En la hora sin sombra

elavila-650x487

 

 

Como afónicos cuerpos celestes, giran y giran en torno a un presentimiento, porque en la geografía de sus pasos todo es presentimiento, y hasta se podría decir que ellos no saben encontrar nada, y si lo supiesen morirían.

                                                                                                                         Luis Enrique Belmonte

 

Abrí los ojos, de golpe, con la memoria todavía rezagada en algún remolino de sueños. Es terrible despertar así, con la mente en blanco y los segundos estirándose mientras uno intenta llenarlos con cualquier pedazo de recuerdo. Más que despertar tengo la humillante sensación de estar, a esas alturas de la vida, naciendo.

Verlo en aquella situación no me ayudó mucho. Estaba recostado en una de las ramas del árbol y con una esquina plastificada de su cédula se sacaba la tierra que se le había acumulado debajo de las uñas. Lucía tranquilo, concentrado en su tarea, como si el resto del mundo hubiera desaparecido. Cada cierto tiempo, con la paciencia o la indiferencia de un viejo pescador, lanzaba un delgado hilo de voz que buscaba, sin mayores esperanzas, atrapar una ayuda en la lejanía.

–¡Auxilio! ¡Auxilio! –decía.

No llegaba a ser un hilo de voz. Era una hebra chillona que en cualquier otra circunstancia me hubiera provocado risa. Permanecí callado y a pesar del calor sentí que un escalofrío me atravesaba el cuerpo.

–¡Auxilio! ¡Auxilio! –repetía, con el mismo tono infantil, y seguía con su maniobra esmerada y parsimoniosa, sacándose de debajo de las uñas toda la tierra acumulada en los últimos tres días.

Tres días, me dije, y entonces sentí incrustada en mis propias uñas la dureza del tiempo transcurrido. No puedo precisar el instante en que yo, cédula en mano, me puse a sacar la tierra de mis uñas para aliviar el dolor. Al rato, con una sincronía asombrosa, también lo acompañaba a lanzar el ridículo anzuelo que jugaba a poner fin a la desdicha. Éramos dos pescadores silenciosos que atravesaban juntos el mediodía, implicados en un ritual absurdo y necesario.

Cuando ya terminábamos nuestra rudimentaria limpieza pareció darse cuenta de que yo había despertado.

–No creas que me estoy burlando –dijo–. Hay que ahorrar fuerzas.

Entonces comprendí el porqué de nuestros chillidos. Después de tres días de extravío y llanto estábamos afónicos. No debíamos forzar la voz.

–Pero con estos gritos de rata tampoco hacemos mucho –le contesté. Un ardor viejo me quemaba la garganta.

–Es cierto. Pero fue lo único que se me ocurrió.

Yo había perdido la cuenta de los días. Entre el frío y el calor, el hambre, la sed y el cansancio se me hacía verdaderamente difícil distinguir el sueño de la vigilia. Todo era un presente angustioso cuyo telón de fondo a veces era de una luminosidad seca y otras de una oscuridad opresiva. El paso del día a la noche y de la noche al día me proporcionaba la breve gratificación del cambio, de la pausa, de un nuevo ritmo para una circular agonía. A las pocas horas, el cambio se petrificaba y yo salía de nuevo a los mismos caminos, huyendo de esa insoportable persistencia, tratando de descifrar la montaña.

De la suma del tiempo se había encargado él. Me lo confesó en las alturas del árbol donde descansábamos y donde gracias a un insólito equilibro yo había logrado dormir sin caerme. Asumió aquella tarea con una actitud voluntariosa y culpable. Se sentía responsable de que nos hubiésemos perdido. También tenía la extraña creencia de que mientras lleváramos la cuenta de los días podríamos tener la oportunidad de sobrevivir. La noción del tiempo nos salvaba de la locura, según él, nos sujetaba a esa cuerda sin la cual no valía la pena salir del laberinto.

–Es lo menos que puedo hacer –dijo, con los ojos afiebrados, en tono de disculpa.

Yo me disponía a tranquilizarlo, a decirle que era absurdo que asumiera culpa alguna, que no hay que sentir vergüenza, que incluso los excursionistas experimentados como él corrían el riesgo de extraviarse en el Ávila, que en todo caso uno sólo debe sentir una pena inmensa ante la posibilidad de no volver. Me ahorré mis palabras al ver que seguía disculpándose, olvidado de mí, dirigiendo su arrepentimiento a esa voz que llevaba horas hablándole desde alguna coordenada perdida de la ciudad.

La voz, que sólo él podía escuchar, era la de Julia.

