. Sin embargo, el duelo no puede prolongarse de forma indefinida porque el ritual sería perturbado por el olor. Ese inclemente recordatorio de que, a pesar de toda la ciencia y el arte, seguimos siendo un organismo, «una red de emuntorios», como dice José Antonio Ramos Sucre en una de sus granizadas.

He estado pensando en estas cosas, de manera desordenada, mientras sigo las noticias sobre la masacre de El Junquito, en la que la dictadura de Nicolás Maduro y Diosdado Cabello dio muerte a siete personas, seis de ellos jóvenes militares rebeldes, aún cuando estos estaban dispuestos a entregarse. El dolor no ha hecho sino aumentar y adquirir una plasticidad digna del periodo más experimental de un artista de la tristeza. Los certificados de defunción, que existen gracias al heroísmo de un grupo de médicos cuyos nombres seguro ni ahora ni después recordaremos, han demostrado que los rebeldes fueron ajusticiados con un disparo en la cabeza. En paralelo, y en alianza con estos funcionarios probos de la Medicatura Forense de Caracas, se dio otra lucha no menos importante. La de los familiares de las víctimas por tratar de recuperar sus cuerpos amados. Violando todas las disposiciones jurídicas, la dictadura de Maduro y Cabello no han permitido a los caídos tener un entierro digno, como la ley y las costumbres más elementales de la civilidad (incluso en tiempos de guerra) dictan.

En medio de una cortina de mentiras y abusos, que incluyó la expedita entrega del cuerpo de Heiker Vásquez, quien fue enterrado con honores en presencia de las fuerzas policiales y paramilitares del Estado, Maduro y Cabello dejaron que los cuerpos de los rebeldes masacrados se hincharan en las sórdidas neveras de la morgue de Bello Monte. Y hoy, 20 de enero de 2018, hemos visto que han procedido a su entierro sin el consentimiento de los familiares y sin permitir siquiera su presencia en el acto.

Impidieron el duelo de un país y a cambio solo nos han dado el olor de la muerte, la pestífera esencia que ha sido la marca del chavismo desde su aparición pública en 1992 hasta el presente. Durante años, el olor se pudo disimular. Ahora la podredumbre es circundante, inocultable. Y el rencor que han despertado en los venezolanos promete carburar por años, como un pozo de petróleo al que se le arrima la lumbre. Es el rencor de matarnos y no permitirnos hacer el duelo. Han hecho de nosotros fantasmas de lo que alguna vez fuimos y de lo que ellos nos han hecho. Nos tocará entonces, en ese movimiento constante entre la memoria y el dolor, hacer lo que hacen los fantasmas. Tenemos que ser para el esbirro, como lo dice Rafael Cadenas en su poema homónimo, «un paisaje insomne que hable para él».

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Autor: Rodrigo Blanco Calderón

Escritor y editor venezolano. Por ahora, en París. Autor de los libros de cuentos Una larga fila de hombres (2005), Los invencibles (2007), Las rayas (2011). Y de la novela The Night (2016)

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