La fiesta del Zorro

ramos allup

Henry Ramos Allup es lo que se dice «un viejo zorro». Más de una vez he escuchado ese mote referido al eterno Secretario General de Acción Democrática. Y más de una vez lo he repetido yo mismo.

Cuando asumió la presidencia de la Asamblea Nacional en 2016, confieso que respiré con alivio. La idea de ver a Julio Borges, con sus maneras de monja, lidiar con la jauría que sería y fue esa Asamblea arrebatada al chavismo después de tanto tiempo, me provocaba una mezcla de ternura y espanto.

Al ver el modo canchero con que Ramos Allup condujo las primeras sesiones de aquel foro romano, combinando la sabiduría popular con uno que otro desconcertante latinajo, no sólo me sentí aliviado sino enardecido. Comencé a buscar las sesiones de la AN por internet y cotufas en mano las seguía. No por una pasión parlamentaria o constitucional que nunca he tenido, sino por el dulce placer de la venganza. Ver al hombre más poderoso del país, Diosdado Cabello, reducido a la condición de diputado al que Ramos Allup podía cederle o quitarle la palabra fue el plato frío más delicioso probado en diecisiete años de flagelo chavista.

Que su esposa Diana D’Agostino, cual Irene Sáez mejor llevadita, comenzara a pasearse por el palacio legislativo proponiendo modificaciones, como una señorona que anuncia las refacciones de su nueva casa, me parecía un atrevimiento menor ante la prioridad de la vendetta. Los reportajes tipo pareja presidenciable que empezaron a aparecer, con un Ramos Allup arremangado mientras cocinaba, mostrando unos antebrazos todavía fuertes para sus setenta y dos años, los asumí como la cuota de frivolidad que requieren las formas civilizadas de vida. Era un anuncio de esa cursilería gozosa que el venezolano asocia, lo quiera o no, con Acción Democrática. Ese lema de comercial de cubitos Maggi que te recuerda que «con AD se vivía mejor».

Una vez colmado este placer bajo, la realidad política volvió a imponerse. Y más allá de las bravuconadas que todavía soltaba desde la presidencia de la Asamblea, Ramos Allup empezó a mostrar signos de flaqueza, de turbiedad, que más de un analista de tuiter confundió con «alta política». Al verbo aguerrido lo sustituyó un lenguaje zen, donde los principios asumían la flexibilidad del bambú, pues a veces tocaba «doblarse para no partirse». Frase que quedará para historia de la infamia política de Venezuela y hará de Ramos Allup un mujiquita de Acción Democrática. El hijo taimado y resentido de Rómulo Betancourt.

Pero lo de Ramos Allup no fue debilidad. Fue la maniobra más calculada y eficaz hecha por un político de la oposición en los últimos años, sólo que no al servicio de la nación sino de sus propios intereses. El truco incluyó, además del ninguneo de los tres diputados de Amazonas, las siguientes acrobacias: el entorpecimiento de la vía del referendo revocatorio, la obstaculización del juicio político al presidente Maduro, la negociación bajo cuerda de esa bombona de oxígeno para el gobierno que se conoció como «el diálogo», las trabas para la designación a tiempo de nuevas autoridades del TSJ y el CNE y finalmente, el anuncio de la participación de AD en las regionales el mismo día que el presidente de la empresa Smarmatic confesaba que el sistema era falible y que se habían adulterado las cifras de votos obtenidas por el gobierno en la consulta para designar los representantes de la Asamblea Nacional Constituyente.

A lo que habría que agregar el dictado de los lineamientos principales de una campaña electoral que será recordada por su bajeza. Una campaña que fue dirigida no contra el gobierno sino contra los amplios sectores de la oposición que se negaron a participar en las regionales. Una campaña en la que Ramos Allup no tuvo reparos en usar, en varias ocasiones, los cuerpos de los estudiantes asesinados por la dictadura de Maduro como escudos de su cobarde cruzada personal.

Lo más impresionante, sin embargo, no fue esto. Si no que además lograra convencer no sólo a la dirigencia opositora de las bondades de su proyecto, sino a los millones de venezolanos opositores que, a pesar de los pesares, seguían creyendo en la MUD.

Y todo, ¿por qué?, se pregunta uno. La respuesta encierra la complejidad de las almas vulgares: por el poder.

Ramos Allup se ha propuesto ser el candidato «opositor» en las próximas, improbables, elecciones presidenciales. El viejo zorro es también un caballo viejo. No le importa estar negociando con los criminales más desalmados de nuestra historia republicana. No le importa que probablemente el gobierno lo use y lo desahucie como suele hacer con propios y extraños. Lo importante para Henry Ramos Allup es llegar lo más cerca que pueda del poder. El país y sus enfermos y sus muertos de hambre que comen de la basura, deben esperar. Esta es su fiesta, su última oportunidad. Y si no lo consigue, pues se podrá decir a sí mismo, en su dulce retiro de patriarca suspirante, que nadie le quita lo bailado.

 

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Autor: Rodrigo Blanco Calderón

Escritor y editor venezolano. Por ahora, en París. Autor de los libros de cuentos Una larga fila de hombres (2005), Los invencibles (2007), Las rayas (2011). Y de la novela The Night (2016)

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