–¿No la oyes? –me decía.

Yo sólo escuchaba el sonido del viento cuando atravesaba por ráfagas las estribaciones de la montaña.

–No. La verdad es que no. Sólo escucho el viento que atraviesa la montaña.

–Entonces sí la estás escuchando –dijo–. Sólo tienes que anudar el sonido del viento con lo que en el momento estés pensando.

Me quedé con la mirada fija en ninguna parte, sintiendo en el rostro la fresca traducción de mis propios pensamientos y comencé a preocuparme. Una de las etapas más críticas e inevitables de quedar atrapado en un agujero de la naturaleza es cuando la persona comienza a mimetizarse con el entorno. Cuando fragua, apoyado en el delirio, una fuga imaginaria: la de no ser un elemento externo a ese limbo al que por distracción ha sido confinado mientras fuerzas misteriosas deciden sobre su destino. La libertad ficticia de verse como una parte del todo, una parte insignificante e indispensable, como una piedra o una hoja de árbol, que contiene en su mínima presencia la promesa de la vigorosa totalidad de la naturaleza.

Una coincidencia geográfica empeoraba las cosas. El jueves, la mañana del extravío, José Manuel se había propuesto alcanzar el Pico Goering. Poco después del mediodía, cuando aún no eran las dos de la tarde, lo había logrado disminuyendo en casi media hora su tiempo normal de subida. El trayecto lo había iniciado, como siempre, remontando el cerro La Julia. El descenso, en cambio, contraviniendo su costumbre y quizás distraído por la soberbia adrenalina que expedía su cuerpo, lo había hecho por los lados de la Quebrada de Galindo. En ese desvío imperdonable estaba la razón de nuestra desgracia. Nos habíamos perdido, según él, por alejarnos de ella, de La Julia, de ese regazo vegetal que era el equivalente de su amor.

Insistió en ello durante un tiempo que se me hizo indeterminable. Alternaba aquella certeza con fervorosas disculpas dirigidas indistintamente a Julia y a la montaña. Yo aproveché las ocasiones en que me hablaba para tratar de traerlo de vuelta. Pero no hubo forma de convencerlo, de hacerle ver que la cosa no pasaba de una hermosa, lamentable y poética coincidencia. Le dije con desesperación, como si me lo dijera a mí mismo, que debíamos estar atentos y no caer en engaños. Ya era tarde. En su cabeza alucinada, Julia y la montaña eran una misma persona, un mismo lugar que aguardaba por nuestra llegada. Acercarse o alejarse de ella significaba acortar o volver a perder el camino de la esperanza.

Al final del día, cuando el sol bajaba de intensidad, seguíamos apostados en la altura regular de las ramas de aquel árbol. Parecíamos centinelas diurnos que esperan por la llegada de sus propias sombras para que tomen el relevo y puedan finalmente descansar. Con la caída de la tarde me embargó un sentimiento de abandono, tristeza y soledad. Comenzaron a llegar las ráfagas de viento que anunciaban la noche y no pude evitar voltear y encontrarme con su mirada. Tenía un brillo de complicidad que reconocí al instante y me dispuse, con la voluntad doblegada por el sueño, a escuchar la voz de Julia.

Escuché sus palabras y entonces recordé, adormecido por el frío, que yo también la amaba.

Nos despertó el ladrido de un perro. Cuando abrí los ojos ya él estaba despabilado y escudriñaba con atención el manto cercano y a la vez distante de la noche cerrada. Volvimos a oír los ladridos y, como si hiciera falta decir algo para confirmar lo que habíamos escuchado, dije:

–Un perro.

Era una afirmación tonta pero irrebatible. Sin embargo, con la vista clavada en algún rincón lejano, él respondió:

–No.

–¿Cómo que no? Escucha. Es un perro. ¿No lo oyes?

–Sí lo oigo. Pero no es un perro. Es una perra.

–¿Una perra?

–Una perra amarilla. Veo el color en su ladrido.

Una capa de silencio cayó sobre nosotros. Al cabo de unos minutos se oyeron de nuevo, a la distancia, unos ladridos.

–La perra amarilla ha vuelto y con ella un perro grisáceo manchado de blanco, parecido a una hiena, que sonríe mientras la luna levanta por donde se ha ocultado el sol –dijo, recitando, como si leyera en aquellos sonidos las imágenes que no alcanzaban a ver nuestros ojos.

Yo miré hacia lo que suponía era el poniente, luego contemplé con secreto terror las estrellas y, al ver que había un cielo sin luna, me pareció comprender todo. Entonces le dije que él no podía estar viendo esos perros, que era imposible que imaginara siquiera el aspecto de aquellas criaturas de la noche.

