La peste, el absurdo

El-ángel-exterminador

En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, de 1549, Étienne de la Boétie planteaba de manera inmejorable el dilema de la libertad:

«Si para obtener la libertad solo hace falta desearla… Este deseo, esta voluntad innata, común a los cuerdos y a los locos, a los valientes y a los cobardes, les hace anhelar todo tipo de cosas cuya posesión los dejaría felices y contentos. Sólo hay una sola cosa que los hombres, no sé por qué, no tienen la fuerza de desear: la libertad».

Cuando observo en su conjunto la trayectoria de la MUD, no puedo evitar recordar estas palabras de Étienne de la Boétie. Son las únicas que para mí explican el hecho de que la dirigencia opositora en Venezuela corone cada una de sus grandes arremetidas contra la dictadura de Nicolás Maduro con una capitulación inesperada, con un acto de servidumbre voluntaria que da al traste con lo obtenido durante sus esporádicos arrebatos de vigor.

 Pues, en una aplicación exacta del diagnóstico del pensador francés, la cúpula de la MUD parece que ahora se ha contentado con poseer unos cuantos curules, alcaldías y gobernaciones que la han dejado feliz y contenta. Sin embargo, no ha tenido la capacidad de desear con el mismo ímpetu la libertad.

El desfallecimiento de lo que De la Boétie llama «la voluntad innata» o «la fuerza de desear» coloca al ser humano, y a veces a sociedades enteras, en un conflicto que visto desde afuera puede parecer absurdo. La puerta de la jaula está abierta pero el prisionero no se atreve a salir.

Diversas novelas, cuentos y piezas de teatro han tratado el problema de la anulación de la voluntad en el ser humano. Esperando a Godot, de Beckett, La lección, de Ionesco, Ante la ley, de Kafka, o Bartleby, el escribiente, de Melville, son apenas una muestra de algunas obras mayores que han trabajado esta temática que, por la regularidad de sus formas y recursos expresivos, puede constituir un género en sí mismo: la llamada literatura del absurdo.

Los rasgos característicos de esta literatura son tres. Al menos, son los que yo he podido detectar:

  • Son historias que suceden en espacios cerrados y opresivos, con uno o dos personajes protagónicos.
  • Lo que moviliza la trama es precisamente la incapacidad de los personajes de salir de donde se encuentran atrapados. Las acciones son, entonces, estacionarias. Cíclicas y agotadoras en su infinita repetición.
  • No hay ningún obstáculo visible, o material, que impida la salida del espacio cerrado y opresivo. Por lo que esta literatura tiende a lo alegórico, pues el lector capta rápidamente que la resolución del argumento pasa por una acción o decisión de orden mental o moral.

Habría un cuarto rasgo que sólo se activa cuando la historia absurda no tiene uno o dos personajes protagónicos, sino que plantea la parálisis de una comunidad entera. Sólo que el eclipse de la voluntad colectiva termina arrastrando a estas obras fuera del límite propio de lo absurdo y la lleva a los terrenos de otro subgénero temático con gran tradición: la literatura sobre la peste. Es el caso de la famosa peste de insomnio en Cien años de soledad, o de la perturbación del sentido de la vista en Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago.

En las obras de este tipo, el espacio cerrado ya no es una habitación o una celda sino una casa, una ciudad o un pueblo enteros. Si bien el origen de la peste es anímico, esto no lo saben los personajes ni tampoco sus vecinos. De modo que el encierro deja de ser psicológico y deviene real a través de un anuncio oficial que decreta el aislamiento y la cuarentena de la comunidad.

En esta categoría fronteriza entre la peste y el absurdo se encuentra Venezuela. La cerrazón y el aislamiento del país han sido impuestos, desde hace años, por la dictadura. De eso no queda ninguna duda. También es cierto que la resistencia de los venezolanos y las fuerzas democráticas que hasta ahora los habían representado en bloque, ha sido constante y digna de los mejores elogios que pueda obtener la vocación civil de un país. E, incluso, ha habido momentos decisivos en que se hubiera podido inclinar la balanza a favor de la libertad definitiva, pero es precisamente en esos momentos donde la dirigencia opositora ha fallado.

La nueva genuflexión de la MUD, afanándose para inscribir sus candidaturas a las elecciones regionales justo cuando la comunidad internacional ha declarado no reconocer ningún acto emanado de la ANC, más que a las obras literarias ya citadas, me ha recordado a la película El ángel exterminador. Allí, Luis Buñuel cuenta la historia de un grupo de burgueses que asisten a una fiesta en una mansión y cuando llega la hora de partir, no lo hacen. Las ocasiones de abandonar aquella casa comienzan a repetirse pero siempre pasa algo. Una interrupción, un olvido, algo que parece inocuo pero que termina encerrando a los personajes, aunque nada les impida salir. Nada salvo su voluntad. Y, en el caso particular nuestro, algunos agregarían ciertos inconfesables intereses comunes.

Viendo los desmanes que está cometiendo con total impunidad la fraudulenta Asamblea Nacional Constituyente, la jaula llamada Venezuela parece de nuevo cerrada. Al menos, por el momento.

Mientras tanto, Henry Ramos Allup y su corte se disponen a acomodarse lo mejor que puedan dentro de aquella sala de fiestas donde, al igual que en la película de Buñuel, ya los últimos invitados se han comido las sobras del banquete y no hay ni luz ni agua.

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Autor: Rodrigo Blanco Calderón

Escritor y editor venezolano. Por ahora, en París. Autor de los libros de cuentos Una larga fila de hombres (2005), Los invencibles (2007), Las rayas (2011). Y de la novela The Night (2016)

2 comentarios en “La peste, el absurdo”

  1. Muy acertado, Rodrigo. Las caretas fueron quitadas en la MUD. ¿Sabes? No serán ellos quienes traigan la libertad a Venezuela. Ese logro no lo parirá un engendro deforme de corazón oscuro. Algo tan bello como la libertad solo puede ser parido por quienes tengan el corazón alineado a Dios. La transformación de Venezuela viene, pero, de la mano de Él, no de la MUD.

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