Nuestra discapacidad

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Hace poco vi el segmento del video de la presentación del comediante Nacho Redondo donde se burlaba de «las discapacidades» humanas. En especial, aquellas relativas a la atrofia de alguno de los sentidos. Como todo el mundo, experimenté rabia y, sobre todo, ese sentimiento para el que al parecer fueron creadas las redes sociales: indignación. Al principio, creí que mi indignación tenía que ver con el hecho de que el comediante hubiera tomado la discapacidad como objeto de su rutina humorística. Luego, al ver que la polémica adquiría el grosor de tormenta de todo lo que se vuelve tópico en Twitter, entendí que mi rechazo provenía no del tema en sí sino de la manera en que había sido tratado.

¿Era la primera vez que uno escuchaba a un comediante hacer chistes de este tipo? No. Entonces, ¿por qué el escándalo? La respuesta es simple: porque el comediante Nacho Redondo es malo. No moralmente sino estéticamente. Malo en el desempeño de su oficio: hacer reír. Para ejemplificar lo que digo, basta citar al Conde del Guácharo, comediante ampliamente reconocido, que hizo una de sus más graciosas rutinas a costa de los mudos venezolanos.

Sería tonto negar que me he reído hasta las lágrimas viendo de nuevo este video. Y, más aún, sería no sólo tonto sino incluso indecente, pues yo reclamo mi derecho de reírme a carcajadas ante una buena performance que me obliga a cometer un acto moralmente condenable: burlarme de las limitaciones de otro ser humano. El cruzar ese límite donde yo me vuelvo otro (en ocasiones como esta, un otro irreconocible, desagradable, para mí mismo) es la marca de todo hecho cultural que valga la pena de ser vivido. Sea un libro, un chiste o una película. Burlarse, gracias a una rutina humorística, de una minusvalía humana tiene la misma condición que regodearse en los asesinatos que comete un asesino en serie de una serie de televisión que nos gusta, pues un show de Stand-up Comedy tiene la misma condición ficcional, vale decir, performativa, que esta. Sin embargo, insisto, en el arte la clave está en transformar lo real en la ocasión de un despliegue virtuoso: sea de lenguaje literario, de capacidad imaginativa, de profundidad reflexiva, de humor, etc.

En una entrevista publicada poco después, Redondo contaba que su propio padre había sufrido una enfermedad que lo dejó paralítico y que el humor había sido «desde siempre» su forma de lidiar con aquella situación. Esta anécdota me confirma en la impresión de que el problema, en este caso, aunque aplica para otros parecidos, no radica en el objeto del chiste sino en la falta de habilidad que tuvo Redondo para elaborarlo. Discapacidad, esta última, que en mi opinión no es achacable sólo a él sino a prácticamente toda la generación de nuevos comediantes a la que pertenece. Por ejemplo, en mis búsquedas «youtuberas» tropecé con este segmento donde el comediante José Rafael Guzmán ejerce el mismo tipo de humor sobre el mismo tema. Y donde, incluso, se puede apreciar una apropiación, inconsciente quizás, de la conocida presentación del Conde del Guácharo que cité más arriba.

Yo, lo confieso, no me rio en lo más mínimo con este segmento. Y no porque me parezca inmoral. Simplemente, me parece malo. Como malos me parecen el profesor Briceño, Led Varela, Vanessa Senior y otros comediantes por el estilo. Por no hablar de la nueva plaga de figurines graciosos cuya principal plataforma son los videos en Instagram. Yo encuentro más humor en cualquier conversación o reunión cotidiana de venezolanos que en las horas acumuladas de todas las actuaciones de estos nuevos comediantes. ¿Cómo hay público para estas cosas?, me suelo preguntar en las altas horas de mi desvelo patrio. ¿Cómo no se dan cuenta de la mala calidad de los chistes, de la pobreza de recursos verbales y escénicos de estos comediantes, de lo vergonzosamente aburridos que son?

Una respuesta puede ser que el famoso humor venezolano, al igual que todas las materias primas del país, se haya deteriorado. Otra respuesta es que, también al igual que sucedió con el país, nuestro humor haya cambiado. El país es otro y su humor también. En este caso, probablemente el problema sea mío, que simplemente no me reconozco en él, ni en sus nuevos representantes, ni en su insoportable acento constipado, con el respectivo mandibuleo de esa sifrinería caraqueña que el chavismo, en lugar de debilitar, terminó repotenciando.

En todo caso, ya bastante represión hay en la sociedad para además querer controlar lo que la gente, en el uso de su sacrosanto derecho de consumir mierda y pagar por ello (parafraseando al propio Redondo), le provoque ver y aplaudir.

Si vamos a condenar a un comediante que sea por la calidad de su actuación y no por la designación de unos supuestos temas sagrados que sólo reconocemos como tales cuando la jauría de las redes nos lo recuerda (y me incluyo, pues también participé de la indignación colectiva). Pues, de lo contrario, no sólo contribuimos a alimentar al enano fascista que todos llevamos dentro (con el debido respeto a las personas de tamaño reducido), sino que terminamos por transformar a los mediocres en víctimas o, chiste cruel, a los tontos en subversivos.

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Autor: Rodrigo Blanco Calderón

Escritor y editor venezolano. Por ahora, en París. Autor de los libros de cuentos Una larga fila de hombres (2005), Los invencibles (2007), Las rayas (2011). Y de la novela The Night (2016)

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