–Es imposible –le dije–. Todavía no nos hemos salvado de esta. Todavía no sabemos si llegaremos a leer ese libro.

–Es verdad –me dijo–. Pero también es imposible que tú sepas eso.

Entonces me di cuenta de que en realidad yo no había comprendido nada. Decidí, como si esa indiferencia me valiera la vida, olvidarme de él, de los perros y de la noche; me escapé de aquella escena por la puerta de fuga de un sueño.

Después sólo supe que estábamos huyendo. Atravesábamos la espesura de otro mediodía hirviente y tratábamos inútilmente de remontar una cuesta que sólo nos conduciría a otras más escarpadas. Vi el temor en sus ojos, la voluntad sin fuerza con que clavaba sus manos en la tierra y fue como sentir que el tiempo que se nos había concedido para salir de la montaña se había agotado. Después pensé que seguía obsesionado con la pareja de perros y que sólo trataba de escapar de los colores imposibles de sus ladridos.

–Olvídate de los perros –me dijo, sin detener la marcha.

Sonaba un poco molesto, como si buscarle una explicación a nuestra huida fuera un absurdo e irresponsable derroche de tiempo y esfuerzo. Sentí la puntada hiriente en la boca del estómago, la pequeña brasa que anidaba en mi seca garganta, una jaqueca que parecía haberme acompañado desde siempre y le di la razón. En ese instante el dolor era tan fuerte que se transformaba en algo ajeno al propio cuerpo. El dolor era otro cuerpo. Un cuerpo que arrastrábamos y que había que abandonar lo antes posible, dejándolo tirado a la primera oportunidad que se presentara, sin mirar atrás, sin remordimientos.

Llegamos a la sombra de un árbol y nos tuvimos que sostener el uno del otro para no desmayar. Cuando recobró el aliento me dijo todo lo que yo, por estar dormido o despierto o perdido entre ambos impulsos, no pude escuchar. Julia le había leído, acostada a su lado en la cama de la clínica, la noticia del periódico:

Rescatado excursionista desaparecido en el Ávila: Luego de 96 horas de búsqueda fue rescatado este domingo José Manuel Pierini, de 24 años de edad, con síntomas de hipotermia y deshidratación y con algunos traumatismos leves en diferentes partes del cuerpo. El joven permanecía desaparecido en el Parque Nacional El Ávila desde el jueves de la semana pasada.

Germán Gutiérrez, coordinador de Operaciones del Instituto Nacional de Parques, informó que el muchacho fue hallado por 3 rescatistas de esa institución poco después de las 6:00 pm del domingo, luego de más de 96 horas de búsqueda, en la naciente de la quebrada de Galindo, entre el pico Goering y el sector conocido como El Rancho de Miguel Delgado, a 2.350 metros sobre el nivel del mar.

Luego de transmitirme la noticia, dio unos pasos fuera de la copa del árbol y estudió el cielo, protegiéndose del sol con la mano. Después observó el suelo, allí, justo donde nuestras figuras se hermanaban con idéntico fulgor en la hora sin sombra.

–Tenemos que apurarnos –dijo.

Yo permanecía anclado en mi cansancio, viendo todo como desde muy lejos, sin comprender nada de lo que él decía ni de lo que estaba sucediendo.

–¿Todavía no entiendes? –me preguntó con una irritación paternal–. ¿No entiendes que todavía tenemos que llegar?

Arribamos a tiempo al lugar señalado. Dimos con él por el puro azar del cansancio. Allí, donde la marea final de nuestras fuerzas nos habían arrojado, nos encontraron los tres rescatistas anunciados. Recuerdo el sonido y la ventisca del helicóptero que descendía, mi cuerpo inmovilizado en una camilla y cubierto de frazadas, el interior borroso del helicóptero coronado por una aureola de rostros desconocidos que me miraban, mis gritos de angustia al ver que sólo a mí me habían rescatado.

Lo primero que encontré al abrir los ojos, antes incluso que la típica imagen de las luces de neón de las clínicas que enmarcan el despertar de los resucitados, fue la sensación de que Julia estaba a mi lado.

–Julia a mi lado, llorando –me dije, al ver que su rostro se contraía de dolor con sólo comprobar mi lamentable condición.

Se enjugaba las lágrimas con el dorso de las manos, trataba de serenarse, levantaba de nuevo la vista y al encontrarme así, tan cerca y a la vez tan lejos, tan íntimo y desconocido en ese mismo aire demacrado, la embargaba de nuevo el llanto.

