La lección de Mishima: un consejo para Tarek William Saab.

En El desbarrancadero, el narrador Fernando Vallejo le dice a su hermano Darío:

«–Darío, hermano, uno tiene que escoger en la vida lo que quiere ser, si marihuano o borracho o basuquero o marica o qué. Pero todo junto no se puede. No lo tolera el cuerpo ni la sufrida sociedad. Así que decidite por uno y basta».

Palabras sabias que me rondan la mente desde hace un tiempo, desde que vengo siguiendo el itinerario público de ese «ente», no sé de qué otro modo referirme a él, llamado Tarek William Saab.

 Hasta el momento en que escribo este texto, William Saab es poeta, halterófilo, defensor del pueblo (al menos, nominalmente), defensor de la dictadura, rebelde, sumiso, simpático, intolerante y un variopinto etc.

  Si nos guiamos por la «bio» de su cuenta personal en Twitter, encontramos lo siguiente: «Padre de 3 hij@s…+ de 40 años de lucha. #PoetaHippySidhartaGautama». Semejante descripción viene seguida de dos emoticones representando la paz. A renglón seguido un segundo hashtag que reza: #AvatarDetencionGolpe12Abril2002. Debajo del hashtag, en la ubicación, se lee «PtoLaRockCuentaPersonal». Y en el espacio destinado a los links aparece la dirección de su página web: tarekwilliamsaab.com.ve.

De modo que a la enumeración que hice un par de párrafos atrás deben agregarse las siguientes facetas: hippy, budista, preso político y «rockero» (en 2008, siendo gobernador del estado Anzoátegui, inauguró una plaza en homenaje a Bob Dylan).

Llegados a este punto es inevitable repetirle al «Defensor del pueblo» lo que Fernando le dijo a Darío:

–Tarek, hermano, uno tiene que escoger lo que quiere ser en esta vida. No se puede ser poeta y papeado a la vez. O se es poeta o se es papeado, pero las dos cosas no. Se puede ser hippy y budista y poeta, pero no hippy y burócrata, no budista y gobernador, no halterófilo y revolucionario, no defensor del pueblo y torturador. Las dos cosas no. Todo no, Tarek. No lo tolera el cuerpo ni la sufrida sociedad venezolana. Decídete por uno y basta.

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Lo del cuerpo, en el caso de Tarek William Saab, es ostentosamente cierto. Con sólo revisar el avatar de su cuenta de Twitter, que el propio Tarek nos invita a ver, uno percibe que algo pasó. Del tipo delgado, común, que se ve en la foto pasamos a la bola de músculos en que se ha convertido este personaje en los últimos años. ¿Se estaba preparando, acaso, para el cargo que detenta ahora? ¿Es que en algún momento Tarek pensó que debía defender con sus bíceps y sus pectorales, cual superhéroe de Marvel, a los venezolanos?

 Asumir un cargo con semejante nombre se puede prestar a este tipo de confusiones. En todo caso, hubiera sido maravilloso ver a Tarek soltar su teléfono celular, salir de su oficina e impedir con su maciza presencia el ataque atroz y cobarde que sufrió el diputado de oposición Juan Requesens en las afueras de la sede de la Defensoría del Pueblo.

Sin embargo, no fue así. Se sabe que en las situaciones críticas Tarek prefiere arrinconarse en Twitter. Las redes sociales son el gimnasio donde el Defensor del Pueblo entrena las veinticuatro horas del día, donde práctica la justicia que nunca sale a implantar en la calle. Una eterna calistenia moral que lo deja agotado frente al espejo de sus propias declaraciones.

Si el Chávez moribundo fue el corazón de la patria, Tarek es el cuerpo. Una mediocridad y una debilidad profundas arrinconadas detrás de una fachada de esteroides, discursos vacuos y cobardía. ¿Será Tarek William Saab el tan esperado hombre nuevo del socialismo? ¿Será él la encarnación del incomprendido superhombre nietzscheano que Hugo Chávez defendía? Si es así, el resultado que deja ver hasta ahora este experimento que tenemos como Defensor del Pueblo es sencillamente monstruoso. Y lo monstruoso es, según Foucault, la combinación de lo imposible.

Si las sabias palabras de un autor como Fernando Vallejo no le sirven, quizás Tarek pudiera verse en el espejo de Yukio Mishima. La obsesión del escritor japonés por transformar su débil cuerpo en una figura imponente, perfecta, marchaba de forma paralela a sus anhelos por el retorno de un tiempo, el del gran imperio, que simplemente ya no volvería.

Fue un hombre de profundos traumas, de complejos tenaces y de contradicciones inconciliables para los que ni siquiera la conciencia de haber forjado una de las obras literarias más importantes del siglo XX significó un consuelo. Antes que seguir siendo testigo de lo que consideraba la época de mayor decadencia de su país, Mishima decidió retirarse siguiendo el arcano ritual del harakiri.

Pero no debe preocuparse el Defensor del Pueblo. No le vamos a pedir tamaño sacrificio. En esta crisis en la que está enfangada Venezuela, cada quien debe hacer lo que pueda según sus capacidades.

A los poetas mediocres de alma esmirriada como usted, Tarek, le pedimos algo mucho más simple: renuncie.

 

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Autor: Rodrigo Blanco Calderón

Escritor y editor venezolano. Por ahora, en París. Autor de los libros de cuentos Una larga fila de hombres (2005), Los invencibles (2007), Las rayas (2011). Y de la novela The Night (2016)

5 comentarios en “La lección de Mishima: un consejo para Tarek William Saab.”

    1. Entiendo que Harakiri y Seppuku son términos sinónimos en este caso. Si hay alguna diferencia semántica o técnica que usted conozca, pues bienvenida la aclaratoria.

      Y no se trata de comparar a una “musculoca” con otra. Lea bien o con calma y verá. Saludos.

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  1. Voy a poner esta definición de wikipedia
    “Las palabras harakiri (腹切? «vientre» + «cortar») y seppuku (切腹?) se escriben con los mismos caracteres, aunque con distinto orden y distinta lectura: harakiri utiliza la lectura kun (original japonesa) y seppuku la lectura on (de origen chino). Ocurre algo similar con los términos oibara (追腹? «seguir» + «vientre») y tsuifuku (追腹?), aunque en este caso el orden de los caracteres es el mismo. En japonés se prefiere el término seppuku puesto que la palabra harakiri se considera vulgar.”
    https://es.wikipedia.org/wiki/Harakiri

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