Anne Wiazemsky: Una princesa rusa en París

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Hace un par de meses traté de contactar a Anne Wiazemsky a través de su encargado de prensa en Gallimard, pero nunca obtuve respuesta de la autora. No sabía que en ese momento se encontraba lidiando con un cáncer que se la llevaría de este mundo el 5 de octubre de 2017.

Acababa de leer Un saint homme, su más reciente libro, centrado en el período que pasó en Venezuela a finales de los años cincuenta cuando a su padre lo enviaron en misión diplomática a Caracas. Quería hacer un perfil de Wiazemsky a partir de esta involuntaria última entrega sobre una vida increíble, la suya, intensamente vivida y además narrada con sensibilidad y destreza.

Anne Wiazemsky, para los iniciados, es una referencia fundamental del cine francés. Desde su primera aparición en Au hazard Balthazar, de Robert Bresson, filmada en el verano de 1965 cuando apenas tenía 18 años, pasando por su etapa con Jean-Luc Godard, con quien estuvo casada entre 1967 y 1972 y de quien además protagonizó el clásico La Chinoise, que tanto influiría en el Mayo francés, hasta trabajos posteriores con directores como Pier Paolo Pasolini y Philippe Garrel.

Su carrera como actriz se extendió al teatro y a la televisión. También incursionó como directora. Sin embargo, hacia finales de los ochenta, por ese inflexible yugo de la juventud y la novedad, las propuestas cinematográficas comenzaron a escasear. Despedida involuntariamente de ese mundo de bambalinas que la había acogido desde temprano (sin que tampoco ella lo hubiese buscado), se vio obligada a plantearse la terrible pregunta que el camarada Lenin hizo famosa: ¿Qué hacer?

La respuesta fue Des filles bien élevées, un libro de cuentos publicado en 1988 con el que daría inicio a su carrera como escritora. El título contenía algunos de los temas de su literatura: la juventud, la feminidad y el cálido entorno familiar en el que transcurrió su infancia y adolescencia. Un encuadre tranquilo que sirvió de escenario perfecto para la irrupción de la pelirroja Wiazemsky, que le tocó ser joven y talentosa en una época convulsa.

En estos tiempos de la llamada «autoficción», donde es común ver a escritores explotando al infinito los traumas de la infancia o magnificar en miles de páginas el más insulso detalle de sus propias existencias, sorprende un caso como el de Anne Wiazemsky, quien tuvo una vida apasionante y que se dedicó a contarla sin efectismos ni patetismos ni regodeos.

Tuvo la suerte de nacer en un ambiente privilegiado que juntaba las dos aristocracias, la de la sangre y la de la cultura, así como también tuvo el olfato de zafarse del hogar para hacerse su camino. Por el lado paterno, Anne descendía de los Wiazemsky, una familia de la nobleza rusa que debió emigrar a Francia con la llegada de la Revolución bolchevique en 1917. Mientras que por el lado materno estaba emparentada con el escritor François Mauriac, su abuelo, premio Nobel de literatura e intelectual gaullista.

De sus orígenes dejó varios testimonios ficcionales y autobiográficos. De entre ellos destaca Mon enfant en Berlin (2009), donde narra la historia de sus padres en los meses finales de la Segunda Guerra mundial. Su padre fue el príncipe Yvan Wiazemsky, soldado al servicio de Francia y rescatado por el ejército ruso después de un cautiverio de cinco años en territorio alemán. Su madre, Claire Mauriac, fue durante la guerra una conductora de ambulancias de la Cruz Roja Francesa, que arriesgó la vida salvando tantas otras y transportando armamento de los aliados bajo camillas, mantas y esparadrapos quirúrgicos. De esta unión nacería Anne Wiazemsky, en Berlín, en el año 1947.

De los veinte libros que llegó a publicar sobresalen particularmente aquellos donde la literatura y el cine confluyeron como una misma pasión evocadora. Me refiero a Jeune fille (2007), Une anée studieuse (2012) y Un an après (2015), una especie de «trilogía involuntaria» en la que Wiazemsky construye una imprescindible intrahistoria de la gran pantalla que todo cinéfilo debería leer. En estas páginas, Robert Bresson y Jean-Luc Godard se muestran desde sus costados más íntimos, conmovedores y aberrantes.

Los actores de reparto de esta vasta película llamada Anne Wiazemsky no son menos fascinantes: Brigitte Bardot, Marcelo Mastronianni, Antoine Gallimard, Paul McCartney, John Lennon, Mick Jagger, Daniel Conh-Bendit, Bernardo Bertolucci, Pier Paolo Pasolini y un largo etcétera. Un casting de primer nivel que Wiazemsky expone no con la vulgaridad del recién venido sino con la naturalidad de alguien que ha crecido en medio de personajes y referentes claves de la cultura del siglo veinte.

Este es, quizás, el encanto de Wiazemsky en esta trilogía. Verla comportarse como la última princesa rusa en medio del incendio revolucionario de los 60. Ya sea aprovechando el Mayo francés para patinar por las calles vacías del Quartier Latin, o bronceándose al sol en las aguas mediterráneas mientras en el mismo momento Godard hacía lo posible por sabotear el Festival de Cannes, en apoyo al movimiento estudiantil y obrero.

Los dos primeros volúmenes de esta trilogía fueron traducidos al español y publicados por El Aleph y Anagrama, respectivamente, bajo los títulos La joven (2008) y Un año ajetreado (2013). El tercero, Un año después, libro apasionante sobre su relación con Godard en pleno Mayo francés, no ha sido traducido. Una insólita indiferencia editorial que ha alcanzado al resto de su obra, de la cual sólo se pueden conseguir en español, aparte de los títulos ya mencionados, Une poignée de gens (1998), que obtuvo el Gran Premio de novela de la Academia francesa y que fue traducido como Libro de los destinos, publicado por la editorial Miscelánea en 2009, y Aux quatre coins du monde (2001), traducido como Libro de las despedidas, también por Miscelánea en 2011.

Desde el cine, la apreciación de la obra narrativa de Wiazemsky no ha corrido con mejor suerte. Este año el director Michel Hazanavicus estrenó Le redoutable, una película sobre Godard en el contexto de su participación en los eventos de mayo del 68. El guión de Hazanavicus es una pobre adaptación de Un año ajetreado y Un año después, donde Wiazemsky queda reducida a una mera acompañante del insoportable genio de la Nouvelle Vague.

Afortunadamente, tenemos las películas y los libros de Anne. Estos suelen tener en la portada algún retrato suyo en distintos momentos de su vida, o fotos de su madre con un cachorro entre sus brazos, o estampas de viejos miembros del clan familiar a los que la autora no llegó a conocer.

Es muy que probable que haya sido la propia Anne Wiazemsky quien le sugiriera estas portadas a su amigo de la adolescencia, Antoine Gallimard, pues ella tenía una predilección por los álbumes familiares, ese santo oficio del amor y la memoria que es labor patrimonial de las mujeres. Pues las mujeres, dijo Anne Wiazemsky en una ocasión y vale la pena repetirlo ahora como epitafio, «tienen la voluntad de dejar trazos de la vida cotidiana. A los hombres, la Gran Historia. A las mujeres, la pequeña. Pues ellas conocen su grandeza y su dignidad».

 

 

 

 

 

 

 

 

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Autor: Rodrigo Blanco Calderón

Escritor y editor venezolano. Por ahora, en París. Autor de los libros de cuentos Una larga fila de hombres (2005), Los invencibles (2007), Las rayas (2011). Y de la novela The Night (2016)

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