Han pasado los meses y esta situación, en el fondo, no ha cambiado. Las lágrimas y el dolor han mutado en un gesto, una especie de tic irreprimible, de miedo y de duda, que titila en sus rasgos de vez en cuando. A veces al regreso de uno de mis silencios prolongados, o cuando despierto de un sueño con sobresaltos, o al día siguiente de una buena fiesta, cuando trato de reconstruir algunos episodios de la noche anterior. Cosas que dije o hice y que apenas puedo recordar.

Casi siempre la arropa ese escalofrío cuando le sonrío y me le quedo viendo un largo rato. Lo hago sin darme cuenta. Julia cree que lo hago a propósito y en ocasiones se molesta. Dice que le da miedo. Que se me forma una línea extraña alrededor de la boca, como si yo me burlara de mi propia sonrisa. Mi sonrisa de antes que, a pesar de todo, aún parpadea como una hermosa moneda entre las aguas sospechosas de un estanque, como el reflejo de épocas más felices que brilla en el fondo de esta mueca del presente que no se me deshace.

La mueca es la marca de mi miedo. El maquillaje nervioso con que mi rostro trata de ocultar el fraude. Esta sensación de haberme quedado en la montaña y de estar, ahora, en un cuerpo que no me pertenece. Lo sentí desde el primer día de mi regreso, cuando Julia me leyó, el lunes en la tarde, la noticia del periódico que reseñaba el suceso. Volver a escuchar esas palabras me produjo un vértigo imborrable.

He hablado del asunto con unas cuantas personas. Mis padres, Julia y un par de amigos del grupo de rescate. Todos me dan la misma respuesta incompleta. Una respuesta hecha de especulaciones obvias sobre las condiciones extremas que padecí en aquellos días, remendada a veces por una final confesión de ignorancia y otras por un escondido sentimiento de lástima. He optado por buscar, en lugar de las verdades truncadas de la realidad, las mentiras absolutas de la literatura.

En esta búsqueda di con un libro de cuentos policiales que tienen como escenario principal las profundidades del Ávila y como protagonistas a seres desdichados que han sido devorados por las entrañas del ya mitológico cerro que domina a Caracas. Los cuentos al principio son policiales y terminan involucionando en el género gótico. El umbral que propicia ese cambio es el Ávila.

De esa lectura y de mi propia historia he sacado pocas cosas en claro. Veo el Ávila y lo siento, ante todo, como una dimensión del tiempo. La puerta natural y desapercibida que tienen los habitantes de esta ciudad para viajar al pasado y a la vez seguir existiendo. El que entra en sus predios siente, de alguna manera, que todo lo que lo constituye se desdobla. Siente, al llegar a una cima, la secreta emoción de imaginar que su vida sigue transcurriendo allá abajo en la ciudad, siente la extraña alegría de poder contemplarse a sí mismo a distancia, amparado en la sabia indulgencia de la montaña imperecedera. El que sube al Ávila se contempla a sí mismo desde una breve, antigua y primitiva eternidad.

El que se extravía no tiene esta oportunidad. Con el transcurso agobiante de las horas ve cómo sus propios gestos reverberan y se multiplican, con una fidelidad tal que le hace pensar que ni su propia sombra lo espera, que es completamente inútil tratar de volver. A veces paso noches en vela pensando en si ha valido la pena que yo, este sudor de angustias, este vapor de miedo, haya regresado para ocupar su lugar. Atravieso la madrugada, despierto, imaginando que Julia se hace, una y otra vez, con inconfesable vergüenza, la misma pregunta.

Cuando decidí, hace un par de meses, unirme al equipo de rescatistas, todos en mi familia pensaron que era una locura. Los compañeros de trabajo, entre ellos los mismos que me rescataron, lo ven como un llamado irrenunciable con visos de «destino». Para mí se trata de algo que es al mismo tiempo mucho más simple y mucho más complejo. Creo que Julia también lo entiende así. Lo veo en la escondida esperanza que flamea en sus ojos cada vez que me interno en lo insondable del Ávila. Ese deseo suyo, que es también el mío, de encontrarme nuevamente y así poder, de una vez y para siempre, regresar.

Cuento perteneciente al libro Los invencibles (2007). 

 

Anuncios

Autor: Rodrigo Blanco Calderón

Escritor y editor venezolano. Por ahora, en París. Autor de los libros de cuentos Una larga fila de hombres (2005), Los invencibles (2007), Las rayas (2011). Y de la novela The Night (2016)

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s